Cuando estar vivas es un pesado logro

 

 

Texto por

Arcelia Pazos

Fotografía de

Gabriela Elena Suárez Macías

 

 

“Podría ser tu hermana, tu hija, tu madre”. Así se les recuerda a algunos hombres la supuesta propiedad de sus hembras para ilustrarles las infamias hacia otras mujeres. Es un intento, a veces ingenuo y bienintencionado, de impactar la mente masculina con imágenes fortísimas de sus parientes y amadas siendo comidas con la mirada, toqueteadas o violentadas de formas indecibles en una escala que va desde el mal llamado piropo hasta el asesinato. Pero ese careo con el espejo se torna inútil porque omite que toda mujer antes de ser llamada la mujer de alguien es una persona que posee derechos de vida y de libertad por el hecho de existir; es un careo estéril también porque en incontables ocasiones son los mismos hombres quienes usan como trapo a sus parejas y familiares. 

  Así lo tachen de hipérbole, ser mujer en estas tierras es un riesgo que nos enerva todos los días. Aquí acosan y por allá también; en ese antro adulteran bebidas para ofrecer jovencitas al mejor postor, y alrededor hay conocidos que comparten fotos e información nuestra en redes impunes, pero no siempre sabemos quiénes son; en este bar asesinaron a Ana Luisa, en aquel hotel a Marlene, en el arroyo de allá encontraron el cuerpo irreconocible de Karen y en centenas de casas prenden velas, pintan mantas y lloran por desaparecidas que están en un limbo. El pan de cada día es vivir alertas y ariscas en medio de obstáculos que se burlan de nosotras: el hombre que se masturba y nos sigue en la playa, el supuesto amigo que en la fiesta se arroja a besarnos cuando percibe una ventaja en nuestra ingesta de alcohol, el joven que se obsesiona con nosotras y nos atosiga con leperadas virtuales, o los que en silencio nos persiguen y huyen cuando se les encara como culpables del atroz crimen de desaparecer mujeres.

  El objetivo es llegar vivas a casa, pero en la mayoría de los casos el verdadero objetivo es seguir con vida en casa, el seno en el que se gesta por lo menos el cuarenta por ciento de los feminicidios y gran parte de los abusos sexuales.

  Los pueblos, las ciudades y nuestras historias de vida están llenas de los instantes o los agónicos procesos en que nuestra dignidad y seguridad fueron trastocadas. No hay suficientes rincones que nos hagan sentir seguras. Seguimos la rutina cotidiana a las vivas de no ser las siguientes en reconocer o ser reconocidas en el Servicio Médico Forense (SEMEFO), por supuesto, esquivando la común oferta de desprecios a nuestro género disfrazada de justificaciones flojas y cómodas.

  Las madres, abuelas y sus antecesoras vivieron atadas a vejaciones por propios y extraños, con mutismo por costumbre. A medida que hemos roto el silencio y los grilletes del machismo han aumentado, las muertas y su exhibición se han convertido en un terrorismo de género. Tanto odio deliberado hacia nuestras carnes y libertades se materializa en un sistema que cada vez hace más grandes a las pobrezas y más exclusivas a las riquezas. En las últimas tres décadas se ha vuelto aguda la efectividad de asesinar para callar, porque, en definitiva, somos desechables. Así pasamos de las muertas de Juárez a las muertas de México. Hoy es Lesvy, mañana Raquel y pasado Marbella, y cada día otras tantas, por lo menos diez en todo el país. Diez por día. Si no nos matan es ganancia que nos molesten a diario, nos violen o nos quemen con ácido. Estar viva es un pesado logro en un Estado en el que cualquiera puede tocarnos o hacer mofa del horror que nos causan sus atrocidades sexuales, con el cobijo de autoridades omisas e insensibles que después de ser violadas nos preguntan qué traíamos puesto.

  Lo cierto es que en la siguiente pesquisa o boletín policiaco, podríamos ser cualquiera de nosotras las protagonistas. Si el siguiente nombre tiene apellidos con eco o alcanza la viralidad de los medios, miles sabrán del caso; de no ser así, se agregará una cifra más a las estadísticas de las mujeres que murieron por ser parte de una cultura que normaliza vernos como objetos de desecho, o quizá ni alcancemos a ser contadas. Quedará otra huella más en la ciudad, otra huella más sobre la cual gritar, pintar o prender fuego.

 

 

Arcelia Pazos, nacida en Vizcaíno, Baja California Sur, es licenciada en Ciencias de la Comunicación y residente de Ensenada, Baja California, desde 2009. Concentra su observación entre estos dos puntos de la Transpeninsular y ha plasmado parte de ella en la revista El Septentrión desde su fundación en 2015. Es comunicadora gráfica y visual independiente, actriz de la Compañía Ensamble-teatro y es Comunicadora de la Cultura en el Centro INAH Baja California, así como participante en la comunicación y protesta de causas feministas y de justicia social en Ensenada.

Gabriela Elena es estudiante de la carrera de Estudios Latinoamericanos de la Facultad de Filosofía y Letras en la UNAM. Es parte del Seminario de Producción Fotográfica del Centro de la Imagen y del Círculo de Producción en el Gimnasio de Arte. Su trabajo fue seleccionado en las últimas ediciones de la Bienal Nacional de Monterrey ARTEMERGENTE 2019, y 11 Bienal de fotografía de Baja California. Gestora cultural, fundó y dirigió el Centro Cultural independiente Nube Nueve en Ensenada, B.C. Actualmente vive y trabaja en CDMX.

Conoce más del trabajo de Gabriela Elena Suárez Macías en https://www.gabielephoto.com/   

y en su Instagram @tiburondetierrayademascuantico

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