Santa Clara: lugar donde el Che liberó al pueblo cubano de Batista, aquel imperialista

 

por Asael Arroyo Re

 

Al sobrevolar Cuba, me sorprendió lo verde que era todo. “¿Así es Cuba? —pensé—. Hmm… no tenía idea”. El avión descendía a Santa Clara, una ciudad en el centro del país. Al aterrizar y asomarme por la ventanilla, noté a unos trabajadores cubanos apiñados afuera del avión. No hacían nada excepto mirarnos. Se les veía abstraídos, por decirlo de algún modo. Cuando bajamos de la escalera, continuaron mirando. Esta tranquilidad que se acerca más a estar paralizado que a estar en paz, sería un comportamiento que vería repetidamente en Cuba. Cuando entré a la terminal pensé en una cabaña verde, grande y rústica. En la sala de la aduana, el personal cubano me inquietó. La sensualidad de las cubanas aparece hasta en los uniformes oficiales: medias de encaje, la falda ajustada a media pierna, un escote inusualmente grande y, sin excepción, el cabello teñido.

Al recoger mi mochila —mi único equipaje—, caminé cinco metros y ya estaba fuera del aeropuerto. Ese día hizo un calorón. Había reservado un hostal, y Félix, el dueño de éste, quedó en recogerme. Salí y ahí estaba. Un tipo bajito, sesentón y panzón, de ojos azules y una nariz roja y ensanchada, como de borracho. Pensé en un campesino soviético, pero cubanizado —pantalones de mezclilla, camiseta azul sin mangas, bañado en sudor, y unas sandalias que arrastraba. Nos saludamos y caminamos al estacionamiento. En el estacionamiento me percaté de uno de los coches más feos que haya visto en mi vida:

—Qué carro tan peculiar—le dije—, nunca había visto uno así.

—¡Ni lo va a ver más nunca, chico!—Félix, despreocupado, se paró en seco y se puso las manos en los costados, como para contemplarlo. Sin saber muy bien qué hacer, yo también me detuve y dejé la mochila en el suelo—. Es… sí… déjeme ver… sí: un Cadillac del ´56.

(En Cuba es cosa común que se sepa exactamente de qué año es cada modelo.)

—Pero… algo cambiado, ¿no? —dije.

El auto era extrañamente alto. No tenía rastro alguno de su forma original; básicamente, una plasta azul.

—Sí. ¿Ve esto? —me preguntó mientras señalaba la parte que cubre la llanta delantera—, lo modificaron para subir más gente. Es un taxi.

Caminamos un poco más y me subí al auto de Félix, un Lada 1600 del ´78 (un auto ruso y cuadradito), destartalado pero digno —al igual que gran parte de Cuba. En la carretera hacia la casa vi un montón de personas en bicicletas, casas humildes y chaparras, carretas arrastradas por caballos, gente sin camiseta y una espesa vegetación. Mientras rebasábamos a los santaclareños con el Ladita traqueteado, caí en cuenta que, para estándares cubanos, iba al lado de alguien con una buena posición económica. Dentro del auto el ruido del motor interrumpía la conversación. Félix me explicó que lo había cambiado a Diesel. “Un aparato criollo”, dijo, riendo.

Con todos los cubanos con los que platiqué, la conversación siempre derivó en hablar de la mujer cubana, y en específico de la prostituta cubana; con Félix no fue la excepción. Lleno de orgullo, como cuando alguien habla de un lugar único y hermosísimo de su patria, mi anfitrión me compartió: “No hay puta mejor que la cubana: es educada, bella y barata”. Me explicó que en materia de educación escolar, cada una de ellas hizo, por lo menos, hasta el doceavo grado —lo que sería el último año de preparatoria en México. “Ah, ¿sí?”, pregunté. “Sí”, dijo Félix, y con los ojos entornados y cómplices, me hizo saber: “Si lleva usted alguien a casa, no hay problema”. “Es usted muy amable”, le respondí. Además, me dijo, nuevamente con un dejo patriótico, “aquí la mujer está liberada, antes era sólo un mueble”. En ese momento tomé a Félix por alguien preocupado por la equidad de género, más adelante caería en cuenta de que el comentario no era tanto feminista como revolucionario; con “antes” Félix se refería al periodo anterior a 1959, año en el que la Revolución cubana, con Fidel Castro como máximo líder, triunfaría y cambiaría radicalmente el panorama de Cuba; y con “liberada”, no se refería a una liberación del yugo machista, sino del imperialismo yankee.

A medio camino, Félix me señaló un punto muy lejano.

—Eso que ve allá es el centro de Santa Clara.

—Se ve… retirado —respondí.

—Sí. Pero acá, en la casa, a dos minutos a pie, usted tiene la universidad de Santa Clara.

—Menos mal.

—Pero está cerrada, por las vacaciones…

—No importa, me daré una vuelta. 

—…y los turistas no pueden ir.

Antes de bajar del auto, a punto de llegar al hostal, Félix me dijo, “pero no se preocupe, en Santa Clara hay más cosas que el Che”. Me preocupé. No entendí a qué se refería, aunque intuí que algo no andaba bien.

Es difícil describir el hostal de Félix. En Cuba, como me diría unos días después el mismo Félix, se diseña con lo que hay… y lo que hay es escaso. Lo que no es escaso es la pintura color verde pistache, como las paredes de la casa de Félix. Este verde está por todos lados. Hospitales, escuelas, casas… Le pregunté por esto a Félix y me dijo, entre risas: “Cuando alguien de fuera va a venir a visitar, yo le digo que ‘va verde todo’, pero ellos me entienden que ‘va a ver de todo’. Así ambas partes entienden lo que mejor les parece”.

Conocí a Arian, el yerno de Félix. Arian, alto y resuelto y con unos kilos de más, de treinta y pico, cocinero y periodista, y con el que viviría una de las situaciones más disparatadas en mi estadía, me dijo con respecto de la casa: “eso que está arriba de usted —yo estaba comiendo, debajo de un tubo que da soporte a la cocina— Félix lo planeó mucho antes de ponerlo. Puso el hueco ahí, y diez años… escúcheme bien, diez años después… metió el tubo. Hace las cosas con una precisión milimétrica. Es un genio.” 

Después de acomodar mi equipaje en el cuarto que me fue asignado, bajé al área común a cenar.

Mientras me comía una formidable comida criolla —arroz, frijoles negros, platanitos y pollo—, abrí la conversación con lo que a mi parecer era un comentario inteligente y original y que ya tenía muy ensayado:

—Resulta paradójico —afirmé con voz grave e ilustrada—, el paralelismo entre el final de la vida de Castro, y la presencia cada vez más fuerte de Estados Unidos en Cuba. Ahora que Obama visitó la isla, el inminente fin del bloqueo y que Castro está por cumplir los 90, pareciera que el régimen, sin el vigor de su máximo dirigente, está por expirar.

Se hizo un silencio tal que se alcanzó a escuchar el ronquido de un grillo. Toda la familia de Félix se revolvió, incómoda, en sus asientos.

—¡¿Está usted loco, chico?! —Soltó Arian, alarmado con lo que acababa de escuchar—. Fidel nos va a sobrevivir a usted y a mí.

—En primer lugar —dijo Félix—, aquí nosotros no le decimos “régimen”.

—Oh… —dije, con la cara hecha un tomate.

   Puse el plato a un lado y replanteé mi estrategia.

—Aunque, por otro lado, qué bárbaro Fidel, educación y acceso a la salud gratis para todos los cubanos—dije.

—¿Qué otro país, con la pobreza de Cuba, le ofrece esto? —preguntó Félix.

—¡Ninguno!—respondió Arian.

—Aunque es verdad que esto es una dictadura —admitió Félix.

—Y que no hay elecciones… —dije yo.

Félix, que se mecía en una silla, se detuvo por completo, mirándome de arriba abajo.

—Ustedes tienen su concepto de democracia —y como si tuviera una máquina de escribir enfrente de él, tecleó con los dedos en el aire “democracia”—: tacccc, tacc, tacccc. Nosotros, el nuestro: tacc, tacccc, tacc.

—Es decir, ¿no cree que para que haya democracia debe haber elecciones?—repuse.

—Si algo está bien, ¿para qué modificarlo?

En la televisión se veía Pánfilo, el programa de comedia más popular en Cuba.

—¿Ve esa televisión ahí?—Félix me preguntó—. Ésa es una televisión revolucionaria.

Examiné la televisión detenidamente; no encontré nada de revolucionario en ella.

—Es analógica, digital y de alta definición. Es decir: su primera etapa, la analógica, es el capitalismo; la digital, la transición: el socialismo; y por último, la etapa de mayor desarrollo, la alta definición, es el comunismo.

Impresionado con la defensa que hizo Félix del sistema cubano, me despedí y me subí a mi cuarto a dormir.

Amaneció nublado.

Mientras desayunaba pregunté:

—¿Qué se puede hacer en Santa Clara?

—La ruta del Che. Mañana, si quiere, le damos el tour —dijo Félix.

—Yo se lo doy —dijo Arian.

—Perfecto. ¿ Y además de eso? —quise saber.

—El centro, chico —dijeron los dos.

—¿Ahí qué hay?

—¡Todo!

—Buscaba una librería —dije. En mis manos sostenía un libro, Historia mínima: La Revolución cubana .

—Fácil –dijo Arian—. Déjeme ver su libro. —Lo examinó por ambos lados—. Uy… debe ser mínima, porque el libro es chiquitico.

Félix tomó el libro y también lo examinó como si estuviera pesando a una gallina.

—Un libro como ése —dijo Félix con cierto desdén—, lo encuentra usted por 20 pesos cubanos. Usted también puede ir a la biblioteca de la ciudad Martí. Es inmensa.

Ofendido, guardé mi libro.

Félix me llevó al centro de Santa Clara.

El centro de Santa Clara es, básicamente, una plaza pequeñita. Aunque no le dicen “plaza” sino “parque” (si bien sólo tiene dos o tres árboles) —esto se me repitió más de una vez: “Parque Leoncio Vidal, no plaza, ¿entendido?”. En el centro del parque hay un kiosco bastante mono, color crema. En los alrededores, banquitas. En las banquitas, personas. De los edificios más destacados, está uno de color verde pistache, el Hotel Santa Clara Libre. Parece, como dijera el guanajuatense Jorge Ibargüengoitia en una visita a Santa Clara, “un rascacielos enano”. Pese a la advertencia (y recomendación) de cubanos y foráneos de la prostitución en Cuba, no reconocí a ninguna prostituta. Si esto habla bien o mal de mí, o bien o mal de las prostitutas cubanas, no lo sé.

Busqué la librería. Sólo cuando estuve a dos metros de ésta, pude reconocer que era una librería. Gran parte de los establecimientos cubanos comparte esta característica: uno no sabe qué encontrará hasta que está adentro. El lugar era bastante triste. Los empleados —dos muchachas— conversaban en unas sillitas. La temática de los libros era predecible: de autores cubanos —José Martí, Alejo Carpentier, José Lezama Lima, entre otros pocos—, sobre autores cubanos —antología de José Martí, análisis de la obra de Alejo Carpentier y José Lezama Lima a 40 años de su muerte— y otra parte referente a la Revolución. La calidad del papel, pésima. Félix y Arian se equivocaban: el libro que llevaba no se podría encontrar por 20 pesos cubanos, ni por más. Lo que sí es que los libros son muy baratos. Compré dos por 15 pesos cubanos, lo cual es algo así como 12 pesos mexicanos.

Caminé unos pasos, entré a un edificio que parecía una biblioteca y pregunté:

—¿Ésta es la Biblioteca José Martí?

—¡No! Ésta es la Biblioteca Martí, la José Martí se encuentra en La Habana.

En el espíritu de los cubanos hay soltura y gozo, pero también una tendencia a regañar por las cosas más insignificantes.

La biblioteca me pareció sombría y desgastada; los libros, aun más viejos que los que se hallaban en la librería. Me dirigí hacia una sala en la que había varios estantes y otra vez fui regañado por una empleada.

—¡Eso no se puede! ¿A dónde usted va?

—A… revisar los libros.

—Ahí no se puede entrar, ¿no estaba enterado?

—No.

Salí de la sala, con un rostro visiblemente decepcionado, y la misma empleada me preguntó:

—¿Ya fue a la otra puerta, la principal?

—¿Ésta no es?

—No. Usted dobla a la derecha, camina unos metros, dobla nuevamente a su derecha, y ahí la encontrará.

Caminé unos metros y la encontré. El lugar no era muy distinto. Tenía tres salas y dos estaban también siendo remodeladas. Había una abierta: la sala para ciegos. En ella, una gran colección de libros en braille, derruida. Aparte de los libros, había un piano y tres peluches. Esta situación ilustra la impresión que Cuba me dejó: un país limitado, pausado bajo la promesa de una remodelación, pero, eso sí, bienintencionado como pocos. Félix no había exagerado cuando me dijo que era “inmensa”, pero no especificó que casi nada en ella podía ser consultado. Estuve sentado por un rato. No abrí ningún libro. Cambié un poco de dinero y pregunté por un lugar para comer.

—¿Algún lugar que me recomiende? —le pregunté a la cajera de la casa de cambio.

—¿Estatal o privado?

Respondí que “estatal”, porque pensé que me iba a salir baratísimo. No fue así.

En el restaurante me dieron el menú para extranjeros. Me salió en 3. 50 CUC (Peso Cubano Convertible). (Un CUC equivale a 20 pesos mexicanos o a 25 pesos cubanos.) La comida fue un desastre.

Al volver a la casa de la familia de Félix me desquité. Volví a comer riquísimo, aunque prácticamente lo mismo, excepto que en lugar de pollo comí pescado. Cabe decir que en Cuba comí o muy bien o muy mal, pero siempre arroz y frijoles. Arian era el cocinero del hostal. En ese momento me hacía compañía.

—Comí horrible —le dije.

—¿Estatal o privado?

—Estatal.

—Chico, ¿qué hacía ahí? Los establecimientos estatales están subsidiados por el gobierno, no tienen nada.

—Pensé que iba a pagar como cubano.

Arian se rió.

—¿Cuánto usted pagó?

—3.50 CUC.

—Con ese dinero, yo, mi esposa, Félix y algún invitado más comemos a reventar.

Casi me atraganto. En el hostal, cada comida me salía en 6 CUC. De ahí en adelante, la comida de la casa la disfrutaría menos.

En mi cuarto meditaba sobre la importancia de la televisión cuando no hay internet, como en Cuba. Bueno, sí lo hay, pero sólo en áreas públicas y con un precio de 1 CUC por hora. La televisión cubana es una cosa curiosa y propagandística. Por ejemplo, cada vez que se va la luz, cosa muy normal, al volver a encender la tele, aparece la misma frase sobre un fondo negro: “Ser culto es el único modo de ser libre”, de José Martí. Los canales son pocos, y los que hay están, por supuesto, a favor del Estado. Un canal se llama Tele Rebelde; otro es Telesur, una especie de Televisa pero de izquierda. La televisión cubana es ambigua, por un lado puedes encontrar documentales norteamericanos sobre el calentamiento global y películas inglesas interesantísimas, y por otro, programas como Buzón del amor y la amistad, en el que aparece una lista con el respectivo correo electrónico y teléfono de Fulanito, en el que el mismo Fulanito hace saber que busca mujer o amiga, de preferencia rubia y delgada, de buenos modales y, si no es mucho pedir, habanera.

Entrada la noche, bajé a la sala y volví a convivir con la familia de Félix. Ellos también veían la tele, un noticiero.

Arian se dirigió a mí y señaló la televisión:

—¿Ve? Puras cosas positivas sobre Cuba.

Pensé que el comentario era irónico.

—Claro, nada de objetividad —dije.

Arian volvió a escandalizarse con mi comentario.

—¡Sí! ¡Son reales!

Félix intervino:

—Son reales hasta cierto punto. Aquí el gobierno le dice al pueblo cubano que le va a dar dos millones de huevos. Pero lo que no le dice es que un millón de gallinas se acaba de morir… ¡A comer huevo, chico!

—¿Usted qué piensa de la constante propaganda en la televisión cubana a favor del gobierno, no se harta?—le pregunté a Félix.

—Prefiero la propaganda a los comerciales, como sucede en otros países, no sé si usted me entienda…

Félix tenía razón, no había reparado en los comerciales como una forma de propaganda.

—¿Cuba sería un paraíso sin el bloqueo de Estados Unidos?—pregunté.

Félix guardó silencio.

—Ahora sí que me lo bloqueaste —dijo Arian.

—El bloqueo dejó a Cuba como si estuviéramos en una urna de cristal —dijo Félix—. Unió al pueblo cubano con Fidel. Nos fortaleció. Si alguien quiere tumbar la Revolución, que quite el bloqueo. Sin embargo, al que no le convino nunca fue al ciudadano de a pie.

(Todo esto lo apuntaba en una libreta verde. No sorprendió a mis anfitriones que cada vez que hablara con ellos apuntara sus comentarios, porque antes del viaje les había informado que planeaba escribir una crónica del viaje.)

La familia de Félix se quedó viendo un programa policiaco cubano. Muy malo, por cierto. El criminal siempre terminaba atrapado por la inteligencia superior de la policía.

—Que descansen —me despedí.

—Usted descanse. Un revolucionario descansa hasta la tumba —dijo en tono jocoso Arian.

Al subir las escaleras, alcancé a escuchar que Arian decía, riendo: “Eso lo va a anotar en su libretica”.

Al día siguiente vendría el famoso tour del Che.

Después de desayunar esperé a que Arian llegara, acababa de hacer el examen de licencia para conducir una bicicleta eléctrica. No lo había aprobado… Esto me debió haber alertado.

—¿Está listo para conocer cómo el Che liberó al pueblo cubano de Batista, aquel imperialista? —me preguntó Arian.

—Sí.

—Espere un momentico.

Arian preparó un vehículo que me comentó que hace poco menos de un mes lo habían traído de Panamá. Una bicicleta motorizada conectada a un carrito metálico y techado, con dos asientos a espaldas del conductor.

Arrancamos.

—¿Usted puede creer que yo tengo licencia para conducir auto, moto, camión, y no me aprobaron para una bicicleta? —Gritaba Arian, para que lo pudiera escuchar—. Yo no. Pero no se preocupe, usted está seguro. Yo tengo cuatro hijos y ningún interés en morir.

“¡Cuatro hijos!”, pensé.

A Arian le pitaban por todos lados.

—¿Por qué le pitan tanto? —pregunté.

—Yo también me preguntaba eso cuando empecé a manejar :“Si él cabe, ¿por qué coño me pita?”.

—¿Y?

—Cuando un auto me va a rebasar pita para que no me eche a un lado.

La primera parada en el tour del Che fue una loma que tiene por nombre “La Loma del Capiro”. Dejamos la bicicleta motorizada y subimos unos cuantos escalones hasta lo más alto. Al llegar, vi lo que me pareció un monumento muy extraño. Una especie de órgano metálico, con un cinturón, también metálico, alrededor. Muy soviético. Es decir, incomprensible.

—Desde aquí el Che —me explicó Arian—, el 28 de diciembre de 1959, ordenó a sus hombres, la 8ª Columna Ciro Redondo, que lucharan en contra de lo que restaba del ejército de Batista. “Tú coge esa parte; tú, ésa otra”, les dijo. Y fíjese que el hombre ni siquiera había desayunado.

—¿ A poco?

—Así es. El Che desde arriba miraba, contemplativo, la ciudad. Yo miro la bicicleta, para que nadie se la robe.

El segundo lugar que visitamos es un sitio que rinde homenaje a lo que se considera unánimemente como una de las ideas más brillantes del Che: el desvío de un tren blindado por una bulldozer.

—Con el inminente arribo de un tren blindado —contaba Arian—, cargado de armamento y víveres para las fuerzas de Batista, al Che se le ocurrió decirle a un hombre que manejaba un bulldozer marca Caterpillar: “Tú”, dijo el Che. “¿Yo?”, preguntó el hombre del bulldozer. “Sí, tú, con esa máquina desvía las vías del tren”. “Pero si yo no tengo nada que ver”, dijo el hombre. Lo encañonaron, las desvió y al final fue condecorado como un soldado de gran valía a favor de la Revolución.

   Caminamos por algunos vagones para ver el arsenal en ellos. Arian me comentó que si los yankees quisieran invadir Cuba, esas armas aún servirían para pelear en contra. Yo no dije nada. El último vagón había sido reconvertido en una galería de arte. “¿Y esto?”, le pregunté a Arian. “Hay que diversificar”, me respondió.

   Antes de ir al Mausoleo del Che, el sitio más ilustre de Santa Clara, nos dirigimos a lo que en Cuba conocen como cafeterías. Más que las cafeterías a las que estamos acostumbrados en México, en Cuba suelen ser la puerta de una casa que da a la calle, con una pequeña cocina al interior. Si uno quiere comer barato, sin sentir que le están viendo la cara, esos son los lugares a los que hay que ir. Por lo general —yo nunca vi un caso distinto—, una mujer atiende el lugar. Arian me pidió un batido de chocolate (algo así como una malteada, dulcísima) y spaghetti. Ya casi por irnos, no tengo idea de por qué, Arian le dijo a la que atendía “cada vez que yo veo a una chica linda y blanca como tú, con un negro…”, en ese momento salió del fondo de la cafetería un negro que, efectivamente, era pareja de la chica, enojadísimo (y con razón). “¿Qué tú te crees?”, el hombre le cuestionó a Arian. “Compañero –dijo Arian—, no se sienta aludido, sólo fue un decir”. “Seguro que tu mujer te está pegando los tarros con un negro”, contestó el aludido. Terminamos yéndonos rápido del lugar. En el camino, le pregunté a Arian si se había asustado. Me respondió: “la inteligencia supera la violencia…y yo… yo soy la inteligencia…”, dudó un poco y terminó por decir: “Y además mi mujer es muy fiel, así que no es cierto”.

El Mausoleo del Che, en un lugar como Santa Clara donde no hay prácticamente nada, resulta portentoso; el museo no tanto. En un lugar subterráneo guardan los restos del Che y de los acompañantes en su trágica travesía por Bolivia. Al final, uno puede apreciar una llama encendida, a la que le llaman la “llama eterna”. Parados frente a ella, la cuidadora nos comentó que desde 1997, cuando los restos del Che fueron traídos a Santa Clara, esa llama se ha sostenido, impertérrita. Arian le preguntó a la que cuidaba: “¿Y ahí se puede hacer café?”. A la cuidadora no le cayó en gracia. Subimos un poco para apreciar el bajorrelieve, en el que la vida del Che está retratada. “Impresionante”, comenté. “Esto es Cuba”, dijo Arian. A unos metros de nosotros se encontraba un grupo de españolas. “¿Cómo ve el producto extranjero?”, preguntó Arian. “Nada mal”, dije yo. “Ahora usted va a ver”, dijo Arian. Arian se puso detrás de ellas y exclamó en voz alta, para ser escuchado, “en mi viaje a España, el transporte era muy malo y los apagones, cosa de todos los días”. “¡No es verdad!”, respondió una española. “¿Ve? Así se conquista a una mujer”, dijo Arian. Terminamos nuestra visita.

Rumbo a la casa, apenas a unas cuadras después de haber salido del Mausoleo del Che, nos volvimos a encontrar al grupo de españolas, iban en una carreta y nosotros en la bicicleta motorizada. “¡Las españolas!”, dijo Arian. “¡Las españolas!”, dije yo. Arian se acercó a unos metros y las españolas le dijeron, con un tono de enfado, “¡Si a ti ya te hemos visto dos veces, hombre!”. Arian acercó la bicicleta a un lado de su carreta. “Sí, sí, pero viene conmigo un amigo mexicano y…”.

Se escucharon gritos de los que pasaban por ahí. Se escucharon risas de las españolas. Sonó un golpazo, “¡pum!”, acabábamos de chocar.

—¿Está usted bien? —gritó Arian.

—Sí, ¿usted? —Yo tenía un ligero raspón.

—No. —Y me mostró su brazo izquierdo. Arian tenía una herida profunda que chorreaba sangre—. Me va a tener que llevar al hospital.

Nerviosísimo, me puse rápidamente el casco y arranqué la bicicleta.

—Vaya por la derecha.

—Sí.

—Doble a la izquierda.

—Sí.

—Vamos a cambiar la versión de esto que pasó, ¿qué se le ocurre? —me preguntó.

—Intentábamos esquivar a un perrito…—dije.

—Lo intentábamos salvar… Bien… y había un camión… mal estacionado.

—De acuerdo.

—Apúrese.

No podía creer lo que estaba pasando. Era divertidísimo.

—Cuidado con la carreta.

—Sí.

—Va en contrasentido.

—Perdón.

Llegamos a un hospital. Pero salimos inmediatamente, porque, le dijeron a Arian, “no había recursos”. Sólo le habían vendado el brazo.

Nos dirigimos a otro.

—Doble aquí… Acá… en la siguiente no, en la otra tampoco… Bien, hemos llegado.

Entramos al hospital, nos hicieron sentar y nadie nos atendió. Arian tuvo que ir personalmente a llamar a un médico. La herida era algo horrible. El tendón estaba expuesto. En el hospital lo volvieron a vendar. Mientras lo vendaban, me dijo “Esto no va en su cuentito, ¡eh!”. “Para nada”, dije yo. Le echaron un poco de alcohol, Arian gritó de dolor y le dijeron que ahí tampoco podían brindarle el servicio que requería, que era coserlo. Lo mandaron al “nuevo hospital” en ambulancia.

Esperé a que llegara Félix por mí.

—Afortunadamente —le dije a Félix—, escuché que lo llevarían al “nuevo hospital”.

Félix no dijo nada.

—Ha de ser el mejor, ¿no?—pregunté.

—Al menos, el que tiene más servicios —dijo Félix.

—¿Y por qué le dicen nuevo? .

—¡Porque alguna vez fue nuevo!

Llegamos al lugar. El hospital, efectivamente, en algún momento había sido nuevo, pero eso fue largo tiempo atrás. Preguntamos por Arian. Lo encontramos en un cuarto, descuidado, vacío, cuyas puertas no cerraban, a menos que las patearas. Félix las pateó. “¿Usted es el familiar?”, le preguntó el médico a Félix. Félix asintió con la cabeza. “Entonces consiga agua”. “No tengo”. “Consiga”. “¿Dónde?”. “Compre”. Por fortuna para Arian, me había quedado un poco de agua en la mochila.

Félix me tomó del brazo y salimos del cuarto.

—Sucede algo aquí interesante…— me dijo Félix.

—…

—En este tipo de situaciones, suele llegar un policía a averiguar, ¿me entiende?

—No.

—Averigua si no hubo algún tipo de delito, si quizá Arian se metió en una pelea o algo similar.

—Comprendo.

—Para que no haya problema, vamos a decir que Arian iba en una bicicleta y se tropezó. Y usted, amigo, usted no estuvo ahí, ¿entiende? Usted no estuvo ahí.

El policía nunca apareció.

De regreso al hostal, en el Ladita, Félix se volvió a mí y me dijo: “El tour le saldrá más caro, chico. Le incluimos un recorrido por el sistema de salud cubano”.

Nos carcajeamos.

Lo de Arian acabó bien. En la noche ya estaba en casa. Al día siguiente partí rumbo a La Habana. Dejaba Santa Clara con la impresión de haber visto muy poco de Cuba y, a la vez, mucho. La familia de Félix, con su calidez,  aunque fuera por pocos días, me había hecho sentirme parte de una familia cubana. Sin embargo, una pregunta me dejó inquieto: “¿qué habría sido de Santa Clara sin el Che?”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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