Café y galletas

 

 

 

por Francisco Santoyo

 

 

Tomé una galleta y un vaso para el café. Tuve el descaro de sentarme del lado de tus familiares. Me miraban con el rabillo del ojo y volvían a sonarse la nariz o a cubrirse la cara con las manos. “Si me hace favor de sentarse allá”, me indicó tu hermana. Sosteniéndome del codo, me dirigió hacia el rincón. Ahí estaban Gaby, Al, Hipólito. Los abracé, aunque los había visto en la mañana.

   Hipólito y Al me invitaron un cigarro. Salimos. El cielo estaba despejado, una rareza en medio de la temporada. Sólo cosas buenas pueden pasar con un clima así. Nos quedamos callados unos minutos. Al tenía los ojos irritados; Hipólito no despegaba los suyos del piso. No soy un gran fumador, pero la primera calada me supo espectacular. Tal vez había sido la combinación de la galleta y el café. Liquidé el cigarro en un minuto. Por fin Hipólito iba a abrir la boca. Apenas mencionó tu nombre, le inventé que me marcaban al celular. 

   Me puse al lado de Gaby. Estabas a tres metros de nosotros y eso me infundía más ganas de consolarla. Comenzó a hablar con la voz más tenue que haya escuchado. No presté atención a nada de lo que decía. Permanecía atento a los cirios que te iluminaban. Estaba junto a la persona de quien habías sido mejor amigo. Y eso sólo me alegraba, porque todos sabíamos lo que tú sentías por ella. Ahora yo la tenía musitándome su aliento tibio al oído, con su rodilla bajo mi mano. Gaby nunca me pareció tan atractiva, pero en ese momento habría sido capaz de hacerla mi esposa.

   Las voces y el calor se animaban de a poco. Me levanté a servirme más. Tomé un vaso nuevo. Se parecían a los de la oficina. Hubo un tiempo en que te procuraba, cuando me iba a servir el café del mediodía. Le infundía vanidad a mi cuerpo observarte comer pastel y chocolates. Entonces no despreciaba tu olor a cebolla, tu respiración jadeante. Me gustaba apostar contigo y vencerte también los viernes de boliche. Eras una presencia tolerable. Estar rodeado de pequeñez lo hace a uno más seguro de sí.

    Agarré un puño de galletas y volví al rincón. Ya habían vuelto Al e Hipólito. Les convidé de lo que traía. Me molestó que me rechazaran. Me molestó haber agarrado más galletas. Supe que había sido tu influencia. Las envolví en la servilleta y las tiré en el baño. Al salir, distinguí a tu papá lavándose las manos. No podía no serlo. Misma frente escasa, mismas ojeras, misma respiración de radiador descompuesto. Lo abracé. Todos los otros abrazos que había dado a lo largo del día habían sido falsos comparados con ese. Volví a reconciliarme con tu olor a cebolla.

   Fui el primero en ofrecerme para hacerte guardia. Deseaba tenerte cerca y mirarte como te miraba, desde la victoria de la verticalidad sobre la horizontalidad. Lucías más hinchado, jamás pensé que algo así fuera posible. Tu caja me parecía pequeña. Habrían tenido que doblarte las rodillas para que cupieras. Recordé las palabras que tanto me insistías: “algún día te acostumbrarás a estos inconvenientes”. 

   Las manos me temblaban, pero decidí ir por otro café. En realidad quería galletas. Pedí relevo y fui  por más. Regresé a comérmelas junto a ti. Pudo haber sido el hambre, pudo haber sido que ya no volvería a verte, que ya no tendría que renunciar, quizá todo junto: el caso es que me sentí aliviado tras cada mordida, contemplándote. Desde la ventana, un haz  te alumbró la cara y apagó los cirios. Hacía un día espléndido. 

 

 

 Francisco Santoyo Pérez (Ciudad de México, 1992) es licenciado en filosofía por la UNAM. Textos suyos han sido publicados en algunas revistas literarias digitales. Asiste al Taller de creación literaria del Faro Indios Verdes.

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