Las dos reinas

 

por Alberto Villaescusa

 

(Mary Queen of Scots; Josie Rourke, 2019)

Cuando Stanley Kubrick hizo Barry Lyndon una de las principales consignas para la producción fue la de recrear la atmósfera de la época con la mayor fidelidad posible. Esto lo buscó, no sólo a través de los vestuarios y el diseño de la producción (o su audaz y hasta cierto punto caprichosa decisión de fotografiarla totalmente con luz natural emitida por velas, con ayuda de lentes especiales proporcionados por la NASA), sino también mediante la duración de las tomas. La idea era que, al sostener las imágenes por más tiempo, podía evocar ritmo de vida de un tiempo pre-moderno y pre-electricidad, el de la Inglaterra del siglo XVIII.

Kubrick siendo Kubrick se salió con la suya. No sólo logró que el estudio cediera a sus poco convencionales exigencias, sino que también logró fusionar estos elementos en una de las mejores películas de una carrera llena de obras maestras. Fue una decisión tan acertada que uno se pregunta por qué no más películas de época la han utilizado. O más bien, uno se pregunta si algún director que no contara con el reconocimiento de Kubrick pudiera convencer a sus productores de complacerlos de esa manera. Paul Thomas Anderson, Martin Scorsese o Alejandro González Iñárritu son algunos de los pocos ejemplos que me vienen a la mente con suficiente influencia para moldear la voluntad de los estudios.

Estuve pensando en cosas como éstas mientras veía Las dos reinas, de Josie Rourke, una película con vestuarios y diseño de producción impecables, pero cuya edición y fotografía constantemente traicionaban su manufactura moderna, destrozando toda ilusión de época. Situada en la segunda mitad del siglo XVI, la película cuenta la vida de María Estuardo (Saoirse Ronan), la reina católica de Escocia, quien regresa a su reino natal tras la muerte de su esposo Francisco II de Francia. Su regreso a Gran Bretaña pone en riesgo el dominio de su prima Isabel (Margot Robbie), la reina protestante de Inglaterra, quien al no tener hijos o esposo, corre el riesgo de perder de perder su reino al control de su prima. La película relata las conspiraciones entre ambos bandos para mantener el control de una isla dividida entre dos coronas y religiones distintas.

El guión de Beau Willimon, basado en este episodio real, se enfoca de manera inteligente en el curioso y fascinante lugar que ocupan estas dos mujeres en esta lucha de poder. Uno de los más importantes y malinterpretados conceptos en el pensamiento feminista es aquel del patriarcado: ese conjunto de instituciones y expectativas que mantienen la opresión de la mujer. 

Es un concepto que va más allá del sexismo individual, o del control directo ejercido por los hombres sobre las mujeres. María e Isabel pueden ser las soberanas de sus respectivos reinos, pero no pueden desacatar las leyes preestablecidas que determinan la sucesión de la Corona, ni pueden desligarse del todo de los hombres que llenan sus oídos de consejos y conspiran para quedarse con ella.

Como también hiciera La favorita, de Yorgos Lanthimos, Las dos reinas busca desmitificar la realeza británica, empoderando a sus personajes femeninos y atreviéndose a explorar su vida sexual. Uno de los más importantes giros de la trama involucra la homosexualidad de uno de los más cercanos confidentes de María. Está el personaje de John Knox (David Tennant), el clérigo protestante quien, después de ser expulsado de la corte de María, la acusa de adulterio públicamente, con el fervor que Donald Trump hablaba de su pasada rival electoral Hillary Clinton. La secuencia en que uno de sus pretendientes, Lord Darnley (Jack Lowden), le practica sexo oral a María, da énfasis a su placer, y sugiere una relación basada en la atracción mutua más que en las estrictas políticas de Europa. 

La película funciona mejor cuando se concentra en la vida interior de estas dos mujeres. Es trágico ver cómo las carencias que Isabel percibe en sí misma la llevan a querer imitar a su prima y rival, y cómo las presiones del reino la hacen sentir, en sus palabras, menos como una mujer y más como un hombre infeliz. Las escenas que María comparte con sus jóvenes confidentes abordan su sexualidad de una manera franca y madura. Aunque el guión no se toma mucho tiempo para profundizar en estos personajes, las tomas que Rourke incluye de ellas del otro lado de la puerta de María, escuchando con júbilo o preocupación, muestran una disposición de humanizar a personajes que fácilmente podrían haber sido reducidos a mera decoración.

A pesar de sus numerosas observaciones astutas, muchos de los mejores aspectos de la película son opacados por su técnica rudimentaria. En una película que depende tanto del diálogo no se puede subestimar el poder de las imágenes para reforzar las emociones, caracterizaciones y las dinámicas entre sus personajes. El uso de lentes largos pudo haber sido más gentil con los actores (al poder capturar primeros planos sin tener que acercarse demasiado a ellos), pero termina generando imágenes algo planas que no sugieren el nivel de majestuosidad que la temática necesariamente exige. En otras partes, el director de fotografía ,John Mathieson construye una que otra imagen preciosa, pero que no contribuye a la narrativa visual de la historia, como una toma aérea de Isabel en el techo de su castillo.

La introducción del cine digital no sólo trajo consigo un cambio en la textura de la imagen, pero también en la forma de trabajo de los sets de filmación. El celuloide, un material físico finito obligaba y continúa obligando a los cineastas a ser más cuidadosos y meticulosos con lo que fotografían. Si bien la fotografía digital no necesariamente significa una técnica descuidada, uno siente que la fotografía digital de Las dos reinas fue determinada, no por su capacidad expresiva, sino por lo que se sentía correcto al momento del rodaje. Hay demasiado material y la película corta a veces tan rápido entre tomas tan dispares que es fácil perderse en la geografía de una escena en particular. Pienso en la escena en que Lord Darnley por primera vez llega a la corte de María encantando a las distintas doncellas y cómo se disipa el impacto de cuando él finalmente la mira a ella porque no era claro donde estaba cada uno. O una particularmente incoherente batalla entre las fuerzas de Escocia y un grupo de rebeldes. O en   cómo los castillos de Escocia e Inglaterra se sienten tan indistinguibles el uno del otro. O el final de la película, que al tratar de sintetizar los eventos de años en un breve epílogo termina por hacer las motivaciones de Isabel más confusas que ambiguas.

Las dos reinas es el primer largometraje de Rourke después de una larga temporada en el teatro. Esto no es un problema, pero sí condiciona su enfoque y lo que yo percibo como las debilidades de su película. Hay una cita de Chris Dickens, el editor de la película, que me parece especialmente reveladora:  “Ella [Rourke] no tenía miedo de tener cierta teatralidad en ciertas escenas y de alguna manera eso fue refrescante. Al momento de la edición eso fue difícil porque quizá no había tanto movimiento como normalmente lo tienes. En el teatro, es mucho más sobre el diálogo y la entrega del diálogo. Mientras que en una película no es sólo sobre eso. Es sobre lo visual y la mirada –silencio. Todas esas cosas.”

Al final de la película, hay una secuencia potencialmente conmovedora que juega con la idea de que estas dos mujeres, María e Isabel, no se han visto en persona. Pero su potencia se ve diluida por los saltos constantes entre los primeros planos de Ronan y Robbie. Pienso en cuan más efectiva hubiera sido ver esta escena a través de los ojos de sólo una de ellas, ver cómo la otra lentamente toma forma. El talento de Rourke con los actores es más que aparente. Lo mismo su determinación para retratar de manera honesta las experiencias de las mujeres en su historia, demostrado en su decisión de incluir la escena de sexo oral u otra en que María tiene su regla. Pequeños momentos como estos demuestran un punto de vista necesario, aun si su ópera prima no domina la capacidad de la cámara cinematográfica para crear un punto de vista. No necesita ser tan radical como lo que hizo Kubrick, pero el querer aprovechar al máximo las capacidades narrativas del cine siempre es un buen instinto.

★★1/2

 

Para leer más reseñas del autor, aquí su blog: https://pegadoalabutaca.wordpress.com

Alberto Villaescusa Rico (Ensenada) Estudiante de comunicación que de alguna forma se tropezó dentro de una carrera semi-formal como crítico de cine. Propietario del blog Pegado a la butaca. Colaborador en Esquina del Cine y Radio Fórmula Tijuana.

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