Don Rogelio Martínez: arte de mar adentro

FOTOGRAFÍAS A CARGO DE ALEJANDRO ORTÍZ PELLICER

Por Andcor Lecuanda

Definitivamente ésta no fue una entrevista convencional. Ninguno de los cinco integrantes que fuimos a este encuentro podría haberse imaginado que la conversación se extendería por más de tres horas, cuando en promedio los demás encuentros que hemos realizado apenas han rebasado la hora.

  La entrevista se programó a las cuatro en punto. La visita había sido agendada varias semanas antes, y desde el momento de pensar en entrevistar a Rogelio Martínez, su persona despertaba curiosidad. Era difícil pronosticar a qué nos podríamos enfrentar, y, partiendo de esta duda, se complicaba aún más formular una serie de preguntas pertinentes. De oídas, el perfil de Rogelio era poco o nada habitual: artista, escultor, mecánico, marinero, viajero, entre otros oficios.

  Al llegar a su casa, una colorida residencia, fue fácil reconocer que este es el hogar de un artista: varias de sus esculturas metálicas, instaladas en su jardín. Colocado al frente de su casa, un timbre peculiar que fue elaborado por el mismo Rogelio, pendía sobre la entrada enrejada. Una sola sacudida al colgante bastó para que don Rogelio saliera a recibirnos. Como todo buen anfitrión, esperaba atento el momento de nuestra llegada. Al entrar, el protocolo de bienvenida fue superado por el interés que nos despertó las creaciones. Era complicado alejar la atención de aquella colección de esculturas que decoraban el patio delantero de su casa. Al ver nuestra curiosidad, nos explicó a detalle cada una de ellas.

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  La hospitalidad de nuestro anfitrión era avasalladora, y esto no era poca cosa considerando que Rogelio no tenía idea de quiénes éramos. El único acercamiento que existía entre don Rogelio y nosotros era una llamada telefónica que nuestro director, Asael Arroyo, había hecho antes a la familia del escultor.

  Durante el tiempo de nuestra visita, el escultor se dispuso a contar todos los pormenores de su vida. Aunque por momentos parecía evadir las preguntas que le hacíamos, y daba la impresión de  no estar dispuesto a ser interrogado, esto sólo fue al principio. Avanzada la entrevista, nos respondía a todo lo que le preguntáramos. A semejanza de una ostra que se resiste a ser abierta, el artista exigía de nosotros paciencia.

  Ésta es la vida y memorias de don Rogelio Martínez, pionero del ámbito cultural y artístico en Ensenada, maestro de futuras personalidades de la vida artística y política del puerto, maquinista de oficio, asesor técnico en el lejano Pakistán, escultor de alta mar y muchas otras cosas más.

En la arena  

Tierra adentro, lejos de la costa, en Uruapan, Michoacán, nace Rogelio Martínez, un cinco de marzo de 1930. En esta época las heridas causadas por la revolución aún no habían cicatrizado, y una nueva guerra entre el Estado y los seguidores de la Iglesia estremecería de nuevo al país. Para don Rogelio la Guerra Cristera fue una experiencia de primera mano que terminaría por penetrar la intimidad de su familia: «En mi casa se vivía una situación compleja: mi padre era masón y mi madre era cristera. Hubo muchos conflictos, mi madre con el “¡Viva Cristo rey!”, y mi padre con todo lo de los liberales. Mi padre era de Colima, mi madre de Michoacán, el amor no fue suficiente, pero esto me sirvió a mí como ejemplo.»

  Sin lograr identificarse con su padre o madre, el oficio del soldado se presentó como una buena opción. Era el mundo de la obediencia y de la disciplina, el joven Rogelio buscaba «una razón para apoyar, respetar el mundo: la milicia». Pero antes de tomar esta decisión, el recuerdo de su infancia que lo llevaría a tomar esta decisión años más tarde lo sacude. La visita de Lázaro Cárdenas a la escuela donde estudiaba Rogelio despertó en él una profunda admiración. Observar a una personalidad como Cárdenas solicitar a los encargados del plantel que colocaran en su plato la misma comida que servían a los estudiantes, fue un ejemplo de humildad y grandeza que quiso emular.

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  Su trayectoria militar, sin embargo, no duraría mucho: «me di cuenta de que eso no era lo mío; en la milicia sólo se busca subir de cargo, mucha ambición, el único militar al que respeto es el Gral. Lázaro Cárdenas. Cárdenas apoyó la educación, las escuelas técnicas». Esta corta experiencia en el ejército bastó para convencer a don Rogelio de buscar otra manera de vivir: «me convertí en un desertor militar».

  Apresurado, tomó el primer tren que saliera rumbo a la capital para evitar ser interceptado por el regimiento de esa localidad. Una vez en la Ciudad de México contactó a un viejo amigo de su padre que sabía le podría apoyar en este momento. Al encontrarlo, Rogelio le explica su penosa situación y mientras continuaba detallando los pormenores de su partida aquel amigo lo interrumpe y le pregunta: «¿y luego?, ¿a qué te vas a dedicar?, te vas a dedicar a la música, así que puro solfeo desde aquí en adelante porque el que es músico hace solfeo».

  «De ahí llegue a Manzanillo y formé parte de una orquesta». Pero, sin descubrir una pasión por la música, continuó con su búsqueda hacia su verdadera vocación, «ahí se necesitaban partes y me fui de aprendiz de herrero, porque antes no había ferreterías». De músico truncado a herrero, en este oficio descubriría un talento que lo acompañaría de ahí en adelante. A pesar de saberse competente en la materia, la  naturaleza inquieta y aventurera de Rogelio lo llevó a seguir viajando por el país, ahora en busca de una tía a quien deseaba visitar: «Aprendí, y dije “me voy a Colima”, mi maestro me dio cinco pesos y me dio indicaciones, me dijo: “te subes en este camión y te bajas en cierto punto y ahí tomas un taxi y ese te llevará a donde vas”».

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  «Llegué al punto indicado, y ahí estaba el taxi. Me llevaba por un camino, hasta que escuche música», sintiéndose sorprendido por el ruido que parecía tratarse de una fiesta, aquel bullicio provenía del lugar hacia donde se dirigía: «llegué con una tía que era dueña de un cabaret. Al recibirme me preguntó,  “¿a qué te vas a dedicar?”, y le dije, “eso es lo que vengo a buscar”, y me respondió “qué bueno que viniste, necesito ayuda”». Unos cuantos días bastaron para descubrir que esa tampoco era su vocación y decidió proseguir con su camino: «No quise ser militar, no quise ser músico porque resulté pendejo, y ahora resulta que iba a ser administrador de damas».

  En la misma ciudad de Colima, de improvisto, apareció una vacante para manipular un proyector en el cine de la localidad: «En este lugar empecé a trabajar con don José, que era “manipulador de cine”, así se decía; eran los que manejaban los aparatos de proyección de las películas; en los cines había unas casetitas con unos cuadritos… “¡ese cácaro!”». El cine despertó en Rogelio una afición por el arte: «tienes que  estar con la mano regulando. En el cine me empezó a gustar el arte, ahí estuve mucho rato, pero estaba solo y extrañaba a mi madre… me fui a buscarla, cuando la vi me dio mucho. Estuve ahí en Uruapan entre contento y no, porque mi madre agarró marido… había que agarrar camino y me regresé a Colima, a seguir con mi vida».

Mar adentro

De puerto en puerto el aún muy joven Rogelio fue perfeccionando sus habilidades y aprendiendo el oficio de maquinista:  «Yo fui jefe de máquinas a los diecisiete años, yo fui armador, me conseguía permisos en México, porque no tenía ni dieciocho, pero me buscaban, confiaban en mí, hacía bien mi trabajo con las máquinas, me absorbió aquello». El progreso de la industria naval de aquellas épocas despertaba  la necesidad de mano de obra calificada y ésta fue una de las razones que motivó a Rogelio a trasladarse del puerto de Manzanillo al de Mazatlán, donde trabajó en un astillero. Hacer barcos era un oficio que requería mucho más que precisión, no hay lugar para los errores, la perfección es la norma porque «el barco debe estar muy bien construido, para que soporte mareas».

  El prestigio logrado por su trabajo hacía que una empresa lo llevara a otra y, después de un poco, el destino lo embarcaba en una nueva misión rumbo al septentrión. Su llegada a Ensenada, el último puerto del Pacífico mexicano de sur a norte, don Rogelio la describe como el arribo a un lugar donde prácticamente no había nada. Esto a su vez la hacía bella, virgen y cautivadora por su serenidad, dice el artista michoacano. «Me mandaron a llevar un barco camaronero a Ensenada, y me pidieron que me quedara y lo adaptara para sargacero, y ahí me quedé».

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  Establecido en Ensenada, las salidas mar a adentro cada vez se hacían más frecuentes y prolongadas.  Es en este punto donde la embarcación y el mar brotaron como fuente de inspiración para su obra: «trabajé treinta años en un sargacero en alta mar y ahí comencé mi obra». Y si bien el mar lo conmovía por su belleza, también infundía respeto, «mucho respeto, nosotros tenemos mucho de mar, el noventa por ciento de nosotros es mar. En una tempestad hay que tenerle respeto al mar, en una ocasión, durante una tormenta, le quité el mando al capitán, lo encerré porque él no podía». Y concluye: «no todos los hombres están hechos para el mar, algunos hasta se marean en tierra en el auto».

  Un océano no bastó para contener semejante espíritu itinerante, y tras navegar a fondo el Pacífico mexicano cruzó en su totalidad el océano hasta llegar uno nuevo, el Índico: «Mi camino fue largo, podría decirles tantas cosas, fíjense, en Pakistán fui responsable de setenta personas a mi cargo. Fui contratado por los musulmanes; allá no es fácil la vida, pero si sabes pasar obstáculos puedes hacerlo. A mí me buscaron en Mongolia, me pusieron personal a mi cargo, me cuidaban, y supongo que es porque yo hacía bien mi trabajo, eso es lo bonito, que se le reconozca a uno su trabajo, así que sí se puede hacer bien las cosas». Encontrar una razón para vivir, algo que en lo que se sea capaz, luego dejarse llevar y que el mar haga su trabajo, sin olvidar que la filosofía del esfuerzo y del trabajo es crucial para llegar a buen puerto.  «Necesitas conocer a fondo a lo que te dedicas, enseñarle al personal que trabaja contigo, para  no quedarse detenido, avanzar».

El armador artístico

Estos viajes interminables por los océanos hicieron que gradualmente el cuarto de máquinas se convirtiera en un taller de producción artística. Las inagotables horas de soledad que el mar provoca sobre los hombres que navegan sus aguas posibilitaron el prodigio de que Rogelio Martínez comenzara a percibir las máquinas como criaturas artísticas.

  Fueron estas condiciones tan peculiares que lo llevaron a ser el único escultor mexicano que realizaba su trabajo en alta mar: «Mi filosofía es que mi obra fue construida en el mar, en los mantos sargaceros», dice don Rogelio.

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  Algunos detractores de su obra lo tildaron de «chatarrero» —sobre este punto es importante considerar que las esculturas se realizaron exclusivamente con piezas que en ese momento funcionaban, y es que para el autor, el funcionamiento y el entendimiento de la mecánica sobre el universo son elementos esenciales para explicar la vida y por lo tanto su arte: «Yo llegué a la conclusión de que nosotros los humanos somos máquinas […] Yo tenía mucho conocimiento de maquinaria, y de ahí me fije que somos un “todo”. Y que con las piezas que me sobraban buscaba la crítica de la sociedad. Hice mi primera exposición en Ensenada, y aquí había personas de arte que no construían, pero yo sí, pues conocía de maquinaria». Al final del día, «la parte técnica es parte de la creación, nosotros somos mecánicos, y del trabajo proviene todo, el trabajo es el centro de todo”.

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  Esta crítica se encuentra patente en toda la obra de don Rogelio: las esculturas se encuentran acompañadas de reclamos sociales e históricos, como en la pieza El transporte de nuestra historia, con la que explica cómo una carreta que es tirada por un buey representa a la sociedad mexicana durante la época de la Revolución que, con fe ciega, se decidió a participar en el conflicto armado esperando alcanzar mejores condiciones. También está otra pieza que ejemplifica a la Malinche: Martínez la describe como una mujer culta y políglota que abrió un puente de entendimiento entre culturas, donde a pesar del dolor y sufrimiento provocado por la Conquista, se dio el fruto del mestizaje.

  Un punto a destacar en la obra de Martínez es la propiedad kinésica que muchas de sus esculturas presentan. Algunas cumplen una función útil, otras se transforman. Existe un interesante juego de articulaciones y movilidad en su obra. La concepción del artista también se integra por distintas corrientes de pensamiento tales como el materialismo, el funcionalismo o el organicismo. Sin despreciar la idea de Dios, prefiere mantenerse al margen y comparte estas palabras con nosotros:  «Muchachos ustedes están en la flor de la juventud, una etapa muy bonita, yo, pues ya tengo esta enfermedad, para el Parkinson no hay cura… la materia, si no la cuidas, se enferma».

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  En un poblado de unos cuantos miles como Ensenada, ya consolidado y reconocido por su trabajo, no sólo como mecánico y marinero sino también como artista, nuestro entrevistado se convierte en un pionero del arte; desde entonces, establecer una escena artística en la localidad se convirtió en una de sus máximas preocupaciones. Como muestra de su compromiso hacia la vida cultural del puerto, además de instruir y fomentar a las nuevas generaciones en el quehacer artístico, dispuso gran parte de sus recursos para fundar un museo del mar que nos comentó, se ubicó detrás de la hoy Ex aduana. «Yo no vivía del arte, yo vivía de mi trabajo en el barco, entonces no me preocupaba por la subsistencia, lo que me preocupaba era que no progresara el museo, porque no hay espacios para los artistas, por ejemplo, sólo hace muy poco se abrió la carrera de arte».  A pesar de los esfuerzos que destinó a esta ardua tarea, distintos conflictos de intereses afectaron el buen funcionamiento del museo, «yo me iba a mis viajes en el sargacero y cuando regresaba me encontraba que había muchas disputas entre los que trabajaban en el museo, sobre todo los antropólogos». Pese a lo anterior, don Rogelio continúo apoyando a futuros artistas.

  Al final, dos últimas preguntas a un personaje difícil de encasillar, pero que ante todo mostró ser una enorme persona.

—Don Rogelio, ¿ se considera mecánico o artista?

—Me considero una persona que hizo un trabajo que ya le corresponde a la juventud; no tuve maestro.

—¿Podríamos definirlo como un armador artístico?

—Sí, armador artístico.

Para dos preguntas, dos lecciones de humildad y trabajo. Porque en esta vida «uno debe aprender a tratar con todo tipo de gente, pobre, rica, de mucho cargo», como lo hizo y seguirá haciendo don Rogelio Martínez.

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Meses después de la entrevista sería reconocido el trabajo del escultor por el ICBC (Instituto de Cultura de Baja California) con una exhibición de su obra en el museo CEART Ensenada, junto con algunas pinturas de su coetáneo Salvador Vilches. Pioneros del arte local, ambos artistas coincidían en la exposición de Arte Naif. Al asistir al acto de inauguración, fui presa de sentimientos encontrados: admiración y respeto por un hombre a quien se le homenajeaba su trayectoria, pero, al mismo tiempo, un sabor amargo, cierto dejo de injusticia, dado que la obra de estos dos pilares culturales fue exhibida en los pasillos, a la entrada del museo, y no en una sala principal.

  Al salir del acto inaugural, unas palabras de aquella tarde que platicamos con don Rogelio retornaron a mi memoria; en el calor de la plática, un hombre infatigable, celoso de su trabajo y de su profesión dijo algo que no podré olvidar: «ya es tiempo de que los artistas nos demos a respetar.»

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