Muñecas 

 

 

por Bladimir Ramírez 

 

Cuando abandoné mi casa estaba segura que era para siempre. No tenía a dónde ir, tampoco tenía razones para seguir viviendo con mi familia o lo que quedaba de ella. Me fui a ningún lado, con las pocas cosas que tenía y con Casandra.

  Nunca he sido de tener amigos. En la primaria tuve piojos y nadie quiere juntarse con la piojosa. A las niñas les daba asco, y a los niños no les interesé hasta que me empezaron a crecer los pechos y las nalgas. Casandra fue la única amiga que tuve. Recuerdo muy bien el día que la saqué de la caja; me sorprendió el realismo y la expresión de sus ojos, como si de verdad fuera un bebé. Sus ojos eran expresivos como los de un becerro. Estaba viva, de alguna forma.

  Fue mi última muñeca y uno de los pocos juguetes que tuve. Era de esas muñecas feas, grandes, que tienen forma de bebé. Yo estaba en la penosa etapa de la pubertad cuando nos conocimos, aunque la gente me seguía tratando como una niña. Jugar a cambiarle el pañal y darle de comer me parecía una pérdida de tiempo. Ya no quería jugar con muñecas, Casandra y yo lo único que hacíamos era hablar.

  Lo único que extraño de mi casa es mi cuarto. Era grande y estaba casi vacío: mi cama, mi ropa, una televisión vieja y algunos pares de zapatos. Me sobraban metros para estar sola. Había un espejo grande donde pasaba horas mirándome, odiando mi cara grasosa y mi cabello opaco, como si en lugar de champú me bañara con cloro y jabón para platos. Pero el cuarto era mío, tenía seguro y ahí me sentía a salvo.

  Las charlas con Casandra comenzaron sin darme cuenta. Tal vez ella me hablaba cuando estaba dormida para que fuera conociendo su voz. Tardó mucho tiempo en hablarme, supongo que primero quería estar segura si podía confiar en mí. Pienso en su vida antes de hablarme, cuando ella estaba en silencio, ¿se sentía sola? ¿abandonada? No sé quién de las dos necesitaba más hablarle a la otra.

   Un día, yo hablaba frente al espejo. No podía decidir entre qué blusa ponerme. ¿Azul o roja? ¿Azul o roja? Estaba concentrada en mi reflejo, hasta que Casandra dijo, azul, te ves más bonita de azul, Elena. Me asusté mucho, salí del cuarto y me metí al baño. Tenía miedo, ganas llorar y un poco de náuseas. ¿Casandra me había hablado? ¿La muñeca estaba viva? Me costó trabajo regresar al cuarto. Pensé en salir del baño, en contarle a mi mamá lo que había pasado, pero ella no habría querido escucharme. Estás loca, niña. No molestes y vete a dormir, eso me habría dicho mi mamá. Decidí callar, si era cierto o no, sería mi secreto. Algo único, algo sólo de nosotras.

  Al volver, tuvimos nuestra primera gran charla.

  ¿Dónde naciste? ¿Quiénes son tus padres? ¿Tienes sueños? ¿Tienes frío? ¿Lloras cuando estás triste? ¿Cuál es tu color favorito? ¿Te dan miedo las arañas? ¿Tienes pesadillas? ¿Alguna vez has estado enamorada? ¿Tienes sed? ¿Tienes hambre? ¿Le tienes miedo a la muerte? Las preguntas llenaban la habitación, Casandra respondía poco a poco. Sin sobresaltos, sin prisa. Teníamos todo el tiempo del mundo. Ella era astuta, cuando la pregunta era difícil me decía, hay cosas que es mejor no saber. A veces decía, no me acuerdo. Ocultaba cosas sobre su pasado, como toda la gente. Todavía me cuesta trabajo que Casandra supiera tantas cosas, tenía la sabiduría de una mujer vieja que ha sufrido mucho, de esas personas que no confían en nadie.

  Me escuchaba con atención, durante mucho tiempo lo único que hacía era escucharme, tomar nota, conocerme a detalle. Hablaba frente a ella como quien piensa que está sola, sin darme cuenta, le contaba todo. Lloraba y reía frente a ella sin miedo al ridículo. No le cuentes a nadie sobre mí. Eres la única con quien quiero hablar. No voy a hablar con nadie más, no quiero hablar con nadie más. Eres mi mundo, Elena, la única familia que tengo. Estamos destinadas a estar juntas. Te quiero, Elena. Abrázame, duerme conmigo. Y desde entonces, Casandra y yo estuvimos juntas hasta la catástrofe.

  Las muñecas tienen buena memoria. Ella sabía mi color favorito, mi película favorita y lo mucho que detestaba comer pollo rostizado. Me esforzaba por describirle lo horrible del pollo, la textura fibrosa, un poco salada. Es una carne desabrida, ¿sabes? No importa qué le pongas, nunca acaba por tener sabor. Se siente acartonada. El pollo rostizado no es la comida favorita de nadie. El pollo rostizado sabe a domingo, a una casa sin madre, a una madre sin amor.

  Crecimos juntas. Casandra notó mis cambios: La caspa, mis espinillas, el aumento de mis pechos, el divorcio de mis padres, la enfermedad de mi papá, los problemas que nos esperaban, el peligro de estar en un mismo lugar. Yo tomaba mis decisiones con ella; Casandra fue por mucho tiempo mi única familia. Gracias a ella aprendí a no estar sola, a pesar de estarlo.

  Nuestra amistad creció como la maleza de un potrero en épocas de lluvia. Yo no tenía otra voz con quien conversar. Con ella di muchos pasos en mi vida. Abandoné la pubertad, descubrí los hombres, el sexo de los hombres, la decepción de los hombres, el fracaso y el asco de los hombres.

  Era un desfile, llegaban uno tras otro. A verme los pechos, la cara nunca. Casi siempre me ponía de espaldas, para agarrarme las nalgas sin la necesidad de verme a los ojos. Eso tuvieron en común todos mis amantes, excepto Héctor.

  Conocí a Héctor en el trabajo. En ese entonces ya tenía pechos grandes, no tanto como quisiera, pero grandes, lo suficiente como para que Héctor ignorara mi cara granienta y mi cabello con caspa. Él no podía dejar de verme los pechos. Era intimidante, su estatura y su voz lo hacían parecer mayor. Héctor era el hombre más guapo que se había fijado en mí. Más que Armando, Leo o Miguel. A todos les atraje por la misma razón. Pensaba que así tenía que ser un hombre, directo, de pocas palabras, serio, con voz oscura y manos muy grandes. En el trabajo, Héctor era conocido por hablar poco y trabajar mucho. Le gustaba su trabajo, era el mejor empleado de la rosticería.

  Además de hablar, Casandra tenía otras habilidades. Por ejemplo, sabía cómo combinar la ropa. Yo era incapaz de salir sin que mi ropa tuviera la aprobación de mi muñeca. Guardaba secretos a la perfección porque sólo hablaba conmigo. Y lo mejor de Casandra era el talento para distinguir a las personas; ella sabía muy bien cuando un hombre valía la pena y cuando no. De Armando me dijo que era mucho mayor que yo y solo quería cogerme. De Leo, supo a simple vista que era un imbécil sin futuro, además que no sabía besar y olía a carne podrida. Con Miguel fue diferente, me dijo que era un peligro andante, que en su mirada veía violencia y odio. Meses después, Miguel cayó a la cárcel.

 Casandra y yo éramos un dúo dinámico capaz de sobrevivir cualquier cosa. Cuando me corrían de un trabajo, ella me decía que vendrían cosas mejores. Me recomendaba dónde pedir empleo y me contrataban, hasta me decía dónde podría ganar más. Por eso empecé a trabajar en la rosticería “La Pechugona”. Además de pollo rostizado vendían pollo crudo. Menudencias. Pechugas. Pescuezo. Patas. Todo el animal, todo lo que se le pudiera comer al animal aquí lo venden.

  Esta virtud de mi muñeca me ahorró muchos dolores de cabeza y llantos. Cuando quería revolcarme con alguien le preguntaba a Casandra, y de ese que vino el otro día, ¿qué opinas? Y ella me decía sus impresiones. La dinámica era siempre la misma. Si alguien me interesaba, lo llevaba a mi cuarto, ponía a Casandra cerca para que pudiera verlo y después me contaba todo.

  La rutina nos funcionó mucho tiempo. Casandra me ayudó mucho, especialmente en los tiempos difíciles. Como cuando nos fuimos de casa y estábamos solas. Completamente solas, viviendo en un cuarto lleno de cucarachas que apestaba a humedad y a orina. No puedes volver a tu casa, Elena, estás mejor aquí. Las cosas allá están a punto de arder, confía en mí, hazme caso. Casandra no se equivocaba, por eso, cuando el hambre me mordía las tripas ella sabía cómo calmarme. Esto no será para siempre, Elenita. Tienes que ser fuerte, me tienes a mí. Yo estaré contigo.

Tuve todo tipo de trabajos horribles para sobrevivir. Trabajos donde te explotan todo el día y te pagan una miseria. Trabajé recogiendo jitomates, el sol y los chiflidos de mis compañeros me hicieron renunciar. Como mesera las cosas eran peores, los clientes me veían los pechos sin disimular. Tener una cara fea y unos pechos grandes es una gran desventaja. Si tuviera la cara limpia, sin cicatrices, los hombres podrían verme otra cosa, concentrarse en algo más. Fingirían interés y me dirían cosas como, qué bonitos ojos tienes, Elena, o, qué bonita sonrisa, Elena. Pero no, todo se trataba de mis pechos. Todos los comentarios sobre mí estaban reducidos a eso. A un par de chichis grandes. Por eso me aguantaba el asco de trabajar en la rosticería, porque convivía con menos gente, y trabajaba ocho horas diarias, nueve, cuando había muchos pedidos. No nos pagaban horas extras.

  Héctor y yo nos veíamos al iniciar el turno y cuando yo iba al matadero a buscar más pollo crudo. Así lo conocí, con el mandil blanco lleno de sangre y plumas. Con ese olor a muerto que tienen todas las carnicerías. Al inicio era de buenos días, buenas tardes y se acabó. Poco a poco me fue sonriendo, agarraba confianza conmigo y veía que el mandil me resaltaba los pechos. Cuando me daba el pollo, tocaba mi mano con la suya, ensangrentada y con sudor. Aunque me lavara la mano, la sensación seguía ahí.

  Me daba pena que Héctor viera mi cuarto, así que empecé a hablar con él sin contarle a Casandra. Hablábamos de cosas intrascendentes, la mayoría relacionada a los pollos, a cómo engordaban y mataban los pollos. El trabajo de Héctor en la pollería era matar, desplumar y empalar. ¿Y no te da asco ver tanto pollo muerto? Y él se reía, no, claro que no. Es más, cuando le cortas la cabeza a un pollo, se sigue moviendo como dos o tres segundos, aletean, corren, hasta que caen muertos. Un día te voy a invitar para que veas cómo se ve corriendo un pollo sin cabeza. Héctor era un tipo raro, olía a pollo muerto, fumaba siempre que podía.

 Él me contaba mucho sobre los pollos. ¿Sabes cuál es la mejor carne del animal? La pechuga, Elena, porque las pechugas son blanditas. Hasta es más fácil partirlas en dos, porque el hueso es suavecito como la carne. La gente siempre quiere comprar la pechuga. ¿Sabes por qué me gustan los pescuezos? Porque, aunque no tienen mucha carne, la gente los pide, ahí es donde metes el cuchillo. El pollo por su pescuezo muere, es muy fácil tronarlos, es como reventar una liga. Sale mucha sangre a presión hasta que dejan de moverse. Si tú fueras un pollo, Elena, serías pura pechuga, de las buenas. Pechuga de a kilo. Serías de esos pollos que aquí no vendemos, carne de primera, sin químicos ni enfermedades.

  La primera vez que Héctor me besó fue afuera de la rosticería. Ya había acabado el turno, me agarró de la cintura, me vio fijamente a los ojos unos segundos y luego me besó. Me dejé llevar. Sus manos eran tan grandes que casi me abarcaban toda la espalda. Qué chula estás, desgraciada. Y volvió a besarme.

  Cuando fui a su casa, empezó a besarme, a morderme el cuello, los pezones y el vientre.   Me cogía con los ojos abiertos, jadeando, apretando mi cuello. Me jalaba del cabello con fuerza, me mordía las nalgas hasta dejarme un hilito de sangre que me recorría las piernas hasta llegar a los talones. Nuestra relación consistía en ir a trabajar y coger.

  Él fue el culpable de mi primera pelea con Casandra. Yo le conté todo lo que sabía sobre él y ella, muy molesta me dijo que tenía que verle la cara, ver sus movimientos, verlo a detalle, conocerlo. Yo le dije que tenía que esperar, que teníamos que esperar. Ella pensaba diferente. Me gritó, su voz aguda, de ratón adicto al helio, se endureció. Se convirtió en otra persona. Su cara de lleno de sombras. Después de nuestra pelea, ella durmió en una caja.

  No nos habíamos separado por tanto tiempo. Pasó tres días encerrada, en ese lapso Héctor y yo salimos. Fuimos a comer elotes a la plaza y una nieve. Él también me veía los pechos, pero le gustaba mucho mi cuello, mi pescuezo. Tienes pescuezo como de gallina fina. Era la primera vez que escuchaba un cumplido que no estuviera relacionado con mis pechos.

  Cuando le conté a Casandra que me estaba encariñando con Héctor volvimos a discutir, fue peor, mucho peor. No le dije que yo había ido a su casa y que cogíamos en el trabajo, en el parque y donde pudiéramos. No le dije que Héctor cogía como nadie, mejor que todos los demás juntos. No le dije que después de matar pollos Héctor siempre quería coger. Que me metía las manos con restos de pollo y sangre. Tampoco le dije que le gustaba agarrarme el pescuezo con fuerza cuando estaba a punto de terminar. Le dije que pronto lo iba a conocer, que era un buen tipo y que íbamos en serio, que era muy trabajador y responsable.

  Fue idea de Héctor que me fuera a vivir con él. Vivía en un cuarto como el mío, con menos cucarachas y más ventanas. Él me dijo que yo no pagaría renta, para que ahorrara y pronto dejáramos la pollería.

  Casandra conoció a Héctor el día de la mudanza. Nosotras teníamos pocas cosas: unas sábanas, algunos platos, ropa y zapatos, y cosas que me había llevado de mi casa, mi diario, un peluche y otros recuerdos. Una estufa eléctrica, algunos vasos de plástico. Héctor y yo estábamos todo el tiempo juntos, todo el tiempo cogiendo. A él nunca le cayó bien Casandra, dijo que le daban miedo las monas ojonas como esa, si quieres quedártela, la vas a poner fuera del cuarto porque no la quiero cerca. No quiero que me vea. No puedo dormir con la mona aquí, siento que me siguen con la mirada.

  A pesar del enojo y las amenazas de Casandra, accedí. Cuando por fin pude hablar con ella, noté que había enloquecido. Mi muñeca se volvió loca. Tienes que largarte de aquí, tienes que cuidarme. Me va a matar y te va a matar a ti también. Estoy segura que te va a matar. Estamos en peligro, Elena, hay que escapar. Yo la acurruqué entre mis brazos, como si fuera un bebé chillón o un paciente psiquiátrico. Con misericordia, con lástima, como si aquello no tuviera solución, le dije, tranquila, tranquila, aquí vamos a estar bien. Él es diferente, no hay nadie como él. Con el tiempo aprenderán a quererse.

  Héctor escuchó que estaba hablando con la muñeca, entró al baño y se burló de mí. Después se puso agresivo, ya estaría bien que tiraras todo este mugrero que traes, ¿no? Ya estás grandecita para jugar con muñecas. Me agarró del cuello y empezó a besarme, me bajó el pantalón y los calzones. Me cogía en el baño frente a Casandra. En sus ojos veía tristeza, ira y una desaprobación total. Ella no era feliz en esa casa, nunca podría serlo. Héctor seguía, con fuerza, con mucho coraje, comenzó a apretarme el cuello cada vez más fuerte, hasta que solté un grito hueco, sin aire. Él había terminado, se subió el pantalón y me dijo que me dejara de chingaderas.

  A la mañana siguiente no fui a trabajar, le dije que me sentía enferma, como a punto de engriparme. La verdad es que el cuello y la cadera me dolían como si un carro me hubiera atropellado. Cuando se fue de la casa, Casandra y yo tuvimos una conversación larga, llena de reclamos y recuerdos.

  Lloramos. Le expliqué mis razones y ella no me entendía, no quería entenderme. Él es todo para mí y yo soy todo para él. ¿Qué no ves que me ama? ¿Qué no ves que nos amamos? Vamos a casarnos, vamos a tener hijos, vamos a estar bien. Tú vas a estar bien. Y Casandra protestaba, me recordaba que las dos estábamos en peligro, que ella iba a morir igual que yo. Aquella discusión no tendría fin, Casandra fue terca hasta el final de sus días. Lo último que le dije, antes de aventarla a la caja fue, nunca te olvidaré, eres mi mejor amiga, pero esto tiene que acabar. Gracias por haberme ayudado tanto. No lo hubiera logrado sin ti. Pensaré en ti todos los días. Yo estaba llorando, pero la despedida era la única opción. Si seguía con nosotros, ella iba a sufrir mucho y Héctor no podría acostumbrarse a ella.

  Salí del cuarto, crucé la calle. Puse la caja en el suelo, en esa caja estaba mi pasado. Mi diario. El peluche. Fotografías de mis padres y todo lo que quedaba de mi vida. Todo lo que fue mi vida antes de Héctor debía morir.

  Rocié la caja con gasolina, prendí una vela blanca y alargada. En silencio recé un padre nuestro, dije unas últimas palabras de amor y agradecimiento. Acerqué la flama al cartón hasta que comenzó a arder. Escuchaba los sollozos de Casandra, imaginaba sus ojos ardiendo, su cuerpo quemado, su voz ahogada entre las llamas. Cuando todo en la caja se quemó y sólo había cenizas, aventé un balde con agua que se llevó los restos a una coladera. Eso era todo, estaba sola, nunca volvería a jugar con muñecas.

 

 

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Bladimir Ramírez (Zapotlán,1996) es estudiante de Letras Hispánicas en el Centro Universitario del Sur. Ha participado en congresos nacionales, como el CONELL (Morelia 2018) el CONACREL (San Luis 2018) y el EIELLZ (2018). Ha tenido menciones honoríficas en concursos literarios universitarios. En 2019, su cuento “Libertad del conejo blanco” fue incluido en la antología Si era dicha o dolor, de Editorial Paraíso Perdido y La décima letra. Su cuento “Muñecas” fue finalista del concurso internacional de cuento Juan Rulfo 2020.

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