En los 90

 

 

 

por Alberto Villaescusa

 

 

 

(mid90s; Jonah Hill, 2019)

Hay películas tan buenas que deberían enseñarse en las escuelas de cine. En los 90 es tan buena que debería enseñarse en escuelas de sociología. Aunque a primera vista parece uno de tantos dramas independientes sobre la juventud, el debut de Jonah Hill como guionista y director presenta, con rigor analítico, una explicación de cómo se forman las subculturas y cómo las ideas de masculinidad se absorben y replican. Su vago título, que encapsula casi la mitad de una década rica en cultura, puede generar la impresión incorrecta: que la experiencia de su protagonista, un varón blanco de 13 años que crece en un vecindario pobre en Los Ángeles, es de alguna manera es representativa de la de todo joven que creció en la última década del siglo XX. Lo que sucede en realidad es que la película entiende a este joven como un producto parcial de las fuerzas que su entorno ejerce sobre él, algo que es cierto independientemente de dónde y cuándo crecemos.

   El pequeño Stevie (Sonny Suljic) puede ser moldeable como la plastilina y absorbente como una esponja. Pero esto, más que hacerlo carente de personalidad, convierte a En los 90 en el antídoto perfecto a la idea de que la personalidad es algo intangible e inamovible, una idea que muchas películas toman por sentado. A veces sobreestimamos lo libres que somos. Las primeras escenas de la película construyen una clara e inescapable relación entre estímulo y respuesta. En su primerísima toma, Stevie es castigado violentamente por su hermano mayor Ian (Lucas Hedges), por meterse a su cuarto sin su permiso. En la segunda, un suave movimiento de cámara nos lleva de la cama del niño (cubierta por sábanas de Las tortugas ninja) a Stevie mirándose en el espejo, examinando los golpes que acaba de recibir, pero también los flacos músculos de su cuerpo. Claramente no son suficientes para defenderse de su hermano. 

   Mientras pasea en su bicicleta, Stevie se encuentra con un grupo de adolescentes practicando skateboard y molestando a sus vecinos. Su actitud desafiante y despreocupada llama de inmediato su atención. Pero incorporarse a ellos no es tan simple. Stevie inicia espiándolos en la tienda de patinetas donde pasan el rato, escuchando en sus conversaciones a la distancia. Para poder justificar el pasar tiempo con ellos, primero necesita una patineta y la consigue cambiando uno de sus juegos de Super Nintendo con Ian; la segunda, y mejor, robando cuarenta dólares a su madre soltera, Dabney (Katherine Waterston), para comprarle su vieja tabla a Ruben (Gio Galicia), el más joven de los muchachos antes de la llegada de Stevie–dentro del grupo. Por lo que se concluye que Stevie puede escapar de prácticamente cualquier aspecto de su vida, salvo quizá, el dinero. 

   Más que aceptación, la patineta apenas lo coloca en la base de una jerarquía flexible pero incuestionable. Arriba de Stevie y Ruben están dos muchachos mayores y en la cima de éstos Ray (Na-Kel Smith), un joven negro que los supera a todos en la patineta y aspira a volverse profesional. Pero el recién llegado está encantado de estar ahí; cuando uno de los muchachos le pide que llene el galón que usan para tomar agua, Stevie corre emocionado, consciente de que ésta es una prueba y un paso necesario para ganarse su aprecio. Después de una torpe conversación en que los jóvenes tratan de abordar las diferencias raciales, hasta consigue su propio apodo: “Quemadura”.

A primera vista, parece que Stevie y compañía no hacen mucho más que perder el tiempo. Pero cada día está de alguna manera diseñado para ponerlo a prueba ante sus nuevos amigos. Compartir alcohol y cigarros, o patinar frente a un edificio público, como tantos rituales de la adolescencia, demuestran rebelión hacia las reglas de la sociedad y lealtad hacia los del grupo. La agresión y el dolor físico es otro componente importante de esta dinámica. Nunca gana Stevie más respeto de sus compañero que cuando se cae tratando de saltar un hueco entre dos edificios. Cuando Stevie le quiere agradecer a Ruben por venderle su patineta, éste lo busca poner en su lugar con un insulto homofóbico.  Esta idea de masculinidad inevitablemente resulta en personajes femeninos delineados de manera simplista, una crítica que la película puede evitar de manera fácil culpando, no a su guión, sino a sus personajes. Además de Dabney, la única mujer importante para la historia es Estee (Alex Demie), con quien Stevie tiene su primera experiencia sexual y quien básicamente sale de la película tan pronto como entra.

  Éstos chicos no sólo tienen que actuar fuertes hacia los demás, sino también entre ellos mismos. Pero custodiado dentro de esta postura agresiva está un sincero afecto y hasta vulnerabilidad, como se ve en la escena en que Ray (en una escena bienintencionada que sin embargo lo hace parecer el ejemplo más joven del cliché del “negro mágico”) le ofrece apoyo a Stevie cuando lo ve acongojado. Es una actitud que contrasta drásticamente con los insultos que días antes le vaciaba al guardia de seguridad que los encontró metiéndose a la escuela sin permiso. Ray y compañía son capaces de bondad y gentileza, pero uno tiene que ganárselas. 

   Con En los 90, Jonah Hill crea una película que permite entender como pocas los procesos que se repiten en la formación de la adolescencia masculina, pero también recrea la atmósfera de un tiempo y un espacio con tanto detalle y afecto que no sólo entendemos por qué Stevie aspira a pertenecer a este pequeño grupo, también queremos ser parte de él. La fotografía en celuloide de 16 milímetros y el formato cuadrado hacen que lo que vemos se sienta como una película casera rescatada del olvido, pero al colocar la cámara a cierta distancia, Hill también se resiste a romantizar demasiado la situación. La combinación de música de la época con la partitura de Trent Reznor y Atticus Ross hacen que cada momento se sienta cargado no de nostalgia, sino de promesa. 

En los 90 se resiste a ver su mundo bajo un lente demasiado romántico. Se siente como una reconstrucción de primera mano por alguien que vivió esta juventud en específico, pero también como un documento hecho con perspectiva, consciente de las muchas fallas de sus personajes humanos. Esto no es el caso para la última media hora de la película, en la que uno siente que el mayor conflicto ya pasó y el guión tuvo que inventarse una complicación forzada para darle un cierre sentimental a una historia que funcionaba de maravilla como una serie de observaciones sociológicas.  No es un mal final, sólo uno que no necesariamente honra lo que vino antes.

★★★★

 

Para leer más reseñas del autor, aquí, su blog: https://pegadoalabutaca.wordpress.com

Alberto Villaescusa Rico (Ensenada) Estudiante de comunicación que de alguna forma se tropezó dentro de una carrera semi-formal como crítico de cine. Propietario del blog Pegado a la butaca. Colaborador en Esquina del Cine y Radio Fórmula Tijuana

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