Cuando la muerte llegó el 19 de agosto

                                             por Arcelia Pazos 

 

Apenas había entrado a segundo de secundaria (un miércoles, y no un lunes como todos los ciclos), y al otro día, mientras caminaba por un patio durante el segundo receso, vi a mi mamá salir de la prefectura.

  Yo tenía una vida difícil, como toda adolescente, suponer que estaba en problemas no fue nada lindo. En dos segundos, estaba hilando maldiciones contra la prefecta fijona que señalaba el largo de mi uniforme y no el delineador de su hija, pero mi conciencia, limpia, reviró mis conjeturas cuando me avisó que no había nada que temer.

  Tomé mis últimas dos clases y me fui caminando a la casa, respirando el polvo fino que levantaban los carros.

  Qué complicado se volvió el día de repente.

  Siempre a las dos y pico me encontraba comiendo con mi mamá, mientras mi hermano estaba en la primaria y mi papá evitando —como toda su vida— sentarse a la mesa a esa hora. En cambio, ese jueves, y a esa hora, mi mamá me dijo, con la luz a medias en la casa:

  —Se murió tu tío Nelo.  

  Yo asentí nada más, pasé un trago gordo de saliva y confirmé que mi mamá no bromea con nada, que tampoco es dramática y que no se anda con plañideras hasta haber hecho algo más útil.

  —Se accidentó en la carretera de San Ignacio para acá (Vizcaíno) y ahorita lo tienen en Guerrero Negro, ya avisé en la escuela que vas a faltar mañana —me dijo.

  Yo no decía nada.  Antes de levantarse de la mesa, agregó que no había comida hecha, que, si quería algo, comiera una sopa instantánea y que estuviera lista para lo que hiciera falta del velorio.

  Creo que ni comí.

  Me invadió una alergia como si me hubiera revolcado en quelites grandotes y salí a enjuagarme la cara en el lavadero para elucubrar a gusto: “¿Por qué mi mamá le avisó primero a las prefectas de la secundaria que a mí?, ¿cómo será esto para mi papá?, ¿quién va a vivir en la casa de al lado?, ¿por qué mi tío nunca tuvo hijos? Espero que doña Magdalena rece el rosario, porque no me gusta cómo lo rezan las otras viejitas, ¿cómo lo va a superar mi tía Pancha?”; y con la última pregunta sentí una contracción en las entrañas. Entonces, sí, tuve mi primer gran dolor de muerte, porque ante el final de la vida, duelen más los vivos que se quedan —uno mismo incluido, por supuesto— que los que se van.

  Mi tía Francisca es la abuela de todos sus sobrinos; tía, madrina, abuela de los hijos de su hijo, claro, y dadora de amor y galletas. ¿Qué iba a hacer esta mujer para aguantar el ardor y la tristeza por perder a su hermanito? No supe, ni sabré. Esas cosas tampoco se andan contando como si fueran chisme. Lo que sí sabía era que el velorio sería en casa de mi tía, por espacio, por tradición, por derecho de la que fue mamá de sus hermanos, incluso al mismo tiempo en que la abuela Petra era la mamá de todos ellos.

  Qué raro era todo. No sabía cómo iba a ser vivir sin el tío más joven y guapo, el cantante, el más vecino (eso se puede decir cuando un tío vive a un lado y otro enfrente), el bohemio, el interesante, el que siempre está ahí en su casa o que si no está allí, anda por allá, “ya sabes dónde”. Cómo me explicaría la existencia de una vida normal sin El Nelo, reservado y misterioso, de voz aterciopelada. Me encontraría con él sólo en los recuerdos futuros del hombre que no cantaba ninguna canción completa y que tardaba horas afinando la guitarra, que fumaba e iba a la tienda de la esquina en carro.

  Lloré, poquito, más por la alergia que por el duelo, debo decir; de hecho, empecé a sentir más coraje que otra cosa. No quise ir a la casa de mis primos ni ver caricaturas, anduve dando vueltas por la casa hasta que me senté un buen rato en el pisito que da para la calle, en la esquina con la pared de bloque sin emplastar, aprendiéndome las formas de las piedras y de las huellas que deja la palmera datilera sobre la arena.

  Quizás mi hermano mayor o mi cuñado, uno de ellos, no recuerdo cuál, me dijo a qué horas más o menos iba a llegar “el cuerpo”. Ah, porque así se suele ser de espiritual, de correcto, de buenos modos, queriendo creer que ya sólo se trata de un cuerpo, porque el familiar ya está en el cielo, o en el caminito de espinas, o en el limbo, o en el infierno, o en un mejor lugar, según sea el caso, pero ya no más en ese templo bendito sin vida, golpeado y vacío.

  —Qué feo: se murió —yo decía. Pero no entendía el porqué. Tampoco entendía por qué si siempre durante esas fechas los más de cuarenta grados irritan la normalidad de los cuerpos, en ese momento no hacía calor, o yo ya no lo sentía.

  Se estaba haciendo tarde y tuve que cuidar a los hijos de mi hermana para que los adultos velaran el cuerpo toda la santa noche. Yo tendría que entretener a dos sobrinos y a un hermano que quizás se preguntaban cosas mucho más interesantes que yo en torno a ese fallecimiento intempestivo, o quizás no, porque a veces no es tan impactante la muerte de un tío o tío abuelo. Sólo estábamos ahí, con la televisión a un volumen bajo.

  Cabe agregar que en Vizcaíno, como en gran parte de los pueblos del país, la muerte de una persona trae consigo una serie de rituales no religiosos que pesan mucho, pues no se trata sólo de ir a la funeraria, depositar ahí una buena suma de dinero y que se encarguen del asunto. Allá todo merece su mención aparte; el que más contactos tiene se encarga de lo legal, de los trámites de defunción, y de ahí para el real. Hay que ir a la iglesia (casi todos son católicos) y apartar al Padre y al templo para la misa de cuerpo presente, comentar con cada fulano de tal, que uno se encuentre en la calle, los pormenores del funeral, avisar a los familiares “de fuera”, comprar el cajón, conseguir un crucifijo grande o figura religiosa predilecta, si se trata —normalmente es así— de una viejecita devota, elegir una foto o mandar imprimir una en un marco de más de ocho pulgadas con la imagen más tierna o menos ruda del difunto, mandar hacer el hoyo en el panteón, comprar una corona bonita de las naturales que hacía Lalo Rubio, que descanse en paz, apalabrar al pariente o la pariente que va a preparar la comida para después del entierro, llenar el tanque de la camioneta más buena para encabezar la procesión fúnebre, limpiar la casa del velorio (aquí es necesario acotar la importancia de cuatro cosas: regar con agua abundante los patios, mover los carros para que haya suficiente espacio para estacionamiento, conseguir muchas sillas de plástico de la Tecate, poner dos o tres cafeteras, que casi nunca son de la familia) y colocar al menos una lona grande para tapar el frío.

  La casa de mi tía siempre estaba bien regada. Pero sabía que el lodo duro de su patio ya no olería a juegos con los primos, sino a sepelio. Ya no sentiría ganas de ir a cortarle roscas al guamúchil ni juntar florecitas de la jacaranda.

 El 20 de agosto me desperté antes de que pasaran los camiones para la secundaria (cinco camiones amarillos con la leyenda “School Bus”, que a velocidad rápida sobre la calle no pavimentada eran una alarma eficaz de lunes a viernes). Era viernes. Alistaba mis cabellos frente al espejo y pensaba que qué triste era ser enterrado en viernes, porque, según yo, la rutina entre semana siempre ha sido más reconfortante que las solturas sabatinas y dominicales.  

  No sabía muy bien qué procedía, porque el velorio familiar anterior, aunque ya me había dejado constancia de –si se me permite lo cursi- lo efímero de la vida y lo caprichoso de la muerte, también de lo fuerte y cambiante que es la manifestación del dolor. Eso justificaba mi incertidumbre, así que como gato que pisa despacio en terreno desconocido, entré lánguidamente entre los tantos árboles de la casa de mi tía —que mucho antes había sido de mi abuela—, y escuché en voces bajitas que la noche había estado un poco fría, que ese día comenzaban las fiestas tradicionales del ejido y que había estado difícil hacer el hoyo en el panteón por el caliche, pero en Vizcaíno siempre dicen esto último, y funciona muy bien como comentario para aligerar la vibra densa.

  Ante mi desconcierto, me regocijaba en el hecho de haber recibido de mi madre instrucciones precisas para enfrentar los funerales. Por ejemplo, sabía cómo rezar el Rosario para un muerto, a quiénes se les hace novenario y a quiénes no, que el luto no es vestir de negro precisamente y que, si se es allegado a la casa, es mejor limpiar o cargar el cajón que llevar muchas coronas y llorar a grito limpio. Parece ser que mucha gente evita el pragmatismo con la muerte, pero no mamá; ella me había entrenado específicamente para pasar horas velando a un muerto, ver llorar a la gente como mudo testigo y escuchar rezos, o muy lentos o extremadamente rápidos como trabalenguas.

  No sé cuántos años tenía, pero a la única persona que había visto dentro de un cajón era a una joven muy hermosa que se llamaba Fabiola. De ahí en adelante preferí no hacer tal cosa, pero. esa mañana, no me quedó de otra más que asomarme a ver a mi tío, quien lucía muy apuesto con su camisa vaquera color guinda. Se escuchó la voz de una doña exclamando el clásico “parece que está dormidito”… ¡por Dios!, qué desagradable había sido hasta entonces escuchar esa expresión, sin embargo, en ese instante no podía estar más de acuerdo, porque sí me recordaba a su carita de siesta y, en el fondo, quizás, esperaba ver una cara demacrada que me causara miedo. Esos largos cuatro segundos en los cuáles concentré la vista en sus pestañas, resumieron lo que había intentado procesar desde un día antes: estaba muerto.

  Como nos encantan los rituales o los consideramos necesarios, posarse un día o más alrededor del fallecido no es suficiente. Cuando el catolicismo está presente, hay varias cosas que hacer, además de rezar rosarios y llevar al padre para que dé consuelo. Por si fuera poco, la misa posee una carga de símbolos diseñados para desgarrar hasta el corazón más ajeno; desde el camino al templo, que es lento y, preferentemente, sugiere temas de conversación serios y profundos, además de propiciar un ambiente solidario, pues hay que dar raite a los que van a pie, hasta la entrada solemne del cuerpo, que es cargado por los hombres más fuertes de la familia y, quizás, el amigo más cercano. Aquél mediodía era así, como casi todos las misas de cuerpo presente del barrio, sencillas y con muchas flores de los jardines del ejido Díaz Ordaz dentro de latas y botes reciclados forrados de aluminio. La ceremonia era para recordar a los fundadores de la comunidad y no por nada había más gente de lo habitual. La presión iba aumentando al escuchar un sermón hábilmente mezclado por el cura de la iglesia, que seguramente jamás había visto a Manuel Pazos, el Nelo, en misa, si acaso en el pick up negro a veinte kilómetros por hora pasando por la avenida Fundadores, pero ahí estábamos su familia, sabiendo que en un rato estaría bajo tierra todo lo que de él quedaba. Después de la homilía hubo lágrimas esporádicas, porque la tensión poco a poco aumentaba, pero la distribución de las partes de la misa ofrece un momento —que en realidad casi nunca es de perdón y reflexión, sino de saludo— en dónde se desea la paz al darse las manos, y suele incitar cierto desorden que reacomoda la solemnidad del momento. Qué alivio, los pechos que estaban como olla de presión encontraron descanso sin saber lo que venía después.

  Pocos confesos hacían fila para recibir la comunión, cuando de repente rompió el silencio el réquiem más triste que he escuchado:

  Entre tus manos, está mi vida Señor, entre tus manos, pongo mi existir… hay que morir para vivir, entre tus manos, confío mi ser. Si el grano de trigo no muere, si no muere, sólo quedará, pero si muere, en abundancia dará, un fruto eterno que no morirá.

  Escuchar esa canción destruye y enfrenta a la realidad, yo he visto quebrarse al más fuerte de los hombres al escucharla, sin importar si suena al compás de una guitarra, o a capela con los berridos de quien no fue dotado con el don del canto, allá tú si crees o no en la vida eterna, esa es otra cuestión.

  El camino al cementerio fue largo. Casi siempre es lento porque se recorren varios kilómetros para ir a dónde llaman Poblado Viejo, la comunidad ya fantasma que estuvo antes de que Vizcaíno fuera pueblo. Es una travesía de freno y freno, de andar por la carretera despacito, viendo a los carros rebasar por la parte de abajo. Mi prima Tere y yo íbamos en el asiento de atrás del Toyota de mi mamá, platicando quedito sobre cosas de la escuela y calculando más o menos cuántos carros iban en el cortejo, un juego siempre interesante para esas ocasiones.

—Ahí va el profe Santos –dijo Tere, lo cual significaba que ya habían salido los de la secundaria y que ya pasaban de las dos de la tarde, por lo tanto, el sol estaría en su apogeo al llegar.

  En el panteón no faltaron los acompañantes que antes del entierro se paseaban para visitar tumbas, o quienes, de plano, sólo iban por cumplir. Pero para algunos era muy difícil todo, ya no había espacio para resistir la pena, el apego estaba haciendo de las suyas y no había mejor expresión de eso que el momento previo a la explosión de lágrimas.

  Enterraron a mi tío. Yo veía todo desde una sombra, me daba miedo sentir más tristeza y veía la ventaja de los albañiles y de los voluntarios que paleaban, porque secarse el sudor de la frente y echar tierra los distraía un poco del llanto.

  La tarde transcurrió y en cada signo que se volvía consciente, la mente encontraba notas de muerte. Esa noche, irónicamente, era de fiesta, de baile, de alcohol, de juegos, de gastar dinero. Salí a la palapa y se alcanzaba a escuchar la música de banda a lo lejos.

  —¿No van a ir a las fiestas? —preguntó mi papá, y yo le dije que no. Sabía que no era requisito del luto, pero noté tranquilidad en su expresión, él se fue a su habitación y yo a la orilla de la palapa. Él se fue a descansar y yo, a preguntarme muchas cosas.  

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