Él te salvará

 

 

 

por Asael Arroyo Re

 

Mi papá manejaba por toda la ciudad una vieja y larga camioneta Ford, a la que le mandó pintar una cruz, un corazón flamante y un mensaje en letras azules que decía: Jesucristo es el camino a la salvación.

  Mi hermano y yo nos avergonzábamos de ser vistos en esta camioneta cuando salíamos el fin de semana con él, así que, al pasar por ciertos lugares en los que creíamos habría gente conocida, mi hermano se escondía debajo del asiento y yo lo imitaba y me tiraba al piso o corría a la parte trasera donde había una pequeña sala, dos asientos de gamuza color guinda al fondo, uno frente al otro, con una mesa de madera pequeña y abatible. Esa sala móvil entusiasmaba a mi papá. Era una forma implícita de decir que quería hacer viajes largos y familiares, de decir que nunca quería volver a estar solo.

  Él entregó con fervor los últimos quince años de su vida a la Iglesia católica, como una especie de fraile moderno al que el presente le parecía un tiempo impuro que debía ser evangelizado. En ese presente cabíamos todos los demás que no teníamos clara la diferencia entre el bien y el mal. La mayoría de las personas nos movemos en sitios ambiguos, tomamos decisiones llenas de matices cuyos principios pueden doblarse según las circunstancias, usualmente a nuestro favor. Somos elásticos. Él, no. Aunque no siempre fue así.

  En un periodo de veinte años, pasó de ser un líder estudiantil de izquierdas de una universidad en la Ciudad de México a un entusiasta de la metafísica y casarse con mi madre, otra entusiasta de la metafísica. Luego, las diferencias, el divorcio, la soledad, y tiempo después, la rarísima cosa que es ser un católico congruente.

  “Tu papá siempre se buscó”, me dijo alguna vez una tía.

  Aunque era sociólogo, lo que en verdad quería hacer era dar clases a niños, y lo consiguió: trabajó en la primaria de una de las colonias más pobres de Ensenada, la 89. Era el maestro de niños con algún tipo de retraso escolar. A ojos de mi familia, su trabajo era absurdo. No había ningún tipo de éxito ahí. Había pobreza y rezago. Y no se equivocaban, excepto que no veían lo que mi papá sí: un bien cuya pureza le erizaba la piel, un descanso en una búsqueda jadeante que había durado toda su vida.

  Después, el cáncer. Una teoría es que padeció de cáncer de vejiga por retener líquidos al no querer interrumpir sus clases cuando necesitaba ir al baño. Es una visión romántica de su enfermedad que no tengo idea si es cierta o no. Me gustaría que lo fuera para que su vida pudiera leerse como una historia ordenada y precisa, con una causa que irradia consecuencias y concluye en una muerte racional y digna. Lo cierto es que él no entendió su enfermedad así, y, en un principio, su amor por Dios se vio perturbado por lo que él consideró un destino injusto. ¿Cómo podía pasarle eso a él, que no había hecho otra cosa más que el bien? Con el tiempo, aprendió a lidiar con un  pensamiento inquietante: la misericordia divina no tiene por qué entenderse. Apenas unos días después de que yo cumpliera once años, tras una operación, murió.

  Los creyentes que lo habían conocido asistieron a la misa en su honor y cantaron y lloraron de un modo honesto y hondo. Era difícil conciliar la imagen de un hombre solitario siendo coreado por una masa, pero su soledad consistía en una incomprensión hacia el mundo y del mundo hacia él. En el funeral, un psicólogo se acercó a mí y me dijo que debía tocar el cuerpo de mi papá para que pudiera comprender su muerte. Lo toqué y no estoy seguro de si lo comprendí o no, ni lo que debí de haber sentido.

  Hace unos años entendí que debía ir al panteón a buscarlo para pretender que él estaba ahí y así yo hablarle. Di vueltas y vi algunas tumbas sin flores. No encontré la suya. No lo quise tomar como una señal. Quizá la siguiente vez sea distinta.

 

 


Asael Arroyo Re (Ensenada, 1990) es licenciado en la carrera de Derechos Humanos y Gestión de Paz, por la Universidad del Claustro de Sor Juana. Dirige y edita la revista digital El Septentrión. Ganó el Premio Estatal de Literatura de Baja California 2016, en el rubro de Periodismo Cultural, por el libro Viajes de un ensenadense inocente. Es becario del PECDA en la categoría Jóvenes creadores. Actualmente, estudia la maestría en Antropología Social, en CIESAS.

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