Había una vez en Hollywood

por Alberto Villaescusa

 

(Once Upon a Time In Hollywood; Quentin Tarantino, 2019)

Dicen que los más grandes y mejores westerns del cine tratan sobre el fin de algo, especialmente un arquetipo particular de heroísmo, aquel del vaquero. La toma final de Más corazón que odio refuerza la idea de que el antihéroe racista de John Wayne no tiene lugar en la vida doméstica de la poca familia que le queda. En otro clásico que Wayne hizo al lado del director John Ford, Un tiro en la noche, el ranchero de Wayne ayuda al abogado de James Stewart a desplazar a un bandido local como figura de autoridad, acto simbólico del fin del oeste estadounidense como territorio fronterizo y la fundación de las instituciones que acompañan su categoría de estado de la unión.

  El título de Había una vez en Hollywood, la décima película del guionista y director Quentin Tarantino, tiene una intención doble. Hace eco a sus raíces en el western, recordando a Érase una vez en el oeste, la epopeya del italiano Sergio Leone; pero también a la evocativa frase que inaugura los cuentos de hadas. Había una vez en Hollywood tiene un poco de los dos: es un melancólico y romántico poema a una época acabada hace mucho, y una fantasía revisionista sobre cómo quisiéramos que las cosas hubieran sido.

  Siendo una película fundamentada en las convenciones de un género clásico, ambientada en la fábrica de cine más importante del mundo, Había una vez en Hollywood se siente también como un genial comentario sobre la carrera de Tarantino, un cineasta menos interesado en las personas como tal que en otras películas, y cuyas formas vienen a sentirse un poco fuera de época en el Hollywood contemporáneo.

  Rick Dalton (Leonardo DiCaprio) y Cliff Booth (Brad Pitt) son aquí los avatares de su nostalgia; el primero es un actor de cine y televisión y el segundo su doble de riesgo, mandadero y mejor amigo. La mayor parte de la historia transcurre a lo largo de dos días en febrero de 1969 en los que Rick, entre otras cosas, se reúne con el productor Marvin Schwarz (Al Pacino) y graba el piloto de un western de televisión al lado del actor en ascenso James Stacy (Timothy Olyphant). Paralelo a todo esto, la película nos muestra la llegada a Los Ángeles de la actriz Sharon Tate (Margot Robbie) y su esposo, el cineasta polaco Roman Polanski (Rafał Zawierucha)– vale la pena señalar que los personajes de Había una vez en Hollywood son una mezcla de realidad y ficción; Stacy, Tate y Polanski son figuras de la vida real; mientras que Rick Dalton, Cliff Booth y Schwarz son invenciones del guión.

  Ambos hilos convergen de verdad hasta muy avanzada la película; mucha de su duración se contenta con pasar el rato con estos muy entretenidos y carismáticos personajes. Hay exquisitas desviaciones, como un breve recorrido por la filmografía estadounidense de Rick Dalton –que incluye un musical, un western y una violenta película de guerra en la que achicharra a un grupo de comandantes nazis, un eco a la historia alternativa que Tarantino creó en Bastardos sin gloria– o un flashback en el que Cliff se pelea con Bruce Lee (Mike Moh) en el set de filmación de El avispón verde.

  ¿Sirven todas estas tangentes algún propósito? En una entrevista con Bret Easton Ellis, escritor y “pobre imitador de Joan Didion” (en palabras de la productora Julia Phillips), Tarantino describió su enfoque a la escritura como más parecido a la novela que al guión cinematográfico; lleno de detalles que enriquecen su mundo y sus personajes pero que se acomodan más a la prosa que al formato audiovisual. Los numerosos saltos al pasado, a Rick siendo arrestado por manejar ebrio, o a la sospechosa muerte de la esposa de Cliff, aparecen repentinamente e interrumpen el ritmo de la película, pero se sienten fundamentales para entender la cercanía que caracteriza la amistad de su dupla central.

  Había una vez en Hollywood es parcialmente un tributo a la característica amistad masculina, que la YouTuber Natalie Wynn describió perfectamente como “más atomizada, más individualista, en la que el afecto siempre se disimula detrás de esta cuasi-bromista forma de competencia”. Es un encanto ver la juguetona agresividad y esporádica intimidad que comparten Rick y Cliff, en parte porque DiCaprio y Pitt dan actuaciones que entran dentro de lo mejor de sus respectivas carreras. DiCaprio en particular es feroz, intempestivo, peligroso, pero también dulce y patético, igualmente cautivador como Rick Dalton como en los distintos papeles que éste interpreta en las películas y programas de televisión dentro de la película. Es una pequeña lástima que, después de numerosas nominaciones al Oscar, DiCaprio finalmente ganara por una película de monótona intensidad como El renacido, cuando Había una vez en Hollywood es un precioso tributo a su versatilidad como intérprete.

  Desde las risas espontánea que intercambian en la entrevista de televisión que abre la película, queda claro que Rick y Cliff han compartido anécdotas y experiencias que sólo podemos imaginar. Cuando se sientan para ver el capítulo de FBI en el que Rick participa como villano, uno siente que Tarantino hizo esta película para verse de la misma manera, con cervezas frías y comentarios bromistas entre amigos. La otra cara de esta cercanía y lealtad es, por supuesto, la forma en que Rick protege a Cliff frente al coordinador de acrobacias Randy (Kurt Russell) y su esposa Janet (Zoë Bell) a pesar de los creíbles rumores que dicen que éste mató su esposa y se salió con la suya. En esta complicidad hay ecos a la asociación entre Tarantino y Harvey Weinstein, productor y colaborador cercano del director desde el inicio de su carrera, cuya historia de violencia hacia las mujeres es larga y horripilante.

  Ya sea por su violencia, aparente sexismo, o su uso frívolo de insultos raciales, las películas de Tarantino siempre han sido pararrayos de controversia. Y es que su obra se presta tanto para ataques morales fáciles como para profundos y pertinentes diálogos sobre su intención artística y el punto de vista que el arte refleja. Un ejemplo ilustrativo de esta discrepancia son dos piezas de reciente publicación; la primera, que aparece en la revista Time, es un conteo sistemático pero simplista de la cantidad de diálogos que tienen sus personajes femeninos; la segunda, una pieza de Alison Willmore para Buzzfeed News, ofrece una mirada mucho más matizada a estos mismos personajes y los complicados sentimientos que provocan.

  Entre los elementos de la película que ya han generado discusión se encuentran el papel que en la narrativa juega Roman Polanski, fugitivo de la ley estadounidense por el crimen estupro, así como sus caracterizaciones de Bruce Lee y Sharon Tate. Esta última se convierte en una mujer de Tarantino clásica, con todo lo que esto conlleva. Tate no tiene tanta presencia como otras heroínas del director y la apariencia de Robbie (sus pies en particular) es capturada con el característico fetichismo de Tarantino. Al mismo tiempo, no hay duda de que el director le tiene una verdadera simpatía a su personaje; un cineasta inferior fácilmente habría confundido su buena naturaleza y su coqueta forma de bailar con frivolidad y superficialidad. Tarantino está más interesado en los detalles menos glamorosos de su vida doméstica y su embarazo y le dedica uno de los momentos más reflexivos de la película, en el que ella asiste a una función de Las demoledoras (protagonizada por la verdadera Sharon Tate) y mira a su alrededor, menos con ego, que con un genuino orgullo de participar en algo que provoca alegría en el público.

  A lo largo de Había una vez en Hollywood reina un miedo a la obsolescencia. Quizá por esto es que la película está saturada de referencias a la cultura pop, incluso para los estándares de un director como Tarantino. No sólo películas y programas de televisión, pero también libros de bolsillo, música y comentaristas de radio; entre más comercial y aparentemente desechable mejor. En otro momento destacado de su entrevista con Ellis, Tarantino hace referencia a lo que la crítica Pauline Kael escribió sobre Banda aparte de Jean-Luc Godard: “Es como si un poeta francés tomara una ordinaria y banal novela criminal estadounidense y nos la relatara en términos del romance y la belleza que leyeran entre líneas.” Tal sentimiento siempre ha permeado su cine, y encuentra su expresión más literal en la escena en que Rick, conversando Trudi Fraser (Julia Butter) su compañera de escena de ocho años en el piloto de televisión, suelta lágrimas recontando la trama del western que está leyendo.

 Como el mismo Rick, Tarantino cada vez más se parece a un hombre desplazado por las corrientes cambiantes de Hollywood. Para Tarantino, es menos el vago hombre de paja de la corrección política y más una industria cinematográfica más interesada en propiedades intelectuales que puedan ser convertidas en franquicias perpetuas (curiosamente, hasta la fecha, Tarantino sigue conectado a una película de Star Trek al lado del productor J.J. Abrams). En el caso Rick, es la cultura hippie, sugerida por el estrafalario vestuario que el director Sam Wanamaker (Nicholas Hammond) le pone encima y cuyo extremo más perverso se encuentra en la figura de Charles Manson (Damon Herriman) el líder del culto responsable de nueve homicidios y cuya filosofía, en palabras de Karina Longworth, autora del podcast de historia de Hollywood You Must Remember This, consistía en una mezcla de “cristianismo, cienciología, racismo ordinario, letras de los Beatles y Cómo ganar amigos e influir sobre las personas de Dale Carnegie”.

 Había una vez en Hollywood busca redimir a la figura heroica del western que los sesenta parecieron eclipsar. No sólo recrea amorosamente el ocaso de un género cinematográfico, pero también recuenta la historia real a través de sus formas. La secuencia de Rick filmando el piloto, por ejemplo, es entrecortada con la de Cliff (quien recordemos es su doble), siguiendo a una joven (Margaret Qualley) miembro de la familia Manson a su guarida cual alguacil recién llegado a un pueblo del oeste. La sensación es amplificada por la realidad de los hechos, pues la guarida de Manson se ubicaba en el viejo rancho de George Spahn (Bruce Dern), sitio de filmaciones de westerns de antaño. Con esta reinterpretación de la historia, Tarantino le ofrece un violento último momento de gloria a los héroes de la pantalla, tanto reales como ficticios. Había una vez en Hollywood puede no ser su película más enfocada u icónica, pero es un melancólico tributo a una era pasada, a dos hombres fuera de lugar y a una joven estrella de cine y mujer que merecía mejor de esta vida.

★★★★

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