Dos cuentos de Christian Fernández

por Christian Fernández

 

 

Cuello Rojo, Basura Blanca

La ignorancia es una bendición. Hace un par de años me saqué dos dientes con unas pinzas, me hice un corte de pelo estilo mullet y decidí no mirar atrás, nunca.

  Hoy porto un skullet, a mi prima le encanta y a nuestro hijo le fascina. Bobbi Jo, el mayor de mis tres hijos, le gusta sobar mi cráneo y acariciar mi cabellera que se extiende sobre mis hombros.

  A Jamie Lee, la más pequeña, le cuento historias de princesas y piratas, mientras le guiso dos latas de jamón condimentado y le prometo que la llevaré al Museo del SPAM en Minnesota.

  Billy Jean es el más creativo de los tres bastardillos, su madre piensa que es porque se llama como la canción de ese artista famoso que se murió por negro. En realidad le puse Billy Jean, porque Billy fue lo primero que se me ocurrió y Jean es el segundo nombre de mi prima.

  Billy Jean toca una pandereta todas las tardes, gime y se convulsiona como un maldito loco, pero tiene ritmo el maldito.

  Esos tres pequeños con sus dientes de mazorca son lo que más quiero en la vida. Bueno, y a Britney por supuesto. Los amo. Amo mi vida con ellos. Nosotros cinco contra el mundo.

  Es imposible imaginarme otra vida. A veces mientras le doy un trago a mi cerveza Natural Light, me pierdo en el ruido de mis propios sorbos, y recuerdo una vida que ya no es mía. “Una brillante carrera en la academia”, “una promesa de las ciencias sociales”…

 La vida aquí es tranquila, mi remolque es más confortable que mi viejo apartamento en Berkeley. Incluso Britney Jean puso un flamingo rosado frente a él y plantó un pequeño cacto de plástico. Es nuestro jardín mágico.

  Por las noches nos sentamos en nuestras sillas de plástico y vemos cómo la luna se refleja sobre la cubierta plateada de la casa rodante del vecino. Mientras beso la frente de Britney Jean, le cuento sobre la costa californiana, sus playas, sus edificios altos y sus grandes centros comerciales. Se ríe cuando le platico que la gente paga seis dólares por un cafe y más de 30 dólares por un corte de cabello.

  Todos los días al amanecer preparamos lo que Bobbi Jo y yo cazamos el fin de semana. Zarigüeya, pichón o mapache. Un poco de carne magra con algo de verduras para un estofado delicioso. Mi semestre de Sociología de la Gastronomía sirvió de algo.

  Mientras los tubérculos se cocen con la rata gigante, Britney Jean cuida a los niños y yo voy al Taller de Joe. Es un buen tipo, me contrata por temporadas para trabajar como asistente de mecánico, aunque realmente hago labores de contabilidad, ordenes de compra y otras cosas. Joe dice que soy bueno con los números.

  En realidad soy muy malo con los números, por eso estudie antropología. Supongo que para los estándares de aquí mi poca habilidad con las matemáticas es suficiente.

  De hecho las matemáticas inundan mi cabeza, cuento una y otra vez los dólares, los centavos. Cuánto es suficiente para seguir así, para seguir aquí. La Beca Rockefeller para mi proyecto de Antropología en los Apalaches no durará para siempre. Sé que mi director de tesis me busca y tarde o temprano me encontrará.

  Camino a casa, pienso en lo que ya no será. Una tesis que se convierte en un libro, un título magna cum lade, un libro que gana un Pulitzer en la categoría de No-Ficción, un doctorado en Europa, una vida triste.

  El olor a papa y marsupial cocido me regresan a mi trailer. La pequeña Jamie Lee me muestra su chimuela sonrisa mientras me pide otra historia de princesas y piratas. Yo le sonrío de vuelta y asiento con la cabeza.

  Me volví nativo, estoy perdido en las tribus de America. Soy Kevin Costner, danzo con zarigüeyas.


Sac de mal de mer



He de confesar que tengo miedo a las alturas aunque nunca me ha dado miedo volar. Bueno, corrijo, no me da miedo volar en avión pero todo lo que hay alrededor de un viaje en avión me inquieta, me preocupa, y en el peor de los casos me puede molestar. Todo sea por mi madre, o mejor dicho, por evitar la monserga que representaría no realizar la visita anual a su casa.
   Para ponernos al tanto de mi vida gris sólo hace falta una llamada de cinco minutos no un viaje de cinco mil kilómetros.

 Lo único que pido es que me dejen en paz. Pasar desapercibido. Aunque me sienten junto a una súper modelo o al sujeto que encontró la cura al cáncer, sólo quiero decir buenos días al sentarme y adiós al momento del aterrizaje. Mi interacción con la tripulación del avión  se limitará a pedir algo de comer y de beber. En mi refrigerador sólo había una cerveza y un frasco de pepinillos. Ese fue mi desayuno. 

Odio abordar el avión y estar parado en el pasillo esperando a que la gente tome su asiento. Miran los números en su boleto y voltean hacia el asiento, miran su boleto y luego la fila de los asientos, como si del número cuatro no siguiera el cinco, como si de la letra B no siguiera la C.   Y luego el número coreográfico de subir la maleta: tú te mueves, yo me muevo, a la izquierda a la derecha. “¿Sabe qué?, creo que no cabe”. Mi único consuelo es reírme de la anciana angustiada tres filas más enfrente, que se golpea al subir la valija sobre su cabeza mientras espera que alguien le ayude en su precaria situación.
  Apenas logro sentarme cuando escucho: “Tripulación de cabina, favor de armar toboganes, cross check”.
  Empiezo a identificar a mis vecinos de viaje, los pasajeros a mi lado. Evito contacto visual para no incitar a una conversación que ninguno quiere tener pero que ninguno admitirá. Volteo a mi derecha, un hombre mayor, arriba de los sesenta años, dormirá como un bebé. A mi izquierda, una mujer, no es muy atractiva pero algo interesante. No alcanzo a ver bien su cara, pero sus manos delatan cuarenta años. Lleva una argolla de matrimonio. Espero que sea de esas a quienes su marido no permite hablar con extraños en aviones.
  Frente a nosotros, una señorita de gesto parco, explica el procedimiento en caso de algún accidente. Lo explica con tal ímpetu que sólo espero que realmente mi vida no dependa de ello.  Sus manos se mueven a una velocidad despiadadamente lenta. Ninguno de mis compañeros de fila ha roto el sagrado voto de silencio, sólo nos hemos limitado a sonreír como imbéciles y responder nuestras imbéciles sonrisas con más sonrisas.

 Se acerca la azafata a nuestra fila.  ¿Azafata o aeromoza? Quisiera preguntarle a la madura mujer sentada a mi izquierda pero prefiero quedarme con la duda antes que sacrificar unas horas de reparador sueño con una conversación mediocre. De todos modos azafata suena más sensual.

 La mujer mal encarada y de actitud beligerante, me ofrece frituras  y soda. Yo pido una cerveza y una sonrisa. La cerveza me la da caliente, la sonrisa me la queda debiendo. Sólo pienso que después de beber la Corona y comer esas Totis, voy a desconectarme de esta realidad.

 Al colocar mi bebida en la charola tiro las frituras por accidente. Me inclino a recogerlas y toco algo extraño en la sucia alfombra del avión. Es un tornillo. Lo levanto y lo examino, definitivamente es un tornillo de este avión. No creo que alguien ande por ahí cargando pedazos de metal en los bolsillos para luego tirarlos en la tapicería manchada de un avión.  ¿Qué hago con esto? ¿Lo dejo donde estaba? ¿Me lo quedo? Debería estar lamiendo de mis dedos la sal de las frituras y no haciéndome preguntas sobre un estúpido tornillo. Ya debería estar durmiendo.

 La azafata se acerca nuevamente a nuestra fila. Sostengo en alto el tornillo. “Señorita, tal vez necesite esto para aterrizar el avión”. La broma no surte efecto. Con expresión de rigor mortis toma el diminuto pedazo de fierro y se enfila hacia la cabina del piloto. La sigo con la mirada esperando me devuelva la sonrisa. En lugar de eso levanta el auricular y habla por el comunicador, supongo que con el piloto.
  Mientras lo hace me mira. Me mira a mí y mira el tornillo, uno y luego otro, como cuando intentas encontrar el parecido entre la fotografía de una persona y la persona que tienes enfrente. Eso era, una reducción de mí, la subsunción del yo en el tornillo. El pendejo del tornillo.

 

 


Christian Fernández Huerta es licenciado en Ciencias de la Comunicación, maestro en Estudios Socioculturales y doctor en Estudios del Desarrollo Global por la Universidad Autónoma de Baja California. Ha publicado varios artículos académicos en revistas nacionales e internacionales, además de colaborar con artículos de divulgación y opinión en revistas como Generación de la Ciudad de México y Diez4 de Tijuana, Baja California. Como narrador y cuentista ha publicado en diferentes revistas del país y ha sido incluido en varias antologías, como Pan de Muerto (Matarraya ediciones, 2013).

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