Mirai: Mi pequeña hermana

 

 

por Alberto Villaescusa

 

 

(Mirai no Mirai; Mamoru Hosoda, 2019)

Kun (voz de Moka Kamishiraishi) mira ansiosamente por la ventana, esperando la llegada de sus padres. El niño, de apenas cuatro años, sabe que traen consigo una nueva hermana para él, pero no parece tener muy claro qué significa tener una hermana. Su única pregunta es con cuál de sus trenes de juguete le gustaría jugar más. Cuando su padre (Gen Hoshino) y su madre (Kumiko Aso) llegan con la recién nacida (Kaede Hondo) en sus brazos, Kun corre a verla. La pequeña luce más como un objeto que como una persona; cuando ella toma la mano de Kun con la suya, él parece sorprendido de que sea capaz de incluso eso.

Mirai: Mi pequeña hermana es una película sobre el fin de esa primera etapa de la infancia y los celos de los hermanos mayores cuando un nuevo integrante llega a la familia. Cuando sus abuelos vienen de visita, Kun trata de acaparar la atención que ahora le dedican a la niña –a quien los padres deciden llamar Mirai (“futuro” en japonés). La más frágil y dependiente miembro de la familia ocupa toda la atención de la madre, quien ya no encuentra tiempo para jugar con el hermano mayor. La niña no es una adecuada compañera de juego para Kun. Él la ve más como uno de sus juguetes: llena su cuna con trenes y su cara con galletas de animalitos. Cuando su mamá le pide que la deje en paz, él le pega con uno de sus juguetes. 

Mirai se desarrolla casi totalmente en el interior de la casa de Kun, diseñada por su padre arquitecto y construida sobre una colina alrededor de un árbol de gran importancia en la historia de la familia. Vista a través de los ojos del pequeño, limitado a este recinto, la película encuentra un lugar para lo fantástico. Cuando Kun sale a jugar al patio, se encuentra con un misterioso hombre de cabello largo y saco café que dice alguna vez haber sido el príncipe de este lugar. ¿Quién es exactamente? Cuando Kun le lanza una pelota de juguete y él la atrapa vemos que se trata de Yukko, el perro familiar que alguna vez acaparó la atención de los padres antes de que naciera Kun.

En su reseña para Roger Ebert.com (https://www.rogerebert.com/reviews/mirai-2018), Simon Abrams escribe que las secuencias fantasías que recurren a lo largo de la película “no se sienten como algo que un niño real imaginaría”. Es una crítica con la que estoy de acuerdo (con la posible excepción del espeluznante clímax de la película, que toman el miedo infantil al abandono y lo convierten en una abstracta pesadilla), pero la película merece el beneficio de la duda porque, más que sueños, estas secuencias ilustran un proceso que Kun sigue para empezar a entender a su perro, su madre, su padre, y la misma Mirai, quien se manifiesta como una versión adolescente de sí misma (Haru Kuroki).

La Mirai adolescente se convierte en la guía de sus aventuras, algo que como bebé, por supuesto, no puede hacer. Su madre, quien constantemente le dice qué puede y qué no puede hacer, aparece como una niña de aficionada a las travesuras. Quizá más fascinante es que la imagen que Kun desarrolla de su padre se mezcla con la de su bisabuelo, un veterano de la Segunda Guerra Mundial. La idea que desarrollamos de otros depende no sólo de su forma presente, sino también de quiénes fueron en el pasado, y quiénes pueden ser en el futuro. Es un proceso fundamental para relacionarnos con otros, fácil de dar por sentado, pero una lección que se siente apropiada para un niño de la edad de Kun.

  Más que querer introducirnos a la mente de Kun, Mirai busca sintetizar, en lo que parecen un par de días, un proceso que en la mente humana toma años. El mundo de Kun inicia como una serie desordenada de experiencias, y sólo a través de la socialización y la adversidad aprende a reconocerse como alguien aparte de los demás. Su identidad no existe como tal desde un inicio, se desarrolla mediante la interacción con sus padres y el reconocimiento de Mirai como alguien separado pero relacionado con él; no mirando dentro de él, sino mirando a su alrededor, no sólo al presente, pero también al pasado.

  Es posible argumentar que Mirai tiene algo de moralista. Que más que aprender a apreciar a las personas a su alrededor, Kun sólo aprende a seguir las normas que sus padres y su cultura le imponen. La dinámica de su familia es más o menos moderna; cuando nace Mirai es la madre quien a la brevedad regresa a trabajar y el padre quien se queda con los niños. Pero igualmente celebran el festival de las muñecas y parecen apegarse a la superstición de que no retirarlas a tiempo resultará en un matrimonio tardío para la niña. Al mismo tiempo, se puede hacer el argumento de que el mismo proceso de aprendizaje consiste en hacer nuestros los prejuicios con los que crecemos.

   El director y guionista Mamoru Hosoda pudo haber hecho una película que tratara sólo sobre los celos de Kun, sobre él aprendiendo a darle la bienvenida a un nuevo integrante de su familia. Pero dado que su protagonista se encuentra en una fase tan temprana de su desarrollo como persona, Mirai se convierte también en una película sobre cómo desarrollamos nuestro propio concepto de identidad e independencia a través de otras personas. Es por esta razón que su final se siente tan perfecto. Por toda su fantasía y viajes al pasado y al futuro, la película reconoce el poder de un gesto tan simple como una sonrisa. Ray Bradbury alguna vez describió a las películas como “máquinas de empatía” por la forma en que nos permiten ver el mundo a través de los ojos de alguien más. Mirai: Mi pequeña hermana es entonces una película que se pregunta cómo este proceso sucede en primer lugar.

★★★★1/2

 

Para leer más reseñas del autor, aquí su blog: https://pegadoalabutaca.wordpress.com

Alberto Villaescusa Rico (Ensenada) Estudiante de comunicación que de alguna forma se tropezó dentro de una carrera semi-formal como crítico de cine. Propietario del blog Pegado a la butaca. Colaborador en Esquina del Cine y Radio Fórmula Tijuana

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