Miscelánea de personajes que no serán en la frontera

por Hiram Ruvalcaba

 

1. Noemí escribía su nombre con n de nunca. Yo tenía novia y ella tenía novio. Pero la primera vez que nos encontramos descubrí que medía exactamente lo mismo que mi deseo, tan alto a los 17 años. De eso estaba seguro —ponía tanta atención cuando la miraba—. Su novio era un sujeto agradable, a decir verdad. Jamás supe qué pensó ella de mi novia, quien debió ser agradable también. Supongo. A veces los veía de la mano o ella nos veía a nosotros, pero eso no me impidió medirla, memorizarla cada vez que nos encontrábamos para que no se hicieran largas aquellas noches que no pasaría con ella.

  Las pocas veces que pudimos platicar, me habló de sus planes de vivir en el norte, y con sus palabras se iban volando mis esperanzas hacia tierras lejanas. Pasé más tiempo del que estoy dispuesto a admitir convenciéndome de que un muchacho como yo (nacido en una comunidad rural, recién llegado a Tlayolan, y con novia) no tenía oportunidad con una mujer como Noemí. Me convencía de esto a pesar de que ella rehuía mi mirada y, de vez en cuando, la sorprendía observándome de lejos. Midiéndome. Memorizándome.

  Cuando nos graduamos de la preparatoria supe que se me escaparía la vida sin decirle todo lo que despertó en mí. Luego, por una afortunada casualidad, nos encontramos cierto día en la calle y tuvimos una hora o dos para hablar a solas. Era lo justo para hacer una confesión vital apresuradamente. Y vaya que le confesé todo. Todo desde el primer día que la vi trabajando en un café y sentí que el azul del cielo llovía sobre mi alma; todo hasta el momento en que se fue de mi vida de la mano de su novio, que me caía bien, en realidad. Nunca sabré si fue por compasión, o si aquélla fue la manera de corresponderme, de decirme que había sentido lo mismo: Noemí me abrazó por el cuello y besó mi mejilla, justo en la curva donde empezaban mis labios.

  Algunos meses después se separó del novio y se fue a vivir a Nuevo Laredo, para hacer carrera en derecho aduanal. O algo así. Llegó hasta tercer semestre. Luego unos hombres la asaltaron en la calle, la tumbaron a golpes y la arrastraron a una camioneta para que diera el último paseo de su vida. Me lo contó aquél que había sido su novio. “Fue terrible”, me dijo, “destrozó a su familia”, y yo pensé en la comisura de mis labios y en que hay historias que no deberían existir.
No encontraron el cuerpo. Hasta donde sé, aún podría seguir viva. Pero es poco probable. En su boca cabían los nombres de todas las cosas que amaría en mi vida.

2. Todos los niños de San Borondón, que salieron de su pueblo un día de mayo con rumbo al norte, huyendo del cártel del Moro. Cuando se fueron ya no quedaban adultos en el pueblo. Sonará extraño, pero en algunas de las comunidades que rodean Tlayolan las cosas acaban así. Según me enteré, hoy en día San Borondón está vacío, y uno puede entrar en las casas como si fueran un museo. Porque son eso: un museo del miedo a morirse. Nunca supe si llegaron con bien a su destino. En las noticias hablaron de tres o cuatro decenas de niños. Aunque es probable que fueran más.

3. Eladio siempre quiso irse a trabajar al norte. Así se lo comunicó a su padre, don Florencio, y a su madre, doña Carmela, cuando cumplió los dieciocho años. Por una razón o por otra, nunca tuvo el tiempo ni la decisión para partir, así que empezó a envejecer mirando los atardeceres del pueblo donde nació.

  Aunque era muy bajito y de complexión más bien enclenque, Eladio se distinguía por su trabajo en las siembras, y quienes lo conocían estaban orgullosos de que cuidara de sus padres casi ancianos. Con todo, a ellos les preocupaba que Eladio no consiguiera mujer, o que no tuviera intención de hacer su propia vida, despreocupado de ellos. “Deberías irte a la ciudad, mijo, aquí no hay nada pa ti”, le decía don Florencio. Y Eladio asentía cada vez, pero no le hacía caso.

  Cuando cumplió los 29 años, un hermano de su madre lo invitó a Texas. Irían primero a Miguel Alemán, un poblado a orillas del Río Bravo; en ese lugar el tío de Eladio conocía a un Coyote que los ayudaría a pasar. Eladio aceptó encantado y, pasada una semana, se encaminó con su tío a cumplir el sueño americano. Sus padres lo despidieron contentos, aunque no por eso dejaron de llorar.

   Fue una pena enterarme de que nunca pudo establecerse en Texas. Apenas cruzó la frontera, la policía migratoria lo atrapó y lo deportó a México. Su tío, por su parte, sí pudo escapar de los perros y las camionetas de la migra. Cuando Eladio regresó a nuestro lado del río, las autoridades mexicanas lo vieron con desconfianza, decidieron que era salvadoreño y lo subieron a un camión para “regresarlo a su patria”.

  —¡Yo soy mexicano, sargento! ¡Mexicano, mexicano! —gritaba Eladio, mientras intentaba forcejear con los oficiales que lo empujaban al interior del vehículo con destino a Centroamérica.
Cuando encendieron el autobús, a Eladio no se le ocurrió otra cosa que cantar el himno nacional a todo pulmón. “Mexicanos al grito de gue-rra…”, gritaba Eladio, y los otros pasajeros se reían a carcajadas de las lágrimas que ya desbordaban sus ojos. Pero, para su buena suerte, un oficial de cierto rango lo escuchó cantar y pidió que le llevaran al guanaco que se sabía el himno nacional.

  Aquel oficial interrogó a Eladio durante cinco espesos minutos.

  —Yo soy mexicano, señor. Vengo del Fresnito, un pueblo allá en la Sierra del Tigre, en Jalisco. Sí, ahí vive toda mi familia. Sí, sí, mis viejos siguen vivos. Sí, es la primera vez que vengo. Ya no pienso volver acá, pa qué.

  El oficial, todavía incrédulo, le hizo algunas preguntas de historia nacional, como parte de un procedimiento rutinario.

  —¿Quién es el Padre de la Patria? ¿Cómo se llamaban los niños héroes? ¿Quién fue el presidente que hizo la Reforma? ¿Cómo se llamaban los caudillos de la Revolución?
Tiempo después, Eladio me confesó que nunca estuvo más feliz de haber asistido a la secundaria.

4. Todos los maridos de mi barrio que se fueron a California y ya nunca volvieron a contactar a sus esposas o a sus hijos.

5. Siempre que puedo, pienso en las anécdotas que me contaba el tío Tomás, a quien le debo las historias más increíbles de la frontera, sacadas todas de sus continuos viajes a los Estados Unidos.

  El siguiente relato todavía me intriga.

  Pablo fue el primero que vio al hombre. Iba adelante del grupo, cortando la maleza mientras subían una loma empinada, cuando sintió que algo muy grande se había removido a su lado.
—Es un hombre —le dijo a los que caminaban detrás de él—. Se está muriendo.
El tío Tomás avanzó hacia donde señalaba Pablo y vio que el herido los miraba con los ojos muy abiertos. Le temblaban los labios como si le dolieran y era evidente que intentaba sonreír. Qué blanco era, casi albino, aunque sus cabellos brillaban como si fueran de plata. Tenía un aura señorial, como de príncipe de un país lejano. También eran llamativas sus ropas, metálicas y limpias, tan pulcras que no parecía que estuvieran en medio del desierto de Arizona. Mi tío quiso darle agua de su cantimplora, pero el Coyote se paró en medio de los dos y le habló al moribundo.

  —¿De dónde vienes? ¿Hablas español? ¿English?

  Pero el herido se limitó a sonreírles. Entonces el tío Tomás abrió la cantimplora y le dio agua directamente en la boca.

   —Yo no le daría nada, don Tomy —le dijo Pablo—. Él se está petateando y nosotros todavía tenemos que caminar varias horas.

  Pero el tío Tomás no le respondió. El Coyote, que había intentado hablarle durante aquel tiempo al moribundo, se dirigió al grupo.

  —O está mudo o no es de por aquí cercas. No entiende el español y no parece gringo. Tampoco trae cartera. Es más, su ropa no tiene bolsas —volteó a ver al hombre que yacía con la mirada fija en el cielo despejado—. Está muy grave. Yo creo que en una hora o dos se va de minero. Ni modo. Hay que seguir adelante.

  Sólo entonces el tío Tomás habló.

  —No está bien dejarlo así namás. Si lo llevamos a lo mejor podemos dejarlo en algún pueblo. Pa que lo curen…

  Los demás lo miraron incrédulos. Luego tomaron sus mochilas y sus bolsas y empezaron a caminar tras el Coyote.

  —Quédese usted si quiere, don. Pero ahí se lo haiga. Si no llegamos a Nogales antes de que amanezca nos puede caer la migra. ¡Vámonos!

  Y lo dejaron solo. Pablo se quedó con él, porque iban juntos hasta Chicago. Pero incluso él intentó convencer al tío Tomás de que siguieran adelante.

  —Vámonos, don Tomy, mire que este vale ya no da pa mucho.

  Pasaron unos minutos. El moribundo los miraba con ojos amables, intentando mover las manos. El tío Tomás empezó a hablarle.

  —¿Tienes nombre? ¿Neim, neim? —le dijo, casi como una invocación.

  El herido abrió la boca y exhaló una sílaba débil. Metálica.

neim
El tío Tomás y Pablo se miraron sorprendidos.

  —Sí, sí. Mi Tomás. Ji Pablo. Yu, ¿neim? —pero el hombre ya no dijo nada. El tío Tomás volvió a darle un poco de agua.

 —Se está muriendo, don Tomy. Lástima de agua —gruñó Pablo y se sentó en una piedra con aire molesto. Pronto volvió a hablar—. Si nos apuramos, podemos alcanzar a los otros. No deben ir muy lejos.

  —Vete tú, si quieres —respondió el tío Tomás—. Yo me quedaré con él hasta que pase todo. Uno no debería de morirse solo, como un animal.

  Y le siguió preguntando cosas en el poco inglés que sabía hasta que, rendido, le platicó en español de su pueblo, sus tierras, su mujer y sus hijos. Sacó de la mochila las fotos que llevaba, y el herido, aunque no podía entenderlo, lo miraba cariñosamente.

  Pasaron cerca de una hora en aquel intercambio. El tío Tomás habló acerca de las horas en que era mejor arriar el ganado, o del sabor de la leche cuando sale caliente de la vaca. Habló de los cabellos de Teresa, su mujer, y de los montes que rodeaban su casa y avanzaban como olas hasta llegar a Tlayolan. El cielo seguía despejado, y a Pablo cada estrella le parecía el faro de una patrulla.

  Entonces, entre el silencio, escucharon el sonido de un vehículo que se acercaba. Pablo distinguió luces en las faldas de aquella loma que pronto se transformaron en una camioneta. Cuando estuvo cerca, vio que en la parte de atrás venían los miembros de su grupo. Seguramente ellos le habían informado a la patrulla fronteriza dónde estaban los dos mexicanos que faltaban. Asustado, se acercó al tío Tomás.

  —¡Vámonos, don Tomy! ¡Hay que pelarnos! Déjelo aquí, si lo encuentran ellos se lo llevarán a un hospital. A nosotros nos van a retachar pa México.

  Pero el tío Tomás no hizo caso. Sabía que el herido no tenía mucho tiempo ya. Así que siguió hablándole mientras la camioneta empezaba a llamarlos con el altavoz, y un par de oficiales se bajaba a buscarlos, aunque en la dirección equivocada. Pabló se echó al piso, casi a punto de llorar.

  —Bueno, don Tomy. No importa. ¡Que nos lleven esos cabrones! —dijo. Se recostó de lado y calló.

  Pasaron varios minutos. Los oficiales siguieron su rastreo lejos de donde estaban ellos y, resignados, regresaron a su vehículo. Segundos más tarde se fueron en la camioneta. Se los tragó la noche. El herido miró al tío Tomás con aire de complicidad. Luego siguieron en su intercambio.

  —Ésta es mi casa, ¿entiendes? —le dijo mientras sostenía una fotografía— Casa. Ca-sa —el herido ya casi no podía mantenerse despierto, pero cuando escuchó la palabra “casa”, sus ojos se abrieron completamente y de nuevo sonrió. Sus dientes blanquísimos mostraron la felicidad más grande que el tío Tomás había visto nunca. Y había algo más, una inmensa nostalgia que lo contagió en un instante.

  Con mucho trabajo, el hombre sacó de su traje una piedra brillante de muchos colores y la levantó hasta que estuvo frente a sus ojos. Con ella señaló al cielo.

  —Ca-sa. Casa. Casa —dijo. Su rostro se transfiguró en una mueca de añoranza que hizo palidecer a los testigos.

 Entonces el moribundo puso la piedra en las manos del tío Tomás. Cerró los ojos y, todavía sonriendo, murió.

  Aquí, el tío Tomás interrumpió su relato. Yo sé que en aquella ocasión llegó a Chicago sin que lo encontrara la patrulla fronteriza. Pablo también llegó, el pobre. Y desde entonces dejaron de hablarse. Me contó que todo el camino a Nogales cargó con aquella extraña piedra que le había regalado el muerto. La trajo consigo cuando regresó a México. Volvió a Chicago dos o tres años más tarde, aunque esta vez hizo todo lo posible para conseguir papeles.

  Cuando le pedí que me contara la historia para que yo pudiera registrarla, se rio y me dijo.

  —Lo único que no me cuadra es, ¿qué fregados estaba haciendo ese chamaco ahí? Estábamos a puro medias del desierto, no había caminos cercas. Y se estaba muriendo ahí. No tenía heridas por ningún lado, pero se moría. Como si nuestro aire lo estuviera envenenando. No me cuadra eso. La verdad que no me cuadra.

  Cuando él murió, la tía Teresa, su mujer, encontró una piedra negra en su bolsillo. Es muy pesada y, al trasluz, despide un brillo que no parece de este mundo.

6. Antonio fue mi amigo más querido durante los años de la telesecundaria. Tenía diecisiete años, el cabello rojizo y los ojos verdes. Yo tenía trece, una mala edad para tener un amigo que fuera tan exitoso con las mujeres. Como mi escuela era pequeña, y rural, se daban ciertas concesiones con la edad. Por eso no era raro que un muchacho de diecisiete conviviera con uno de trece como si fuera lo más normal.

  La primera vez que me gustó una muchacha él fue la única persona a quien se lo conté. Mara tenía mi edad y la mala costumbre de aparecerse en la imaginación. Me sonreía cuando nos encontrábamos en las calles o cuando me veía pasar con mi padre, de camino al campo. Cuando el secreto fue insoportable se lo conté a Antonio, que yo la quería y quería saber si ella querría quererme. Así se lo dije. Dos semanas después los vi caminando de la mano por el pueblo. Se llenaban de besos en las bancas de los parques.

  Pero era mi amigo, así que nunca le dije nada.

  Solíamos ir en grupo a nadar a un río cercano, junto con otros muchachos de mi edad. También íbamos a masturbarnos viendo a las mujeres de pueblos vecinos, que se bañaban a la intemperie en las madrugadas. Una vez, algún marido se dio cuenta de nuestra afición y se escondió detrás de unos arbustos, cerca de donde nosotros nos poníamos para ver. Cuando empezó la función nos arrojó agua hirviendo para ahuyentarnos, aunque a mí no me cayó ni una gota. Antonio tuvo quemaduras en la espalda y en el brazo que, con el tiempo, también sanaron.

  Se fue a vivir a El Paso un mes después de salir de la escuela. Así se usaba en su familia, y en el pueblo entero. Supe que dejó a Mara antes de irse. Después ella se juntó con alguien y también se fue. Por su parte, Antonio se casó y se divorció un par de veces. Dejó varios hijos en México.
Hace dos años, mientras cenaba con mi mujer, recibí una llamada. Era él. Había conseguido el número de mi casa y mi madre le había facilitado mi celular. Porque sabía que éramos amigos. Cuando colgué el teléfono, regresé a la mesa con una sonrisa tan grande que desperté las sospechas de mi mujer. Me preguntó quién había llamado, así que le conté con detalle todo lo que recordaba de mi historia con Antonio. Después de una hora de aquella conversación los dos reímos y nos fuimos a acostar.

  Antonio prometió que llamaría de nuevo, y constantemente. “Para mantener la amistad”, dijo. Le contesté que llamara cuando quisiera, yo respondería de seguro.
Ya nunca me ha llamado.

7. En el año 2012 encontré, en la página 64 de un libro de texto para las escuelas telesecundarias, una fotografía en la que el tío Tomás aparece hablando con uno de sus nietos, en cierta ciudad de California. Trae una camisa azul que vestía como una segunda piel, una chaqueta también azul y su portentoso sombrero blanco.
Si alguien quisiera saber qué aspecto tenía el tío Tomás en los años en que me contaba sus historias podría buscarlo con facilidad.

8. Lucio tenía 15 años la tarde en que su padre lo enseñó a manejar y 18 la noche en que mató al hijo de Gilberto Llamas. El niño tenía nueve años, regresaba a casa de la tienda y no miró hacia ambos lados antes de atravesar la calle. Qué quieren que les diga, un error que pudo haber cometido cualquiera a esa edad. Lucio jura que no lo vio cruzar. Yo le creo, después de todo somos primos. El niño murió minutos después del impacto.

  Por desgracia, Gilberto Llamas no le creyó, y juró sobre la tumba de su hijo que se vengaría: la sangre con sangre sería pagada. Lucio vivió consternado, porque una promesa sobre la tumba de un hijo es para tomarse muy en serio. Aunque la familia le aseguró que no había de qué preocuparse, que era el dolor del momento. Y Lucio quiso creerles, porque no tenía intenciones de vivir con miedo toda la vida. Pero las cosas no eran tan sencillas. Cuando, unas semanas más tarde, vio la camioneta de don Gilberto rondando su casa y su escuela, sus padres decidieron enviarlo al norte. Por eso se fue a San Diego, en donde terminó sus estudios universitarios y vivió en casa de una tía materna. En fin, al menos hasta que se enfriaran las cosas.

  Veinte años pasaron sin que Lucio regresara a Tlayolan. Y la ciudad siguió su camino, borrando la memoria de los habitantes. El día que Lucio volvió, los amigos de la juventud le organizaron una fiesta en una famosa cantina del centro. Aunque no me entusiasmaba la idea, atendí la invitación porque Lucio había sido un primo cercano y porque habían pasado dos décadas sin que nos viéramos o habláramos siquiera.

  Tenía tantas cosas que contarle, y él a mí, seguramente. Pero durante todo nuestro encuentro (que no duró más de media hora), me hizo referencias al día de su accidente, y a aquel padre que había jurado venganza. No hablamos de otra cosa y, según me enteré, no hablaba de otra cosa con nadie más. Era como si todas las mañanas se bajara de aquel coche y viera a aquel niño tirado en el suelo.

  Un mes luego de nuestra charla, Lucio regresó a San Diego. Su padre me aseguró que intentó acostumbrarse a la vida de Tlayolan, pero un pueblo tan chico ya no le llamaba la atención. Secretamente, su madre me confesó que durante los días que Lucio estuvo en Tlayolan, despertaba a media noche y ya no podía dormir. A veces lo veía asomado a la ventana: esperaba ver alguna camioneta afuera de su casa.

  Una vez visité la tumba del hijo de Gilberto Llamas. Tenía algunas malas hierbas que crecían junto a la lápida. El epitafio se escondía tras varias capas de polvo y, en general, la tumba mostraba indicios de abandono. Antes de irme, arranqué las malas hierbas con la mano y limpié la tumba tanto como pude. No podría explicarles por qué lo hice.

  Bajo la luz de la tarde cantaban los pájaros. ♣


Hiram Ruvalcaba. (Zapotlán el Grande, 1988) Narrador, atlista, profesor de literatura. Es licenciado en letras hispánicas por la Universidad de Guadalajara e ingeniero ambiental por el Instituto Tecnológico de Ciudad Guzmán, además de maestro en Estudios de Asia y África por El Colegio de México. Ha sido becario del Programa de Estímulos a la Creación y al Desarrollo Artístico en Jalisco en la categoría Jóvenes Creadores en 2006 y 2019 y actualmente es becario del FONCA en la categoría Jóvenes Creadores. En 2016 resultó ganador del Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela, en 2018 del Premio Nacional de Cuento Joven Comala y en 2020 del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay, así como del Premio Nacional de Cuento José Alvarado. Ha publicado los libros de cuentos El espectador (2013), Me negarás tres veces (2017), La noche sin nombre (2018), y Padres sin hijos (2021), así como las traducciones Kwaidan. Extrañas narraciones del Japón antiguo (2018) y El romance de la Vía Láctea (2017), ambas del autor Lafcadio Hearn.

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