El faro

 

 

por Alberto Villaescusa

 

 

(The Lighthouse; Robert Eggers, 2020)

Cuando la ópera prima de un director es particularmente exitosa (comercialmente o a ojos de la crítica), su segunda película tiende a ser más reveladora, aun si no necesariamente es mejor. El cine siempre ha existido en la intersección del arte y el comercio, y un inicio prometedor inspira tanto a los cineastas como a los productores que invierten en hacer su visión realidad. El 2019 vio el regreso de varios directores que destacaron por sus debuts en el género de terror. Jordan Peele, quien hiciera de la película de mínimo presupuesto ¡Huye! un fenómeno de taquilla ganador de un Oscar, expandió su matizada mirada al racismo actual con Nosotros. Jennifer Kent, la directora australiana cuyo The Babadook se convirtió en un hito del horror independiente y un inesperado ícono LGBTQ, miró hacia la violencia del colonialismo en su segundo largometraje The Nightingale. Con Midsommar: El terror no espera la noche, el director Ari Aster trasladó sus preocupaciones con la culpa y el duelo del seno familiar de El legado del diablo a un culto aislado en Suecia. Todas delatan una personalidad singular, pero si uno se siente tentado a pensar que sus primeras películas siguen siendo mejores es quizá porque los módicos presupuestos y restricciones con los que tuvieron que trabajar suelen favorecer al género de terror. Las limitaciones estimulan la creatividad y salvo algunas contadas excepciones (quizá El resplandor de Stanley Kubrick) el terror es la clase de género en el que el presupuesto es inversamente proporcional a la calidad.

  Dentro de esta misma ola llega El faro, la nueva película de Robert Eggers, y una lógica continuación estética a su La bruja de 2016. Si La bruja hizo una cuidadosa recreación del siglo XVII en el territorio colonial que después se convertiría en Estados Unidos, El faro va un paso más allá; busca no solo recrear un periodo, sino sentirse como un producto de un tiempo pasado. Situada también en Nueva Inglaterra, ahora a finales del siglo XIX, la película evoca el lenguaje del cine primitivo. Nos trata como espectadores de ese tiempo, no acostumbrados a las técnicas más elaboradas que vendrían en décadas posteriores, pero el efecto no es condescendiente sino totalmente transportador.

  Está fotografiada en celuloide en blanco y negro, presentada en un formato prácticamente cuadrado que nos remonta a antes de las imágenes panorámicas que el cine introdujo para competir con la televisión. Los movimientos de cámara son mínimos, los pocos que hay suelen ser rígidos y simples (los únicos que se salen de la norma lo hacen por una razón: para capturar momentos particularmente vertiginosos) como si Eggers y su director de fotografía, Jarin Blaschke, estuvieran operando también con el equipo voluminoso que usaron los cineastas de las primeras décadas. Hay cortes abruptos en el sonido (que similarmente nos remontan a una era anterior a las mezclas complejas) y la primera mirada que tenemos de sus dos personajes principales es en un plano medio estático que, como el cine silente, se apoya sobremanera en la expresión de sus rostros, como si cualquier acción o artificio nos distrajera de ellos.

  Estos dos personajes son los cuidadores de un faro en una isla lejana en la costa este de Estados Unidos. Robert Pattinson interpreta a Ephraim Winslow, un joven que llega a trabajar bajo la supervisión de Thomas Wake (Willem Dafoe), quien lleva ya varios años en el puesto. En la isla, Wake gobierna con un puño de hierro. Pone a Ephraim a hacer las tareas más agotadoras y peligrosas y le prohíbe entrar al piso superior del faro, donde se encuentra la linterna propiamente. El faro es una película que prácticamente se puede oler: a cada momento trae a la mente punzantes aromas: el agua salada, la mugre y tierra de la isla, el queroseno de la linterna, los pedos de Thomas, la gaviota muerta en la cisterna y el alcohol que los dos hombres beben en la cena.

  Esta crudeza es una extensión de la fidelidad con que se recrea el trabajo y la época; también lo vemos en las magistrales actuaciones de Dafoe y Pattinson. La visión de Eggers les dicta hablar con la lengua vernácula de la época y el lugar, pero más impresionante es la naturalidad y el ritmo con el que se apropian de él. Deslumbrantes son los monólogos de ambos, capturados casi sin cortar y con una profundidad de campo mínima (uno de los monólogos de Dafoe está ligeramente fuera de foco, una falla técnica obvia, pero que Eggers y su editora Louise Ford hacen bien en conservar; la actuación de Dafoe da la emoción correcta, y la imperfección contribuye a la idea de que ésta efectivamente es una película de una era anterior).

  Entre los abrumadores elementos de la naturaleza y la agotadora labor manual, emerge un lado espiritual. El faro está bañada en referencias a las supersticiones de los marineros: cómo es de mala suerte rehusar un brindis o matar una gaviota porque en ella se cree que viven las almas de hombres muertos. A partir de estas creencias y lo peligroso y aislado de sus rutinas, surge en sus personajes una cosmovisión más o menos congruente. A veces el simbolismo es bastante obvio. Mientras Ephraim trabaja paleando carbón en los cavernosos hornos, Thomas se baña con la luz del lente de Fresnel. El movimiento de la cámara, trasladándonos verticalmente de la base hasta la cima, básicamente establece ambos espacios como el cielo y el infierno (el final de la película, no obstante, se burla cruelmente de estas creencias).

   El que la película transcurra dentro de una isla se siente como un comentario a lo poco que los hombres comparten de sí mismos. Su mundo tangible es transformado por su paranoia, moralidad y ansiedades sexuales; poco a poco perdemos la noción de dónde uno empieza y el otro termina; del límite entre ellos y el paisaje rocoso que los rodea. Si la película tiene un conflicto central, me atrevo a decir que es uno entre la intimidad y la violencia. Lo más cercano a un momento de ternura es cuando Ephraim y Thomas bailan abrazados para lidiar con su necesidad de compañía. Cuando se dan cuenta de que están en los brazos de otro hombre, reculan a esa postura agresiva que plantearon en un principio y el abrazo se convierte en golpes. La criatura que recurre en las fantasías de Ephraim, una sirena, es tanto un tótem que usa para masturbarse como un monstruo que lo atormenta.

    El faro es fascinante, rica y perturbadora; un viaje a lo profundo de la locura y la obsesión. Pero ¿es una gran película de terror? Las películas de Peele, Aster, Kent y Eggers han, en tiempos recientes, revivido el debate acerca de lo que se suele llamar “terror elevado”, películas que, aunque adoptan algunas de las convenciones del género de terror, aspiran a una mayor riqueza formal y contenido temático más complejo. Pero ¿es ésta una etiqueta apta o una clasificación elitista? ¿Tienen razón al tratar de llevarlo más allá, o están meramente rechazando aquello que caracteriza el género en el que dicen estar trabajando? ¿Será mejor que no se refieran a sus películas como películas de terror?

★★★★

 

 

Para leer más reseñas del autor, aquí su blog: https://pegadoalabutaca.wordpress.com

Alberto Villaescusa Rico (Ensenada) Estudiante de comunicación que de alguna forma se tropezó dentro de una carrera semi-formal como crítico de cine. Propietario del blog Pegado a la butaca. Colaborador en Esquina del Cine y Radio Fórmula Tijuana.

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