Olhar aos gatos desde o quinto andar

 

Ilustración de Kamwei Fong

por Luis Cortés

Mariel solía mirar al gato desde su ventana en el quinto piso, el tiempo justo para que no se le escaparan furtivos los minutos, uno a uno hasta ser legión sobre su sombra, para no descubrir de pronto que se había atrasado en el arreglo del piso, para que no la sorprendieran las horas, como si éstas hubieran huido de puntillas por las escaleras hasta llegar a la calle, dejándola allí en medio del pasillo, con asombro y delantal colgando de los hombros, sin tener la cena a tiempo para cuando dieran las ocho, sin haber doblado las prendas siguiendo el preciso algoritmo que Helder había marcado con fuego en la memoria.

   Por eso procuraba seguir los paseos del gato allá abajo en pequeñas dosis de mirada, en porciones casi exactas de minutos: dejando caer el anhelo a plomo, el culpable discurrir en picada desde la altura, justo sobre ese andar señorial, confiado, seguro, que trataba de ocultar una tristeza acaso intuida solo por ella, su fiel vigía.

   No es que fuera el único: la disposición de aquellos grandes bloques de departamentos, aledaños a la Avenida Almirante Reis, rodeando por entero la manzana, cada edificio con patio al fondo, creaba la ilusión de una especie de fortaleza en la que los edificios hacían las veces de las cuatro fachadas del complejo y el interior, el gran laberinto interno de la fortificación, lo formaban esos patios colindantes, aislados por sus respectivos muros. Ese reino de jardines incipientes, sucesión de cordeles clavados de muro a muro exhibiendo prendas variopintas a manera de estandartes, era propiedad de los gatos: concierto de pelajes, coctel de tamaños y sonidos, variedad irreal de miradas y maullidos. Se mostraban aquí y allá en grupos heterogéneos, siempre cambiantes: las lealtades eran cosa de una tarde y el dominio de cualquier macho, transitorio en mayor o menor medida.

   El gato que ella miraba no era pues una excepción, dada esa masa felina; la distinción la daba el hecho de ser el único que no cambiaba intermitentemente de escenario, el único que sin falta ocuparía de mañana aquel rincón al fondo, justo bajo su ventana, cerca de los restos de lo que parecía haber sido un andamio improvisado, ahora reducido a trozos de madera, y tubos dispersos; sobre ellos un tablón, largo y sólido cuyo extremo, ella adivinaba, alguna vez debió haber reposado en lo alto del muro. El gato aparecía sin falta ahí, cada mañana, limpiando con su lengua los restos de noche que hubieran quedado sobre sus patas, sólo para reaparecer horas después casi en el extremo opuesto del muro torturando las ramas de una enredadera que tenía sus raíces del otro lado del muro, raíces que una anciana solía regar, siempre de noche, en un ejercicio esporádico y espaciado, que se asociaba de alguna forma con las fases de la luna, pensaba Mariel.

   A veces imaginaba al gato en ese primer instante previo al exilio que no pudo adivinar: el momento en que debió haber descendido por el tablón, capitán conquistador bajando del navío tras la larga travesía, haciendo suyo el destino ansiado con cada paso que daba sobre tierra. Cuando un gato toma posesión del reino – del tuyo, del suyo, de cualquier reino, el gato cree que cualquier solar es su dominio por derecho – va acariciando lentamente la piel de ese nuevo territorio con la mirada, midiendo el alcance de sus fuerzas, el destino probable de cada salto que habrá de dar. Lo siguiente es hacer el inventario de lo ganado, de lo reclamado como propio, sopesar posibilidades, intercambiar contigo ciertas miradas cómplices, con esa suerte de condescendencia que en ocasiones te hace sentir tan lejano a ser en verdad su dueño, como diciendo: “es bueno ¿no?; vaya, que no está tan mal, pues”; y sin aviso iniciar el marcial recorrido que le brinde real proporción a sus espacios. Mariel, imaginaba entonces que durante ese recorrido inicial, el viento, otro gato, el destino aciago, algún desplazamiento de las placas terrestres tan propio de esa ciudad, algo en fin, había causado que el tablón resbalara de la cornisa, causando que el puente cayese, cualquier posibilidad de retorno al fondo con él, dejándolo allí encerrado. Después, el llanto perturbando las noches, el ejercicio exhaustivo de saltos, intentos inútiles por escapar, la compasión de los vecinos del edificio que comenzaron a dejar caer comida, algo de agua, intentar que la pobre criatura, al menos, la fuera pasando. Hasta ahí la historia del gato. Era ese el inicio imaginado por ella para su condena.

   En cuanto a ella, Mariel, todavía recordaba detalles de su llegada a Lisboa. El encuentro previo con Helder en un tren de Vigo a Porto, apenas un atisbo, una sonrisa correspondida, sin ánimo aún de flirteo, en el inicio de aquel viaje no planeado, mitad aventura, mitad escape de Santiago de Compostela en esas semanas de junio en las que la ciudad se volvía más que ­insoportable para ella que ocupaba un codiciado departamento en el centro, en el casco antiguo, el mismo centro que de marzo a agosto, ante la llegada de los peregrinos se volvía un tumulto constante de pasos, de estridentes charlas y risas que colmaban la siesta, se entrometían en el café y la charla, pero sobre todo violentaban el sueño llenándolo de sobresalto o, en muchos casos, negándolo por completo.

    Todos huían del alud de turistas que lo inundaba todo, de las miradas en los bares, de la invasión de los cafés de siempre, del abrirse paso a codazos en los callejones, de la toma constante de los portales por grupos coloridos, sonrientes, bobos; huir era la consigna para el que vivía en el centro histórico de aquella ciudad, justo en el casco antiguo, y sus compañeras de departamento no serían la excepción que ese año confirmara la regla: Astrid volvía a Madrid, llevándose con ella sus eternas alergias; Elisa y Martha, que compartían con Mariel la calidad de estudiantes mexicanas de intercambio, aprovecharían para conocer el resto de Europa; y Mariel, viéndose sin cómplices para lidiar con esa turba invasora, decidió ir a Porto. 

   A diferencia de sus amigas, de sus hermanas y en general de todos sus conocidos, Mariel podía lidiar con el hecho de viajar sola. Deambular sin rumbo ni guía era su receta para recuperar trozos de un espejo convertido en astillas de memoria, para recordar en destellos aleatorios las calles de su ciudad natal, crónica provincia del centro de México, colección de recuerdos: su padre, gesto adusto; su madre en los cafés con sus amigas, sucesión de pretextos, sarta de escondites en los que nadie la importunara, sobre todo su esposo; los amigos de antes, lugares compartidos, las noches después de la escuela en espera del autobús que siempre tardaba más de lo necesario 

   Empacar entonces lo necesario y dejar el departamento. Corto trayecto a Vigo, comprar un billete más de tren, ahora de la compañía ferroviaria portuguesa, breve cruce de fronteras, augurando el fin del trayecto y, por fin, ella y Porto a solas, no obstante el tumulto de personas que inundaba las avenidas, tumulto entre el cual seguramente fue a perderse su cartera, y con ella todo su dinero. Eterna despistada, agradeció una vez más la costumbre férrea de guardar identificaciones y otros documentos siempre en algún bolsillo oculto entre sus prendas.

   Deambular entre la ira y la angustia, sus pasos sobre un Porto que de momento ya no la embrujaba, hasta el reencuentro con Helder en la estación de trenes, casi de madrugada, atrapando de nueva cuenta la mirada de Mariel con su figura alta, barba incipiente sobre el rostro afilado y los ojos de un verde profundo que apenas reparar en ella ensayaron un saludo que se leía casual y no amenazante, pero que ella no supo asimilar y resolvió con esquivar la mirada, hundiéndose en el banco en el que había pasado el último par de horas, repasando soluciones cada una más descabellada que la anterior y descartándolas en creciente agobio. Agotado el ensayo mental de un par de soluciones igualmente descartadas, levantó la vista para encontrarse con Helder frente a ella y su indefensión a cuestas, sin ánimo ni habilidad para ocultarla, mucho menos para ocultarla de Helder, ya desde entonces implacable para sus secretos, ella dudando, fingiendo una historia frágil y plagada de imprecisiones, pues no quería admitir la falta de dinero, el desamparo, el desespero por no tener a quien recurrir ni a quien llamar.

   Aceptar renuentemente quedar bajo el cuidado de Helder, al principio limitado al dinero necesario para hacer algunas llamadas, pedir a la familia el envío de un giro, sólo lo necesario, cancelar las tarjetas, jurar una decena de veces que se encontraba bien. Rendirse poco a poco al encanto que aquél joven portugués desplegaba, dejarse guiar, de una calle a la siguiente, escuchando las explicaciones, compartiendo las historias. Fue en la calles de Porto, donde dieron con el negocio, escondido, lámparas exhibiendo motas de polvo como medallas, alfombras de diseño perdido en lo deslucido de sus tonos, y en la parte baja de un librero, casi escondido, aquél librito, con la portada a punto de desprenderse, sujetos los folios apenas por trozos de hilo que de algún modo seguían siendo parte del encuadernado. Las quejas de Helder, recomendaciones inútiles para que Mariel escogiera otro libro, y por último un enojo seco al rendirse ante el capricho, enojo pálido fantasma de lo que después se revelaría como un temperamento ígneo, necesitado de víctimas, de una audiencia que resulto ser Mariel. De vuelta en el tren, una vez que Helder la convenció de que la acompañara a Lisboa, entregarse casi a escondidas, y con la ayuda de un pequeño diccionario portugués-español, a la lectura de aquel grimorio.

  Si bien uno nunca puede poseer a un gato, bien puede disponer de él. Hacer uso de ese inventario de ingredientes que en vida va cuidando, madurando a fuerza de saltos, de ronroneos.

   No lo nombró. ¿Para qué ponerle nombre a un gato que no le pertenecía, que no iba a venir cuando ella lo llamara, que no habría de ronronear en su regazo para solicitar, hipócrita, algo de cariño cuando más a él le conviniera? En lo que concierne a los gatos, el nombre establece un acuerdo tácito de tolerancia, nunca de pertenencia. Apenas se instalaron en el departamento de Helder en Lisboa, apenas ella recorrió el lugar con la mirada, dando pasos tímidos de una estancia a otra, acurrucándose contra uno que otro rincón cada vez que algo de lo allí contenido la complacía o llamaba su atención, apenas ella fue tomando falsa posesión de ese reino de azulejos y cortinas, de electrodomésticos y muebles de diseñador, fabricado para ella, apenas ella se instaló en ese espacio, Helder dejó de llamarla por su nombre para referirse a ella con apelativos genéricos, parcos, que intentaban pasar por cariñosos, con muy poco éxito.

    Inútil fue buscar la complicidad del conserje en algún intento de rescate: el primer piso, que daba al patio en donde el gato era prisionero, era propiedad de unos polacos que intentaron montar un supermercado algunos años atrás, y terminaron por irse, cerrando el piso a cal y canto, llevándose todo juego de llaves, recluidos en Europa del Este quizás, a la espera de que los pésimos valores de los bienes raíces portugueses mejoraran y así lograr sacar algo al menos de tan absurda empresa. 

   Los ojos de los gatos, serenados bajo el hastío de una noche de demoras, hacen buenas cataplasmas que has de aplicar, calientes como una bofetada certera, en las heridas de un desengaño. El mismo bálsamo, enfriado por una noche de brisa del Tajo, y aplicado sobre los verdugones de un aburrimiento, puede borrar los pasos del desvelo causado por las espera constantes.

   Al principio los recorridos por Lisboa le ayudaron a atenuar el tedio, el hecho de no tener amigos, de no tener otro proyecto que consagrarse al piso y a Helder. Terminó por dominar los pasos rumbo al Castillo, el ajetreo diurno de la Praça do Comerço, las tascas y bares caboverdianos ocultos aquí y allá en alguna calle de Alfama. Acabó por tener cuidado con Baixa Chiado que la dejaba con ese sabor mezcla de plástico y asombro, pulsera de destellos huecos, bolsa de compras, el vértigo que la invadía sin falta al pie de la escala de la estación del metro, para enfrentarse casi de inmediato a la visión de esa estatua de Pessoa que tanto gusta a los turistas. Cuando Baixa Chiado la asfixiaba, tomaba fuerzas y subía con esfuerzo genuino la cuesta que daba lugar al Alto do Carmo, con su miriada de cafés, imperio de bicas, de largos aromáticos y sedosos galeotos; y su aparente infinidad de bares, festín de cervezas heladas, verdaderamente negras.

   Se dejaba perder en una rutina sosa que al principio le resultaba agradable, pretexto inofensivo para no pensar en ese rostro en el espejo, que le iba resultando más y más ajeno, conforme el pasar de los meses: hundía la mirada en el azogue, una vez que Helder salía para el trabajo sin palabras de agradecimiento o de cariño; despedidas de trámite acaso, el desayuno devorado, los sucios platos expectantes, casi reclamando la tardanza con su grito de cosas quietas sobre el mantel. Cuando la limpieza y los quehaceres la aburrían, indefectiblemente se refugiaba en el balcón, perdiéndose en las rutas de los gatos entre los patios, se entretenía en contrastar los juegos y saltas del grupo, contra el desgano y lento ir y venir del prisionero bajo su ventana.

    Despertaba de ese ensueño de pelajes y maullidos, siempre sobresaltada, siempre con los minutos justos para llegar a la universidad, al centro de idiomas cercano al Jardín Botánico, para entregarse el resto de la mañana a la modorra que le causaban los ejercicios torpes, repetitivos, esa lengua que no terminaba por abrazar, metralla de frases en su paciencia, mezcla de frases nasales, o casi suspiradas. Los ejercicios de fin de clase, el recurso desesperado de la instructora para embutir en su entendimiento un idioma que ahora se le revelaba no tan agradable.

   Ejercicio cuatro, página cincuenta y dos. “Descrever o que vão fazer esta tarde?”. Mariel cerró débilmente los ojos, dejando escapar un suspiro breve y concentrado, recolectando el hastío guardado bajo la blusa. Sin necesidad de repasar agenda alguna, abrió los ojos para escribir, en trazos lentos: “Olhar aos gatos desde o quinto andar”

   Después, el miedo a los reclamos constantes, a la furia imprevista de Helder, la colección de recriminaciones, el rosario de sospechas que poblaban las ficciones con las que Helder la atacaba mientras cenaban, hizo que las clases en el Instituto, el deambular calmo por el laberinto de Alfama, perderse en esa conversación eterna con el Tajo, que todos aquellos placeres que se reservaba como un consuelo quedo y necesario, se fueran volviendo cosas que se guardaban en el cajón, dobladas con el mismo esmero con el que las prendas de Helder debían guardarse.

    El pelo de un gato, bajo la almohada de un amante ingrato, se filtra en los ánimos de quien duerme sobre ella, para despertar pesadillas que lo hagan expulsar sudor y gritos que escaparán para estrellarse contra el techo de su dormitorio. El maullido de cualquier gato, afuera en la noche, lo llenará entonces de angustia y no habrá calma en su temple hasta que lo alcance la mañana.

    Helder también miraba al gato, pero con un ánimo completamente distinto. Cada mañana, el último trago a su café, de pie junto a la ventana, lo acompañaba de una letanía de insultos siempre variantes hacia el animal, juzgando su torpeza, lo idiota que era haber quedado allí encerrado. Mariel tenía la impresión de que aquello servía como una especie de calentamiento para el ejercicio cotidiano en el que Helder se sumergía a lo largo del día, humillando subordinados, atacando competidores, disfrazando el sarcasmo en el saludo a sus pares.

   Tras la sarta de insultos, Helder terminaba por irse, rozando apenas los labios sobre las mejillas de Mariel, de remate alguna parca frase de su repertorio de partidas: bom día, ate logo, bom almoço, adeus. Por las noches, alternaba las caladas (él, que podía permitirse ese único cigarrillo al día: Mariel había tenido que dejar de fumar a los pocos meses de mudarse ahí, por exigencia de Helder) con sus intentos por acertar al gato con su parque de pequeñas piedras, minúsculos proyectiles que traía de la calle cada día, siempre en el bolsillo derecho del saco, para guardarlos en una pequeña caja de madera que descansaba sobre el alféizar de la ventana.

   Imaginaba a Helder, recorriendo con la mirada las aceras cercanas al Jardín Botánico, o en la explanada de los Jerónimos, recogiendo municiones aquí o allá, seleccionando, descartando, girando las piezas entre los dedos, pulgar, índice, corazón, calibrando las aristas, calculando más que la fuerza del golpe, el escozor resultante del contacto súbito, certero, la insidia del impacto sobre el lomo o la testa, impulsado el proyectil más por la gravedad que por el efecto de su  muñeca.

   Pensar en eso la llenaba de un odio lento, que trataba de amainar en el doblez marcado de las camisas, en el tallar previo de los puños, las rodillas, los bolsillos de la mezclilla, previó al lavado, en el pulir de las sartenes y las ollas. No es que lo consiguiera, pero el agotamiento y el agobio resultante acababan por ocupar el lugar de ese odio tenue, como si su cuerpo menudo tuviera espacio para una cantidad limitada de emociones, o tal vez era esa una más de aquellas estrategias de engaño y olvido sobre las que día con día adquiría dominio.

   Se descubría en esos últimos días con la mirada pegada a las baldosas, en el breve trayecto al almacén de chinos a dos cuadras del departamento, paseo de ida y vuelta al que habían quedado reducidas todas sus salidas, y por lo cual siempre olvidaba con toda intención algún ingrediente, como pretexto tímido para tener una oportunidad de salir al día siguiente y repetir su corto deambular de rea: cien, ciento veinte pasos, entrar al almacén, saludar con un gesto, deambular hasta llegar al estante indicado, tomar el ingrediente, pagar y volver al portal; cien, ciento veinte pasos de vuelta, subir los escalones, arrastrando los pasos y el aliento como quien arrastra un cadáver tras de sí: ejercicio arduo, casi clandestino. Cerrar por fin la puerta tras de sí, usando el peso de la espalda, y dejarse resbalar lentamente hasta ser frenada por el contacto de su trasero contra el piso. Cada viaje de ida y vuelta una pieza más de un rompecabezas que con el transcurso de los días terminó por armar, la imagen resultante ruda e inmisericorde, encerrando en ella la semilla del desespero. Trataba entonces de buscar consuelo, expiación, venganza, todo ello junto en el acto de arrojarle al gato pequeños trozos de jamón, que aquél, goloso, se había acostumbrado a esperar diariamente.

   Para el enfermo de nervios, debatiéndose entre voces que agobian, que ciegan, que llenan sus noches de pequeñas muertes, se debe colectar el polvo que se desprenda de la garra más pequeña de la pata izquierda anterior de un gato cuyos ojos no hayan buceado en la rivera del Tajo: dos cucharadas pequeñas al té de canela cada mañana, para rasgar los trazos de esas voces.

    Tal y como había aprendido a hacer día a día durante los últimos meses, fue soltando poco a poco los trozos de comida desde su altura. La bondadosa porción de jamón no despertó suspicacias. El gato desplegó su andar confiado desbordando un ánimo complacido. No hubo extrañeza, ni desconfianza ante el generoso aumento de la ración diaria. Después, tan sólo apuntar, dejando colgar las manos hacia abajo, el peso leve, la terrosa sensación sobre las yemas, sentir el ladrillo deslizarse por los dedos, la punta de las uñas, y verlo caer, certero proyectil de un rojo deslucido, el ruido seco, algo como un crujido, un chapoteo, lamento indefinido, quedo, ¿quizás tan solo imaginado? Nadie asomado a las ventanas que pudiera culparla. Empujar como remate, apenas con el codo, la cajita repleta de piedras que ya no habrían de servir para atormentar a nadie. 

   Preparar entonces el café, llenar el émbolo como nunca lo hace, bastante más cargado que de costumbre. Sentarse a la mesa, servir la primera de muchas tazas y encender el cigarrillo que inaugura las cajetillas dispuestas frente a ella, inventario que irá mermando hasta que den las ocho, hasta oír sus pasos primero, el reproche por la ausencia de la cena, por el desorden de la casa, después. Poco más de ocho horas para pensar sin pausa, con anhelo (¿era eso anhelo?), para pensar en quién sostendrá el ladrillo sobre su propia cabeza, quién le quitará de dar vueltas y vueltas en ese espacio de vida, en ese solar en el que ella, derramando pasos inciertos en la antesala de esa prisión tambaleante, tablón en equilibrio sobre ese destino que no le sabía a propio, destino que con miradas había ido a reclamar, ahora torpe dueña de un reino que no habría de nombrarla, que no puede calmar su ansia torpe de una caricia desde una incierta altura.

 

 

Luis Cortés (Aguascalientes, 1978). Narrador. Miembro del consejo editorial de la revista Parteaguas y de Guardagujas, suplemento cultural de la Jornada Aguascalientes. Becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en el género de cuento y novela. Su obra ha sido incluida en revistas como Talleres, Tierra Baldía y Hermano Cerdo, entre otras, así como en las antologías Contorno del agua y Lados B, Narrativa de Alto Riesgo. Desde 2010 se dedica a la evaluación de programas educativos, culturales, de salud y de inserción social en 28 países de América, África y Asia.

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