Flores y teorías falsas

por Alejandro Parés Sierra

 

 

  

En cada vuelta esperaba una señal. Llevábamos casi dos horas de haber dejado la carretera I101 por un pequeño camino rural hacia la I5, en el centro de California. Empezaba a cansarme. No es que esperara mucho pero quería llegar a algún lado. Los noticieros la describían como un evento espectacular, una floración repentina y masiva como hacía muchos años que no se veía. Ni mi hijo ni yo éramos especialmente aficionados a las flores. La idea de este viaje era disfrutar del domingo, pasear y platicar tranquilamente. No había forma de fallar, pero me iba a molestar si cruzábamos hasta la I5 sin haber visto nada.

   Cuando llegamos inmediatamente lo reconocí: un campo grande de millones de florecitas amarillas en la ladera de una pequeña montaña; por aquí y por allá había también parches de flores azules y rojas, contrastaban con el café y verde de los alrededores. Las flores en sí eran más bien modestas pero la impresión que daban en conjunto con la intensidad de su color era algo mágico y confuso a la vez, como una de esas ilusiones ópticas de los cuadros de Escher o Vasarely. Daban ganas de sentarse ahí mismo frente a la ladera a disfrutar y descifrar el paisaje.

   Lo que más me sorprendió fue mi propia sorpresa. ¿Por qué me desconcertaba la presencia repentina de un parche de color amarillo brillante alrededor de tonos cafés y verdes? Quizá sea un buen momento para decir que este que escribe, el autor, o como quieran llamarlo, se dedica a la ciencia. Yo, aunque suene rimbombante, soy un científico. Y el mundo me remite a teorías. Me pregunté si mi asombro estaba relacionado con la teoría de conservación de la materia, esa teoría que no admite que una cosa aparezca o desaparezca de la nada, pues cómo entender la aparición súbita de esas particulares flores y su particular color. 

 

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 Del diccionario veo que la palabra conservar, del latín conservare, significa mantener o cuidar de la permanencia o integridad de algo o de alguien. Pienso en algo que no se pierde, algo que se cuida y mantiene, una acción buena. Busco también la palabra violar, que considero opuesto a conservar. Esta palabra me evoca algo negativo. Sin embargo, la primera acepción de violar en el diccionario es “un campo plantado de violetas”. No se me ocurre una expresión más afortunada. Un campo de violetas o de flores en general es agradable, nos sorprende instintivamente. ¿Pero por qué? ¿Acaso el órgano sexual de las plantas —las flores— es un atractivo intrínseco que no puedo precisar? Quizá como en el caso de las leyes duras de la física es algo que tengo que creerme y punto. Las flores son algo que le gusta a los humanos porque así lo decretó el Creador. Esto me recuerda a los predicadores estacionales que pasaban por la universidad de Florida donde hice mi posgrado: trataban de convencer con oratorias flamígeras que no sólo las flores sino también las montañas, la luna y casi todo servía como obvia demostración de la presencia del Señor. Daban miedo.

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Es difícil de creer que vivamos en un mundo que es gobernado por una ley que controla todos los fenómenos naturales que conocemos, sin excepción. R. Feynman, un físico estadounidense, lo plantea de esta manera: la ley de conservación de energía establece que hay una cantidad a la que llamamos energía que se mantiene constante sin importar la multitud de cambios que lleve a cabo la naturaleza. Es una ley exacta hasta donde sabemos, dice Feynman. Según esta línea de pensamiento, lo que sabemos de cómo funciona el universo lo podríamos sintetizar con alguna de las leyes de conservación. Por ejemplo: la energía se conserva o la masa se conserva o el movimiento se conserva, etc.

  Durante mucho tiempo, afirmaciones de este tipo me parecieron imposibles de creer. ¿A santo de qué se decretaba que todo tiene que comportarse de cierta manera? Que la luz sea lo más rápido que existe, por ejemplo. ¿En todo el universo?  Lo único que podría justificar la contundencia de estas reglas, pensaba, era la existencia de Dios, un concepto arbitrario. Con el paso del tiempo, he moderado mi aversión a estos decretos fulminantes. No es tanto que ahora me los crea, sino que me he ido resignando a aceptar que, aunque podría no ser de esta manera, hasta donde se ha podido comprobar, la naturaleza funciona así.

  Las famosas leyes de Newton, por ejemplo, son consecuencia de la ley de conservación de movimiento. Nos dice que, si algo se mueve a cierta velocidad, este algo conservará su velocidad y dirección por siempre … a menos que se le aplique una fuerza que lo desvíe o frene. Supongamos que se dispara una bala de cañón en alguna dirección hacia el horizonte; la segunda ley de Newton dice que esta bala seguirá no sólo hasta el horizonte, sino más y más allá, de la atmósfera terrestre hacia la luna (si estuviera en esa dirección) y después hacia el espacio conocido y desconocido, sin parar. Absurdo, dirán muchos. Pues sí, parecería, pero es que no entendemos bien esta ley, ya que siempre habrá otras fuerzas que impedirán que esto suceda. La gravedad, la fricción o cualquier otro elemento o todos juntos entrarán en juego, son fuerzas necesarias para evitar que la bala siga. 

  Un ejemplo de la familiaridad humana con la ley de conservación de la masa es la sorpresa que nos causó la primera vez que vimos el acto de magia por excelencia: la desaparición de un conejo en un sombrero. ¿Por qué se nos hace mágico? Porque sabemos, aún de niños, que ni los conejos ni nada deja de existir de pronto sin dejar rastro, si esto sucede es que algo muy raro pasó, tan raro que lo consideramos mágico.

  Y así como alguna de estas leyes se nos hacen obvias, otras, tan reales y de igual categoría, simplemente no las reconocemos. Pienso en la repulsión entre dos imanes. La primera vez que de niño lo experimenté  me vinieron a la mente fuerzas obscuras. Y aún hoy, confieso, me sorprendo pensando que los imanes no están regidos por fuerzas normales. Evidentemente, es sólo una idea peregrina, al racionalizarlo que no es así, que existe una explicación lógica y racional, sólo que no la conozco.

  ¿Tenía que ser así? Pienso que no. Así resultó ser este universo. Quizá haya otros que sean regidos por otras leyes, pero hasta donde se ha podido discernir, nuestro universo se comporta de tal manera que no se violen ninguna de las leyes de conservación. Todas se imponen de manera estricta.

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  ¿Pero qué tiene todo esto que ver con mi apreciación del color de las flores? Tenemos tan arraigado el concepto de que el mundo funciona satisfaciendo estrictamente alguna ley de conservación que a veces trasladamos estas leyes a conceptos que en realidad no tienen nada que ver. Nuestro bagaje genético-cultural nos hace una jugarreta y nos hace ver escenarios de conservación aun en situaciones donde no existen; nuestra co-evolución con estas leyes nos ha hecho una especie intrínsecamente conservadora.

  Supongamos que el color de las flores es el producto de la co-evolución de las plantas con los pajaritos, las abejas, o quien quiera que las ayude a fecundarse, ¿pero qué tenemos que ver en eso, nosotros? Nada. Sin saberlo, percibí la repentina aparición de un color que parece no tener relación alguna con sus alrededores como una falla a una ley de conservación del color. Estoy tan irremediablemente restringido  por estas leyes que cuando me topo con algo que parece violarlas creo y aplico inconscientemente una ley apropiada. No importa, ahora sé que violar es un campo de violetas. ♠



Alejandro Parés Sierra. Ensenadense nacido en la Ciudad de México. Toda su educación formal e informal, desde primaria a licenciatura, en Ensenada. Maestría y doctorado en Florida, EUA. Investigador-profesor de CICESE desde hace más de treinta años. Trabaja principalmente en la modelación numérica del océano  y en la formación de estudiantes de Oceanología Física.  SNI III. Esposo y padre. Aficionado a la lectura y a la gastronomía, a veces idealiza  su capacidad de escribir algo más que  artículos científicos.

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