Esto no es un poema

para Mateo

Saber que esto no es un poema es cosa sencilla, y que no quiero decir aquí salvo que hay que entender, lo es más. Entender que no hay ni habrá más cosa del tiempo aire: hay esta tierra de músculos tatemados y de canas, campos que trabajar: sin color, ni pasaporte, mucho menos cédula de identidad. Por eso es que escribo atentamente a usted, para decir que hemos visto a las mentes más brillantes de su generación pisotear a los que venimos con el canto a ras de llano, que los hemos visto escalar a piolet por sobre nuestras cabezas, que hemos visto su glamour profanar la pizca de los ingenuos, sofocar el surtidor de los críos más potables.

Yo, por lo menos, vi a los banqueros en sus yates frenéticos, contando la cuenta donde no contamos, donde no hay la mínima pizca de cuna para acuñar a los niños de nuevos vellos limpísimos, los trotadores del trovar. Se les ha visto esconder la cola entre los uniformes y babear, a decir lo menos, los caminos, y por ellos diré a usted, señor de concreto, que yo no escribo. Porque los he visto circuncidar el yo de nuestros ejércitos, horadar con su lanza los pechos, las nalgas, los pitos de nuestras hordas llenas de júbilo merecido. Y no escribiremos a ellos porque los hemos visto trillar también las papeletas, segar nuestros brotes, contaminar nuestras semillas. A ellos los que han cauterizado las pupilas de hombres blancos y rojos, y verdes, negros y amarillos, ojos que no hacían sino ver acaso, ante todo y en todo caso, el mero albor magnífico de la diferencia, el brillo renovado de nuestros verdaderos trofeos, el agua recorrer de nuevo el cauce de nuestro adentro.

Hemos visto, le digo, a las mentes más brillantes de su generación, y a otras, ejerciendo su derecho de pernada, tapiando las puertas de abiertos Sésamos, en la vil raspadura de las tetillas de los libres, cortar con el filo del absurdo la lengua de nuestros hablantes predilectos. Y por eso grito que para ellos no escribiremos: no. Los músicos no les cantarán, los espíritus arquitectos no les construirán un humilde techo de tejas. Para ellos no habrá pues, danzas de corcheas, partir de plazas, hidalgos anunciantes de trompetas. Y nunca, sépalo bien, altísimo señor, adherido con los suyos como ventosas del Gobierno: no habrá himnos libertarios para los que taponaron los bronquios, acecharon a las niñas tiernas de la verdad, negaron la aparición milagrosa de los otros, que no son ni serán como nosotros, y sin embargo, son más nosotros que nosotros mismos.

= Pero cuidado: que no se nos confunda porque tampoco les haremos daño: nosotros los raros, los enfermos, los tocados por el humo, los cojos, tordos, asimétricos, pardos como nosotros, no somos un nido de buitres, chancros de chacal. Somos huevos para el advenimiento de las águilas sin mañas. = Nunca un daño, daño no. Sólo los dejaremos solos, entregados a su silla imperial cubierta de palomitas, ahí, circunscritos a su Yo-yo, desecados, a dormir la vida en su historieta de polvos, arropados por su odio cuentacuentos y su grandiosa cartera de oportunidades vencidas.

= Nosotros, los vivos, seguiremos nuestro camino. Pasaremos las planicies y las montañas, hasta dar con el mar. Nosotros, los vivos, seguiremos nuestro camino hacia el navío, en que no habrá ni pesas ni medidas, ni más altos-ni más blancos-ni más fuertes-ni más rápidos de hundir.

= DE LA MANO SEGUIREMOS PUES HASTA DAR CON EL BELLO BARCO IMAGINARIO, CON SU PROA ALZADA PARA ATISBAR CIGÜEÑAS, ESTRELLAS, PERFECTOS CONCEPTOS COMO CACHALOTES DE SENTIDO ABIERTO, Y QUIERO DECIR CON ELLO BANDERAS INSCRITAS CON TODOS LOS NOMBRES, VELAS PARA EL IMPULSO A TODO LO QUE DA, IDEAS ILUMINADAS PARA NAVEGAR EL MAJESTUOSO OCÉANO DE LO ETERNO.

 

 

 

—Antonio Calera

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