Cuatro poemas de Maricela Guerrero

 

 

 

 Día de precipitaciones I

 

Y en menos de que lo cuento: mierda

un microbús arrancó la facia con faro con defensa,

asegurada entonces, llegó el ajustador y luego—dos horas después—el

otro,

luego que mierda que los dineros, esas cosas de la vida:

que el deducible, que me lleva el tren y llueve

y yo que me iba al yoga, de monje tibetana al karma serenar,

 

la precipitación, días de plumaje lluvioso

¿qué se le va a hacer? Un café tres lecturitas y respiraciones

concéntricas

así que el dinero va y viene y entre los microbuses se detiene

 

libros, respira

 

precipitaciones en incontinencias gramaticales

acariciables,

respira

palabras que se precipitan más cercanas que ajustador que facia que faro

 

que defensa.

 

 

Día de precipitaciones II

 

Y luego que lo del chevy rojo,

   mucha agua, me digo, ahora se quita: evaporaciones;

   no lleves nada que no amerite el viaje —Kavafis, pienso—

   vámonos pronto, allende el mar de las inundaciones, el frío, no hay paraguas a la medida de un deseo, sospecho y escurro;

   diluvia todo el santodía

   ni en qué atajarse y el resfriado, flor de melancolía o depresión según la sintonía histórica de los involucrados,

   probable pero, ¿quién asegura nada? melancolía o depresión:

   café y un aspirina, también:

   la vuelta a casa, en el parabús como en acantilado al borde,

   espera

   uno dos tres micros raudos rápidos y salpicones nos remojan:

   sólo el perro que me orine —también pienso: melancolía o depresión como uno guste,

   luego que lo del chevy: raudo raudo que pronto que uno se acostumbra a un coche y eso que no nacimos en él ni nos     cortó el ombligo.

 

 

Alaska

 

Por la avenida Insurgentes pasa un tráiler y suena su claxon como bocina de barco, nos miramos:

de proa a popa

de babor a estribor

hacemos planes: Anchorague, isla de Kodiak

nos embarcamos, the fishing licency en regla: pescamos arenques y salmones, viajamos, bebemos:

 

zarpamos

 

aunque más bien en micro al metro, de ahí cada quien para su

casa y sin salmones.

 

 

Cantiniana

 

Estoy en el rincón de una cantina

—por supuesto—

 

allá en la mesa del rincón…..

 

rincones, líneas que se cruzan como perros silvestres y lúbricos:

 

¿otra cerveza?

¿un tequilita?

¡qué amargas son las cosas de la vida!

un poco la cerveza, también

ergo

todas las cantinas tienen un rincón

y luego Machado:

un corazón solitario no es un corazón

es un hígado arrinconado —pienso—

y ahorita ya no sé si tengo fe.

 

—Maricela Guerrero 

 

Maricela Guerrero (Ciudad de México, 1977). Estudió letras hispánicas en la UNAM. Ha publicado Desde las ramas una guacamaya (Bonobos / CONACULTA, 2006), Se llaman nebulosas (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2010), Kilimanjaro (Mano Santa, 2011) y .Peceras (Filodecaballos, 2013). Su trabajo ha sido antologado en Efectos secundarios (Madrid: Anaya, 2004), Divino tesoro (México: Casa Vecina, 2008) y Cuatro poetas recientes de México (Buenos Aires: Black & Vermelho, 2011). En 1998 y 2000 obtuvo el primer premio en el Certamen “Después del Discurso” (dentro de la Cátedra Extraordinaria Sor Juana Inés de la Cruz). En 2008 y 2010 obtuvo la beca para Jóvenes Creadores del Fonca.

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