Veo a Su Santidad

 

 

 

por Noel René Cisneros

Lo veo ahí sentado, moviendo sus dedos por los holanes de su manga, luego seguir las líneas labradas en el roble de su sitial. A veces se queda dormido, cabecea de pronto y se despierta, con los ojos muy abiertos, viendo de un lado a otro, alisándose los ropajes.

   Al principio, cuando ocupó el Solio, se embebía horas girando su sortija, viendo su escudo en ella, comprobando el oro con sus dientes, disfrutaba del regusto metálico que le dejaba en la lengua. Entonces los ojos le brillaban. Se veía una y otra vez sus dedos enguantados y cuajados de anillos, se llevaba la mano a la cabeza para comprobar que la tiara triple en verdad lo coronaba; era cándido, una vez que su mano volvía a su lugar en el descansabrazos una sonrisa de satisfacción iluminaba más su rostro. Quienes, además de mí, podían verlo en ese momento pensarían en la iluminación beatífica.

   Pero así de mutable es la condición humana. Su Santidad se empachó del sabor del anillo y de las coronas superpuestas. Empezó a entretenerse viendo la punta de su zapato, observando el recorrido de la sombra del manto escarlata de un cardenal en el suelo. Incluso notamos que su rostro adquiría la expresión de quien prefiere ver cómo crece la hierba. Algunas veces intentó entretenerse viendo el techo de la basílica, pero su viejo cuello lo hizo reconsiderar pronto tal idea.

   El cardenal que vimos antes, que caminaba siempre al centro de los pasillos rodeado por su cohorte de obispos, diáconos y jóvenes sacerdotes, que exigía audiencias papales a horas desusadas y que se enfrentó al camarlengo y al secretario particular del antiguo Papa ya no existe. Aquel vigor está aplastado por los encajes y los hilos de oro, por los escapularios y las sobrepellizas que tanto ambicionó. Su garganta antes repleta de palabras, consejos y conjuras, ahora sólo profiere síes y noes. Lejos quedan los cabildeos, las sonrisas pródigas dadas a pobres y duques, al obispo amigo por su mano encumbrado y al cardenal enemigo que, como él, aguardaba para ocupar el Solio.

   Fueron bellos los días posteriores al Habemus Papam, a nosotros mismos nos engalanaron con ropajes nuevos. Todos estábamos cansados del cónclave, de los dimes y diretes, del valor de aquél y la mezquindad del otro. Nuestro nuevo Papa triunfó, fue el único que no dio muestras de cansancio y, aunque sabía de antemano que sería su nombre el que estaría en el mayor número de boletas, poco le faltó para empezar a dar de brincos, como un niño a quien se acaba de dar una pelota. Y ese deseo se pudo ver en el bullicio de los siguientes días; en los cardenales que apresuradamente hicieron sus maletas y partieron de Roma en la noche, escabulléndose cuando no pudiesen ser reconocidos, mientras obispos que fueron leales mandaban bordar sus nuevos ropajes carmesíes que su santidad les impondría.

   Ahora, el Papa se aburre, ya ni siquiera lo emociona mandar traer a quien fuera por tanto tiempo su enemigo para mantenerlo vigilado, para evitar que en el siguiente cónclave resulte, por la gracia de Dios, electo Vicario de Cristo. Le acaban de decir que estaba en Francia pero fue como si al dueño de caballos pura sangre le hablasen de las virtudes de un asno. Llegó a decir cuando era cardenal —yo mismo lo escuché pues lo dijo a mis pies—: Un hombre se mide por el tamaño de sus enemigos. se preciaba de haber tenido enemistad con uno de sus predecesores en el trono de San Pedro, además de con el otro aspirante al Solio, de quien ahora le hablan.

   Mientras trata de imitar el trote de un caballo con sus dedos sobre el descansabrazos se queda viendo las paredes y los altares donde cada uno de nosotros lo vemos todos los días. Ve el torcido cuerpo de Santa Teresa y el saeteado dorso de San Sebastián, se detiene un poco en las llaves, que le parecen toscas por el tamaño, de San Pedro; por un instante vuelve el rostro hacía su camarlengo, intenta poner atención a sus palabras. Regresa su mirada hacia nosotros, nos ve, nos lame con la vista, tratando de hallar algo nuevo que lo entretenga, como los infantes que al atardecer han dejado botado en medio del patio el juguete que se les compró apenas al mediodía. Coinciden nuestras miradas, me ve y luego pasa su mano por el rostro como tratando de alejar de sí la idea que ha tenido. No puede ser que la figura de ese santo me esté viendo, murmura.

 

Este cuento forma parte del libro Gloria Mundi

 

Noel René Cisneros Cuauhtémoc (Chihuahua, 1984). Premio Nacional de Cuento Breve “Julio Torri” 2015, con la obra Gloria Mundi, editada por el Fondo Editorial Tierra Adentro. Participó en el Sexto Festival Literario Internacional de Tinos, en Grecia en 2018. Se le otorgó una de las residencias artísticas que convocó el FORCAN noreste en 2018. Ha sido becario del FONCA Jóvenes Creadores (2016-2017 y 2010-2011) y de la Fundación para las Letras Mexicanas (2014-2015).

Déjanos un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

*