Hacia la Historia de la leche

 

por Ignacio Ballester Pardo

 

 

Mónica Ojeda

Historia de la leche

Candaya, 2020, Barcelona, 121 pp.

Historia de la leche acaba de publicarse en España por la editorial Candaya, aunque ya lo hizo en Latinoamérica: en su Ecuador natal con Severo Editorial y en Chile con Libros del Cardo. En México parece que todavía habrá que esperar, como ocurrió con el éxito que supuso su novela Nefando (2016), recientemente publicada en Almadía.

  En Madrid, donde reside ahora mismo Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988), destacan casos de poetas como la española Elena Medel (Córdoba, 1985) que, después de varios poemarios, ha pasado con éxito a la novela. En México podríamos hablar de Clyo Mendoza (Oaxaca, 1993), que ya incursiona en la narrativa. Ahora bien, al revés (de la narrativa a la poesía) no es tan común el proceso. Tampoco es la autora que nos ocupa uno de estos claros tránsitos, pues su libro de poemas El ciclo de las piedras (2015) mereció el Premio Nacional de Poesía Desembarco, casi a la vez que veía la luz su ópera prima, la novela La desfiguración Silva (2014), también reconocida con un galardón, importante y ya desaparecido en Cuba, el Premio Alba Narrativa.

  Tras tales reconocimientos Mónica Ojeda detonó finalmente con la ya mencionada Nefando y, un par de años después, con Mandíbula (2018); ambas, en Candaya: editorial que –reconoce una de mis libreras en 80 mundos, la también poeta Carmen Juan– tiene un ojo único para formar un catálogo con lo mejor que se publica en esta lengua. Gracias al olfato por lo latinoamericano que aún desconocemos llegamos a un libro de poesía (híbrida, podríamos decir) del que sin duda se hablará durante mucho tiempo.

  No creo exagerar si rememoro ya el comienzo de Historia de la leche, como esas grandes obras que ubicamos desde sus primeras líneas (me refiero a El Quijote o Cien años de soledad, por citar algunas): «[Cae con madurez el fruto que en verbo ardido lamió sus / costillas al sol» (17). Ese exquisito arranque (con octosílabos internos y heptasílabo en el encabalgamiento) sirve de muestra para su poética: «La destrucción es creación» (49, 50), mediante un ritmo y una musicalidad que van del verso clásico a la prosa, más adelante; o los epitafios, en las últimas páginas; de personajes mitológicos o literarios (como Clitemnestra o Desmédona) que adquieren una nueva significación ante la pregunta que podría plantear este libro: para qué sirve la poesía ante la muerte; qué se crea con ella.

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  Pese a estar dividido en varias secciones («I. Estudio inicial de la sangre», «II. Maté a mi hermana Mabel», «III. El libro de los abismos», «IV. Mamá cólera», «V. Botánica de Quincey» y «VI. Epílogo»), como Ariana Harwicz o Daniela Alcívar Bellolio en el prólogo, afirmaría que este libro es uno de los escasos ejemplos del poema extenso que se publica en español (a la manera, de nuevo en México, de Gloria Gervitz, Maricela Guerrero o Dolores Dorantes).

  En su narrativa, que tanto tiene de poesía por esa convivencia de los géneros litearrios de la que hablábamos en torno al tema de la violencia, el sexo, los cuerpos y las relaciones familiares, se refiere al pasado prehispánico de México, tan cercano al tema de la sangre que en la lírica de dicho país estudia Alejandro Palma.

  La historia comienza con el nacimiento. La sangre nutre. La caída implica la madurez, a la  luz de la razón que es posible advertir en cualquier acto pasional. De este modo se lleva a cabo la construcción femenina-masculina de las identidades del sujeto poético.

  A la manera de Esther M. García en Mamá es una nimal negro que va de largo por las alcobas blancas (2017) a propósito de la maternidad a la que se refiere últimamente también Isabel Zapata, desacraliza a la figura que nos da la vida a través de la destrucción de la hermana, Mabel. En este sentido Alcívar habla de «la tríada Padre / Hermano Mayor / Hermano Menor (Dios / Caín / Abel), el fratricidio, el largo diálogo (la defensa del hermano asesino) que en la Biblia se nos niega pero que podemos imaginar» (9).

  En cursiva, justificado a la derecha, en mayúscula, en negrita, subrayado, entre comillas o entre corchetes (así como diversos símbolos de mira [+], flechas [▼] o asteriscos [*] que se intercalan en la sucesión de las secciones), sin puntos, tanto el verso como la prosa encajan en el mismo relato del crimen que supone la existencia. De pronto, tras el leitmotiv luperquiano («La destrucción es creación»), se produce la «[Interrupción del discurso poético:» (50). Podemos leer dicha intercalación de la definición que teóricamente tiene el asesinato, en este caso, cual acotación que explica y oxigena el discurso dramático, en su sentido griego.

  Con la sonoridad del lenguaje que en Chile representa Zurita, Ojeda amalgama los términos que se unen a la figura materna tras el fratricidio: «He oído que montas sobre las cabezas de las Furias / y te desbocas / y manchas los eriales de leche cuajada/ leche mía coagulada / y ellas te la beben y te alumbran / un cráneo con cañones de plata apuntando hacia mi pecho / suite de estelas eléctricas y membranas saladas / madrealambre de las navajas / madrebuitre de los cinerarios» (97).

  La hibridez de géneros que caracteriza a la literatura contemporánea, y que ya se advertía en sus libros anteriores, destapa en Historia de la leche una limpidez verbal que contrasta con el blanco de la página. Su lenguaje luperquiano es sangre que amamanta y devora; resultado, seguramente, de un largo proceso de borraduras hasta dar un texto preciso que irriga las numerosas vertientes que conoce desde las tradiciones grecolatinas.

  Ojeda disecciona el acto de la muerte hasta hacer el amor con ella. Destaca finalmente el monólogo interior que demuestra cómo en un acto de barbarie cabe la belleza. Y es que, casi aforística: «La naturaleza es la estética de la tiniebla / germinando como un arrullo desconocido / en el desvío de la lengua» (114).

  En nuestra historia como seres humanos tenemos una emoción, dice la ciencia, distinta al resto de seres vivos: tenemos miedo. Esta condición para la subsistencia que tanto atrae a Ojeda desemboca en Historia de la leche con la familia, el cuerpo y la violencia que limita con los amores pasionales.

  Recuerdo que la escritora y académica mexicana Cecilia Eudave confesaba en algún momento escribir novelas para que le publicaran cuentos. Con Mónica Ojeda se ha dado la poesía y tenemos que agradecérselo tanto a las novelas que están presentes como al ensayo, el cuento e incluso la dramaturgia, por las voces que se alternan en ese registro que señala la contracubierta a la manera de Sara Uribe y ese parteaguas que fue su Antígona González (2012).

  Si Sara Uribe se acerca al tema del cuerpo, la política y la violencia durante su posgrado, Mónica Ojeda poetiza la agresión mientras estudia un doctorado sobre literatura pornoerótica. Y entonces la leche es tan atractiva como repulsiva. En esa dicotomía estriba.

  Las obras que preceden a Historia de la leche hacen que Mónica Ojeda explote (más si cabe) en este libro, dando la sensación de que sus excelentes novelas dan lugar a dicho poemario; aunque, gracias a autoras como ella, el poemario como etiqueta se abre a nuevas propuestas.

  La autora que fue seleccionada en Bogotá 39 (en 2017, junto a Valeria Luiselli o Daniel Saldaña París, por ejemplo, que también participaron estos días en Hay Festival Querétaro) habló de ello con Nuria Barros y Araceli Ardón en esta primera edición virtual del famoso festival literario. No se la pierdan. Ya permea buena parte de la literatura.

 


Ignacio Ballester Pardo (Villena, Alicante, 1990) es doctor en Filosofía y Letras por la Universidad de Alicante, miembro del Centro de Estudios Literarios Iberoamericanos Mario Benedetti y del Seminario de Investigación en Poesía Mexicana Contemporánea. Con Alejandro Higashi coordina el número 23 de la revista América sin Nombre (2018), dedicado a la «Madurez de la joven poesía mexicana». Es autor del libro La dimensión cívica en la poesía mexicana contemporánea: herencia, tradición y renovación en la obra de Vicente Quirarte (Tirant lo Blanch / Universidad Autónoma del Estado de México, 2019). Cada domingo comparte sus líneas de investigación en el blog Poesía mexicana contemporánea.

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