DESTINO MANIFIESTO

 

                  por Elizabeth Salcedo

Bastaba con extender los brazos y rasguñar la puerta, bastaba con girar la cabeza y empujar el cuerpo hacia afuera. Las puertas se derribaban ante los golpes, así era la urgencia por la libertad detrás del muro de cera. Era esta prisa la bandera que guiaba su furia, aquello que la hacía emerger de la cámara real y desplegar el cuerpo entero, coordinar brazos y piernas, erguirse, estirar las alas, llenar las venas de savia y buscar a las otras, las que podrían acabar con ella. El interior del castillo se le revelaba. Los pasillos aromáticos y las paredes decoradas con sutiles marcas de dientes, el olor de miles de alas se filtraba entre los cuerpos pilosos de los guardias y, al andar, los hexágonos del piso se fundían unos con otros, resaltando las oquedades y los bordes suaves. No tenía más alternativa que olfatear, correr, explorar, no había más opción que peregrinar entre los pilares amarillos y ocres oscuros para rastrear a las otras.
  Durante varias horas se había nutrido de néctar y polen. Se había fortalecido y ahora podía distinguir las emanaciones de sus enemigas. Estaban en algún claustro, pretendiendo emerger y tirar sus propios muros, explorar y buscarla, lo mismo que ella. Podía percibir el aroma real expandirse en los corredores guiándola a cada paso, un poco más allá, un poco más acá. Sentía su vientre madurar. El tiempo se acortaba y tenía que encontrarlas para fijar su corona en el castillo. Entonces giró un poco y entre dos pilares llegó por fin a una cámara real todavía intacta. Horadó la puerta de la celda hasta llegar a su rival, derruyendo los muros tenaz e incansablemente. Tomó entre sus mandíbulas la cabeza de su enemiga, trituró su cráneo, degustó la sangre imperial, cortó su cuello, arrancó sus patas. Aún la carne blanda y pálida, las alas pegadas al torso, tiró y desgarró cada parte, pero el olor a realeza seguía punzante entre las sombras. La jornada aún no había concluido. Corrió de nuevo y dejó tras de sí los trozos mutilados y esparcidos de su primera víctima. Una suave brisa le trajo la señal. Estaba justo ahí, a unos centímetros de distancia. Fue fácil desmembrarla y tirar sus pedazos al vacío, pues sólo así sobrevivirían las miles y miles de las obreras. Sólo así podría salir al vuelo nupcial y dar vida. Por fin, vida. Cientos de miles de vidas por venir. Salve, oh Reina.

 

 

 


Elizabeth Salcedo, cachanilla de Cuervos, del Valle de Mexicali, de canales, alfalfas y cigarras, de perros, pichones y burritos de nata de la abuela. Escribe por nostalgia y por exceso de luna, cuando encuentra un punto rojo en el mapa o un sol dorado jaloneado por las nubes, así, nomás, para sentir que está.

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