El calor de las luciérnagas

 

 

por Bladimir Ramírez

 

 

Camila quiere volver al pasado, estar sola en el parque, sentirse vacía y libre. Un escalofrío recorre su espalda hasta llegar a sus pies. Está sentada, ve los autos pasar. Fuma al ritmo del semáforo. Son las siete y media de la mañana. La gente va al trabajo o a la escuela. La gente se mueve, toma decisiones, pero ella se siente anclada a esa banca, echando raíces en ese pedazo de tierra resquebrajada por la resequedad de una mañana fría. En una mano tiene el cigarro y en la otra su teléfono. No sabe si debería llamar a Fernando. Siente cómo el humo entra por su boca y viaja a cada rincón de su cuerpo.

    Camila recuerda el parque y los paseos con Rocky, su perro. Extraña la correa roja y la compañía de su mejor amigo, los largos paseos en los que ellos dos estaban solos contra el mundo y no necesitaban nada ni a nadie más. Pero Rocky está lejos, solo. Camila revisa el reloj. Vuelve a fumar. Descansa la vista en el horizonte. Se siente sola como pocas veces y piensa que escuchar alguna voz la podría reconfortar. ¿Tendría el valor para llamarlo y contarle todo? Su estómago ruge como un volcán antes de la erupción. Siente náuseas, agruras y miedo. No ha desayunado más que cigarros y angustia.

     Piensa en la noche en que vio a Fernando. En el parque, entre las sombras de los árboles. Fue una noche con luciérnagas cuando notó al muchacho de la sudadera roja, sin nombre, solo un bulto que avanzaba en círculos, un bulto que parecía seguirla, que cada vez estaba más cerca. Por aquellos días Fernando era eso: una sudadera roja en movimiento, la posibilidad de un hombre.

      Lo mejor sería volver a casa, recostarse, tal vez comer algo. Se levanta de la banca, ve detenidamente la glorieta donde estaba sentada. Pone mucha atención en el árbol, en los pequeños brotes de pasto que crecen en la tierra seca. Observa las hojas diminutas que sobresalen de las ramas, el crecimiento que parece tan natural y que en ese momento le resulta insoportable. Esas ramas están destruyendo al árbol, lo están destruyendo desde adentro, dice antes de caminar. Cree que las calles le ayudarán a tomar una decisión o, al menos, a no pensar, a no mirar el reloj cada treinta segundos, a no sentir que su vientre es una bomba de tiempo.

     Camila siente su vientre lleno, invadido. Sólo de pensar en las posibilidades, su cabeza se convierte en una galería de recuerdos no vividos, de futuros lamentos. Doctores. La cama de un hospital. Las paredes blancas. El vientre hinchado. Los pañales. El duelo. Las voces. Las caras que la verán con un pedacito de carne entre los brazos. Los juicios. Y no puede soportarlo, no quiere que nada de eso exista, ni siquiera en su mente.

     Las calles se extienden bajo el sol que poco a poco toma fuerza. Camila siente el sol en la cara, las náuseas suben poco a poco hasta golpear su garganta. El vómito tiene garras que arañan su tracto digestivo hasta hacerla palidecer, hasta sentir que adentro hay muchos parásitos, un grupo de intrusos que tienen la intención de destruirla, de desgarrarla, de secarla desde adentro. Traga saliva con todas sus fuerzas, sabe que vomitar sería mucho peor. Camina hasta llegar al parque de La Llorona. Vuelve a sentarse. Saca su teléfono. Llama a Fernando, el celular suena muchas veces hasta que una voz robótica anuncia el fracaso: el número que usted llamó no está disponible. Guarda el teléfono, siente que la calle está de luto, que el silencio de Fernando es el silencio del mundo, que está sola, como siempre. Siente que en su estómago la amenaza silenciosa va ganando la batalla, que los intrusos se sienten cada vez más cómodos.

     Fue en ese parque donde lo conoció. ¿Cuántos días pasaron antes de que él le dijera “cómo se llama tu perrito”? Después de esa primera pregunta, el chico de la sudadera roja dejó de ser un completo desconocido. Esa noche tuvo rostro, voz y sonrisa. Se convirtió en una persona. A ella le gustaba verlo ir y venir, acercarse y luego desaparecer entre los árboles. “Se llama Rocky”, eso fue lo único que pudo decirle con un hilo de voz apenas perceptible. Comenzaron a caminar juntos por el parque, entre las luciérnagas y la noche.

     Después de ese día vinieron otros, como cascadas. Caminaban juntos, lo suficientemente para que la mano gruesa de él estuviera cerca de la mano pálida de ella. Sus manos, frente a frente, se reconocían, se miraban a los ojos. Después de correr, Fernando fumaba. Camila recuerda la primera vez que fumaron juntos, descubrió que el humo podía tener cuerpo, que el humo podía tener nombre e intenciones; que el humo también era carne adherible a la carne.

      Pero ese recuerdo se volvía nebuloso, como si fuera una historia que alguien le contó a Camila, o una historia que leyó en algún libro. Ella y él, en su memoria, parecían fantasmas o sombras o una simulación. Algo que ella quisiera haber vivido y tal vez no vivió. Lo real y lo vigente eran el silencio, el número no disponible, la incertidumbre, la bomba de tiempo, las náuseas, la decisión, la batalla contra el tiempo, los deseos de volver a ser ella misma, de estar sola.

      Debe seguir caminando, llegar a su casa, desayunar o vomitar. No importa el orden. Quiere estar sola sin sentirse sola. Al terminar su cuarto cigarro de la mañana se pone de pie. El sol ya no es un recién nacido risueño, es un niño berrinchudo que llora y patea. Siente el calor acumularse en su espalda, como una piedra que dobla las vértebras. Su estómago está cada vez más caliente. Quisiera beber agua o leche o un equipo de bomberos que apague el incendio que hay dentro. Pero las calles están secas y vacías de respuestas como sus manos.

       Aprovecha la esquina y el semáforo para sacar el celular y llamar a Casandra. La voz de su amiga sería mejor que el desayuno, mejor que una larga noche de sueño reparador. Era lo que necesitaba, rejuvenecer con una sola llamada, tener energía suficiente para llegar a casa y después tomar una decisión. Llama a Casandra una vez, dos veces, tres veces hasta que la llamada se convierte en buzón directo. No tiene tiempo para lamentaciones, no hay un lugar para descansar y el sol va ganando fuerza, el calor se extiende más allá de su espalda, se adhiere a su cuello como un beso de fuego.

     Fernando, la noche, las luciérnagas, el parque, los árboles, los ladridos de Rocky que nadie escuchaba, los primeros besos. El sabor a sal, a sudor, a cigarro. El olor afrutado del sudor de Fernando combinado con el humo y la noche. El calor que brotaba de su cuerpo como una fogata entre la nieve. Su boca, el terreno que ganaban sus manos. El silencio. Las invitaciones, las propuestas. La potencia de su voz, amplificada en su mente, como si muchos hombres dijeran las mismas palabras al mismo tiempo. Como si cada una de sus frases tuviera un eco propio.

     Mientras atravesaba la mañana camino a su casa, sola, caminaba entre el ruido de los autos, la fuerza ascendente del sol y el cansancio de sus pies, empezó a recordar la casa de Fernando y de nuevo sintió asco, miedo y arrepentimiento. Recordó la mesa empolvada, el jarrón con girasoles secos, las telarañas del baño y la cucaracha muerta en medio de la cocina. El cuarto, las sábanas manchadas de ceniza, el olor de las almohadas. El tufo de los tenis de Fernando. La atmósfera irrespirable de la habitación. El vidrio roto, el cenicero desbordado. Quisiera escapar de su recuerdo, borrarlo, anular ese día y que todo fuera como antes. Que todo fuera ir al parque, pasear a Rocky, agarrarse de la mano y sentir las mejillas encendidas. Pero ni su mente ni su cuerpo pueden regresar atrás. Quisiera borrar el nombre, y que el muchacho de la sudadera roja volviera a ser una posibilidad, un desconocido, una promesa, una compañía anónima, una silueta colorada que parte la noche a la velocidad de sus pasos. Pero ya era tarde, porque el humo ya estaba en todas partes.

     Esa fue la primera de muchas visitas a la casa de su novio. Fernando no limpiaba antes de que llegara Camila. A veces ella limpiaba la mesa con un trapo sucio. El polvo se convertía en lodo impregnado por el olor del trapo. Muchas veces se aguantó las náuseas y el asco. Besarlo, encerrada en esas cuatro paredes, era un martirio al que no sabía negarse. Intimidada, rodeada por el hombre y sus aromas, como una isla entre el mar, Camila intentaba quererlo, intentaba verlo como lo veía en el parque. Pero en su casa, sin las luciérnagas ni la noche, Fernando era sólo un hombre con mal aliento, un fantasma, una sombra, alguien que Camila cada vez recordaba menos. Ella se enamoró de los paseos, de las caminatas, del rostro lejano y sin nombre.

     Agobiada, mareada por los recuerdos y el ayuno, Camila baja la cara y ve el suelo. Chicles embarrados, caca de perro, envolturas de basura y botellas de plástico. Ve que del concreto sobresale una mancha color rosa. Detiene su marcha, acerca su cara al cielo y descubre que la mancha es un pajarito muerto. Camila lo patea hasta sacarlo de la banqueta, se asegura de que el cadáver quede cómodamente sobre la tierra de una jardinera. Debe ser horrible caerse de un árbol y no morir al instante, piensa en voz alta.

      Le faltan tres cuadras para llegar a su casa. No tiene más opción que llamar a su mamá. Quiere saber si su mamá está dispuesta a escucharla, a apoyarla. Piensa en todas las cosas que quisiera decirle, mamá, me siento sola en el mundo, mamá, hay un hombre en mi vida, mamá, no puedo verme al espejo, mamá, cada día soy un monstruo más grande, mamá… Desearía que pudieran tener una conversación de mujer a mujer, de madre a hija. Pero la distancia que hay entre las dos es tan grande que ninguna llamada podría resolverla. El teléfono suena y no hay nadie del otro lado, mamá está ocupada. Debe estar en el trabajo, piensa. En una reunión urgente. Se convence como si pudiera ver a su mamá rodeada de otros empleados.

     Entra a la casa, va al baño. No hay nadie. Vomita con el estómago vacío. En la taza hay espuma mezclada con un líquido amarillo y espeso. Se enjuaga, al menos ya no tendrá asco ni náuseas. Al menos va a comer algo, al menos va a dormir en una cama que no huele a abandono.

     Después de su larga caminata, se quita los zapatos para que sus pies se enfríen al contacto con el piso, no soporta el cansancio ni el dolor de espalda. Siente mareos, pequeñas olas internas que la hacen abrir y cerrar los ojos, como si dudara de sus pasos, como si al parpadear, las sombras ganaran terreno. Se sirve un vaso de leche, reconoce que no tiene apetito, que su cabeza sigue dando saltos al pasado. Quisiera fumar, quisiera escuchar a Fernando, decirle la verdad.

     Si pudiera vomitar la noche, el parque, cada uno de los árboles, las flores, los nidos de los pájaros y los grupos de luciérnagas, lo haría. Si pudiera vomitar semanas enteras hasta remediarlo todo, lo haría. Camila está en la cocina de su casa y desea vomitar los últimos meses de su vida. Busca en su teléfono una voz familiar, un oído para pedir ayuda, pero las líneas están ocupadas. Quiere recuperar la sensación de vacío en su cuerpo. Quiere dejar de ser una anfitriona, despedirse del huésped, desterrar a los invasores, estar sola desde adentro.

 

Bladimir Ramírez (Zapotlán,1996) es estudiante de Letras Hispánicas en el Centro Universitario del Sur. Ha participado en congresos nacionales, como el CONELL (Morelia 2018) el CONACREL (San Luis 2018) y el EIELLZ (2018). Ha tenido menciones honoríficas en concursos literarios universitarios. En 2019, su cuento “Libertad del conejo blanco” fue incluido en la antología Si era dicha o dolor, de Editorial Paraíso Perdido y La décima letra. Su cuento “Muñecas” fue finalista del concurso internacional de cuento Juan Rulfo 2020.

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