Tiro de gracia

 

por Jorge Correa

 

Por cada bala que introduce en el cartucho de la escopeta, tira su hombro hacia atrás y tuerce el cuello —un tic en él cada vez que se abstiene del alcohol.

  Dentro del coche, con el motor encendido, reproduce un disco de música para meditar. Chillidos de pájaros y granos descienden de un palo de lluvia. Las manos aprehenden el volante con tal fuerza que los nudillos, blanqueando su piel, sobresalen un poco más de la cuenta de sus ahora vibrantes puños. Antes de echar andar el vehículo y de dirigirse hacia la zona de cacería, hace un respiro con los ojos cerrados: aprieta los párpados como conteniendo dolor o un grito. Termina por suspirar.

  Escondido detrás de un arbusto, apunta con el rifle hacia el lago. (Tener los sentidos alerta y contenerse es una especie de terapia. En su última visita al psicólogo, le fue recomendado encontrar una actividad que le demande concentración y disciplina. Después de su última reincidencia, dos meses han pasado sin alcohol ni drogas dentro de su organismo.) Cierra un ojo y el otro lo centra en la argolla de la mira. 

  Suenan hojas secas quebrándose.

  Una gruesa gota de sudor resbala por detrás de su oreja. 

   Con pasos mecánicos, volteando de izquierda a derecha cada que se detiene, un venado aparece en escena.

  Tuerce el cuello, echa su hombro hacia atrás y coloca el dedo índice frente al gatillo.

  Ahora, el venado lengüetea las aguas mientras sus puntiagudas orejas se mueven en círculos.

  Muerde su labio inferior.

  Contiene el aire.

  En su mente cuenta: uno, dos… un estruendo y el animal se desploma en las aguas, no alcanzó a jalar el gatillo.

  Silencio. Grillos.

  De entre arboledas, un hombre aparece frente a él para levantar al animal de las verdosas orillas del lago. Lo carga a sus espaldas, sosteniéndolo por sus patas delanteras.

  El hombre desaparece arboles adentro.

  La mano con la que roza el gatillo le comienza a temblar. Sus dientes castañean, tuerce el cuello y echa el hombro hacia atrás: inhala, exhala y, después de un par de minutos en esa misma condición, suelta el disparo. El estruendo silencia a los grillos por unos segundos mientras la bala se pierde en el verde infinito de ramas, hojas y troncos.

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Jorge Orlando Correa (Chetumal, Quintana Roo, 1992),  Cuentos suyos aparecen en Cantera Malaquita, La rabia del Axolotl, Plataforma colectiva, Revista la caída, entre otros medios literarios. Escribe periódicamente en su blog personal Depósito de olvidos. Actualmente es editor en de la revista literaria Materia Escrita.

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