Tres cuentos de Miguel Gaya

 

 

 

Dormir

 

Se acuesta cansado y confía en dormir largas horas. Se arrebuja en las sábanas frescas. A los pocos minutos descubre que no puede dormir. Abre los ojos en la oscuridad, y los vuelve a cerrar. Siente que, de un modo imperceptible, la cama se mueve. Es difícil estar seguro, pero cree que se mueve, en la oscuridad. Sabe que, si enciende la luz, ya no podrá volver a dormirse. Cierra los ojos con fuerza, y entonces siente con nitidez que la cama se mueve. Trata entonces de acompasar el movimiento de la cama a su respiración, y descubre que la cama no se mueve en ese sentido, arriba y abajo, ni en vaivén, como en un mareo, sino que va hacia adelante, como lanzada hacia adelante. Siente entonces que no es la cama la que se mueve, o no es solamente la cama. Es la habitación. La habitación va hacia algún lado, mientras él se mantiene despierto, sobre la cama. La cama está quieta, él está quieto, y cree sentir que la habitación de mueve. Suspira, deja caer como al acaso un brazo al piso, y su mano roza el piso para sentir si el piso se mueve, si el piso vibra o palpita con el movimiento. Entonces se da cuenta que no es la habitación, sino la casa la que se mueve. Contiene la respiración, se niega a abrir los ojos, pero de veras siente que la casa se ha lanzado a moverse, se ha lanzado hacia algún lugar. Siente, con los ojos cerrados, gravitar la noche sobre la casa, y está seguro de que la casa no está quieta. Ni está sola. Hay otras casas, en el vecindario, moviéndose. Con su carga de patios, de ropa colgada, de perros dormidos, moviéndose. Percibe en silencio una noche estrellada, sobre él, quieta, quizás expectante, y una mole enorme, que contiene el vecindario y la ciudad entera, moviéndose, cada vez de un modo más temerario, hacia algún lugar. Da vueltas en la cama. Se pone de costado, del otro costado, boca arriba. Ahora está seguro que es la tierra la que ha salido de la quietud y se mueve, se dispara diría, hacia el espacio infinito. No puede precisar cómo se mueve, si en rondas, como ciega, o en línea recta, como bala de cañón, con él de pasajero. Pero lo cierto es que ya no puede dormir. Ya no puede evitar sentir una urgente necesidad de levantarse y salir al patio y mirar. Mirar las estrellas, mirar las nubes, sentir en la cara y en el ligero pijama el viento de la noche, el viento que le indica que el mundo se mueve, que él está en el mundo, encaramado al mundo, viajando al infinito, a toda velocidad, sin poder dormir o evitar sentirse jubiloso. 

 

 

El llamado del mar. Una historia edificante

 

Los hechos que aquí reseño ocurrieron en un lejano lugar, tal vez en el siglo XIX, y sobre mí es suficiente que sepan que pueden llamarme Ismael. 

  La primera vez que escuché con nitidez el llamado del mar tenía entre trece y quince años, y estaba comiendo una pera en el umbral de piedra de mi casa. Lo recuerdo con claridad, porque al partir deslicé en el bolsillo el pequeño cuchillo con el que me ayudaba para pelar la pera, y desde entonces ha estado conmigo. 

  Recuerdo también que a poco caminar me extrañé mucho de mi urgencia, porque ya por entonces mi carácter era más bien poco dado a imaginaciones, y porque no tenía la menor idea de haber percibido un llamado ni sobre qué podría ser el mar, si alguna vez había pensado en él para entonces. En el lugar donde vivía, un valle misérrimo donde llovían igualmente calamidades que trombas de barro de la montaña a la cual se aferraba con desesperación, el mar seguramente habrá sonado como una quimera. Se hallaba a centenares, sino a miles de kilómetros. Nunca lo supe con exactitud, porque olvidé el nombre de mi aldea apenas me alejé de ella, y aún hoy frente a cualquier mapa tengo repugnancia de señalar la comarca desgraciada donde vi la luz. 

  Tampoco puedo decir que en mi familia se hubiera hablado aunque sea una sola vez del mar. En realidad, no recuerdo haber escuchado ni mantenido una sola conversación en mi familia que no tuviese como tema las calamidades de la miseria y las ingratitudes de padres, hermanos, primos, tíos, abuelos, arrendatarios, jornaleros y patrones, todos en el mismo revoltijo blasfemo. Tampoco puedo haber leído nada al respecto, porque al darle la espalda a ese pasado, no dejé allí ningún libro propio o ajeno, y era tan rigurosamente analfabeto como el resto de esa tremenda familia. 

  Así me alejé, a paso vivo y en busca del mar. Pero un tonto altercado casi en el primer cruce de caminos con un mocetón que venía en dirección contraria, me puso de inmediato en una senda cuyo único fin era huir de la policía y alejar de su vista mi cuchillo ensangrentado. Luego de varias jornadas llegué a una zona boscosa, donde mi natural corpulencia llevó a un hombre a contratarme para aserrar árboles, y estuve en ello unos cuantos años, cuando otro desgraciado suceso con el mismo cuchillo me aconsejó seguir subiendo por la ladera del bosque, esta vez en pleno invierno y bajo una tormenta de nieve que tuvo la bondad de disuadir a mis perseguidores. 

  Debo haber recorrido bastante terreno, porque cuando más arreciaba el viento blanco, y cuando me dejé caer contra el tronco de un árbol para beber el último trago de la botella de aguardiente que aún llevaba agarrotada en mi mano, recuerdo que todo era silencio y soledad.  Lo último que vieron mis ojos antes de cerrarse, creí que para siempre, fueron las fauces rojas y los ojos alertas de lo que juzgué un lobo jubiloso por la pieza que se había encontrado de sopetón en plena hambruna. 

  El hombre que me halló dijo a todo quien quiso escucharlo, que fueron cientos, que oyó de lejos el aullido agónico, y que al acercarse al claro me encontró sentado y dormido, el brazo ya casi congelado y en alto, y en lo alto del brazo el cuchillo hundido en la garganta del lobo. La sangre, decía, se derramaba hasta el piso, congelada. 

  Quiso mi suerte que me derrumbe, sin saberlo, a escasos metros del confín del terreno de un hotel de montaña, cerrado entonces y a la espera del verano y sus clientes. Quien lo cuidaba, que oficiaba de conserje en temporada, fue quien me halló, me cargó desvanecido y con enérgicas friegas, baños calientes, bebidas espirituosas y tiernos abrazos me mantuvo con vida hasta que se abrieron las puertas del hotel y de mi nueva vida.  

  Debo a mi amigo oficio y fortuna. No sólo consiguió para mí un circunspecto puesto de botones apenas comenzó esa temporada, sino también me inició en los hábitos y servicios que discretamente solicitaban los clientes por su intermedio. Por su intermedio y con mi cuchillo también supe cómo conseguir de ellos las liberalidades y regalos que tanto nos facilitaban la vida, y así fuimos de temporada en temporada, siendo amigos en invierno y socios en el verano. 

  Así también llegó la venturosa temporada en que una dama me ofreció matrimonio en reemplazo de su marido muerto en un desgraciado episodio en la temporada anterior, en que se desbarrancó luego de tropezar con un pequeño cuchillo que ni huella le dejó. Antes de partir debí solucionar el tema del silencio de mi socio y amante, quien desde entonces, en el fondo de otro barranco, tampoco ha abierto la boca. 

  Partí con mi esposa para hacerme cargo de esta enorme hacienda, lejos otra vez de mar, donde enviudé rápidamente y he prosperado y envejecido. A veces salgo a cabalgar en la sabana, y pienso en el mar. Pienso en que, tal vez, este sea el mar que me llamó. Otras veces descabalgo y me tiendo en la alta hierba, y cierro los ojos, y me dejo llevar por lo que creo es el arrullo de las olas del mar. Y sueño. 

  Sueño que voy a bordo de un barco veloz, con velas desplegadas, y que vuelo aferrado al palo de proa, empuñando mi cuchillo. Y sueño vívidamente que me cruzo con ella, y sobre ella salto y a ella me abrazo, y con ella, una sombra blanca y resoplante, me sumerjo en el mar, mientras le hundo una y otra vez este, mi cuchillo infantil.  

 

 

La expulsión de los poetas

 

Sucedió hace tanto tiempo que lo tenemos naturalizado. La expulsión de los poetas de la república debería avergonzar aún, y sin embargo se la minimiza. Se compara su suerte con la de otros medio-hombres, como faunos, minotauros, centauros, harpías y sirenas, que luego de ser también expulsados de la ciudad acabaron extinguidos, cuando no exterminados. Tal vez su diversa suerte se deba a que la monstruosidad de los poetas no es percibida por los sentidos, a no ser que hablen, por lo que les resultó más fácil mimetizarse con el resto de la población, haciéndose los distraídos o de lengua franca. Pero el hecho de pervivir no borra el anatema ni la marginación.

  Cierto que quienes primero se burlaron del edicto propiciado por Platón fueron los propios poetas. Por aquel tiempo, una república era un modo más bien anómalo de organización estatal y, quien más quien menos, todos los poetas marcharon a vivir a reinos, califatos o satrapías, y así más o menos se sostuvieron, cuando no prosperaron, todos estos siglos. Pero los últimos doscientos años el antojo republicano cundió por todo el mundo, poniendo a los poetas en situación de riesgo. Incluso las viejas monarquías supervivientes comenzaron a enarcar las cejas cuando en sus fronteras se apiñaron los poetas, pujando por exhibir sus dudosos papeles y salvoconductos.

  Se aduce que los poetas exageran, y que si fueron perseguidos no lo fueron más que otros, y la mayoría de las veces por cuestiones ajenas a la poesía. Los poetas suspiran y ponen los ojos en blanco, porque esos argumentos, sostienen, demuestran lo sibilino de las excusas y la persistencia de la persecución. Las repúblicas de los últimos dos siglos pueden aducir lo que quieran, pero el caso es que los poetas, si no han sido exterminados, han sido silenciados, vituperados y sobre todo ignorados en todas las ciudades del planeta. Los propios poetas han contribuido a ello, sin duda, no tanto por su empecinamiento en continuar siendo quienes son (cómo evitarlo, dicen), sino en su insistencia en la mímesis con el resto de la población. Hoy día, la inmensa mayoría de los poetas no se asume como tal y trata de disimular lo más que pueden su condición, acomodándose a la suerte general de los mortales. 

  Sin embargo, patéticos y empecinados, aún se afanan en lo suyo, y no es inhabitual toparse en los muros de las afueras de las ciudades con su rúbrica y su proclama, el signo de que resisten y perviven, la vieja y subversiva consigna “Poesía eres tú”. 

 

 

Miguel Gaya (Ayacucho, Pcia. de Buenos Aires, 1953) ha publicado, entre muchos más, los siguientes libros: Poesía: La vida secreta de los escarabajos de la playa (Ediciones de la Claraboya, Bs. As. 1982), Levanta contra el viento la cabeza oscura (Ediciones de la Claraboya, Bs. As. 1983),  Una pequeña conspiración (Colección Extremo Negro, Editorial Nuevo Extremo, Buenos Aires 2012-Finalista Premio Novela Negra 2011) y Resurrección de un comisario (Colección Extremo Negro, Editorial Nuevo Extremo, Buenos Aires 2016). Sus poemas han aparecido en varias antologías y reseñas, entre ellas: 65 poetas por la vida y la libertad (Abuelas de Plaza de Mayo, Bs. As. 1981), Nueva poesía argentina (Editorial Universidad de Belgrano, Bs. As. 1983),  En junio de 2007 Ediciones en Danza reunió en “Javier Cófreces, Miguel Gaya, Jonio González. Grupo Onofrio de Poesía Descarnada” una antología de los autores con poemas escritos entre 1976 y 1978.

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