El desayuno

 

por Karla Michelle Canett

 

En el refri solo hay frijoles, salsa y un par de tortillas de maíz. Lleva desayunando lo mismo desde hace dos semanas. El sueldo como maestra interina de preescolar no incluye el pago de las vacaciones: dos meses completos sin cobrar un solo peso. No ha abierto su cartera desde la última vez que fue al sobre ruedas a comprar un kilo de tortillas de maíz y otro de frijol; la salsa se la mandó su mamá desde su pueblo. Cueces los tamates con un ajo, sal y pimienta; si los pones a cocer con el caldo en donde cociste el pollo es mucho mejor, sino de perdida échale consomé; la cebolla se echa así, entera, sin cocer; hay que hervir los frascos para que no se eche a perder la salsa, te puede durar hasta seis meses en el refri; ándale, Chuy, para que te acuerdes de tu tierra, de cuando eras niña y jugabas en el rancho. Tal vez si también hubiera un aguacate con sal, si tuviera huevos con salchicha, si las tortillas fueran de harina hechas a mano, tal vez así se acordaría mucho mejor. 

    La cartera de huevos estaba tan lejos de su presupuesto como su plaza definitiva en educación básica. No pasó ni cerca del señor que vende productos lácteos y blanquillos en el tianguis, fue directo por las tortillas y el frijol a granel. Lo que resultó ser un error porque el gas se le acabó mientras los cocía. Por suerte le quedaba el microondas para calentarlos. Menos mal que Chuy no era quisquillosa con la comida, menos mal que esa salsa que le mandó su mamá le recordaba a su abuela. 

    Era viernes, las clases comenzaban el siguiente lunes. Eso significaba que en dos semanas más recibiría su siguiente quincena, quizá tres porque siempre se retrasan. Chuy solo quería recordar las mañanas en casa de su abuela, cuando aún era niña y le hacían desayuno. Su madre siempre le decía: yo no sé cómo le hacía tu abuela para que hasta un huevo le quedara rico. Ella sí sabía, su abuela se lo había dicho: tienes que echarle pimienta, no sólo sal, la pimienta le da mejor sabor al huevo.  Cómo es posible que su madre nunca se hubiera dado cuenta.

    Si conseguía tres pesos, podría comprar un huevo en el mercado cercano. Ahí sí vendían por pieza, no necesitaba comprar la cartera repleta. Estaba segura de que en su monedero no tenía un solo peso, pero en algún lugar, en ese cuarto que rentaba cerca del trabajo, debía haber, por lo menos, tres. No quería creerse tan miserable para no completarlos. Vació su bolsa y nada, solo plumas, recibos y restos de palomitas de la última vez que fue al cine. Se los comió, no era tiempo para desperdiciar. Revisó su billetera sólo por curiosidad. Una moneda de cincuenta centavos se asomó entre los restos. Ya solo faltaban dos pesos con cincuenta.

    En realidad, no había mucho donde buscar, la habitación era lo único que comprendía el departamento, el baño estaba afuera. Un cuadro con una cama, un escritorio, un refrigerador pequeño y un hornillo con dos quemadores. Cuando recién se mudó, improvisó un closet con un tubo y unos trozos de madera que usaba prácticamente para colgar el uniforme del trabajo. Encontrar dos pesos con cincuenta en esas condiciones no sonaba prometedor. Bajo la cama, solo polvo y pelusa; en el escritorio, sólo recibos y papeles. El refrigerador no era opción. Se le ocurrió buscar en las bolsas de las prendas: pantalones de mezclilla, vestidos, chamarras. Otra vez pelusa y unos tickets de cine. Mientras inspeccionaba su ropa como esposa buscando pruebas de infidelidad, observó el abrigo que hacía seis meses no usaba. Tenía cuatro bolsas: dos a los lados y dos al frente. Sus probabilidades aumentaban al doble. Se acercó hacia su presa y metió sus manos en los espacios del costado. Nada. Pero cuando hurgó en una de las bolsas de enfrente, eureka, sintió una moneda. Era de dos pesos.

    Fue lo más que logró recolectar. No tenía los tres pesos completos. Si estaba la dueña atendiendo, no le dejaría llevarse el huevo por dos cincuenta. Si estaba cualquier otro empleado, seguro se lo perdonarían, seguro el niño cerillero los ponía de su propina. Se puso un vestido que le llegaba a media pierna, unas sandalias, tomó un sombrero, su bolso y los dos pesos con cincuenta. Se sentía con suerte.

    Desde su visita al sobre ruedas no había salido tan temprano de casa, el calor la mantenía encerrada frente al abanico hasta que se asomara la noche. Caminó por la acera hasta la esquina para doblar a la derecha y llegar al mercado. Un par de piropos y besos no solicitados adornaron su camino. Ya recordó la otra razón por la que no solía salir tan temprano y por qué no suele lucir en vestido. Continuó sin voltear y entró a la tienda. En la caja estaba un jovencito. A lo lejos, la dueña. Decidió que podía despistar y no ir directamente solo por el huevo. Recorrió el pasillo de las verduras. Tocó el aguacate, hizo cara de que ninguno estaba en su punto, paseó por las latas, fingió comparar precios, vagueó por los productos de limpieza, abrió un detergente y hasta lo olió. Llegó al área de carnes y pidió unas pechugas a la cordon blue

   —¿A la cordon blue?

   —Sí, joven, por favor.

  —No, güerita, tenemos la pura pechuga. También tenemos jamón, queso y empanizador, pero esas usted las prepara.

  —Qué lástima, creí que me pondría ahorrar esa chamba. Bueno, entonces deme un huevo.

  —¿Un huevo?

  —Sí, uno, por favor.

  —Aquí no tenemos huevos, usted los toma por allá, junto a las salsas.

  —¡Gracias!

  Arrancó una bolsa transparente de plástico y echó el huevo. Hizo un pequeño nudo y se aseguró de que la dueña estuviera lo bastante retirada de la caja. Se acercó a pagar. Son tres pesos, dijo el muchacho. Ella abrió su bolsa y vio sus dos monedas: una de dos pesos y una de cincuenta centavos. Trató de recordar sus clases de teatro –infantil y guiñol- en la universidad.

  —Uff, olvidé mi monedero en la casa. Sólo traigo dos cincuenta, ¿está bien?

  El cajero echó una mirada rápida (la dueña estaba muy ocupada checando a las dos señoras que escogían manzanas), regresó la mirada a Chuy y asintió con la cabeza. Metió su mano a la bolsa del pantalón y sacó un peso para completar el huevo. Ella sonrió y tomó la bolsa por el nudo, aferrándose a ella como te aferras al tubo del camión cuando te toca ir de pie. Los cincuenta centavos que sobraron se los dio de propina al cerillito. 

   De regreso a su departamento, Chuy pensaba en su abuela y sus manías. En la vez que se equivocó y le llevó spaghetti en lugar de fideos, de cuando puso una estufa más baja para alcanzar a cocinar desde sus posaderas porque ya no aguantaba mucho tiempo de pie, de cómo le enseñó a lavar la loza, los vasos y cubiertos primero, los sartenes al final, échale poquito cloro al agua pa´ que no se apesten los trastes a huevo. De los inventos que hacía al final de mes para que todos alcanzaran a comer, combinaciones que sólo ella lograba convertir en un verdadero manjar. Tienes que aprender a hacer las cosas, mi niña, para que cuando tengas quien te las haga, le sepas decir bien cómo y no te hagan tonta, y cuando no tengas, pues las haces tú. Hasta ahorita siempre las había tenido que hacer ella y dudaba mucho que eso fuera a cambiar. 

   Chuy se saboreaba ese huevo estrellado bañado en salsa. Ya se veía rompiendo la yema y limpiando el plato con la tortillas, mezclándolo todo con el frijol. Solo faltaría el aguacate para que su viernes supiera a domingo soleado por la mañana cuando tenía diez años. 

   Llegó a su casa y abrió la puerta de reja, entretanto un carro pasa, baja la ventana, pita y suelta un mamacitaaaaa a todo pulmón. Chuy brincó de la impresión y soltó lo que tenía en sus manos. Escuchó el tintinar de las llaves acompañado de un crack. Mientras recuperaba el color en su rostro y los latidos de su corazón regresaba a la normalidad, un vacío ocupaba el lugar del susto. Sus movimientos cesaron, casi como su respiración. No quiso voltear. Pateó las llaves y las recogió más adelante. Entró a su habitación y se tiró directo a la cama. Volteó al techo, tomó aire y soltó un suspiro.

  —De todos modos, ni tengo gas.  

 

                                                                                                                   

 



Karla Michelle Canett. Mexicali, 1993. Docente y narradora. Estudió la Licenciatura en Docencia de la Lengua y Literatura y la Maestría en Lenguas Modernas, ambas en la UABC. Se animó a escribir hasta que terminó la universidad. Actualmente da clases en el área de Humanidades a nivel preparatoria y una que otra en licenciatura. Ha participado en lecturas de obra en distintos encuentros regionales y su trabajo ha sido incluido en diversas antologías y revistas de distribución nacional e internacional. En redes sociales es más divertida de lo que muestra esta triste semblanza.

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