Carlos Lazcano

                         

 

Fotografía de Arcelia PazosPor Asael Arroyo

 

La desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa era reciente, por todos lados había opiniones sobre el tema… sobre la situación política del país. Entre tanta información y desinformación, fue un respiro encontrar artículos bien sustentados. Una de esas reflexiones lleva por nombre “A quienes dicen que el cambio está en uno mismo” (compartida decenas de veces), cuestionando la actitud blanda de la ciudadanía mexicana ante las imposiciones del gobierno. La encontré desde la página de Facebook del espeleólogo e historiador Carlos Lazcano Sahagún.

   Lazcano no es el autor de dicho escrito, él nunca dijo lo contrario, y aun así un cuantioso número de personas despistadas le atribuyeron la autoría al geólogo. Entre todo ese revuelo lo importante para mí era saber, algún día, quién y por qué lo había compartido. «Sería interesante conocer a este Carlos», pensé; alguien que comparte estas palabras debe hacer algo interesante de su vida. Mi deducción podría parecer carente de sentido, pero, acostumbrada a la certeza de mi intuición sobre las personas, seguí contemplando el deseo de conocer a Lazcano. Ese mismo noviembre concluí que este hombre (de quien sólo sabía el nombre y su aparente convicción social) era el mismo con el que me había identificado, más de una vez, al leerle en Raíces y Mitos, columnas del periódico El Vigía.

   Cuando el director general de El Septentrión nos comentó que entrevistaríamos a Lazcano, averigüé sobre su vida profesional y encontré la relación nítida entre la crítica política que suele hacer con su trayectoria como explorador y rescatista de la memoria, particularmente de Baja California. Saber que Carlos, junto a Carlos Rangel y Alfonso Cardona, recorrió toda la península a pie en 1989, me generó la sensación de que él, como pocas personas, tiene el registro en sus ojos de lo imponente que es este lugar. Tras mi reciente publicación, “El Arco”, recordé la invitación de Carlos para charlar de esta problemática. Con más entusiasmo acudiría a tal reunión, pues en este trayecto por informar del megaproyecto minero, me he enfrentado a una realidad en la que prácticamente sólo empresarios afectados y políticos hipócritas, se muestran interesados en actuar en contra.

   Quizás es porque en casa crecí con una doctrina muy fuerte de aprecio a mi tierra y su historia, quizás porque me parece injusto que nuestra península haya estado y siga estando tan excluida por el centralismo del gobierno, o quizás ambas son las razones por las que no me perdería una charla con una persona que está tan vinculada a mis mismos apegos. Qué puedo decirles, en casa de mi tía Francisca había un cirio, siempre fue del mismo tamaño, y siempre vi a los adultos hacerle cariños de diferentes maneras: explicaban que su lento crecer era parte de su belleza y que nosotros éramos testigos efímeros de su vida. Cuando mis primos, mi hermano y yo jugábamos en el patio, hacerle daño al arbolito podría ser causa de una fuerte penalización. Nunca hizo falta, era el señor Cirioy lo respetábamos por amor.

  Amor: el amor hacia la tierra y el conocimiento de ella es fundamental, porque como Carlos dice: «No se ama lo que no se conoce».

   Con un antecedente más que atrayente sobre la vida de nuestro entrevistado y sabiendo de antemano de su capacidad para debatir, el martes 20 de octubre, llegué al Museo de Historia de Ensenada, en el Riviera, después de las 2:00 p. m. Con la chamarra amarrada en la cadera y encandilada por un sol que escondía una lluvia, vi a mis compañeros de pie, atentos, y a Lazcano montado en su silla tras el mostrador del museo: seguro, tranquilo y afable; dispuesto a charlar de su obra y vida, confirmando la congruencia que se necesita para proteger y defender la tierra, al igual que al ser humano, de un gobierno  negligente.

  Casi un año después de haber leído el nombre de Carlos Lazcano en publicaciones de mis amigos —en compañía de Lizeth García, Andrés Cortés y Asael Arroyo— confirmo que se trata de alguien que, no sólo ha hecho cosas interesantes en su vida, sino que estas acciones, que van desde recorridos, hallazgos, investigaciones y fotografías, derivadas en publicaciones y espacios para la cultura bajacaliforniana, son el soporte más fuerte de su discurso.

—Arcelia Pazos

 

 

El Septentrión: Al revisar su curriculum, resulta evidente la estrecha relación que tiene con la tierra, en un sentido amplio: geólogo, espeleólogo, historiador, cartógrafo. ¿A qué se debe esto? ¿Cómo nace? ¿Alguna influencia familiar?

Carlos Lazcano: Familiar, no creo.  Solamente que mi padre viajaba un poco, y me transmitió el gusto de viajar. Él era comerciante, viajaba mucho, compraba mercancía y la distribuía por pequeños poblados. Mi familia es de Jalisco y se vino a vivir acá.  Vivíamos en las afueras de Ensenada —lo que en aquella época eran “las afueras”—, por el CICESE… Y siempre me atraían los cerros que estaban detrás de la casa.  Ahí comenzó… desde niños, mis hermanos y yo íbamos a recorrerlos, a buscarlos… Pero también mis padres tenían una buena biblioteca. Me gustaba mucho leer, sobre todo de historia, y la historia y la geografía están asociadas.  La geografía por el lugar donde ocurren los hechos históricos.

S: ¿Recuerda algún libro, en particular, que lo haya marcado en su infancia?

CL: Yo recuerdo a Julio Verne. Me leí casi todos los de él. También recuerdo, especialmente, la Enciclopedia de la Juventud (1961). En los años cincuenta y sesenta todos los niños de México la leían…, era una enciclopedia muy popular. Yo la conservo, hasta la fecha.

S: Además, le interesa la exploración…

CL: Sí. Fue en los años setenta cuando yo comencé como espeleólogo. A mí me gusta lo desconocido; lo que no se ha explorado desde el punto de vista geográfico. Así entré a las cavernas, porque hasta la fecha hay mucho sin explorar. Empecé a recorrer barrancas, desiertos, sierras, regiones o áreas poco o nada conocidas.

S: Baja California podría ser el área desconocida de México por antonomasia…

CL: Sí, todavía tiene muchos aspectos desconocidos… aunque ha sido muy explorada, muy asediada, sigue habiendo aspectos desconocidos. Por ejemplo, en este momento, tengo un proyecto sobre sitios de arte rupestre no registrados, y me he encontrado muchísimos. Ya llevo cuatro años, y no tengo para cuándo terminar. Yo pensé que era un campo, más o menos visto, pero no… Ya ves que Baja California es muy conocida por sus áreas rupestres, pues todavía la mayor parte está sin descubrir.

S: ¿Cómo toma la decisión de estudiar geología en la UNAM?

CL: Lo que pasa es que yo quería estudiar una carrera que tuviera que ver con el campo. La única que había en Baja California era la de oceanología; pero esa carrera nunca me atrajo. Yo no sé por qué el mar nunca me ha atraído, fuera de una bañada ahí en la playa [Risas]. El desierto, la selva, las montañas sí… Yo no sé por qué, es algo que tiene que ver con la vocación.

S: ¿Quizá porque el mar es algo conocido?

CL: Posiblemente, aunque también en el mar hay mucho por conocer. Me fui a estudiar a la ciudad de México por la carrera de geología. Lo cual, para mí, fue bastante bueno porque ahí me adentré en otro campo, hice muchos contactos, entré al grupo de montañismo de la UNAM.

S: ¿Cuándo regresa a Baja California?

CL: Tuve dos etapas: me fui de Ensenada a hacer la prepa en Guadalajara en los setenta, porque mis padres, siendo de Jalisco, querían que me volviera jalisciense. No lo lograron, pero mi interés en el centro del país me llevó para allá.  Me regresé en el ´86. Luego, en el ´93 me fui a Chihuahua. Ahí estuve diez años, y me regresé.

S: ¿Considera que pudo haber salido de Ensenada por un rechazo a lo local, y, en otro momento, la necesidad de reencontrarse con su tierra de origen?

CL: Cuando yo me fui, yo quería conocer mundo, digamos. Pero… estando allá, yo siempre tuve la nostalgia por Baja California, y, claro, por Ensenada también. Aunque mi regreso en el ´86 fue específicamente por el proyecto de recorrer a pie esta península. En el ´86 ya me sentía maduro para hacerlo. Me vine con tiempo para planearlo bien.

S: ¿Cómo surge la idea de esta caminata?

CL: Cuando yo estaba en la secundaria me acuerdo que conocí a un estadunidense que presumía de conocer mejor Baja California que cualquier bajacaliforniano. Claro que eso a mí me molestó, pero no por el norteamericano sino por nosotros. Entonces, yo me dije: «Tiene que llegar el día en que yo conozca Baja California, tanto que sea difícil que alguien la conozca mejor que yo». Con el tiempo vi que la mejor manera era yo recorriéndola a pie y estudiándola. Fue un año de preparación: conocer no sólo la ruta sino rutas alternas… muchas cosas. Con esa caminata realmente conocí Baja California.

S: Carlos Rangel y Alfonso Cardona lo acompañan…

CL: La idea yo la concebí, e invité a Carlos Rangel, él era el jefe de grupo de exploración de la UNAM. Él conocía mucho más que yo de técnicas de exploración, de supervivencia en el desierto. Y en cuanto a Alfonso Cardona, él fue un gran fotógrafo bajacaliforniano. Hubo dos personas más, nada más que no duraron mucho tiempo en el proyecto. Los efectos psicológicos a veces son muy fuertes. Renunciaron, no porque no pudieran físicamente, sino porque no estaban preparados mentalmente.

S: ¿Qué reacción causó en la sociedad bajacaliforniana este proyecto?

CL: Mucho escándalo por el proyecto… yo creo que nadie lo había hecho antes… estuve revisando bibliografía. Cuando avisamos que íbamos a hacerlo, hubo muchas muestras de apoyo. Hubo seguimiento por parte de la prensa, de la radio… Una de las intenciones era manejar la historia precisamente a través de esta caminata.

S: ¿Cuál fue la ruta escogida?

CL: Quisimos seguir una ruta antigua: la ruta de los misioneros y de los soldados. Partimos desde Cabo San Lucas, hasta San Diego. No seguimos la ruta del Camino Real, seguimos una ruta llamada Primera Entrada. Cuando los misioneros llegaron a Loreto fundaron la primera misión. Cuando quisieron fundar la segunda misión desconocían el interior de la península, entonces hicieron una serie de exploraciones llamada Primera Entrada. Así es como encuentran sitios con agua. Al conocer dos, tres rutas, definieron cuál era la mejor, y ésta es la del Camino Real. Pero a nosotros nos interesaba la primera ruta, el primer viaje. En algunos casos esta coincidía con el Camino Real, pero en la mayoría no. Creemos que, después de los misioneros, nosotros fuimos los segundos.

S: ¿Se enfrentaron a dificultades imprevistas?

CL: En realidad no tuvimos ningún problema, mas que de índole personal. Calor, sed, cansancio, todo eso lo pudimos solucionar.

S: ¿Rencillas?

CL: No rencillas, pero sí tensiones. En un viaje tan extenso, terminas saliendo cual eres. Aunque uno no quiera, salen las máscaras. Si eres egoísta, si eres generoso… ahí sale como eres.

S: Hay algún momento clave en la caminata en el que se presentaran estas tensiones?

CL: Nos preparamos un año, y yo me acuerdo que cuando íbamos hacia Cabo San Lucas, en carro, empecé a ver el desierto más árido, más hostil. Y yo me preguntaba: «¿Estaremos realmente preparados?» El trayecto entre Los Cabos y La Paz fue tranquilo, pues íbamos cerca de la carretera. Pero, después de ahí, ya nos encaminábamos a la Sierra de La Giganta: una ruta difícil, escarpada, sin bebederos. Entonces uno de los compañeros que nos empezó a insistir, cuando estábamos viendo por dónde entrar a La Giganta, nos pedía que diéramos la vuelta y nos fuéramos por toda la base de la sierra. Nos empezó a insistir, así fuerte, con insistencia. Hasta que le dije: «espérame, la ruta original no es por aquí». Y me empezó a decir que yo era un Hitler, que quería imponer mi voluntad. Le dije que ese había sido el plan inicial, y que él lo sabía desde un principio. Cuando vio que la cosa iba en serio, prefirió renunciar. Quiso convencer a los demás de que yo era un tirano. Claro que nadie hizo caso. Después al otro compañero le pasó casi lo mismo, le entró miedo y no lo pudo superar. Sin embargo, yo desde antes, les dije a los que íbamos a hacer la caminata que tenían que aceptar la existencia de un líder, pues hay ciertos eventos en los que si no hay un liderazgo definido, pones en peligro todo. Yo a Carlos Rangel le ofrecí que fuera el líder. Pero él me dijo que nos echáramos un volado, porque el proyecto original era mío, y yo gané el “volado”.

S: ¿En un volado se decidió?

CL: Sí, pero nada más entre él y yo.

DE IZQUIERDA A DERECHA: EDUARDO MANSILLAS, ALFONSO CARDONA, BRUNO CASTREZANA Y CARLOS LAZCANO AL LLEGAR A LA PAZ DESPÚES DE HABER CAMINADO DESDE CABO SAN LUCAS”. CORTESÍA: CARLOS LAZCANO

S: ¿Considera que el proyecto de Baja 100, en el que se cruza del Mar Cortés al Pacífico, tiene las mismas intenciones que esta caminata?

CL: Baja 100 es un picnic. Me imagino que para alguien sedentario, sí. Es una caminata de amigos, en la nuestra se necesitaba disciplina. Son dos cosas muy distintas.

S: Usted también funda el Museo de Historia de Ensenada. Cuéntenos de eso.

CL: Allá por el ´87, ´88, un amigo que vivía cerca del Hotel Las Rosas estaba construyendo su casa, y encontró una serie de vestigios arqueológicos. Y había, efectivamente, muchísimo material arqueológico. Yo di aviso al INAH (Instituto Nacional de Antropología e Historia), pero la directora me dijo: «¿Sabes qué, Carlos? No podemos hacer nada, porque no tengo arqueólogos… ni nada… y pues, ni modo, las cosas se van a perder». Entonces yo le dije, «No tendrás objeción de que yo agarre lo más bonito y me lo lleve a mi casa», pero me dijo que eso era saqueo… ¿De que los vestigios sean cimiento de una casa, a que esté en mi oficina? «No, que no». «Pues, mira —le dije—, yo voy a ir en la noche, a escondidas, y voy a sacar todo. Tú dime si me vas a ayudar —yo de cualquier forma voy a hacer algo—». Total, que a regañadientes, aceptó apoyarnos y mandó a un arqueólogo que iba cada dos o tres semanas, y comenzamos a hacer el rescate de todo ese material. Después de tres años, rescatamos más de cinco mil piezas: piedra de concha, cerámica, hueso —además, restauramos—. Para esto, al dueño del predio se le pidió permiso e incluso él interrumpió su construcción. El INAH nos pidió que le entregáramos el material, yo me negué rotundamente. Luego me dijeron que no teníamos un lugar adecuado para tenerlo, yo les dije que, «¿qué era un lugar adecuado?», me dijeron que un museo. «Ah, pues lo hacemos». Y por eso está este museo, así comenzó. Yo trabajaba en la UABC, y el rector nos apoyó. Me dijo que no tenían dinero, pero que me permitían usar mi tiempo de trabajo para esto, para buscar tocar puertas, y toqué muchas puertas… Sobre todo el Club de los Rotarios me apoyó mucho.

S: ¿Por qué en el Riviera?

CL: Porque el que dirigía el Riviera, don José Luis Fernández Bandini, el que hizo todos los jardines aquí, se enteró de que teníamos este proyecto, y nos ofreció este espacio. Si no hubiera sido por este espacio, el proyecto habría tronado. Tenemos un flujo de visitantes que nos permite no depender de subsidios.

S: ¿Ha habido apoyo de parte del gobierno?

CL: En un principio, después ya no. También la UABC… de hecho, con el siguiente rector tuvimos un altercado. El primer rector nos apoyó —a decir verdad, mi idea original fue que el museo dependiera de la universidad—. Con el rector del altercado, Luis Llorens,  inauguramos el museo, lo invitamos… pero él se opuso a que el Club de los Rotarios me nombrara presidente del museo. Y yo le dije al rector, «Oiga, ¿por qué se opone? Aquí el que ha estado trabajando más en esto, he sido yo». Y me respondió, «el rector es el que nombra a los directivos». Pero el museo sólo formaba parte de la universidad, en realidad es el patronato quien los nombra. Total que me hizo todo un show. Incluso, me amenazó con correrme.

S: ¿Esto tiene que ver con que en el ´93 se interrumpieron los cursos de arqueología que usted impartía en la universidad?

CL: Sí, a raíz de eso dejé de dar los cursos de historia, de exploración y de arqueología. Estaban abiertos al público en general. Ese rector me cortó de tajo esta posibilidad. Al sentir que el proyecto del museo ya estaba consolidado, me voy a Chihuahua, a la Sierra Tarahumara.

S: ¿De qué manera las piezas se han incorporado al museo?

CL: Aparte de esa primera colección, ha sido mayormente donaciones.

S: ¿Cuál ha sido la reacción de la sociedad ensenadense a este museo?

CL: Muy buena. Si se sostiene el museo, es gracias a los ensenadenses. Las estadísticas hablan de un 45% de habitantes ensenadenses, los extranjeros vienen principalmente de California y el resto de todas partes del mundo: hemos contabilizado hasta ochenta países.

S: Usted es también fundador de la Sociedad de la Antigua California..

CL: Así es, con la idea de seguir manejando proyectos formamos un grupo que se preocupara por el cuidado del patrimonio bajacaliforniano. No hay mesa directiva; no tenemos tesorero, ni presidente; no está registrada, ni queremos registrarla. La mayoría de los proyectos se pelean por ver quién va a ser el presidente, aquí no, aquí funcionamos a base de proyectos. Tenemos una serie de proyectos como el IV Festival de la Antigua California; pláticas que damos en el CEARTE; monografías misionales; el proyecto de arte rupestre. Sólo existe el puesto del coordinador, y este es, generalmente, el mismo que propone el proyecto. Nuestra idea es promover el conocimiento de nuestras herencias históricas, culturales, naturales…. El proyecto de arte rupestre nació justamente de defender el Valle de Los Cirios del proyecto minero, que es muy depredador.

S: Usted también inició la revista California Peninsular…

CL: Sí, es un proyecto en el que no nos fue muy bien. Nos apoyaba El Vigía, lugar en el que yo trabajo, pero los que venden la publicidad no quisieron venderla. En mi opinión esta revista no podía sostenerse por el municipio de Ensenada, sino tenía que abarcar todo el estado. En los tres primeros números sí se vendió publicidad, pero muy poca, no quisieron buscar nuevas fuentes. Digamos que los publicistas de ahí tienen ciertos nichos, y no quieren salir a buscar otros. Pero yo creo que Ensenada no da como para meter una publicación como estas.

S: Dentro de los descensos que ha realizado, quizá el de mayor importancia sea a la mina de Naica

CL: Yo fui el primero que exploró Naica, pero eso fue algo fortuito. Estuve en el lugar y tiempo correctos. Sucede que yo me encontraba en Chihuahua, y ahí, pues, como soy geólogo, tenía un contacto regular con la comunidad de geólogos, y conocí al gerente de la Mina de Naica, porque habíamos sido compañeros, él y yo, en la universidad, en una o dos materias. Entonces, en el año 2000, al excavar un túnel para abrir otro frente dentro de la mina, apareció la cueva. Luego, luego, me hablaron: «Oye, Carlos, apareció esta cueva, ¿quieres venir a explorarla?» Y rápido fui. De hecho, ya antes se conocía otra cueva llamada Las Espadas, que era muy hermosa. Yo la conocí después de cien años de saqueo, y me pareció extraordinaria. Imagínate, cómo sería al principio. La respuesta la tuve precisamente cuando vi la cueva de los cristales: ¡cristales de catorce metros! Yo le pedí permiso a los mineros para explorarla, estudiarla, y me lo dieron. No fue fácil porque tiene condiciones extremosas: sesenta grados, cien por ciento de humedad, máximo podías estar unos cinco a diez minutos. Entonces, yo invité a un grupo de espeleólogos italianos, con los que he explorado muchas cuevas, llamado La Venta. Ellos han explorado cuevas a ochenta centígrados en el volcán Etna. Vino con ellos un físico, y diseñó un traje en el que pudimos estar hasta hora y media. Fue un proyecto bastante exitoso.

CRISTALES DE NAICA

S: ¿Qué importancia tiene esta mina a nivel latinoamericano?

CL: Está considerada la cueva más extraordinaria del mundo. Tiene una formación muy diferente a las demás cuevas. Tiene condiciones fuera de serie. Por cierto, ya pronto se va a volver a inundar. No se ha podido controlar la inundación. Sale costosísimo mantener toda la estructura, por lo que la van a cerrar.

S: En el norte del país los vestigios arqueológicos no son tan espectaculares como los del centro y sur, ¿esta podría ser una razón por la que el arte rupestre bajacaliforniano no es tan apreciado?

CL: Al INAH, en el centro del país, no le interesa Baja California, por el centralismo. No les interesa nuestra historia. Somos uno de los estados más amolados en ese aspecto. Pone todo tipo de trabas, el IVA, las leyes, no he visto en ninguna ocasión algo que beneficie a Baja California. Uno de los pretextos que usan es que no hay pirámides, pero ese no es ningún justificante. Yo me he echado muchos pleitos con el INAH, y es más, incluso los he demandado varias veces porque han dado permisos para destruir sitios arqueológicos, permitiendo desarrollos depredadores.

S: Particularmente, en la mina de El Arco…

Yo he encontrado unos sitios increíbles de arte rupestre. Simplemente, si los hubiera encontrado en Europa, ya sería súper famoso. Más de uno habría hecho una película, un documental así amplio. Como el documental La cueva de los sueños (Herzog, 2012) en el que documentan la cueva de Chauvet. He encontrado algunas cuevas de gran belleza, de los murales más antiguos de México,  y el INAH no se ha dado ni por enterado. Bueno, se ha publicado más en Italia que aquí.

S: ¿Sería pertinente fundar la licenciatura de Arqueología en Baja California?

CL: Sí, desde luego. Pero ese no es el principal problema con la arqueología. El problema principal es que sólo la maneja el INAH. Tú como arqueólogo sólo vas a encontrar trabajo a través del INAH, por lo tanto estás “frito”; vas a estar supeditado a las políticas del INAH.  No todos los arqueólogos están de acuerdo con el INAH, pero hay unos que sí, como la directora de aquí de Baja California.

S: ¿Nuestro patrimonio está a salvo?

CL: No, corre peligro. Mira, lo que es el Valle de Los Cirios  está en peligro. Desde que comenzaron a repartirse los ejidos, fragmentarlos, dividirlos, para venderlos a empresas mineras y turísticas que no les importa el ambiente, todo México está a la venta. Tenemos un gobierno de traidores, y un país que está gobernado por traidores jamás va a salir adelante. Ese es nuestro problema.

S: Para concluir, ¿cómo definiría su relación con Baja California? ¿Es un enamoramiento?

CL: Sí. Yo estoy enamorado de Baja California. En general, de México. Yo he vivido en muchos lugares. A mí me gusta cualquier lugar del planeta Tierra, y en todos los lugares me dediqué a explorar, conocer, descubrir… Yo soy de las personas que dicen: «Adonde fueres haz lo que vieres».

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