Colgado en el aire

por Oliver Gasparri


Cuando iba en segundo de primaria mis papás se separaron: George se fue a Tijuana y Carmelita, Rodrigo y yo nos mudamos a casa de mi abuela. La casa había sido construida en los años cincuenta, tenía cinco habitaciones, tres salas, casa de huéspedes, dos garajes, un salón de eventos donde todas las hijas se casaron y un almacén en el que Carmelita guardó nuestros muebles, los cubrió con mantas gruesas y los aseguró con una cinta de embalaje. 

 Gran parte de mi tiempo hurgaba las alacenas de la despensa, del lado derecho estaban las galletas saladas, el atún y del izquierdo, las cosas dulces. Carmelita escondía los polvorones y las Triki Trakes en la cocina, elegía las repisas a un lado de los refrigeradores viejos. Pero mi olfato era más fuerte. A mis siete años, estaba diez kilos arriba de mi peso. Una tía, nutrióloga, le dijo a Carmelita que me metiera a un deporte.

 A la semana, Carmelita me llevó a las canchas del Cásarez, un gimnasio de básquetbol que parecía una iglesia: los ventanales como claraboyas horizontales, puertas de madera con manijas grandes y doradas, y paredes de cemento cubiertas de una masilla café claro. Sergio fue mi primer entrenador. Hablaba poco. Se paraba al final de la cancha con los brazos cruzados, petrificado. Sus ojos y bigote se movían al ritmo de los niños haciendo coladas y tiros de media. Pitido y parábamos. Pitido y cambio de ejercicio. Pitido y tomar agua.

 El segundo fue Ricardo. Una cicatriz redonda e hinchada bordeaba su mejilla izquierda. “Me la hice con un casco de fútbol americano”, decía. Medía un metro sesenta, usaba shorts largos y lentes de sol que cubrían sus cejas. No podía verlo. En cada partido me gritaba: “¡No subas! ¡No subas! ¡Quédate en la zona, Oli”. Así aprendí a ser tabla, un niño varado debajo del aro.

 El primer año no supimos de George y Carmelita se preocupó por nuestra situación económica: junto con su mejor amiga abrieron Primeros Pasos, una guardería. Al salir de la escuela yo le ayudaba a cuidar a un montón de niños. Todos se iban a la una de la tarde, excepto Mauricio; su mamá era enfermera y salía a las tres. Al principio, me veía y corría asustado. Desde la ventana de la cocina, yo veía a su mamá llegar vestida toda de blanco y nos despedíamos. Luego de unos meses, jugábamos a las escondidas y lo sumergía en un corral con pelotas de colores. Así fue hasta que una mañana Carmelita intentó abrir la puerta de Primeros Pasos, pero el hijo de su socia puso el pie en la entrada y le dijo: “Ya no puede pasar”. 

 Un domingo por la mañana George apareció en un pick up Toyota blanco con una puerta carroceada que no cerraba bien. La ataba con un alambre grueso y oxidado. “¿Está padre la camioneta, no?”, nos preguntaba. Pasábamos el fin de semana con él en nuestra antigua casa. Había periódicos y envases de Coca-Cola sobre las sillas, en las escaleras y en la cocina. Nos preparaba quesadillas con frijoles, jamón pimiento y Nesquik de fresa. Dejaba la leche en la alacena y, ante nuestro asombro, al día siguiente seguía fresca.

 Cuando pasé a quinto de primaria, Carmelita, George, Rodrigo y yo regresamos a casa. Carmelita trajo la sala beige almacenada en la casa de mi abuela, quitó el polvo acumulado en los plásticos que los cubrían, la tapizó de verde y colocó un cuadro en la sala con su rostro de joven. Compramos a Coco y Chanel, dos labradores. Rodrigo estaba en segundo de secundaria, tenía un bigote gris y delgado, se ponía una media en la cabeza al dormir para conseguir un relamido perfecto y usaba tenis blancos que compraba en Target con descuento. Yo amaba las sudaderas fosforescentes de Old Navy de tela polar que no se despintaban. Tenía una de cada color.

 A las seis de la mañana antes de ir a trabajar a Tijuana, George tiraba a una canasta que teníamos en el patio de enfrente. Empapado en sudor, se metía a bañar y Carmelita recogía los shorts, las jerseys y las extendía en el tendedero. “¿Por qué siempre dejas todo mojado?”, la escuchábamos gritar. Las rutinas de George cambiaron cuando leyó los beneficios de la vitamina D. Empezó a tomar el sol desnudo con los brazos abiertos en el patio de atrás después de canastear. Coco y Chanel lo acompañaban echados en el césped mientras Carmelita nos preparaba el desayuno.

 Carmelita lo llevaba a la central de autobuses y en la tarde pasábamos por él. Nos estacionábamos en doble fila al otro lado de la calle. Desde el asiento trasero, lo veía junto a la escaleras de la central, mirando hacia la nada. Cruzaba la calle sin voltear, se subía y miraba al frente.

 — ¿Cómo te fue hoy? —le preguntaba Carmelita.

 — ¿Pues cómo me va a ir si odio mi trabajo? —contestaba todos los días.

 George trabajaba en un periódico como gerente de Recursos Humanos. A los dos años le dieron espacio para escribir una columna de opinión. Despotricaba contra todo: la conspiración de las Torres Gemelas, Vicente Fox, Fidel Castro, la proyección nacional económica, la economía mundial, Salinas, los abismos educativos del país, el apagón del ’88. La llamó “Reflexión-Es”. Los días que salía impresa, la recortaba y guardaba en folders manila.

 Los fines de semana jugábamos retas. Me ponía mis tenis favoritos: los Nike Air Flightposite III, tenían dos hologramas tridimensionales en forma de ojo de mosca. Rodrigo se ponía sus Voit blancos. George se alistaba primero y empezaba a calentar, tiraba ganchos, tiros de media y coladas. Se hacía de noche y seguíamos jugando. Rodrigo y yo traíamos una extensión de luz y colocábamos una lámpara de metal en la reja que daba al patio. En los puntos finales George se quitaba la camiseta. Era como un delfín brilloso al que le había salido pelo en todo el cuerpo. Botaba el balón dándonos la espalda, nos empujaba con la cadera, giraba rápido y tiraba usando el tablero. El sudor en su pecho y espalda nos mojaba la ropa; el que se acumulaba en su frente lo limpiaba con el dedo índice, como un parabrisas.

 De los doce a los diecisiete años entrené cuatro veces por semana; bajé diez kilos y crecí treinta centímetros; podía encestar cuarenta puntos por partido; fui el único seleccionado de Ensenada para representar a mi estado; me apodaron El Señor Colada; llené las cinco repisas de mi cuarto con trofeos y la clavaba a salto parado; rechacé a la morra que me gustaba porque yo no tenía tiempo de ir al cine; corría diez kilómetros los sábados en la playa.  A los dieciocho le dije a George: “No vas a vivir a través de mí”.

 Ese mismo año, mis papás se volvieron a separar. Un mes después de la separación, George se casó con una ex novia. Me fui a Tijuana cuatro años a estudiar una carrera. A los veintidós tomo cuatro latas de Coca -Cola y fumo dos cajetillas al día. Pienso en mi abuelo y en su cáncer de pulmón. Tiro todos mis trofeos. Demuelen la casa de mi abuela y construyen un Banregio. Estoy veinticinco kilos arriba de mi peso. Vendo libros, ropa usada y cables en los sobreruedas. No duro más de dos meses en un trabajo. No he hablado con George en dos años. No juego basquetbol. 

 Una mañana me llega un mensaje de texto de un número desconocido: “¿Quieres jugar los sábados en el equipo del periódico?”  A los cinco días contesto: “Primero, unas retas”.

Oliver Gasparri  (Ensenada, 1990) estudió comunicación y luego hizo branding, salsas, eventos. Ahora es trailero y tiktokero (@becomingtrailero).

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