Un resplandor como de agua

 

por Jazmín Duarte

 

Emilio sube las escaleras y se le despliega el angosto pasillo, es la primera vez que mira un autobús por dentro, la emoción de la novedad le recorre la boca del estómago, a la vez que el enclaustrado sitio lo hace sentir nervioso y debilitado.

   Es el primer paso de mi nueva vida, se dice e intenta avanzar por el pasillo con naturalidad, resguardando su maleta de los recovecos donde se puede atorar. Las personas ya instaladas lo alfiletean con las pupilas. Emilio tiene la respiración agitada, le sudan las manos; el pasillo le parece un escenario montado para la expectación de un juzgado cruel y vengativo. Y se alegra de reconocer el número de su boleto sobre aquel asiento vacío. Sabe que hoy sus manos son torpes y se apresura a meter la maleta en el portabultos para luego sentarse en el anonimato.

    El motor del camión se ha encendido, las revoluciones y los vapores a Emilio le caminan por las plantas de los pies, le cosquillean hasta el estómago. La máquina emprende su marcha y entonces un peso invisible se le borra de los hombros, relaja su cuerpo y exhala lentamente. Siente como si su vida ya fuera otra. Al fin libre de esa casa vieja, libre de la injusta voluntad de mis padres, piensa, y se dispone a abrir la cortina de la ventana para observar lo que deja atrás. Le pasan las casas y los árboles por los ojos; las calles pedregosas y los campos verdes se le alargan en las pupilas. Las franjas del camino le recorren el estómago y las manos. No voy a extrañar nada de esto, musita. Lo que me espera es mucho mejor, allá sí podré hacer lo que quiera, ir a donde me dé la gana, comer lo que se me antoje, decir lo que me salga de las tripas. Ya nadie me va a estar mandando, dice apretando los dientes, y una chispa de incertidumbre le quema el pecho; nota que los últimos rayos del sol van siendo evaporados por el horizonte.

     La cortina de la noche le apaga las imágenes a Emilio; en la penumbra, un recuerdo intruso le incendia los ojos, le revuelve el estómago y le sofoca la adrenalina que le recorría el cuerpo. Hay algo en su cabeza que no quiere recordar, así que busca fijar su atención en otra cosa; percibe entonces la variedad de aromas que comienzan a lastimarle la nariz: gas azucarado, polvo picante, comida frita de hace días, sudor y un perenne tufo a orines y excrementos que parece salpicar todo alrededor. Recuesta su espalda en el asiento que es un perfecto ángulo recto, su cuerpo está incómodo, pero no quiere hacer ningún movimiento que llame la atención, teme que alguien lo haya escuchado y se arrepiente de pensar en voz alta. Quiere seguir en el anonimato, donde nadie sabe que por primera vez en su vida está siendo libre y nadie tiene que recordarle qué tuvo hacer para lograrlo. Pronto llegará a un lugar mejor, así que no le importa ir incómodo, tampoco los pequeños ruidos que se arrastran como insectos: aparatos electrónicos, ronquidos, susurros, el ronroneo del motor; de hecho, la combinación de sonidos lo arrulla.

    Estaré bien, piensa, aunque sea largo el camino, y se entrega al compás de las respiraciones de los que duermen.

    Los ojos de Emilio se han cerrado desde hace un rato, tenía el cuerpo cansado y la mente brumosa, así que decidió entregarse al sueño para no pensar. Quiere soñar con su nueva vida: los edificios, los cines y los parques acuáticos; quiere soñar con conocer gente nueva e ir a un concierto; quiere soñar con todo lo que su amigo Raúl le prometió sobre la ciudad. Pero su inconsciente le muestra algo diferente.

     En la penumbra onírica una pared verde menta aparece frente a sus ojos, le es familiar, tiene las marcas exactas que el ropero le dejó a la pared, cuando lo arrastró por el piso. Emilio cae en cuenta que no conoce marca igual y tiene la certeza de estar en su cuarto, no necesita ver el resto, pero lo hace: el ropero, las cortinas cafés empolvadas, los rimeros de libros, la cama opaca de vigilias, donde solía descansar. Hay algo cálido en las cosas que ve, como si estuvieran más allá de la imagen y pudiera tocarlas con los ojos, como si realmente aquel fuera el lugar al que él perteneciera. Emilio sabe que sueña porque sólo en sus elucubraciones más profundas ha sentido la calidez de un hogar, pero no le importa, deja que la alucinación se le enraíce y le permee los recuerdos hasta crearle otra realidad. Sale de su habitación para recorrer su casa de infancia: el pasillo con fotos, la cocina verde oliva, el comedor con las sillas olorosas a madera, los sillones mostaza de la sala. Coincide en todos los detalles y algo más: una luz blanca que jamás había visto entrar por las ventanas. Al cuarto de sus padres no pasa, las puertas están cerradas, pero los escucha reír y eso le basta, eso le es suficiente.

     En completo confort, a Emilio le pasa por la mente que seguro afuera será más bello y el aire será más puro, se dirige a la puerta para salir, pero al llegar a ella advierte que el tiempo le ha pasado por encima, pues se ve deteriorada. El ambiente comienza a parecerle sofocante, algo pasa detrás de él; gira su cuerpo y se da cuenta que la luz antes blanca, ahora es amarilla y le ha arrancado el color a los muebles, a las paredes, e incluso le parece que el espacio es más pequeño. Le cuesta respirar, intenta moverse, pero sus pies le resultan como de cemento; las paredes se le acercan más y más y los muebles dejan de tener espacio entre sí. Desesperado, y con toda su fuerza, gira de nuevo hacía la puerta para escapar y se topa de frente con la imagen de sus padres; ambos de pie, firmes y solemnes como solía recordarlos. Lo ven fijamente. No puedes irte, corazón, esta es tu casa, le dice su madre. ¡Te vas a quedar aquí, con nosotros a cuidar de tu hogar!, le grita su padre. Sus cuerpos comienzan a verse difusos. Emilio observa cómo son absorbidos por el piso arcilloso de la casa, sin oponer la más mínima resistencia, luego escucha sus voces retumbando entre las paredes. Tienes que quedarte a cuidarnos. Cuando nos hayamos ido, tú vas a cuidar la casa. Las voces de sus padres le recorren el cuerpo, le golpean la cara y le aprietan el pecho, siente que la casa se le aproxima cada vez más y de alguna forma también lo está absorbiendo. Intenta correr y nota que sus pies están hundidos en el piso hasta los tobillos, el piso le parece arena movediza o cemento fresco: avanza con todas sus fuerzas hacía su cuarto y las piernas se le hunden cada vez más. Los sillones de la sala los siente contra su espalda, la cocina la tiene pegada al costado derecho y el comedor al izquierdo; el largo pasillo parece una cueva estrecha por donde se arrastra. Las paredes le raspan la piel de los brazos, las voces de sus padres le retumban en los oídos. Emilio alcanza la puerta de su cuarto, entra en él. Respira con dificultad, está mareado, parece que la cabeza le va a explotar; le hormiguean los pies y los hombros le pesan. Un inmenso odio le florece en el pecho. De pronto observa sus manos, lleva una cajita de cerillos; un pensamiento le esclarece la mente. Sin casa, podré ir a donde yo quiera, sin casa podré ser libre. Raspa la cabeza del cerillo contra la lija. Brota la chispa, el palillo de madera empieza a arder. Lo mira unos segundos y lo arroja sobre una de sus pilas de libros. Las voces de sus padres se silencian. Las paredes vuelven a tener sus dimensiones, puede mover sus extremidades con soltura, el piso es de nuevo firme bajo sus pies. Emilio piensa que ahora todo será diferente y sale de su cuarto sin dificultad, se da cuenta que en la mano lleva su maleta, y camina tranquilamente hacía la puerta. La casa está en completo silencio, tiene un olor peculiar como a madera húmeda bajo el sol. Emilio no escucha ni ve a sus padres, se siente victorioso y se dispone a salir por la puerta principal, ignorando el humo y el lejano sonido de sus cosas devoradas por las llamas. Abre la puerta convencido de escapar hacía su libertad, pero al momento de atravesarla entra a otra casa.

     De inmediato la reconoce por su olor a albahaca y por las grietas en las paredes, escucha a lo lejos la voz de su abuela tarareando una canción. La nostalgia le humedece los ojos. Sobre el comedor sigue el periódico del abuelo y en la estufa hierve algo dulce. A Emilio le conmueve la escena, le recuerda cuando se sentía cómodo con su familia, pero no le interesa pasar más tiempo ahí, ya tomó una decisión; además, no ha dejado de sentir un calor infernal respirándole en la nuca. De un momento a otro le parece que el ambiente se vuelve brumoso y le cuesta respirar, el olor a dulce y albahaca se va tornando gases asfixiantes. Emilio corre hacía la puerta trasera, la abre y la atraviesa con ansiedad para luego cerrarla detrás de sí. Una luz muy brillante lo sorprende, le hace apretar los ojos. Piensa que al fin está libre de construcciones e intenta jalar todo el aire limpio que sus pulmones le permitan, pero en cuanto el aroma a muebles nuevos y aromatizante artificial le golpea la nariz, abre los ojos para toparse con la casa de su amigo Raúl. Aquí todo le parece pulcro y brillante; la casa de Raúl es muy diferente a las otras dos, es enorme y lujosa pero más allá de eso le genera a Emilio una sensación de campos amplios y cielos despejados, una sensación de poder y aventura. Así que se olvida por completo de lo que venía huyendo y se queda contemplando los rincones, pensando que quizás, esto es mejor que estar afuera.

    De pronto escucha la voz de su amigo como un eco paseando por la casa. Deberías venirte conmigo, Emilio, la ciudad es enorme, hay mucho que hacer, mucho que ver, mucha gente nueva por conocer, podríamos ir al cine cada fin de semana y al parque acuático en verano, aquí ya conocemos todo, es lo mismo. Además, si te animas hasta podrías estudiar una carrera como yo, ser un ingeniero o doctor o alguien importante.

     A Emilio la esperanza le florece en el pecho, detecta que no ha soltado la maleta y le parece que algo muy dentro de él se le expande más allá de aquellos muros, mira la silueta de su amigo al final del enorme pasillo. Raúl sostiene un par de maletas, le hace un gesto para que lo siga; se encuentra en el umbral de una puerta y detrás de él se alcanzan a ver edificios, calles y parques. Emilio corre para alcanzar a Raúl, pero nota de nuevo que sus piernas pesan como cemento, un calor le acariciar la espalda, el olor a mueble chamuscado le pica la nariz, los pulmones se le llenan de pestilencia y se le nubla la vista. Aun así, Emilio corre lo más rápido que puede. Cuando llega a la puerta, está cerrada y Raúl ya no está ahí. Una desesperanza tardía le ensucia la sangre y entonces siente que el tiempo se le acaba, se le sofocan los pensamientos y le tiemblan las piernas. No puede ver más que humo a su alrededor, el calor le parece insoportable. A ciegas logra abrir la puerta y cae de bruces.

   El camión frena de una, la cara de Emilio se estampa contra el piso de goma. Un estallido de metales le revienta los oídos. Observa brazos, piernas y torsos contorsionarse por el pasillo. Las maletas caen como granizo. El olor a humo comienza a llenar el lugar. Hay un crujir de huesos, un gemido de dolor. Varias personas lloran. Alguien grita ¡Auxilio, Ayuda! Oye otra voz más lejana: ¡Está muerto!

    A Emilio le pasan por encima, le pisan el rostro. ¡Hay que salir de aquí!, gritan. Él no puede moverse, hay un chillido en sus oídos, siente la gamuza quemada en la garganta. Comienza a ver el fuego subiendo por los asientos. Ya no queda nadie más adentro. Emilio piensa en sus padres, recuerda el impulso que lo llevó a prender el cerillo, recuerda sentir el calor en su espalda, así como ahora lo siente en la cara. Recuerda la imagen de su casa con las lenguas del fuego saliendo por las ventanas y las greñas de las llamas envolviendo las paredes. Emilio recuerda el crujir de la madera masticada por el incendio, recuerda haberle dado la espalda, así como todos los pasajeros le dan la espalda a él. Algo se le aclara muy adentro, sabe que morirá, así debía morir desde el momento en que prendió aquel cerillo. Emilio observa el fuego acercarse a su encuentro, va devorando los asientos y se expande por el techo del camión, es como si lo estuviera chamuscando desde que salió de su casa. Le empieza a morder la cara y a masticarle las manos, Emilio piensa en sus padres, en que no se despidió de ellos y en que desearía haber muerto en su casa. ♠

 

Jazmín Duarte Urías (Culiacán 1996). Egresada de la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas por la Universidad Autónoma de Sinaloa. Partícipe del 4° Encuentro Nacional “Efrén Hernández” Guanajuato 2016, Becada del Festival Cultural Interfaz 2018. Graduada del Curso en Historia del Arte, Lux 2022. Becaría de Literaria Centro Mexicano de Escritores (2024-2025).

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