Elementos negros

 

por Vladimir Galindo

 

Tomar la decisión fue lo más difícil, pero Aníbal ya se encontraba unos pasos adelante. Se había escondido cerca de la escena del crimen para poder apreciar sus detalles. En el taller le comentaron que aunque el relato se pretenda sencillo son los detalles los que se encargan de sublimarlo. Con esta idea en mente y resguardado por las sombras, pegó una buena mirada. A unos metros, en el suelo, yacía sin vida el cuerpo de un vagabundo. Podía entenderse a primera instancia como una cifra más en las estadísticas frías de la ciudad. Callejón siniestro, grafitis, bolsas de basura, un cadáver. La norma estandarizada. Sin embargo, tras el rastro de sangre tibia se apreciaba el germen de la posible historia a desarrollar. El arma homicida: un bolígrafo clavado en el ojo derecho de la víctima. Ante los recursos escuetos que tenía delante de él, Aníbal se planteó dos posibilidades para escribir una trama noir; la primera, donde en lugar de tratarse de una simple Bic –marca favorita de los consumidores de metanfetamina– estuviera reluciendo una Mont Blanc con incrustaciones de piedras preciosas para entrelazar los barrios bajos con la élite del poder; la segunda, una comedia sombría donde el vagabundo, sufriendo de alucinaciones parasitarias, se caía de manera brusca causando una maravillosa escena de presunto asesinato. Para cualquiera de los casos, funcionaba muy bien la metrópoli sumergida en la corrupción como escenario general. Pero, dadas las circunstancias, Aníbal creyó que la provincia encajaba mejor. Incluso se le ocurría que la víctima podía ser el personaje mítico que recorre las calles de manera perpetua, como la Maguana en Tijuana, la Bolera en Ensenada, el Justo en Tecate, el Cobijero en Mexicali o el Güero Películas en San Luis Río Colorado. Habla de tu localidad si quieres ser universal, les dijo el tallerista o uno de sus compañeros durante las clases. Aníbal ponía mucha atención a lo que se decía en los talleres a los que acudía. Consideraba que toda su vida había vivido en una especie de burbuja protectora y no tenía los recursos necesarios o las experiencias pertinentes para fabricar anécdotas que cautivaran al público. Por eso debía librarse de esa barrera y recurrir a métodos inusuales para conseguirlos. En cada esquina pueden encontrar una historia; “persigan las sirenas de ser necesario”, recordó Aníbal. Al fondo, escuchó precisamente a las patrullas acercarse. Aullaban como lobos citadinos, cada vez con mayor presencia hasta que se aparcaron en los linderos del callejón. Aderezaron el sitio con su esplendor azul y rojo.  No hace mucho, Aníbal supo que en el espectro de colores estos eran los que más se alejaban uno del otro y que la fuerza policiaca los utilizaba para instaurar mayor precaución. A él, esas luces siempre le habían parecido castrantes; se preguntaba si a largo plazo les causaba problemas en la vista a los policías. Salieron de sus patrullas para atender el reporte anónimo del crimen. Lucían bastante sueltos. Más bien indiferentes. Por eso eran utilizados como relleno en las novelas y en las películas. Colocaron un cerco para alejar a los mirones que ya se conglomeraban alrededor. Por la hora, se apreciaba que era gente que iba saliendo de su trabajo y se dirigía hacia la parada de autobús más cercana. Mujeres con infinidad de bolsas de mandado en sus brazos. Hombres uniformados con un blazer azul cielo y un recuadro parchado a la altura del pezón con sus nombres. Ensalada mixta de jornaleros del campo agotados. Sería difícil inspirarse en alguno de ellos para crear al perfecto asesino que regresaba a vanagloriarse con discreción entre la multitud por su atentado. Excepto por un sujeto que le llamaba la atención: sombrero inclinado azarosamente, camisa desfajada, botas y cinto de hule, que bebía una ampolleta de Sprite o Fanta. Sería bueno seguirlo, pensaba Aníbal. Ver cómo era su vida cotidiana. Quizás ponerle ciertas pruebas para analizar sus reacciones. Pero por el perfil que proyectaba, tal vez sería más adecuado dejarlo como un testigo complicado, alguien con información fundamental sobre los acontecimientos, pero que se movía en los puntos ciegos de la sociedad. Como asesino de su relato prefería colocar a un personaje femenino, la inexorable femme fatale. La suya sería una chica de espíritu libre, astuta por arriba del promedio, habilidades cibernéticas excepcionales, cuerpo atlético debajo de sus prendas negras y con un rencor más grande que ella misma. Tal vez una escritora o una tatuadora a mano alzada. Había pensado en muy pocos nombres para bautizarla, Anita o Annie Valencia. Aún no estaba seguro del todo. Eso lo decidiría después. La pestilencia inherente al callejón comenzaba a azotarlo. Sólo esperaba que una rata no terminara delatándolo. Los policías le pidieron a la gente que se dispersara para darle paso al equipo de forenses. Según el manual de criminalística ellos eran los primeros que debían abordar la escena del crimen. Llegaron con una remanencia que les colgaba de a tiro para llevar a cabo sus minuciosidades. En cuanto los vio, Aníbal supo que serían personajes que transitarían en manada y que poseerían un humor ácido, cruel, casi subversivo por amparar a diario las renuencias de la muerte. Aún así, su característica memorable sería la necrofilia o la necrofagia. Pronto se asomaría el buenazo a supervisar y levantar el acta. Decían que el ministerial ya estaba a la vuelta de la esquina. El frío empezaba a arreciar con un rumor de lluvia que cristalizaba el diálogo de los policías en globos de vapor. La noche se volvía más espesa. Las paredes y el pavimento sudaban las horas extra. Un soplo en el corazón de la luna, anunciaría su llegada. Chamarra negra de piel, pantalón Levis ajustado, botas de cocodrilo. Calvicie remarcada, pálido, ojos verdes ensangrentados. Manos anchas con las que golpearía sin previo aviso al primer periodista que se le parara enfrente. Serio. Sardónico. Sería un hijo de la chingada. Violento de a madres. Muertos pa’ tirar pa’ arriba. Habitante de la tierra de nadie entre la corrupción y el heroísmo. De apellido Marcial, Cacho, Zamarripa o algún otro barbarismo. Así lo anticipaba Aníbal para darle vida a su personaje principal. Se apearía en la escena con un bisturí por mirada. Diseccionaría los detalles antes de lanzar cualquier inquisitoria. Prendería un cigarro. Lo tiraría después de dos caladas, pues estaría dejando de fumar. Probablemente no habría dormido en más de tres noches por algún caso que culminó en una desastrosa masacre. Lo último que necesitaría era ver a su amigo vagabundo muerto. Se acercaría al rostro del cadáver. Analizaría el agujero por donde se le había vaciado la vida. Recordaría dónde había visto ese bolígrafo antes. Sabría que alguien le estaba tendiendo un cuatro. Pero la visualización de Aníbal se reventó al escuchar “Godo” Pérez el MP, quien más bien lucía como un corcho humanoide o un ingeniero de pésimo sentido del humor que se emborrachaba los sábados con Tecate Light en carnes asadas familiares. Este bromeó con chistes de doble sentido con cada uno de los presentes antes de acercarse al cuerpo. No tardó ni dos minutos cuando le pidió a uno de los forenses que se encargara de todo el embrollo. Hizo un ademán de látigo insinuando que su pareja sentimental lo hostigaba desde su teléfono móvil y que no podía ignorar su llamada. Para entonces, su personaje ideal ya hubiese detectado al intruso en la escena del crimen, pensó Aníbal. De igual forma, ya tenía que abandonar el lugar si no quería salir embarrado por un descuido. Ya llevaba tantas horas ahí que sólo era cuestión de tiempo para que diera un mal paso. Con suma cautela, Aníbal se deslizó por unas rendijas que daban paso a un edificio abandonado, el cual atravesó con admirable despreocupación hasta una calle transitada. Había preparado un discurso en caso de que algún policía lo detuviese, pero esto no sucedió. Le pidió parada a un taxi de ruta y se fue en silencio hasta su casa. Durante todo el trayecto fue creando la estrategia que seguiría para construir su relato policiaco. Sabía que era un género que estaba marcado por una tradición cambiante desde sus inicios con Poe, Collins, Hammett, Chandler, hasta la corriente hispanoamericana con Rafael Bernal, Ignacio Cárdenas, Paco Ignacio Taibo II, Ricardo Piglia, Rubem Fonseca, entre otros. Había leído en el prólogo de Leonardo Padura Fuentes del libro Variaciones en negro, compilado por Lucía López Coll que el relato noir, en un principio, era un ejercicio literario que abordaba el raciocinio y sus estructuras lógicas para satisfacer a sus lectores con un trama donde existiera un enigma y un personaje prototípico con una perspicacia superior capaz de develarlo. Sin embargo, este género había evolucionado. Los escritores de los últimos años transitaban por otros rumbos donde se permitían olvidar el enigma y recalcar que el elemento esencial del género siempre fue la existencia de un crimen, el cual, apegándose a la cruda cotidianeidad real, no tenía por qué ser complicado o confuso, más bien funcionaba como mirilla para ubicar el incremento de la violencia en la que el mundo se sumergía cada vez más y que la justicia podía llegar a ser tan ambigua como los preceptos morales de cada individuo. O como decía Hilario Peña, “lo importante ya no es saber quién cometió el crimen, sino por qué”. Todo recaía en el argumento estructural, pensó Aníbal. Tenía tantas pistas y trazos en su mente que se confundía a sí mismo. Apretujado contra los demás pasajeros, decidió sacar su libreta ahí en el asiento trasero del taxi para enumerar los detalles y algunas ideas, pero entonces recordó que había perdido su bolígrafo.

 

Vladimir Galindo nace muy al norte de México en una tierra errante de Sonora llamada San Luis Río Colorado, lo cual, es lo más literario que ha hecho. Dice que porta un título de Licenciado en lengua y literatura de Hispanoamérica y otro de Maestría en traducción e interpretación, pero a todo el mundo le recomienda estudiar medicina. Ha publicado en revistas occisas y probablemente en algunos fanzines. Actualmente descubrió buenas posibilidades en el cuento y parte de su escaso material se está curtiendo para un par de antologías. También se encuentra en proceso de gestar su primer libro; sin embargo, no por nada se autoproclama el rey de la procrastinación. Añora la paz mundial.

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