Star Wars: El ascenso de Skywalker

 

por Alberto Villaescusa

 

 

(Star Wars: The Rise of Skywalker; J.J. Abrams, 2019)

Si bien alguna vez fue la película más taquillera de la historia, La guerra de las galaxias se hizo con recursos modestos. Brotó casi totalmente de la imaginación del guionista y director George Lucas (y del artista conceptual Ralph McQuarrie, cuyas pinturas dictaron su estética y ayudaron a convencer a los financiadores), de lo que vio en su infancia y lo que le preocupaba en el momento. Está endeudada con los viejos seriales de aventuras, los westerns y las películas de Akira Kurosawa. Su historia de rebelión contra el autoritarismo tiene paralelos con la presidencia de Richard Nixon y la Guerra de Vietnam. Y también fue un producto de sus limitaciones, compensando con imaginación y revolucionarios efectos especiales el limitado presupuesto de un estudio que no creía en su visión.

   Hay una gran diferencia entre el Lucas que hizo La guerra de las galaxias y J.J. Abrams, el director encargado de concluir la saga del joven granjero convertido en héroe galáctico: Luke Skywalker. Pocos directores como él se contentan con arriesgar tan poco o mantenerse tan en el anonimato detrás de la cámara; es alguien cuyo sello consiste en abordar las historias como “cajas de misterio”. Uno se acerca intrigado por las posibilidades, sólo para descubrir un gesto vacío de teatralidad. Mera prestidigitación.

   Como realizador de largometrajes, ha gravitado hacia un material en el que se le facilita desaparecer, principalmente viejas franquicias necesitadas de revitalización. Su Misión: Imposible III actuó como un recordatorio de que la serie existía antes de entregársela a directores más atrevidos como Brad Bird y Christopher McQuarrie. Su Star Trek de 2009 fue una efectiva historia de origen para el Capitán Kirk y su tripulación, mientras que su secuela de 2013 se apropió directamente de una historia ya contada para generar la ilusión de emoción. Su única película “original” apenas puede describirse como tal; Super 8 literalmente tomaba prestado del archivo de su mentor Steven Spielberg, particularmente de Encuentros cercanos del tercer tipo y E.T. el extraterrestre. Y cuando su primera película de Star Wars, El despertar de la Fuerza, se estrenó, fue difícil verla como algo más que una reinterpretación punto por punto de la original de Lucas.

  La tragedia de Abrams es que no es un mal director. Su ojo para el casting es incomparable. Aun cuando los guiones dejaban abajo al elenco de su Star Trek, ver a los actores interactuar era todo un placer. Por el descubrimiento de Daisy Ridley, una actriz capaz de la gentileza y tenacidad que Star Wars siempre dijo representar y cuya interpretación de Rey, la chatarrera prodigio en la Fuerza, mejoró con cada entrega, merece nada menos que reconocimiento.

  Abrams también es hábil para crear momentos; para llenar cada escena individual de brío y emoción. Alguna vez blanco de burlas por su abuso de los destellos de luz en la imagen, Abrams se ha vuelto más capaz con cada película que hace. En Star Wars: El ascenso de Skywalker, la cámara de Dan Mindel se mueve con mayor precisión y cuidado, jugando con distintos elementos en el fondo y en el frente de cuadro, y pensando más en la emoción de los personajes que únicamente en no aburrir al público. Como la escena en que Rey (Ridley) salta a la nave espacial del acomplejado acólito del lado oscuro, Kylo Ren (Adam Driver) —una evidencia de que sabe combinar distintos tipos de lente (amplios para capturar el paisaje desértico, cerrados para intensificar el peligro) para crear momentos espectaculares y tensos.

  J.J. Abrams tiene una gran película dentro de él, siempre y cuando no la escriba. El problema con El ascenso de Skywalker es que es escrita, no sólo por Abrams, sino también por Chris Terrio, Derek Connolly y Colin Trevorrow. Es exactamente la película de Star Wars que uno esperaría de los guionistas de Mundo jurásico y Batman v. Superman: El origen de la justicia, dos de los más odiosos e incoherentes blockbusters de la década. En su defensa, Abrams se enfrentó a una tarea casi imposible. Trevorrow iba a dirigir el noveno episodio antes de “separarse” del proyecto en septiembre de 2017; sin guión y con dos años para la fecha de estreno, Abrams tomó lo que describe como un “loco salto de fe”. Pero una explicación para una mala película no hace a la película menos mala, y el frenesí de la producción se traduce en una trama igual de frenética.

    No es que no haya qué disfrutar en El ascenso de Skywalker, es un digno sucesor a las versiones de Super Nintendo de la trilogía original. Su pecado capital es estar más interesada en complacer a los fanáticos que en contar una historia de verdad. No funciona en sus propios términos porque nunca lo intenta. Nada simboliza esta filosofía mejor (¿peor?) que su floja elección de villano principal. Nosotros como público pagamos el precio por su falta de visión.

   A uno no le queda más que aferrarse a sus pocos momentos frescos y a sus nuevos personajes. La química entre el piloto Poe Dameron (Oscar Isaac) y la criminal y vieja conocida Zorii Bliss (Keri Russell) recuerda la energía de los diálogos de Lawrence Kasdan en El imperio contraataca, la primera secuela de la franquicia. Jannah (Naomi Ackie), una desertora de la malvada Primera Orden, comparte una buena escena con Finn (John Boyega), cuya historia también involucra rehusarse a pelear para ellos. Estos dos personajes femeninos, con sus sugestivos trasfondos, son lo más cercano al amplio mundo que Lucas ideó en sus primeras películas. Aunque Star Wars siempre ha sido una saga de moralidad binaria, son aquellos que existen fuera de los Sith y los Jedi quienes le dan tanta riqueza a su universo.

    Hay una secuencia que expande la conexión mental entre Kylo Ren y Rey, nutrida por la idea de que la Fuerza es efectivamente un campo místico que trasciende el tiempo y el espacio. La secuencia casi provoca maravilla. Su imagen más expresiva ocurre cuando, como Lucas en los setenta, Abrams se enfrenta a una limitación que no puede sortear: la trágica muerte de Carrie Fisher en 2016, y se esfuerza por darles una apta despedida al personaje y a la actriz sin recurrir a los trucos digitales de resurrección que Hollywood tiene a su disposición.

    Existe el germen de una buena idea en cómo recupera el tema, siempre importante para la saga, de la familia. El ascenso de Skywalker trata de ser una historia sobre cómo los lazos de sangre no nos definen tanto cómo los actos y la compañía que elegimos, pero se mueve de manera tan apurada y hace malabares con tantos elementos que lo más que puede hacer es mencionar lo que deberíamos estar sintiendo en lugar de hacernos sentir. Está llena de momentos que deberían tener verdadero impacto emocional, pero no los plantea adecuadamente, y está tan apurada por llegar al siguiente punto en la trama que no deja que estos momentos respiren.

  Los intentos de Abrams por complacer serían más apetecibles, y sus fallas más perdonables, si la película no se esforzara tanto por deshacer lo que Rian Johnson hizo con su película anterior, Los últimos Jedi. Puntos de la trama, sobre todo los que se refieren al parentesco de Rey, parecen diseñados para tranquilizar a aquellos molestos con la forma de esa película de jugar con las expectativas. Es una concesión a la minoría más vocal y tóxica de los fanáticos (la cual discutí un poco más a fondo en mi reseña de la reciente película de Johnson, Entre navajas y secretos), a quienes el episodio nueve no les hubiera complacido de todas formas.

  El ascenso de Skywalker es un acto de cobardía. La forma en que hace a un lado al personaje de Rose Tico (Kelly Marie Tran) es un insulto. Un personaje que resumió perfectamente el espíritu de la serie con la frase “Así es como vamos a ganar. No peleando con lo que odiamos. Salvando lo que amamos,” interpretada carismáticamente por una actriz que recibió cantidad de abuso después del estreno de la película, desaparece con una excusa de lo más trivial. Igualmente patético es su tan sonado guiño (y es que no es más que eso) hacia la diversidad sexual.

  En un perfil del New York Times, Abrams cuestionó el enfoque “meta” de la narrativa de Los últimos Jedi, añadiendo: “no creo que la gente vaya a Star Wars para que les digan ‘esto no importa’”. Pero la verdad es que las cosas importaban en Los últimos Jedi. Johnson destruyó el mito de Luke Skyalker sólo para hacernos creer en él una vez más. Los comentarios de Abrams saben a amarga ironía ahora que hizo una película en la que todo hace referencia a otra cosa y nada importa. El ascenso de Skywalker fracasa porque ni una vez ve más allá de Star Wars. Está tan preocupada con atar cabos sueltos (cosa que ni siquiera hace bien), que ignora la razón por la que Star Wars alguna vez conectó con el público. Luke mirando hacia el horizonte y el atardecer binario conmovía, no porque nos remontaba a otra película, sino porque uno sentía la soledad de Lucas al crecer en una pequeña ciudad del valle de California. Star Wars: El ascenso de Skywalker es mucha película y al mismo tiempo no es suficiente.

★★1/2

 

 

 

Para leer más reseñas del autor, aquí su blog: https://pegadoalabutaca.wordpress.com

Alberto Villaescusa Rico (Ensenada) Estudiante de comunicación que de alguna forma se tropezó dentro de una carrera semi-formal como crítico de cine. Propietario del blog Pegado a la butaca. Colaborador en Esquina del Cine y Radio Fórmula Tijuana

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