Rocketman

 

 

por Alberto Villaescusa

 

 

(Rocketman; Dexter Fletcher, 2019)

Rocketman funciona bastante bien para una película que pertenece a dos géneros condenados. Uno es la biografía musical, de esas que cubren los altos más altos y los bajos más bajos de la vida de un artista desde su infancia hasta el ocaso de su carrera. El segundo es el musical de rocola, aquel que trata de tejer una narrativa a partir de una discografía que frecuentemente no tiene un tema único. En ambos, el impulso de contar una historia con un claro inicio, desarrollo y desenlace, o con una premisa bien delineada, es secundaria a las canciones o los detalles individuales de una carrera. Los momentos son más importantes que el todo.

  Esto sucede con frecuencia en la película de Dexter Fletcher sobre Elton John; en su intento de contar la historia del cantante británico, crea momentos que son incomprensibles o inexplicables para aquellos no familiarizados con su mitología personal. Me refiero a momentos como Elton volteando a una fotografía de John Lennon en busca de la segunda parte de su nombre (lo cual, como ha de esperarse de una cinta biográfica, no es del todo cierto; el mismo Elton ha dicho que el nombre vino del guitarrista y cantante Long John Baldry); o la cámara lenta cuando el cantante recibe por primera vez un sobre firmado por su constante co-compositor, Bernie Taupin.

  No obstante estos clichés, o el trillado formato de presentación en el que Elton llega a una clínica de rehabilitación a contar su vida de principio a fin, el guión de Lee Hall encuentra una historia con un claro hilo emocional y una forma más o menos elegante de presentarla. Desde el primer número musical al ritmo de “The Bitch Is Back”, que nos lleva a la infancia en las afueras de Londres del músico nacido como Reginald Kenneth Dwight, la película presenta sus canciones como obras fundamentalmente autobiográficas, aun cuando Taupin fuera el responsable de sus letras.

  La primera parte de Rocketman ilustra su relación con su familia y su formación musical. Con una madre (Bryce Dallas Howard) que no lo apoya y un padre (Steven Mackintosh) que ni siquiera lo abraza, el pequeño Reggie (Kit Connor y Matthew Illesley) sólo puede contar con su abuela Ivy (Gemma Jones). Esparcidas entre las anécdotas familiares embellecidas, aparecen las distintas y variadas influencias que darían lugar a la música de Elton John. Los discos de jazz que su padre guarda celosamente, el rock and roll que conoce a través del siguiente esposo de su madre, el piano de cola que pronto dominó como estudiante de la Academia Real de Música, el soul que tocaría al lado de bandas visitantes. 

  Los números musicales son utilizados de manera efectiva para reforzar las emociones o para cubrir la brecha entre los muchos años que cubre la película. La letra de “I Want Love” expresa la complicada dinámica entre la familia Dwight mejor que cualquier escena con diálogos, mientras que el ritmo rápido de “Saturday Night’s Alright for Fighting” sintetiza una juguetona adolescencia y nos lleva del Elton adolescente al adulto que Taron Egerton interpreta por lo que resta de la película .

  Quizá porque Egerton es mejor conocido por hacer una parodia de héroe de acción en las películas de Kingsman (Matthew Vaughn, el director de aquella franquicia y uno de los productores de Rocketman, de hecho insistió en que Egerton se quedara con el papel de John), fue refrescante verlo aquí tan vulnerable, carismático e inyectándole su propia personalidad y vitalidad a canciones icónicas. Brilla como el Elton que lo deja todo en el escenario, pero también como el hombre inseguro y con rastros de timidez que es con Taupin (Jamie Bell) o su pareja romántica convertida en su administrador John Reid (Richard Madden). 

  Dada su temática, la proximidad de su estreno y personal involucrado –Dexter Fletcher completó la película sobre el cantante de Queen después del despido de Bryan Singer– es de esperarse que Rocketman invite comparaciones con Bohemian Rhapsody: La historia de Freddie Mercury. A pesar de que ambas películas comparten ingredientes narrativos, la forma en que tratan las respectivas vidas de sus protagonistas las hace películas drásticamente diferentes (es muy probable que el personal detrás de cámaras haya sido responsable: Brian May y Roger Taylor, guitarrista y baterista de Queen respectivamente, fueron consultores creativos en Bohemian Rhapsody; Rocketman, por su parte, contó con el mismo Elton John como productor ejecutivo.

  Rocketman no tiene nada tan deslumbrante como la ambiciosa recreación de la feroz interpretación de Queen en el Live Aid, pero sus números musicales, aunque más moderados, utilizan la coreografía y el diseño de producción de manera más ingeniosa y están mejor integrados a la narrativa. El número de “Honky Cat”, por ejemplo, recrea el sabor de los musicales hollywoodenses de los cincuenta y relata de manera breve y vertiginosa cómo Elton, dejándose llevar por su romance con John Reid, sucumbe a los gastos frívolos y las drogas. El de la canción que da nombre a la película usa metáforas familiares pero efectivas para contarnos de alguien aislado en una burbuja solitaria y autodestructiva de fama.

  Pero quizá la diferencia más significativa está en la actitud que cada película tiene con la sexualidad de sus protagonistas. Bohemian Rhapdsody parecía prácticamente avergonzada de quien Freddie Mercury era en realidad; no sólo estableció una peligrosa relación de causa y efecto entre su vida sexual y su decadencia como artista y persona, también se tomó drásticas libertades con la temporalidad de su diagnóstico de VIH/SIDA con tal de fabricar emoción para el final de la película.

  Rocketman, por su parte, no sólo contiene sexo entre dos hombres (la clasificación B inevitablemente limita lo que puede mostrar, pero no lo suficiente para quitarle la distinción de ser un hito menor en materia de representación), pero lo retrata como algo placentero, jubiloso e íntimo para su protagonista. Aunque la relación entre Elton y John Reid es en la película la etapa más oscura del cantante, es el miedo de Elton a quedarse sólo y no ser amado como un hombre gay lo que lo lleva a quedarse en una relación tóxica y explotadora. Los dos momentos más devastadores de la película son cuando Elton visita a su padre, quien tiene ya familia, y después una llamada telefónica en la que su madre, tratando de ser comprensiva, refuerza inconscientemente los temores de su hijo.

  Es fácil pintar a Rocketman como una biografía superficial y placentera, pero la verdad es que, si la película emociona y conmueve tanto, no es sólo gracias a la fuerza y durabilidad de las canciones de Elton John, o el gozo de ver estos momentos en la pantalla grande. Es también porque los responsables de contar su historia encontraron en estas canciones y momentos una humana y resonante historia de autoaceptación. 

★★★1/2

Para leer más reseñas del autor, aquí, su blog: https://pegadoalabutaca.wordpress.com

Alberto Villaescusa Rico (Ensenada) Estudiante de comunicación que de alguna forma se tropezó dentro de una carrera semi-formal como crítico de cine. Propietario del blog Pegado a la butaca. Colaborador en Esquina del Cine y Radio Fórmula Tijuana

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