Voguing al vuelo: una tarde con César Cañedo en Tijuana

por Antonio León

Es viernes por la tarde y alguien dejó abierto el bote de la diamantina. Llego a la sala de video del Centro Cultural Tijuana, espacio en el que se llevará a cabo el recital cómico-mágico-musical de mi amigo, el poeta César Cañedo. Lo anterior en el marco del XV Festival de Literatura en el Norte, mejor conocido como el FELINO, que es ya una tradición en el estado. El FELINO es cónclave, bootcamp y lavadero municipal para las cuenteras, las narradoras perras, las perras gonzo, las acanémicas, las versoservers, las periodistas todoterreno, las aspirinas, las booktubers, las groupies del horror, los chacales letrados y las espontáneas de la prosodia milagrosa.

  Una señora insolente me dice que no, que en la sala de video no, que me vaya a buscar a la Cañedo en otras latitudes, que de seguro anda en Sanborn’s. En el lobby del conjunto cultural me encuentro cara a cara con el poeta, hecho todo greñas y velocidad y me dice:

—Jota, vengo bien tarde y aún me tengo que poner el vestuario.

   Lo acompaño al baño a producirse, ante la mirada curiosa de dos ancianos y un gay closetero que se ve que busca un jicotillo que ande en pos de doña Blanca. El vestuario en cuestión podría caber en el puño de una mano: mallas de lycra como de chapopote, chamarra en rigurosa transparencia y una cadena dorada en plan rapero bocón. Tras el episodio de jotería textil, nos damos prisa, pues el público espera impaciente el golpe de glamour.

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César Cañedo podría ser un poeta; de no ser porque, más bien, es una fuerza de la naturaleza. Se encarama al verso medido como si no existiera el fin de la generación del ’27 y las nuevas poetas no fueran unas perras minimalistas de la escansión de la forma. César tiene menos de treinta y ya irrumpió en la poesía mexicana con una patada digna de Liza Minelli en clases de kung fu. No concibe un asunto único y se ocupa de todos los que salen al paso: que si los jotos del último vagón del metro, que si unas amigas liosas, que unas aventuras del ligue en internet, que si venir de un pueblo y buscar el fondo de armario de ciudad Esmeralda. En menos de lo que el actual presidente de la República se hace crepé y se unta la brillantina, César publica un libro, una antología y se da tiempo para ganar el Premio Nacional de Poesía Joven Francisco Cervantes Vidal por su libro Loca (Demencia asociada al VIH).

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La presentación deviene en fiesta desde el inicio. La gente abarrota el espacio mientras hacemos chistes de Grindr y de la revancha de las tlayudas del tianguis oaxaqueño que se encuentra en la plaza (que nos guarden dos con queso).

     El poeta Alberto Paz, encargado de la Sala de lectura, nos brinda la bienvenida y el festival del ladrido bonito sigue. César se pone de pie, un poco Pita Amor en pirotecnia, nos da los textos memorizados pero no memorísticos: jotea a granel, emociona y divierte. Los poemas se dejan ir a la yugular desde las páginas de Inversa memoria, la antología de Cañedo: “porque desde niña sabía de mi futuro éxito como poeta y pensaba en mi antología, no importa que fuera mi primer libro”. Los asistentes ríen, dispuestos a comprarle la idea y de paso, cómo no, sus obras completas concebidas también en su época de niña prodigio, de cachorro de loba.

    Llega el turno del baile y el poeta nos explica todo lo concerniente al Vogue. Cuando digo nos explica, es que lo hace para los escasos seis o siete heterosexuales que se encuentran en la sala, que los demás comienzan a moverse en su asiento como babositas de jardín con sal a la menor insinuación de un cencerro. Un amigo-hermano de jotería, a todo tinte de rubio platinado (a quien, de cariño, llamaremos “La Martha Susana de TJ”) se ofrece a bailar mientras César lee en voz alta, pero el numerito va muy avanzado y lo del baile tendrá que esperar la salida en bandera hacia el Ranchero, el Taurino o el Zacazonapan: total que a cierta hora se anulan las diferencias. En los bares gays, los jotitos se comienzan a poner borrachos y en el bar canónico, los borrachos se ponen gradualmente jotitos.

    Al final hay aplausos y un último poema sobre volver a nacer y a todas las noches de esta noche. Estoy a su lado y lo veo temblar al leer este poema, heredero de quien César llama “su madre”: Abigael Bohórquez, el gran poeta sonorense de poderosa y macha poesía, como lo llamó Efraín Huerta.

    Alguien pregunta si ha valido la pena aferrarse a la poesía como a un clavo ardiendo. En algún momento el tinglado amenaza con volverse un capítulo de La rosa de Guadalupe. Alguien agradece el alud de jotería –ay, ya vamos a emborracharnos como la gente normal-, una de las asistentes agradece que sea su profesor en la UNAM y que sea gay y que sea poesía.

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