Rompeolas

 

por Karen Sandoval

 

Mi madre dice que mi abuelo Goyo hiberna durante los meses más fríos, pero que al entrar la primavera pasa más horas despierto y tiene mejor apetito.

Hacía más de cinco años que no lo veía. Migrar a veces es así, no sabes cuándo volverás a ver a las personas que has querido. Por eso, la primera vez que volví a México de mi autoexilio en España quise cuidar a Goyo una semana entera. Eran los últimos coletazos del invierno.

     Goyo, a las once de la mañana, es un hombre de veintisiete años. Un caracol del desierto con surcos memorísticos. Anclado a ratos en un tiempo en el que manejaba un tractor a la orilla del mar, moviendo pesadas rocas del cerro del Vigía y colocándolas una encima de otra para construir el rompeolas de Ensenada.

    El primer día, como a eso de las cuatro de la tarde, Goyo tiene diez años y vive en un rancho con su madre.

   —¿Tú sabes ordeñar vacas? —pregunta Goyo.

   —Sí —contesto.

   —¿Dónde aprendiste?

   —En Manzanillo, ¿y tú sabes ordeñar? —pregunto.

   —Yo tengo cuarenta vacas, diez dan leche, las otras están secas. Mi mamá hace queso —dice, tirando de la cobija y escondiendo las manos azul cian.

   Por fuera, mi abuelo es un hombre de noventa y ocho años al cual es imposible meter a la regadera, ya no le gusta mucho el agua porque le da frío. Por suerte para él, en el desierto a veces cortan el agua. Ahora solo conoce los baños de esponja que le proporciona mi madre, a la orilla de la cama una vez por semana.

     El segundo día me asomé a la habitación y estaba en su momento del baño.

   —Auxilio, ayúdame, llévatela, me quiere matar —gritó Goyo.

    El tercer día recuperé un par de fotografías, por no decir que las robé. En la primera imagen tengo menos de tres años, Goyo anda cerca de los setenta y me lleva en brazos, estamos en la Sierra de Juárez, frente a un tractor que se ha volcado. Naturalmente no recuerdo nada de ese paseo, pero verme en brazos de Goyo me hace sentir especial, no hay registro fotográfico alguno de los otros treinta nietos de Goyo en sus brazos. En la segunda imagen aparecen Goyo y mi padre junto a un acantilado, pescando.

    Traje de mi autoexilio en España un regalo para Goyo, un cencerro que encontré en uno de mis paseos por el monte. Para el cuarto día con el cencerro inventamos un juego que a cualquiera volvería loco. La zona de juego es la sala. Me coloco frente a él, está en su sillón reposet verde, nos miramos a los ojos, o mejor dicho, yo lo veo a los ojos, él se percata de mi presencia, una masa alargada y de cabellos enmarañados. Yo, la masa adopto una pose, con un gesto cómplice y como si la masa y él contaran mentalmente hasta tres, saca la mano de la cobija. Sacude el cencerro con vehemencia mientras ejecuto una sucesión de sacudidas epilépticas y contorsiones, pie, brazo, mano, cabeza, dientes, lengua, todo junto. Cambia la velocidad, rápido, lento, más rápido, más lento, para. Presto mi flaco cuerpo de bailarina desentrenada que hace las veces de muñeco epiléptico, y él, desde su sillón, dirige para su nieta número once de treinta y uno, una coreografía ambientada por un solo de cencerro. La abuela grita:

   —¡Basta!

   Me gusta recordar cuando Goyo me llevaba o me recogía de la escuela. Pasábamos a comprar tortillas para la comida, me dejaba comer algunas mientras íbamos de regreso a casa, calentitas y recién hechas. Era una de sus maneras de expresar cariño y cuidarme, ahora lo entiendo, aunque a veces en las celebraciones escolares del día del padre me diera vergüenza que estuviera Goyo y no mi papá.

    Uno de mis pasatiempos favoritos en casa de los abuelos siempre fue escuchar conversaciones ajenas, jugaba en silencio, me hacía la dormida o me escondía en algún rincón y me quedaba calladita y quieta mientras los mayores hablaban. Así supe que Goyo se robó a mi abuela y que cuando llegaron a Ensenada y venían de La Villita vivieron con un ex militar del bando nazi.

   —…un alemán. Nunca supe qué hacía acá, no le pregunté. ¿Cómo iba yo a preguntarle si él era el patrón? Tuvimos que irnos de ahí porque una noche vino el vecino. Se llamaba Lorenzo. Vino en su caballo y disparando al aire con la escopeta, reclamando que nuestro perro había mordido a sus vacas. Nos fuimos, claro, con todo y perro, que en realidad era del patrón.

   Algunas noches, Goyo se despierta agitado llamando a gritos a su madre mientras mi abuela llora porque Goyo no quiere tomar la pastilla. Defraudándolo aparezco yo.

  —Aquí estoy, Goyito, ¿qué pasa, mi niño? — digo.

  —Tú no eres mi mamá, ¿dónde está mi mamá? Me va a pegar porque no encerré a las vacas.

   Tiene sueños vividos que recuerda al día siguiente.

    —¿Qué crees? Matamos un jabalí, pero el muy cabrón me mordió antes —dice.

    El quinto día se viste muy despacio, se pone los zapatos al revés, no se ata los cordones. Goyo llama a mi madre por el nombre de su hija muerta, la abuela se desespera, mamá ya está acostumbrada, la abuela intenta recordarle que la Nena ha muerto, mamá la reprende, Goyo le pide con lágrimas en los ojos que lo lleve al rompeolas, dice que se le hace tarde para entrar a trabajar y para la hora de la comida no recuerda qué desayunó.

     Camina quedito como hacen los caracoles, arrastrando los pies. Por la tarde decide que su casa no es su casa, lo invade una energía desenfrenada y comienza a hacer las maletas, mamá y yo subimos las maletas al coche, sacamos a Goyo de la casa, nos lleva treinta minutos trasladarlo desde su sillón reposet verde hasta el coche. Arrancamos y bajamos la cuesta de la calle Bronce pasando por La Luz del Mundo, todo recto hasta llegar a la Reforma, el semáforo está en rojo en las fábricas Monterrey, continuamos por Hesiquio Treviño que después será la calle doce, vuelta a la izquierda en la Riveroll, de ahí derecho hasta el Bulevard Costero, está claro, Mamá nos lleva al rompeolas. Goyo no dice nada, solamente juega con el botón para subir y bajar el vidrio y de vez en cuando observa por la ventana. Una vez ahí y tras otros treinta minutos para arrancar a Goyo del asiento del copiloto Goyo dice:

   —Llévenme a mi casa.

   El sexto día  me reconoció.

  —¿Quién soy yo? —pregunto.

   Dice mi nombre seguido por “La española”, y aparece una gran ventana en su rostro. Me pide que le limpie las orejas, para escucharme mejor, dice. Tarareo un bolero que a él le gusta, lo reconoce, lo recuerda y canta conmigo, cambiando la letra y el compás por supuesto. Me pregunta qué hice con su guitarra que le prometí que iba a arreglar antes de irme a España.

   —¿Por qué vives tan lejos? —pregunta.

  —Me autoexilié. ¿Recuerdas que tú también te fuiste de La Villita?

   —Yo me fui porque en ese pueblo no había nada y quería hacer una vida con tu abuela. Tú estás allá sola.

   —Yo también me fui porque pensé que aquí no había nada y quería hacer mi vida.

   —Pero tú estás sola, no tienes hijos, ¿qué vida es esa?

  —Hace mucho que aprendí a estar sola, me gusta, además sola sola allá no estoy, tengo un perro que vive con mi ex al que veo una vez al mes, tengo amigos, cuatro empleos, además…

  —¿Por qué no vuelves?

  —Porque no puedo

  —Puedes traerte al perro y encontrar otros cuatro empleos. Vivir aquí o con tu mamá.

  —Ya sé, pero es que ya nada es como antes pero todo sigue igual de polvoriento. Dame unos cuatro años más.

  —Eso es mucho tiempo, para entonces ya me habré muerto.

  El séptimo día Goyo no quiere salir de la cama, dice que hace frío, la sala se ve distinta sin su cuerpo abultado en el sillón reposet verde. Doy vueltas a su habitación, me tumbo a su lado y le beso la frente. Mamá y la abuela irrumpen en la habitación como dos gallinas, le dicen que es hora de levantarse, que le toca baño, que hay que desayunar. Él piensa que son su madre y su hija muerta quienes montan tremendo alboroto. Dice que tiene frío. Ellas desisten. Yo permanezco a su lado, una vez que ellas se han ido Goyo abre los ojos, busca mi mano y me dice:

  —Vete.  ♠

Karen Elizabeth Sánchez Sandoval (Colima, México 1991) es Psicóloga (Universidad Xochicalco), Arteterapeuta (Universidad de Murcia, España). Terapeuta corporal y Gerontóloga. Enfocada en contribuir al crecimiento integral comunitario y difundir una cultura de salud mental a través de la generación de dispositivos que articulen cuerpo, psicoanálisis y arte. Buscadora de belleza, cantora, danzarina, repostera frustrada y a veces escribe.

Déjanos un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*