Azul índigo

 

por Ylia Bravo Varela 

 

 

Anudamos la historia a nuestros dedos.

  La historia es gris

  para convertirse en azul.

  Y el azul es índigo.

  ¿De qué colores está hecho el azul? Para llegar al azul, primero hay verde y después gris.  Es verde cuando no hay oxígeno suficiente sobre la tela en el agua. Es gris cuando el oxígeno traspasa la tela en el aire. Es azul hasta que se fija a la tela con sal.

  La historia está anudada con hilos blancos sobre una manta.

  La historia es sobre nosotros, una pequeña parte de África y los libros que se escriben para los niños. Ibadán es la pequeña parte de África. Nosotros somos tú y yo. Y los libros para niños suelen ser de gorilas, papel tapiz floreado y una niña solitaria.

  Tu casa está llena de papel tapiz que ha perdido color y textura, los techos son altos, así que podíamos saltar en la cama sin chocar nuestras cabezas contra el concreto. Cuando hubo calma, leímos cuentos para niños, y la mayoría de las veces pensaba que eran tristes, libros tristes para niños.

  Colgué las telas que teñí sobre rafias en la azotea, el sol le quitó intensidad al azul, y se multiplicaron sus tonos. Hay una tela casi negra, y otra del color del cielo. En algunas el contraste es mayor, y en otras pareciera que la tela siempre fue de ese color. 

  La historia está hecha de nudos. Uno tras otro. Uno después del otro. Es un mantra de líneas inconexas, es una forma de meditar.

  No sabía que existía un lugar llamado Ibadán, porque en realidad de África sólo conozco el contorno de su forma, de color café como el resto de los continentes coloreados en un mapa.

  Me dijiste que ya no podía estar contigo aunque quisiera. Me diste mi cepillo de dientes con el que cumplí un año. Y no me dejaste hacerte cosquillas, porque eso es lo que hago cuando me pongo nerviosa y no entiendo lo que pasa.

  ¿Por qué se escriben cuentos tristes para niños? Los niños son felices la mayoría del tiempo, y les gusta decir lo que piensan y sienten. Los niños viven en el presente. Hasta que empiezan a escuchar con atención a los adultos. Hasta que se vuelven conscientes de la muerte.

  No veo nada, sólo mi mano acostumbrarse a la mecánica del nudo. Al movimiento, al giro, a la tensión. Al contacto conmigo misma.

  Gasali es de Ibadán, una ciudad al sur de Nigeria. Él me enseñó a anudar y teñir telas con índigo. La planta sagrada de Nigeria. Y también de alguna forma me enseñó a creer en algo. Él cree en el índigo. Porque el índigo protege, por eso se viste con las telas que tiñe. Y los motivos que usa siempre son mensajes.

  De pronto, un mes después de verte, tu egoísmo me pareció inhóspito. Me dio gusto y tristeza. Estábamos viviendo juntos el duelo de tu madre. Y ahora, lo vivimos separados.

  No entendí cómo aislándote podrías sanarte. Me sentí en una pausa. A-lar-ga-da.

  Los libros para niños tienen ventajas, se cuentan también con dibujos. Nos conceden tiempo para verlos, no sólo para leerlos. Podemos tocarlos, inventar otras historias con los mismos escenarios. Leerlos sin leer letras.

  Los niños siempre dicen la verdad.

  Los niños necesitan dormir.

  Los niños escuchan una canción para dormir.

  A veces, ellos mismos la inventan.

  A veces, sus papás la escriben.

  A veces, no existe.

  Tampoco me dejaste decir que te quería.

  Recuerdo a mi mamá intentando leerme un cuento antes de dormir. Cada noche por algún tiempo, leímos las dos primeras páginas de un libro, una y otra vez. Hasta que ella decidía cambiar de cuento. Así que sólo conocimos el inicio de una pila de libros en su librero.

  A veces, el duelo me suena a salvación. A veces, quiero salvarte. Estos últimos dos meses me han dado muchas ganas de ir todos los días a abrazarte antes de dormir. A contarte un cuento o un chiste.

  Pero no hago nada, porque también pienso que hay que confrontar algo que no sé cómo se confronta, o si se hace solo o acompañado. O si se va haciendo por partes o de tajo.

  Tal vez me da miedo la muerte porque no la entiendo.

  Después pensé que los libros tristes para niños no lo eran. Más bien soy yo recordando mi niñez con nostalgia. Mi memoria selectiva ha decido olvidar más de lo que tenía planeado. Lo que recuerdo lo abrazo a mi memoria, y está lleno de cariño.

  Compartimos lo que tenemos.

  Sólo llevamos lo que podemos cargar.

  Quizá por eso los niños son tan ligeros.

  La geografía es una defensa ante la invasión. Eso es lo que me dijeron sobre África. A veces, eso es lo que pienso de mí.

  El miércoles pasado desperté en medio de la noche, alterada. Mi sueño se hizo presente y lo recordaba todo. Estábamos tú y yo sobre la banqueta de Avenida Acoxpa esperando el pesero. No pasaba el que me dejaba más cerca de mi casa, así que pensé que ese día, en el sueño, era domingo. Ya llevábamos un buen rato esperando y no pasaba. Me decías que había otro camión que nos dejaba más lejos pero que igual podíamos caminar a mi casa. Estabas indeciso, el pesero se veía a los lejos, cada vez más cerca. Me decías que ese era y yo te preguntaba si nos subíamos o no en él. Seguías indeciso y no sabías si debíamos subirnos o no. Me cansaba de preguntarte y cuando estaba a punto de pasar le hacía la parada y me subía. En ningún momento volteé para ver si venías detrás. Pagué, me senté. Emprendí el camino y me sentí libre.

  Los hilos bloquean la tela.

  Después se tiñe

  con azul índigo.

  Los hilos se destensan,

  y la tela vuelve a su forma inicial.

  Donde antes había nudos,

  ahora hay dibujos,

  formas,

  símbolos.

  Un mensaje,

  como cuando en el sueño

  te despiertas.

  Los motivos son mensajes.

  Los sueños nos tranquilizan.

  O nos revelan.

 

 

Fotografía de Alioli Tsuchiya

 

 

Ylia Bravo Varela (Ciudad de México, 1994) es Licenciada en Artes Plásticas y Visuales por la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado La Esmeralda. Su trabajo ha sido expuesto en diferentes espacios de la Ciudad de México y la de Oaxaca. Ha dedicado su tiempo al trabajo comunitario con infantes y publicó un texto en la revista colombiana La Sagrada.

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