La venganza de La Cascabel

 

 

 

por Elpidia García Delgado

 

El Centauro, una cantinucha muy cerca del puente Santa Fe en la recién nombrada Ciudad Juárez, acaba de abrir. Llenas de pereza, las cantineras y prostitutas se sientan a chismorrear para matar el tiempo. Beben lento para aguantar la noche que se alargará hasta el amanecer cuando empiecen a llegar los hombres sedientos, con las ganas alebrestadas de sexo por la temperatura que alcanza hoy cuarenta y dos grados. Los pechos de las mujeres, aprisionados por los corsés, intentan escapar a cada carcajada o suspiro como niñas caprichosas que trataran de soltarse de la mano de su madre. Las más jóvenes empiezan a desenvolver su borujo de aflicciones. A barajar sus confidencias a Trenzas Rubias, la mayor de todas, acostumbrada a que hombres y mujeres criben junto a ella sus pesadumbres, mientras entrechocan los vasos y el ambiente se carga de humo y otros acres efluvios.

  La lengua se afloja un poco con cada trago y dos horas después, seis mujeres hablan y ríen. Otras se quejan. Alba Marín entró de pronto, descompuesta, con el pelo alborotado y la ropa sucia de tierra. Temblaba, parecía una fiera que hubiera librado una lucha fatal. Su mirada, lejos de todo. Quizá se diera cuenta de los ruidos del cantinero Romualdo, que limpiaba mesas y barría el salón, del trote de los caballos al pasar frente a la cantina. Pero su estado le impedía insertarse en el aquí y ahora, como si lo que pasó la expulsara del mundo y ahora flotara extraviada. Trenzas Rubias se dio cuenta y se le acercó. La llevó a una mesa apartada. Quizá por ello todos la buscaban, por ese espíritu maternal personificado en los enormes pechos de matrona, por su olfato para identificar al que necesitaba consejo o consuelo.

  —¿Qué te pasa, mi Cascabel, qué tienes? ¿Por qué lloras? —preguntó alarmada Trenzas Rubias. La Cascabel no contestó.

  Cascabel era el mote que, tiempo atrás, le había dado un gringo pasado de copas a Alba, cuando le robó una caricia obscena y sin permiso. Ella se volteó con furia y mordió la mano ladrona con tal fuerza que hizo que sangrara. “¡Tú ser una víborra de cascabel, ¡a snake! ¡Perro serrás mía, cabrrona!”, atronó su voz al grado que El Centauro, lleno a esa hora, se quedó en silencio. Todos se quedaron perplejos al ver el valor de Alba para atacar al enorme rubio de nombre Steve McCoy, apodado el Ojo de Vidrio. Ya conocían el genio de la muchacha, que no se enganchaba con cualquiera. Lo que no sabían era que escondía un arma en sus enaguas. Por su juventud, sólo ayudaba a limpiar mesas y a servir copas. Su belleza extranjera, la blancura de sus hombros y la mirada gatuna y azul, tan diferente a las demás, atraía a los clientes y le dejaba buenas propinas. Su padre, un inglés llamado Douglas Marine, comerciante viajero de vinos, la había dejado a cargo de Trenzas Rubias en El Centauro a los siete años. La madre había sido secuestrada por un indio navajo en Arizona y Douglas tuvo que cargar con su hija en sus travesías, algo peligroso para la niña y un estorbo para viajar. Nunca regresó por ella.

  —Alba, reacciona, ¿qué tienes, mija, pos dónde andabas, por qué no volviste anoche? —insistió Trenzas Rubias—. Romualdo, ¡tráeme una botella de tequila y un vaso, rápido!

  La regordeta cara oscura de la meretriz más vieja del lugar contrastaba con el pelo teñido con el que creía atraer a los gringos que llegaban de El Paso en busca de prostitutas. Se sentó a su lado, angustiada. Echó las largas trenzas amarillas hacia atrás, como para ofrecerle su generoso pecho de madre postiza. Las demás mujeres también se acercaron.

  —El Ojo de Vidrio mató a Gonzalo. ¡Me lo mató, mi Trenzas! —respondió Alba con sollozos doloridos—. Vagué toda la noche sin saber qué hacer.

  —¡Jesús, María y José! ¿Cómo, Cascabelita, pos qué pasó?

***

Gonzalo trabajaba en el establo del Ojo de Vidrio y era el novio de Alba. Los dos jóvenes eran de la misma edad y su amor era como ese con el que se cruza uno la primera vez, comparable sólo con descubrir el olor de la madreselva. La impresión que deja es imborrable y el recuerdo, una dulce cicatriz. Se amaban, y McCoy lo sabía, pero esto no le importaba. Gonzalo no era más que un muchacho hijo de un campesino pobretón y no podía ofrecerle nada a Alba, La Cascabel.

  Desde que la conoció, Steve McCoy, el Ojo de Vidrio, se encaprichó con ella a pesar de que su edad era tres veces dieciocho. Se aferró a conseguirla a toda costa como había conseguido todo lo que tenía: con crueldad y a la fuerza. Después de la mordida en la mano, su deseo se transformó en obsesión. Le mandó regalos y le ofreció toda su fortuna con tal de que aceptara casarse con él. Tenía un establo con quinientos animales, la mejor casa de Juárez y un rancho de tres hectáreas cerca del río Bravo, que compró por una bagatela a un campesino en apuros. La huérfana Cascabel rechazaba cada uno de sus cortejos y se reía de que quisiera comprarla con su riqueza. Estaba enamorada de Gonzalo, y el amor que no tuvo, lo encontró en él. No necesitaba más.

   El Ojo de Vidrio se había asentado en Ciudad Juárez para escapar de la ley que lo perseguía en muchos estados de la Unión Americana. Su historia criminal era tan grande como el terror que dejaba a su paso. Empezó a los quince años cuando un esclavo negro quiso vengarse por haber perdido una pelea contra él. Encontró el momento oportuno cuando Steve McCoy andaba a caballo y le tiró un balazo que rozó en el ojo derecho. Steve cayó del caballo pero logró reaccionar y disparó varias veces contra el pecho de su oponente. Cuentan que en su huida mató a cuatro soldados de la Unión. Perdió el ojo y lo reemplazó con uno hecho de vidrio en Abilene, lo que no impidió que se volviera un hábil pistolero. Después, trabajó como cowboy en Navarro, Texas. Allí liquidó a seis mexicanos en una partida de póker para no tener que pagarles el juego perdido. Era tan rápido y diestro con las armas, que el mismo Wild Bill Hickok, marshall de Navarro, lo reconoció cierta vez que lo enfrentó. A salto de mata por Trinity, el condado de Cherokee y el condado de Brown, practicó el tiro al blanco en el corazón de sus rivales, secuestró mujeres y asaltó bancos y diligencias. Estaba siempre en fuga. Cuando llegó a Florida, se encontró con su fotografía pegada en los muros. La recompensa era de cuatro mil dólares, vivo o muerto. Por eso, prefirió entregarse a que lo atrapara un cazarrecompensas, no sin antes matar a otros ocho oficiales que lo buscaban. De los veinticinco años de la sentencia cumplió solo dieciséis en la cárcel de Huntsville. El mismo sheriff le ayudó a escapar dándole una sierra para cortar los barrotes. Después, fue perseguido sin tregua hasta que cruzó el río Bravo y llegó a Juárez con más de cuarenta fiambres a su espalda. Paso del Río Grande, ese lugar donde la palabra justicia era una expresión sin significado. Vacía como la cuenca de su ojo izquierdo. Ideal para el que buscaba esconderse si podía pagar el precio. McCoy lo pagó con creces con la fortuna que amasó en sus correrías.

   El Ojo de Vidrio hacía caracolear con frecuencia su caballo frente a El Centauro, para hostigar a La Cascabel con su ofrecimiento y empeño de casarse con ella. También amenazaba de muerte a Gonzalo para que dejara a la joven de piel nívea.

***

—Gonzalo y yo quedamos en vernos en la orilla del río ayer en la tarde, Trenzas. Después, volvería a la cantina para que el tuerto pensara que estaba aquí, ya ves que siempre me vigila. Era la única manera de encontrarnos sin que nos molestara.

  —Dale un trago al tequila, mija, ¡cálmate! —la apuró la madrastra. Alba lo tomó de un sorbo. La Trenzas le sirvió otro.

  —Cuando estábamos acostados en la hierba, salió el gringo de repente y se nos echó encima como un loco. Apenas tuve tiempo de ponerme el vestido y me paré, se me puso enfrente. El ojo bueno casi se le salía del coraje. ¡Parecía un monstruo, güera!

  La mujer, que casi era su madre, limpió las gruesas lágrimas que no cesaban de manar. Las muchachas se acercaron para escucharla. Se cubrían la boca, abrían mucho los ojos, volteaban a ver la doble puerta del Centauro con el susto en el cuerpo, como si temieran que el Ojo de Vidrio fuera a aparecer de repente.

  —Me hizo a un lado de un manotazo tan fuerte que me tiró al suelo y luego pateó a Gonzalo con sus bototas. Él se quedó paralizado de miedo tapándose la cara. No se movía, el pendejo. Le grité: ¡levántate, córrele!, pero estaba doblado de dolor. Entonces me fui corriendo hasta una loma para esconderme detrás de los árboles. Me acordé de que dejé la pistola allí donde nos acostamos, detrás de una piedra. Y luego…

  Se cubrió la cara con las dos manos para acallar su llanto. Se calmó un poco y pudo continuar.

   —Al ver que Gonzalo no me seguía, miré hacia atrás, agachada entre unas cañas. Vi cómo el cabrón lo levantaba como si fuera un muñeco de trapo. Lo agarró del cuello para estrangularlo pero lo soltó. El pobrecito quedó en el suelo medio desmayado. Entonces se quitó el ojo de vidrio y se lo metió en la boca, y con los dedos se lo empujó todo lo que pudo.

  —¡Virgen santa! ¿Y tú qué hiciste, alma mía?

  —Dios mío, ¡qué horror!

  —Y luego, ¿qué pasó? —preguntaban, espantadas, todas al mismo   tiempo. El cantinero se acercó también.

  —A mí me dio miedo moverme, ¡de puro terror!, ¿me entienden? Estoy segura de que también iba a matarme a mí. Gonzalo pataleaba y empezó a ponerse morado y a salírseles los ojos de las órbitas. Entonces el Ojo de Vidrio lo levantó como si no pesara nada y lo aventó al río cerca de la orilla, allí no había mucha agua. Gonzalo ya casi ni se movía. Y luego agarró una piedra muy grande y la alzó para aplastarle le cabeza, pero en eso…

  —¿Qué? ¿Qué pasó, Cascabel? —la apuró la Trenzas.

  —Un remolino que apareció de abajo con mucha fuerza jaló a Gonzalo y se lo llevó a la corriente del río. La piedra ni llegó a tocarlo. Lo miró hasta que ya no se veía y luego dio una risotada de esas que suelta él, bien fuertota, como si fuera la del Diablo.

 —¡Ay, no digas esas cosas! —dijo una de las chicas, santiguándose.

   —De repente, a mí se me quitó el miedo y me dio mucha rabia lo que había hecho. Su burla, todo lo que aguantamos por su culpa. Salí hasta mucho después de que se fuera para ir por la pistola.

  Quedaron todas sin habla, engarrotadas como estatuas de cera. La voz de Trenzas Rubias cortó el silencio.

  —Alba, ¿qué pasó con el Ojo de Vidrio?

  La Cascabel dejó de llorar. De sus pupilas azules salía el odio en forma de chispas brillantes, parecían los ojos de una serpiente. Después de una pausa, finalmente habló.

  —Digamos que… lo mordió una víbora de cascabel —respondió mientras acariciaba la pistola que sacó de su enagua.

 

 

Elpidia García Delgado (1959, Cd. Jiménez, Chihuahua) Escritora y promotora cultural. Trabajó en la industria maquiladora durante más de tres décadas. Imparte talleres de escritura creativa. Ganadora de la beca David Alfaro Siqueiros para Nuevos Creadores en 2012; el Premio Programa de Publicaciones 2013 del ICHICULT; de la Convocatoria Voces al sol en 2014, de la UACJ; de la beca David Alfaro Siqueiros en la categoría Creadores con Trayectoria en 2018, y del Premio Bellas Artes de Cuento Amparo Dávila en 2018. Ha publicado en diversas revistas digitales, impresas, y antologías. En solitario tiene tres libros de cuento y un cuento infantil publicados: Ellos saben si soy o no soy (Ficticia-Ichicult, 2014), Polvareda (UACJ, 2015), La rebelión de las muñecas (UACJ, 2017), y El hombre que mató a Dedos Fríos (INBA-Lectorum, 2018). En el 2019 el Congreso del Estado de Chihuahua le otorgó el reconocimiento Chihuahuense Distinguida “María Edmeé Álvarez” por su aportación e investigación de los temas sociales de la frontera.

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