Desde el sótano, la noche: Bucéfalo en La Chinesca

                                                     

                                                      por Antonio León

                                               Fotografías de Armando Ruiz

 

 

Es de noche y el centro de Mexicali late igual que un gato mojado boca arriba. Mis amigos y yo llegamos armados de botes de cerveza al manicomio, donde nos reciben amablemente y nos pasan a una improvisada sala de espera. El manicomio es una tienda de aspiraciones rockeras: discos de vinyl y de los otros, accesorios del imaginario leather-punk, diademas de gatitos y unicornios, collares del verano del amor y playeras con estampados de grupos de heavy metal. Los nombres de las bandas pesadas necesitan una traducción para los que no sabemos lenguas nórdicas.

   A pesar del despliegue de los reinos oscuros, lo que suena en las bocinas es el concierto de Juan Gabriel en Bellas Artes; esto no viene mal si tomamos en cuenta la mística grandilocuente de algunas de las canciones del Divo de Juarez. La parte final de “Hasta que te conocí” es igualita a la Marcha Radetzky, Op. 228 de Johann Strauss I, por ejemplo.

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Nuestro anfitrión, Junior Chen, activista por la recuperación del barrio chino, nos da la bienvenida e inicia el descenso a uno de los sótanos. Según registros, a principios del siglo XX, en los albores de esta ciudad, llegaron miles de inmigrantes chinos para trabajar en el cultivo del algodón. Bajo los comercios de esta parte de la ciudad existe un entramado de subterráneos que, se supone, alguna vez estuvieron conectados. Hay quien habla de La Chinesca como una ciudad debajo de la ciudad, con ostentosos casinos y fumaderos de opio a los que la gente huía de los 45 graditos del verano cachanilla.

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El escenario es una oda a la recreación de una patria en todas partes. Mitad teatro, mitad salón de eventos. Mitad México de papel maché, mitad China de dragones rojos. Y cálido en su totalidad. La sala está llena y brillan los botes de cerveza mientras todos se saludan. Algo hay en el ambiente de estos encuentros de nuestros amigos con talento que los vuelve fin de cursos de la Academia Comercial Nayar. El caso es que todos, enterados o no del repertorio de la banda, de Miles Davis y su herencia, de que el jazz existe en la frontera, es más, de lo que va a suceder, tomamos nuestro sitio y aplaudimos al caer los primeros solos. 

 

   Bucéfalo es una banda de jazz con representantes en el corredor Mexicali – Ensenada: el guitarrista, Edwin Montes, Fernando Solares en el sax Alto, el joven Said Sarabia en los tambores y Fernando Domínguez en el sax tenor. Imagino los ensayos gracias a la magia del Skype, pero alguien me informa que se reúnen con regularidad porque, después de todo, tres horas por carretera no es tanto tiempo. 

     Los temas empiezan a llegar, todos ellos composiciones de la banda: “Campo Marte”, “Tiempos de eco” y otros de nombre muy zen. En algún momento, llega una canción llamada “Los baches”, con un saludo muy especial al encarpetado asfáltico de la bella ciudad y puerto, aunque la verdad es que en todo el estado hay agujeros en la calle que crecen fuertes y robustos. 

      La última es “Sunny Day”, y los que se bajaron el disco de Bandcamp tiran barrio y chiflan hasta aturdir. Fernando Domínguez habla de tirarse al sol, caguama en mano, como activador del proceso compositivo de este corte. Hay bromas sobre contrataciones usando el Tinder. Bucéfalo nos reconecta con el gozo de la música y hace que se nos muevan las botas de adultos hipsters. La noche brota lluviosa, pero a esta banda no se le notan las goteras de la voluntad. El jazz se ha instalado toda la noche en el piso de La Chinesca, ese joven anciano de poco más de cien años.

 

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