Terrores ancestrales

 

 

 

por Lola Ancira

 

Paraíso Perdido, 2017, Guadalajara, 176 pp.

 

 

Réquiem por Tijuana (Paraíso Perdido, 2017) de Néstor Robles (Guadalajara, 1985) es un libro de trece historias que se desarrollan en Tijuana, algunas específicamente en Montezul, un sitio costero idílico habitado en su mayoría por ancianos.

   Este réquiem o «música para difuntos» está dedicado a una ciudad fronteriza al sur de California, consta de tres secciones —Voraz (cuyos cuentos se publicaron un año antes en la colección Instantánea de la misma editorial), Crónicas de Montezul y Réquiem por Tijuana— y cuenta con poco más de ciento cincuenta páginas.

   La mirada de Robles se aleja de los tópicos usuales de la llamada «narcoliteratura» y se dirige hacia las leyendas locales del norte para recuperarlas con un lenguaje cercano, coloquial, y sus cuentos transitan entre la ciencia ficción, el suspenso, el horror, el terror, lo maravilloso y lo fantástico. Éste es un canto fúnebre, de despedida, donde un soundtrack que incluye, entre otros, a The Beatles, Arcade Fire, The Who, Pink Floyd y Neil Young permean tramas relacionadas con cataclismos o hecatombes o giran en torno a eventos violentos y fatídicos para los protagonistas.

   El autor coloca a Tijuana, donde reside desde hace varios años, como el núcleo del universo, un mundo entero habitado por asesinos a sueldo, escritores noveles e ingenuos o de renombre, cronistas, editores, mujeres hermosas y de cuerpos espectaculares, prostitutas, monstruos que se esconden bajo un disfraz humano, nahuales, lobos, coyotes y brujas que deambulan entre adictivas empanadas rellenas con carne humana, transmigración de cuerpos, la histeria colectiva, la antropofagia, cadáveres de ballenas en cuyo interior reposa una nube que arrasará con el género humano, lo onírico, venganzas, ratas ahogadas y perros atropellados, invasiones de insectos asesinos y diminutos puntos negros que se convierten en un agujero que comienza a engullir todo lo conocido. Extraterrestres, naves invasoras y pirámides voladoras también están inmersos en este sitio donde «Todo tiene su propósito, nada sucede por coincidencia».

   En el cuento «Viviendo la guerra», Neil Young da lecciones para aprender a tocar una guitarra que, más que un instrumento, es un cuerpo sensible que se conocerá en la intimidad en un México que ahora es el refugio de los estadounidenses afectados por los atentados a su nación.

   «Asesino anónimo» es la confesión de un hombre que se convierte en sicario bajo la premisa de que «todos somos asesinos» y de que «en esta vida matas o te matan», ideas que reflejan una de las obsesiones del autor: ejecutar o ser ejecutado, devorar o ser devorado, papeles opuestos y extremos. Ser víctima o victimario, algo que él define como la ley natural. El ser humano como presa incluso de su misma especie.

   «El devorador de historias» describe a una criatura que se transforma: «se vuelve más larga, más alta más delgada, más huesuda, más escama: más salvaje» para alimentarse de los cerebros de distintos escritores. Es líder de las «mafias culturosas» de la ciudad y, para poder estar cerca de ellos y seleccionar a quienes serán su próximo alimento, funge como crítico literario que les pide, con la promesa de una publicación, que narren los proyectos literarios que están desarrollando para decidir si vale la pena o no deglutir su ingenio.

   «Aislamiento en el colorado» es un cuento lovecraftiano que inicia con una frase contundente y muy singular: «Encontré a Carlo comiéndose a un perro crudo.» Habla sobre un portal encontrado en uno de los cerros de Tijuana que, tiempo después, resulta ser la guarida de una extraña criatura centenaria que convierte a los humanos en súbditos salvajes, y algunas de sus escenas remiten a películas como La noche devoró al mundo y Mom and Dad, y a los capítulos sobre invasiones de criaturas extraterrestres de Love, Death & Robots.

  «La sombra de los jinetes lobo sobre el río Tijuana» narra el descubrimiento de seres mortíferos y horrorosos a las que Lovecraft hizo referencia en su literatura, mismas que trajeron consigo el apocalipsis.

  Algunas de las historias de Robles fungen como mensajes dirigidos a sobrevivientes, y el autor asegura en estas páginas que «Los buenos modales y la confianza se han perdido en estos tiempos y es difícil creer en historias de monstruos.» Nuestra propia raza se ha encargado de superar con creces el horror de las leyendas de terror hasta volverlo algo real y palpable.

   Robles recrea (y recupera) una Tijuana ancestral que ha sido sepultada bajo una furia renovada, escarba en la tradición para encontrar las raíces del terror y de la ferocidad, ésa que está camuflada (en mayor o menor medida) en cada uno de nosotros.

 

Acá, el soundtrack:

 

 

Lola Ancira (Querétaro, 1987) es licenciada en Letras Modernas en Español por la Universidad Autónoma de Querétaro. Ha escrito ensayos, cuentos y reseñas literarias para medios electrónicos e impresos como Tierra AdentroLaberintoEl CulturalLa Jornada Semanal Punto de Partida. Es autora de Tusitala de óbitos (Pictographia Editorial, 2013) y El vals de los monstruos (FETA, 2018). Fue becaria del Fonca y de la Fundación para las Letras Mexicanas. Sus cuentos han sido publicados en diversas antologías.

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