Battle Angel: La última guerrera

 

 

 

 

por Alberto Villaescusa 

 

(Alita: Battle Angel; Robert Rodriguez, 2019)
El primer tráiler de Battle Angel: La última guerrera se estrenó hace más de un año y fue uno de los avances menos auspiciosos para una película hollywoodense de alto presupuesto. La adaptación de Robert Rodriguez del conocido manga utilizaba animación por computadora para llevar a la vida a una ciborg adolescente con ojos perturbadoramente grandes. Se entiende la lógica detrás de esta decisión; el personaje no estaba del todo vivo y su apariencia debería reflejarlo. Pero la mezcla de efectos visuales fotorrealistas y su diseño se acercaban más a una persona moldeada grotescamente para parecerse a sus orígenes dibujados que a una plausible interpretación de la inteligencia artificial humanoide hecha realidad.
    Los materiales promocionales, sin embargo, pueden jugar una función doble: no sólo ayudan a crear conciencia y anticipación hacia una película por estrenarse, pero también nos acostumbran a algunos de sus elementos más dudosos. En el caso de Battle Angel, el desconcierto inicial creado por la apariencia de su protagonista fue rápidamente desplazado por miradas a otras pesadillas de los efectos visuales como un Pikachu peludo, un Sonic piernudo y un Will Smith azul como el genio de la nueva versión de Aladdin.
    Aun así, una de las primeras escenas de Battle Angel parece diseñada explícitamente para calmar los nervios de los dudosos. Corre el siglo XXVI cuando el médico/mecánico (en este futuro, fusionar partes robóticas con humanos es bastante rutinario, por lo que es difícil distinguir dónde termina una de sus funciones y empieza la otra) Dyson Ido (Christoph Waltz), rescata y repara a una ciborg desactivada. Ella se despierta sin un recuerdo y frente a un espejo redescubre su cuerpo y su movilidad. Luce lo suficientemente plástica para diferenciarse de los humanos que la rodean, pero la textura de su piel y el detalle de su cabello son suficientemente tangibles, y le permiten integrarse orgánicamente a su entorno. El mejor efecto visual de la película, y uno de los mejores de cualquier película reciente, muestran a Dyson limpiándole una lágrima. Alita, como él decide llamarla cuando ella es incapaz de recordar su nombre, luce maravillada ante sí misma, tal y cómo Rodriguez y los productores Jon Landau y James Cameron (quien en un principio pensaba dirigir la película) seguramente esperan que el público responda.
   Mucho del mérito le pertenece a la actriz Rosa Salazar, cuyas reacciones de emoción y maravilla se traducen al rostro digital de Alita mediante la tecnología de captura de movimiento. Cuando ella sale a las calles de Iron City, un pueblo fronterizo y el último refugio de la humanidad después de una misteriosa guerra hace trescientos años, todo detalle le parece nuevo. Se enamora del sabor de las naranjas, del chocolate y después de Hugo (Keean Johnson), un joven deportista que sueña con viajar a Zalem, una ciudad futurista que flota sobre Iron City como un candelabro invertido.

Alita evoluciona de una curiosa mente en blanco a una tenaz heroína ansiosa por hacer lo correcto. Se plantan las semillas de un emotivo conflicto: Alita al desarrollar una mente propia y un afán por el peligro, empieza a chocar con Dyson, quien se comporta como un padre sobreprotector. Hay algo verdaderamente inspirador sobre Alita, así como lo hay en los mejores superhéroes. Aunque su mente cibernética le permite superar la mayoría de los obstáculos en su camino con relativa facilidad, su espíritu no se rompe aun cuando su cuerpo lo hace. Siendo nueva a Iron City, ella puede ver un futuro más allá de este paraje desolado y sin esperanza. Hugo, Dyson y Chiren (Jennifer Connelly), la ex esposa de éste último, y Vector (Mahershala Ali), un corrupto empresario, pueden pensar en formas de salir de ahí, pero sin tratar de cambiar el opresivo estatus quo en el que viven. Son determinados, pero no pueden ser héroes. Cuando la ciudad es aterrorizada por el asesino ciborg, Grewishka (Jackie Earle Haley), Alita es la única que piensa en unir a los numerosos cazarrecompensas que la patrullan para derrotarlo. No lo logra, pero por lo menos lo intenta.
    Battle Angel tiene numerosos elementos a su favor, pero su guión, escrito por Cameron y Laeta Kalogridis y más robótico que su protagonista, no le ningún favor. Los momentos en que Alita puede cuestionar quién es o integrarse a una vida humana más o menos normal, son de los más efectivos de la película, pero se pierden entre exageradas escenas de acción y una trama sobre un concurso de Motorball, un deporte mortal que es en partes iguales roller derby, basquetbol y Mario Kart. El guion original de Cameron al parecer consistía en 186 páginas más 600 de notas, pero es casi seguro que sus energías habrían estado mejor empleadas, no en encajar todas estas ideas dentro de una película de dos horas, sino en encontrar un concepto único que sirva como corazón y columna vertebral para la historia.
   Las mejores películas que Rodriguez ha hecho a lo largo de su carrera de más de veinte años han sido aquellas que hacen un uso ingenioso de sus limitaciones (El mariachi, hecha con un presupuesto de 7 mil dólares) o que nacen totalmente de su imaginación (Mini espías). Sus talentos no necesariamente brillan en una adaptación de 170 millones de dólares de un comic japonés. Rastros de su personalidad, como la ascendencia mexicana que suele vestir con orgullo y su juguetón gusto por la violencia, se notan en los letreros en español que dominan Iron City y los personajes robóticos que puede desmembrar y decapitar sin cruzar la frontera de la clasificación B, respectivamente.
   Es probable que Rodriguez pudiera haber hecho una adaptación visualmente fiel e impactante del manga original, así como hizo en La ciudad del pecado con el trabajo del escritor y artista Frank Miller. Aquí, sin embargo, tiene que rendir cuentas no sólo al material de origen sino a Landau y a Cameron. Como resultado, Battle Angel es una proeza de efectos visuales en la vena de Avatar y Titanic, pero sin la atención al asombro y la función narrativa que caracterizan las películas que Cameron dirige. Es mejor que la película que los avances en un principio prometieron, pero también una más decepcionante porque el trabajo de Salazar es definitivamente encomendable. Su Alita merece una película más interesada en ella que en sentar las bases para secuelas que muy probablemente nunca se hagan realidad.
★★1/2

 

 

Para leer más reseñas del autor, aquí su blog: https://pegadoalabutaca.wordpress.com

Alberto Villaescusa Rico (Ensenada) Estudiante de comunicación que de alguna forma se tropezó dentro de una carrera semi-formal como crítico de cine. Propietario del blog Pegado a la butaca. Colaborador en Esquina del Cine y Radio Fórmula Tijuana

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