Jorge Ruiz Dueñas o la errancia sin límite

 

por Jorge Ortega

 

Para quien ha transitado por la poesía de Jorge Ruiz Dueñas (Guadalajara, 1946) como por un estimulante planisferio, no resultará excéntrica ni pretenciosa su atracción por las sociedades remotas y las figuras de un heroico pasado, los reinos legendarios y los parajes exóticos. ¿Es acaso nostalgia por un orden extinto o una aplazada utopía por un edén perdido o el mito del buen salvaje? Desde Espigas abiertas, de 1968, hasta Las restricciones del cuerpo, de 2009, recalando en Tierra final, de 1980, El pescador del sueño, de 1981, Tornaviaje, de 1984, El desierto jubiloso, de 1995, Guerrero Negro, de 1996, Habitaré tu nombre y Saravá, ambos de 1997, y Cantos de Sarafán, de 2005, Ruiz Dueñas ha persistido durante más de cuarenta y cinco años de actividad poética en el afán de búsqueda de una verdad terrestre, fatigando a través de la experiencia y la imaginación los atajos, las distancias, los incontables matices de percibir y sentir bajo la antorcha de distintas banderas y entre los portentos de la geología: llanos, montañas, oasis, manglares, puertos; lejanías de toda laya por las que el individuo se asoma tentativamente a los extremos de su condición, la capa básica del ser, el sustrato de la energía vital.

   Poesía de la periferia, diría yo, pero no en la acepción sociológica o antropológica, sino física e interior. Al procurar las orillas y los contornos, e incluso las afueras del círculo, Jorge Ruiz Dueñas tiende a la escapada y soslaya en apariencia la civilización moderna, eludiendo su engendro mayor: la hidra de la metrópoli. La efigie que mejor lo retrata no radica tampoco, por lo tanto, en la del peatón sino en la del explorador. Si su fuerza expresiva florece entonces de un fructífero contacto con la idea de lugar —el topos heleno—, pertenece sin embargo a la odisea del camino. Entre un destino y otro, el viajero se debe al trayecto, pues en el andar estriba su auténtico destino, su fatalidad. “Navegar es preciso”, reza la veterana máxima atribuida a Pompeyo. Por eso surcar y trasponer latitudes parece indisociable de la obra de Ruiz Dueñas. Como en un cuadro de Caspar David Friedrich, sólo en la soledad del horizonte o en la contingencia de la intemperie el hombre se acerca a la esencia de existir, comulgando de sí ante la imperecedera epifanía de los elementos, emanación de un ímpetu divino, bisagra de lo material y el aliento de lo inmaterial, de lo visible y el depósito de fe de lo invisible. La de Jorge Ruiz Dueñas constituye, así, una poesía que se erige credo de los fenómenos planetarios y el misterio cósmico.

  Mas el amor no está ausente en la epopeya de Ruiz Dueñas. Como elogio, cortejo o consumación, irrumpe y retorna en variados libros y apartados igual que una marea. He ahí ciertos poemas de Espigas abiertas; los Envíos de la época de Tierra final; los Amantes de Malta, sección terminal de Guerrero Negro; Habitaré tu nombre, claro, y, de manera parcial, Las restricciones del cuerpo. Exaltación, frenesí, vehemencia y sobrecogimiento marcan tales pináculos, que contrastan con la hipotética ecuanimidad que pudiera suponer la majestuosa vertiente paisajística de Jorge Ruiz Dueñas. Estableciendo un vínculo con una poética afín, Saint-John Perse tiene en su haber el férvido capítulo “Estrechos son los bajeles” del volumen Mares, de 1957. Y es que trate de la reciprocidad sentimental o la grandeza de los ecosistemas, Ruiz Dueñas otorga a las cosas la dignidad de aclamarlas y ovacionarlas, enaltecerlas y pregonarlas en la medida que todo forma parte de la exposición de la persona a las implicaciones de su trance por el mundo. A esto responde, por lo demás, la remisión originaria, primigenia, de la poesía que nos ocupa, la cual desvela una sensualidad de amplio espectro que comprende la desnudez corporal, la sublimidad de un panorama, el roce del viento en la cara, la premonición de la dicha. Y, en poesía, nombrar es consagrar los preciados dones de la suerte.

   Diván de Estambul (Papeles Privados, 2015), uno de los más recientes conjuntos de poemas de Jorge Ruiz Dueñas, confirma una vocación unificadora de la multiplicidad cultural y sensorial. Lo componen tres segmentos de extensión y factura heterogénea: “Canciones del forastero”, “Balada trashumante” y “Carta no escrita”, donde confluyen piezas de tono festivo y taciturno, un dilatado texto de inspiración épica y lo que podría denominar una epístola idílica en prosa, respectivamente. La reminiscencia de una estancia en Turquía, el laberinto de la antiquísima Constantinopla, la fascinación por las gestas y la pasión amatoria insuflan, pues, la densidad de un contenido que se permite migrar de la dulce añoranza de una noche frente al Bósforo a la grata sorpresa de atestiguar la procesión de una pareja de novios tocados por la magia del verano, del estupor producido por la filigrana de las coloridas baldosas de la Mezquita Azul y el placer de un feliz chapuzón en las aguas del Mármara a la meditación sobre el pleamar de la madurez biológica o el ubi sunt en los páramos de la edad avanzada. Entre el pretérito perfecto y el presente del indicativo, la caducidad y el nerviosismo epicúreo de entregarse a una ciudad desconocida, Ruiz Dueñas despliega el arco de su dramaticidad, condensada en la fijeza de la rememoración y el éxodo del tiempo, la perpetuidad de la evocación y la sucesión de la supervivencia. Ya lo apunta él mismo en el siguiente fragmento:

 

La delgada piel de los ancianos

es sólo un mapa de la vida

 

Revisitan ya con otros ojos

y preguntan por el color de la sonrisa

 

Dónde quedaron los recuerdos

el beso

el aliño de la carne en los balcones

 

Dónde la visita a un mar de condimentos

asediados por el juego del bazar

y el olisqueo de las frituras

guiados por la adicción al café espeso

 

Dónde las mañanas pobladas por el sol creciente

al continuar los barrios más antiguos

cuando los puentes mecen el vacío

y no cesan las radios callejeras

 

   El punto medio es la historia, ese limbo en el que palpita aún la imagen de lo acontecido o la posibilidad de la recreación, la certeza y el mito, la documentación y la ficción, lo que incita la adhesión de Jorge Ruiz Dueñas a Solimán el Magnífico y su consorte Roxelana, eje latente de Diván de Estambul. Este férreo, prolongado y lúcido modelo de afecto y querencia mutua, ilumina cada uno de los episodios del índice y se vuelve de hecho el alfa y omega del único par de ilustraciones de la publicación: una estampa de Solimán —quien fuera sultán del Imperio Otomano por más de cuatro décadas— en la portada, y un retrato de Roxelana —conocida también como Hürrem, “la que porta el contento”— en el colofón. Detalle indicial, si se considera que dos terceras partes de la estructura se abocan a las proezas militares y la susceptibilidad emocional del temido Solimán el Grande. Curiosa paradoja: a la visión política y la audacia castrense en las campañas de Europa del Este, norte de África y Oriente Medio, Ruiz Dueñas yuxtapone la indefensión erótica y el yugo íntimo del personaje en el palacio de Topkapi, deslizando un perfil demasiado humano, para enunciarlo con Nietzche, transido por la ternura y la melancolía. Una muestra: “¡Tu risa otra vez! ¡Tu risa que todo lo pudo! ¡Tu mirada fugaz y tu naturaleza firme en la baldía entrepierna! ¡Qué no daría yo por regresar el tiempo”.

   Jorge Ruiz Dueñas elabora su “Carta no escrita” en primera persona. Al referirse a una esposa ausente, el ejercicio encaja en el monólogo poético o lo que determinados teóricos han llamado “lírica de la máscara” o recurso del “ventrílocuo”, consistente en una transpolación de identidad que facilita al yo literario ponerse en situación o hablar desde el carácter arquetípico de la circunstancia de otro sujeto notable. El procedimiento ha gozado de fortuna en la tradición hispánica, de Jorge Luis Borges a Álvaro Mutis, de José Ángel Valente a José Emilio Pacheco, de Francisco Hernández a José Javier Villarreal. La singularidad descansa en la prosodia. Y la de Ruiz Dueñas propende al canto y al himno. Diván de Estambul no es la excepción. La raíz de su entonación y de su ritmo, la confección de su texto, remite al dístico elegíaco y a la estrofa sáfica de la poesía griega precristiana, adosada a la música vocal e instrumental y que el autor escalona y adapta al verso libre y descolgado. Junto a ello, la expresión formular de los poemas homéricos que acoge la repetición de un mismo pasaje al inicio y en el desenlace de algunas composiciones. Tirteo, Jenófanes, Solón, Píndaro y, en paralelo, el ciego de Quíos. La síntesis estética y la narración descriptiva. Recapitulando, para Jorge Ruiz Dueñas —criado en Baja California y apegado siempre a este finibusterre de México— no hay lindes temporales ni topográficos. Ya lo advertía Javier Sicilia en el prólogo a Carta de rumbos, suma de la poesía ruizdoñana hasta 1998: “No hay fronteras, no hay territorios ajenos, sólo lo humano que nos funda y nos revela en esta larga marcha hacia lo inmenso”. En una palabra, una poesía total e inmarcesible.     

 

 

 

 


Fotografía de Rogelio Cuéllar

Jorge Ortega (Mexicali, 1972) es poeta y ensayista. Doctor en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Barcelona y, desde 2007, miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México. Su trabajo poético ha sido incluido en numerosas antologías de poesía mexicana reciente y ha sido traducido al inglés, chino, francés, alemán, portugués e italiano. Autor de más de una docena de libros de poesía y prosa crítica publicados en México, Argentina, España, Estados Unidos, Canadá e Italia, entre los que destacan Ajedrez de polvo (tsé-tsé, Buenos Aires, 2003), Estado del tiempo (Hiperión, Madrid 2005), Guía de forasteros (Bonobos, México, 2014), Devoción por la piedra (Mantis, Guadalajara, 2016), Dévotion pour la pierre (Les Éditions de La Grenouillère, Québec, 2018) y Luce sotto le pietre (Fili d´Aquilone, Roma, 2020). Obtuvo en 2010 el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines. 

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