Reggio Calabria: un lugar, digamos, bonito

 

por Asael Arroyo Re

Los tres meses en Calabria los pasé en el departamento de Silvia, con la que desde antes del viaje mi director de tesis me había puesto en contacto. La recuerdo guapa, ojiverde, y de dientes pequeñitos y puntiagudos. De lo que pasó o no pasó entre ella y yo no voy a contar nada, excepto que hacía, cuando quería, las mejores pastas que he probado, que estaba un poco loca (esto lo reconocí al instante, pues yo estoy en las mismas), que tenía muy buen cuerpo, que a cada rato corregía mi italiano y que disfrutaba de arremedarme. Esto último lo hacía tan bien que había días en que le dejaba de hablar.
  El departamento quedaba a las afueras de la ciudad de Reggio Calabria, en un barrio que se llama Mortara. Mortara parecía un pueblo perdido de México o, más bien, un pueblo perdido de México de una película norteamericana. No estaba pavimentado, había caballos, la basura no la recogían nunca, así que terminaban quemándola los mismos que la tiraban, y sin embargo era bonito.
—¿Aquí también? —le pregunté a Silvia cuando vi que no sólo era en Mortara donde había basura apilada, sino en toda la ciudad.
—Estamos en Caláfrica, ¿qué no sabías?

La razón de estar al sur de Italia no era otra que hacer mi tesis. Debía investigar sobre la mafia de Calabria, la ‘Ndrangheta. A los diez días tiré el proyecto de tesis por la ventana. ¿La razón? Leí Historia de la mafia, de Salvatore Lupo. No tuve que acabarlo para saber que no tenía nada que agregar que Lupo no hubiera dicho ya o que Lupo no se hubiera preguntado ya. Aún no me arrepiento.
  En Calabria conocí la amistad, la verdadera amistad, una forma de amor patética pero al fin y al cabo amor, y también, no sé por qué, comencé a escribir. Tal vez porque era mi destino, pero prefiero pensar que no. Las posibilidades de ser un mal escritor son muchas, y encima, que seas elegido para ser un mal escritor, es para morir del miedo. Lo primero que escribí —y aquí quiero decir escribir, escribir, como si antes de ese momento jamás hubiera escrito algo— fue un párrafo bastante dramático sobre un robo en Nápoles.
   Un robo en un taxi, bueno, en un coche que pretendía ser taxi, con un italiano que pretendía ser un conductor de taxi, y su nieto idiota de copiloto, que no pretendía, porque no podía, ser otra cosa que un idiota, y yo en el asiento trasero. Nos dirigíamos de la estación de trenes al hostal. Recuerdo que me preguntaron sobre la Revolución mexicana —no sé por qué, la Revolución Mexicana y Zapata y la Revolución Cubana y el Che eran temas en boca de muchos italianos, como si hubieran sucedido hace apenas cinco años, o como si en alguna Latinoamérica, que yo no conozco, estuvieran sucediendo.
  —Zapata y el Che, unos grandes, unos grandes de verdad, ¿no es así? —me decían. Qué podía decir aparte de “sí, claro, seguro”.
  También hablamos de migración, aunque este fue un tema que surgió cuando el conductor se vio obligado a justificar que su coche no tuviera un taxímetro.
  —En Nápoles, mejor aun, en Italia, ¡no!, ¿qué digo en Italia?, en toda Europa la situación es terrible. Los migrantes, africanos y árabes, por ellos es que ya no cargo en el coche un taxímetro, ¿y es que de qué serviría?, romperían la ventana y se lo robarían.
  Nos estacionamos de frente al hostal.
  —Son 45 euros; y acaso ¿tendrás cinco euros para mi nieto? —me dijo el hombre antes de que sacara mi maleta de la cajuela.
  Subí las escaleras del hostal.
  —Pero si has pagado cuatro veces la tarifa normal —me hizo saber la recepcionista, una migrante, cuando le di mi pasaporte.

Reggio Calabria, un puerto del sur, es una ciudad feísima, o bellísima si la comparas a cualquier ciudad del norte de México, pero muy poco agraciada si se compara con el resto de Italia, que en realidad sería más preciso decir si se compara con lo que se piensa que es el resto de Italia. Con esto me refiero al caso específico de una amistad que me preguntaba si disfrutaba de la belleza de Italia y yo le decía que no, que esa parte de Italia no era bella, y ella me decía: “¿por qué eres así,  Asael, siempre infeliz?”, “¿por qué eres así, Asael, siempre quejándote?”, “¿por qué eres así, Asael, siempre enojado?”. Porque soy así, puta mierda. En fin, digamos entonces que Reggio no es bellísima ni feísima, sino de buen ver, si te distraes y la ves de reojo; simpática, cuando comprendes que su estilo es austero, un poco sucio y muy auténtico; mágica, si apareces teletransportado de, no sé, Tuxtla Gutiérrez, y sobresaliente cuando sirve de mirador y volteas hacia el mar y ves el Etna, y dices ¡ah!, y ves la Sicilia, y dices ¡oh! 
    Pero lo que tiene de abstracto la ciudad lo tiene de simpático su población.
  A través de Silvia conocí a Enrico, un cineasta. Ambos trabajaban en el Osservatorio sulla ndrangheta, un bien confiscado a un mafioso que ahora estaba en prisión, que era una casa de varios pisos, con pretensiones de ser una casa de lujo pero que en realidad era sólo eso, pretensiones. Enfrente del lugar, todavía vivían familiares del mismo mafioso, de los que se oían gritos, ladridos y, aunque no puedo asegurarlo, amenazas. Que Enrico me hablara y luego me invitara a una exposición de fotografía me sorprendió, pues en un principio me había caído mal (usaba una boina con la estrella del Che, cosa que me pareció una payasada) y, como suele pasar, pensaba que el sentimiento era mutuo. Pero no. Enrico me presentó con sus amigos, un grupo extraordinario: treintones, comunistas y fanáticos del futbol. Lo extraordinario no es nada de lo anterior, sino que se conocieran desde niños, cosa que los hacía ser muy unidos, y que todos hayan tomado la decisión absurda de dedicarse a cuestiones artísticas o humanitarias y poco remuneradas.
  Se veían todos los días en las tardes para beber cerveza o vino, comer pizza o helado, tocar la guitarra y discutir sobre cuestiones políticas, en las que todos coincidían… incluso yo coincidía. Eran idealistas pero también prácticos: Enrico, en las tardes, llevaba a refugiados africanos al dentista o a que compraran pan dulce; los demás recolectaban víveres y montaban pequeños espectáculos teatrales para recibir a las familias de sirios exiliadas que llegaban al puerto desde Sicilia. De una casa que era otro bien confiscado habían hecho un centro cultural donde hacían cenas, en las que, después del postre, proyectaban documentales sobre lo terrible que solían ser los hospitales psiquiátricos en Italia… todo mundo salía muy asustado y lleno. Y lo hacían sonrientes. ¿Ya dije que les gustaba el futbol? Cuatro veces jugamos; muy buenos no eran. Decir que me sentí a gusto entre ellos, es decir poco.

Es digno de reflexionar cómo en Europa la fiestasuele iniciar y terminar en áreas publicas como lo son parques, fuentes, callejones, escaleras, etc., y a la vez, cómo en México, esto es casi impensable. Pero ahondar en esto no es mi objetivo, si lo menciono es sólo porque en un parque, en la noche y de fiesta, conocí a Pia.
 Era apiñonada de piel, de cabello rizado y abundante, ojos grandes y pizpiretos. Además, qué cosa, inteligente. Dos características que, combinadas, nadie debería tener. Yo propongo que deberíamos venir en paquetes: bellos y estúpidos, inteligentes y feos. El mundo sería aburrido, sí, pero al menos no dolería…
  Si tras estas líneas leen un asomo de resentimiento, no se estarían equivocando.
  La primera noche fue tórrida. Luego un mes de ausencia, en el que ella tuvo que viajar. Después, su regreso: cinco días en que todo se fue al traste. Esto no pasó de la noche a la mañana, pero así se sintió.
  ¿Qué me dolió? Que me alborotara y luego me olvidara. Pero antes de eso, que cuando todo iba bien, elogiara mi inteligencia, “un filósofo”, me dijo, y ya en confianza no nada más me corrigiera mi italiano, como Silvia, sino que incluso se atreviera con mi español.
  A su vuelta, el primer día todo fue sonrisas y abrazos. El segundo, una salida con sus amigas —salida de la que tengo la impresión fui juzgado fuertemente. El tercer y cuarto días, silencio. El quinto me citó media hora para hablar en una cafetería. Con cierta credulidad aparecí en el lugar. Inmediatamente me objetó razones relacionadas con la química, con la falta de química, claro. Que ella, a su edad (era un poco más grande que yo), ya no andaba para juegos. Cosa que yo no comprendo, ahora tengo la edad que ella tenía, y sí que ando para juegos. Después de eso nos despedimos, y vinieron dos semanas terribles…
Italia, sin embargo, es un buen lugar para estar románticamente deprimido: conocí de lleno el helado de pistache, le melanzane alla parmigiana(berenjena empanizada), el queso mozzarella di bufala.
  Pasaron los días y me regresé a México. Al segundo día, ya de vuelta, recibí un correo de Pia. Claro que no le contesté.

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