Ha llegado esa fecha: Día Internacional del Libro

 

 

Es raro, pero es así: el Día Internacional del Libro tiene apenas veintitrés años de ser celebrado. Eso quiere decir que, por miles de años —ya cada quien dirá si fue inventado por los sumarios o por los chinos o por los egipcios o hasta en la Edad Media—, nadie pensaba que debía haber un día para celebrar ese objeto. Se celebraba cuando se utilizaba: era leído. Siete escritores bajacalifornianos han respondido a una pregunta que intencionalmente quisimos que fuera ambigua. “¿Qué puedes decir del libro?”

 

Jorge Postlethwaite

“Todo en el mundo existe para acabar en un libro”. Esta expresión de Mallarmé, que quizá pueda parecer algo exagerada para la mayoría de la gente, a mí siempre se me hizo sensata. Contamos con innumerables libros para innumerables situaciones, circunstancias, sentimientos, pensamientos. Es a través de los libros que comprendemos un poco mejor el mundo y la vida que se desarrolla en ellos. Poco a poco vamos armando ese interminable rompecabezas, que puede ser infinito pero no nos detiene su posible futilidad. Porque seguimos buscando, abriéndonos paso, volteando las piedras con cada vez mayor inquietud y curiosidad por el mundo natural y sobrenatural, físico y espiritual. Y hay libros para aventar hacia arriba que nos guían y arrojan luz; a veces, nos adentramos en ellos como por callejones sin salida y resulta ser lo más fascinante. Cuando la ficción captura un sentimiento complejo nos hace frenarnos en seco para preguntarnos ¿qué hago aquí?, ¿cómo llegué aquí? (acabo de descubrirme involuntariamente citando una canción de Talking Heads)…  Así que mejor me freno en seco al final de esta hoja para darle punto final y desear a todos un gran día internacional del libro.

 

Ismene Venegas

En mi casa siempre ha habido libros, desde que soy pequeña. Desde entonces, también, he sido algo perezosa para leer. De chica, como es lo normal, preferí las ilustraciones complejas por encima de los textos complejos y creo que aún lo hago así. A través de los libros vi el interior de una ballena, recorrí muchos ecosistemas lejanos y comprendí el sabor de una magdalena, sin siquiera haberla probado. Los mundos que los libros plantean son nuestros también, no sólo del autor y creo que ser parte de esa arquitectura bizarra de un mundo que brota de las letras me parece fascinante. Me he encontrado en algunos libros, me he perdido en muchos otros, he conocido la belleza y la profundidad de la tristeza también. Un buen libro que me atrapa, a pesar de mi pereza, no me suelta. Me arrolla y no me deja igual. Esa en la que me convierto, generalmente, es una mejor persona (con más dudas, quizá) que la que era antes de botarme la pereza y entregarme al libro. O, bueno, eso creo.

 

Jorge Ortega

Páginas de arena bajo el viento de abril

La noción de libro siempre ha sido para mí un concepto amplio y profundo que va más allá de la letra impresa, el papel, la encuadernación. Libro es la vida abierta en canal, la ofrenda de las cosas que se entregan día a día a nuestro paso, el fluir de la existencia. Libro del mundo, en suma, que tiende sin cesar su mantel de signos: interrogantes, confirmaciones, respuestas; trazos de una revelación que nunca acaba y que llena permanentemente de asombro el cáliz de los sentidos, la copa del entendimiento. Libro de saberes y abstracciones, sí, pero también de sensaciones y estímulos; la mente que intenta resolver el acertijo de una metáfora, la conmoción del alma literaria como un Cristo fundido, pero, a la par, el ojo que descifra la sintaxis de roca de un paisaje costero o el tacto que se esfuerza casi en vano por traducir a palabras lo que experimenta al hundirse en las aguas termales del cuerpo que lo imanta. Lectura, traslación: maniobras paralelas, acciones de la especie humana sobre los folios de este planeta que la brisa del tiempo remueve lejos y cerca de las estanterías, justo en la raíz de esa biblia de hallazgos, provocaciones y sorpresas que es el milagro de estar vivo. 

 

Javier Fernández

Siempre estoy leyendo. Es de lo único que estoy seguro en mi día: hoy voy a leer. Cuando comparto el gusto de un libro o un autor con alguien, se crea un vínculo muy especial. Es lo que más me da placer en la vida; también es lo que más me mete en problemas, cercanos y ajenos. Leer ha pasado de ser un gusto a un hábito, y de un hábito a un proyecto de vida. Me entusiasma saber que falta tanto por descubrir, lagunas que llenar y, a la vez, me inquieta por el reto que significa entrar en terreno desconocido.

 

Elma Correa

Me encantan los libros, durante mucho tiempo tuve un fetiche de libros: toda esa cosa de olerlos, de tenerlos y verlos solo porque eran hermosos, de leerlos muchas veces y hacer anotaciones sobre las anotaciones viejas y ñañaña hasta que entraron a robar a mi casa y como no había nada más para llevarse me dejaron sin biblioteca y sin comida en el refrigerador. Ahora soy muy zen y no acumulo y así, so, rolen sus pdf’s.

 

Antonio León

No tengo una Kindle® de la misma forma en que no tengo Grindr o Spotify: quiero decir, me gustan los objetos y el peso de los mismos en una bolsa. Algunos llaman resiliencia a la capacidad de evitar las pastas duras y las ediciones que apuestan por el diseño. Lo mismo aplica para no pagar equipaje extra, para no cargar peso y perjudicar la columna vertebral.

  Me gustan los libros hermosos y algunos de ellos los he comprado solo por su apariencia. Por lo regular no me equivoco: los libros que ostentan belleza por sus partes suelen ser buenos libros. A menos que se trate de editoriales pudientes que todo lo resuelvan con el papel más caro y las portadas en materiales inexpugnables.

  No leí filosofía cuando era joven, porque los libros que conocía eran de Porrúa y me hacían llorar de tan feos. Sigo sin leer filosofía, pero ahora sucede que odio aburrirme.

  El caso es que no imagino las tardes de lectura sin los espléndidos colores de Ediciones Overol, en particular, La poesía no es un proyecto, de Dorothea Lasky, los libros de narradores de Europa del Este de Sexto Piso, los de Vaso Roto o esa hermosura que es Operación al cuerpo enfermo, de Sergio Loo, mimado con amor por ediciones Acapulco. Estas ediciones son caras, pero esa es otra historia. Me da menos pena robar un libro que una Kindle®.

 

Rosa Espinoza

Postales librescas

Mi madre era lectora, adquiría enciclopedias en abonos, recetarios, mapamundis, colecciones de novelas rosas, libros de todos colores. Ediciones en pasta dura de las que me viene a la mente –sobre todo– su olor. La recuerdo en silencio junto a su lámpara, leyendo. Abstraída de la realidad que implicaba cinco hijos pequeños. Sobre su mesilla: Trópico de cáncer

  La abuela leyendo lo que fuera como refugio del insomnio y yo, a su lado, replicando el gesto con algún libro, el que fuera, en las manos.

  Historia de una anguila, de Chejov, fue un regalo de Ramón a mis 14 años. Él me indujo a los rusos cambiando mi vida para siempre.

  Libreros derribados, una vieja librería en abandono, polvo, Tomás y yo, escondiéndonos de la calle y del frío, leyendo.

  El tiempo me puso en el oficio de editor. Ser artífice de ese objeto del deseo me retribuye tanto como leer. Compartir mis saberes también es más que una pasión. Recorrer las librerías para corroborar que no hay dos libros idénticos, me sobrecoge. Saber que puedo contribuir a volver un manuscrito en un objeto como los libros es una experiencia que no cambio por nada.

  Seis gatos en la cama, mi cuerpo reposando y un libro: no cambio ese paraíso.

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