Grass Looks Greener

 

TERCER ANIVERSARIO: ESPECIAL DE CUENTO

 

Escucho el campaneo sutil como de pequeño tren de juguete. El sonido era parte del video musical de la canción “Uptown Girl” de Billy Joel. Una pantalla dentro de un local comercial lo exhibía justo en el momento cuando ella entró a curiosear. Se detuvo a mirarlo. Recordó el hit que había sido en sus tiempos. La canción la inspiró. Se sintió bella, como revestida de poder para conquistar chicos.
   Minutos antes estaba haciendo ejercicio, y si ahora caminaba por ese corredor de tiendas, era porque aún le parecía muy temprano para regresar a casa. Llevaba dos meses viviendo en la ciudad y no deseaba que este fin de semana fuera otro donde sólo continuara con la rutina del ejercicio.
   El próximo mes cumpliría cuarenta años. Llevaba tres de haber terminado el doctorado, así que después de cumplir con la gran factura que le pasaron de la beca Fulbright, y por la que tuvo que impartir clases durante algún tiempo en su país, ahora ya era una mujer libre. Viajaba con regularidad, conocía nuevas personas.
   La canción “Uptown Girl” estaba hecha a la medida de esa mañana. Recién llegada a la ciudad y en un nuevo país, tenía el campo abierto para salir con quien se le antojara. Por el momento pensó en aceptar la invitación de Julián, uno de los administrativos en su trabajo. Si bien en este tipo de citas ella no podía discutir apasionadamente sobre temas de su campo, tal como lo hacía con algunos colegas, estaba segura de que la pasaría espléndidamente. Luego le ocurría que al intentar salir con hombres “más estudiados”, se veía en el fastidio de responder a preguntas tan obvias como: “En tu ramo, y ahora bajo el lente actual, ¿se sigue considerando la lectura de Lévi-Strauss como una fuente esencial de consulta?”. ¡Eso era un fastidio! De manera instantánea descubría que el hombre en cuestión no sabía nada del campo en el cual ella se desarrollaba, pero además, trataba de impresionarla con algo tan del uso común que resultaba ofensivo. No. Por el momento preferiría salir con un par de hombres menos pretenciosos.
    A Julián le habló porque los dos estacionaban sus bicicletas en el mismo lugar. Coincidían en el horario, a veces ella aparcaba minutos antes que él o viceversa. A los dos les causaba una suerte de tranquilidad el ver cada mañana la bicicleta del otro. Ya luego él se iba hacia las oficinas del Departamento de Antropología y ella caminaba hacia su cubículo. La primera ocasión en que la saludó fue porque la confundió con alumna, le preguntó qué clases tomaba.  Él trabajaba y estudiaba allí, sólo que iba lento, hasta el año entrante concluiría la licenciatura.
   Bajo efecto hipnótico quedó ante a la pantalla que mostraba a Billy Joel en traje de mecánico. Disfrutó de sus pantalones ceñidos al cuerpo y los brazos que se mostraban llenos de fuerza. Rio. ¡Si todos los mecánicos fueran así, tan atractivos y buenos para bailar! ¿Qué sería de ella si al cruzar por equis taller automotriz, algún BiIly Joel le saliera al paso con un grupo de danzantes resuelto a conquistarla? Se excitó. Sólo para alimentar más su ánimo fue al supermercado armenio, allí donde todos los hombres la miraban y ella se sentía una reina. Se aproximó a la atestada, como de costumbre, área de carnicería. Allí un montón de mujeres que parecían estar esperando desde la noche anterior, todas empujando un carrito a tope de perejil, berenjenas y cebollas moradas. Claro que para una altota, güerota y con un cuerpazo de nervios como el de ella, eso no era un inconveniente. Capturaba rápido la atención del carnicero que con celeridad ahora atendía al montón de viejas feas.
   Ella sentía las miradas cautivas sobre su cuerpo bien trabajado y lo gozaba. No entendía cómo esas personas sin oficio o con una vida muy aburrida orbitaban con insistencia sobre aquello de que lo importante era la belleza interior. Claro, compartía la idea en su aspecto más profundo y no exigía que todos se inscribieran en un concurso de belleza. Pero ¿qué de malo había en ser atractiva?
   En el área de productos fríos un hombre de complexión robusta cogía unas cervezas y las echaba a su canasta de compras. Ella también tomó dos botellas y cuando se alejaba rumbo a otro pasillo el hombre le habló, le dijo que la marca de las bebidas seleccionadas era buena. Ella sonrió con aire de superioridad y se dejó envolver por su fuerte loción. Él lucía una barba cuidada, vestía una camisa deportiva y colgaba de su muñeca una esclava de oro. Ella pensó con tristeza en los colegas de la Universidad, en lo común que era verles con el pelo aceitoso y despidiendo olor a guardado.
   Coincidieron de nuevo en las cajas registradoras. Ella colocó las cervezas, los knockwurst y un poco de ensalada tabbouleh; él, también, puso sus botellas, lula kebab y tomates. El hombre le dijo que quizá deberían de salir, que le diera la oportunidad de tratarla. Ella guardó su número telefónico en un compartimento pequeño del ajustado pantalón deportivo.   Cuando el hombre pidió a la cajera una pluma y luego apuntó en un trocito de papel el número, ella pensó que él era de esa generación con viejas tácticas de conquista, un hombre con las herramientas necesarias para reaccionar ante una situación inesperada, como encontrarse con una chica que había salido de casa sin más que las llaves y la tarjeta de crédito. Él subió al auto y aceleró por toda la calle. Ella pensó, se prometió, que sólo le llamaría en caso de emergencia.
   Caminó hasta que llegó al cruce de las avenidas, allí donde está el taller que repara autos europeos. Se preguntó si detrás de las pesadas cortinas de metal se encontraría algún galán de buena pompa, silueta estilizada y porte superseductor. Algún Billy Joel en bruto.
   Entró a su apartamento envuelta en las exigencias que ahora le imponían las imágenes del cantante. Era tan triste que en toda la planta docente de la Universidad no existiera un solo ejemplar como ése. Esculcó en su pantalón y tomó el pequeño papel con el número, lo puso sobre la mesita de entrada. Buscó las llaves para dejarlas allí también. No dio con ellas. ¡Qué raro! Ya aparecerían después. Se metió a bañar.
   Al salir colocó una toalla en su pelo y fue a la cocina para servirse agua. Escuchó unas voces que se internaban desde el pasillo exterior, ese que conectaba su departamento con otros tantos. En el tiempo que llevaba viviendo allí poco había convivido con los residentes, incluso ignoraba quiénes eran sus vecinos más próximos.
   Caminó hacia la puerta y trató de escuchar la conversación. La voz de uno de ellos la dejó extrañada, era como de robot, distorsionada por algún aparato. Aguzó el oído. Al instante sonó el timbre de su propio departamento y dio un brinco de susto. Se imaginó descubierta por los vecinos en su espionaje, pero ¡qué caray!, ella tenía derecho a escuchar todo lo que quisiera detrás de su puerta, más bien, ellos infringían la tranquilidad al ser tan ruidosos. Se olvidó que aún traía puesta la bata de baño y abrió. Un hombre que parecía el doble de Lou Reed sostenía en su mano las llaves extraviadas, las había dejado pegadas a la cerradura. De inmediato advirtió que tenía colocada a la altura de la garganta, una suerte de prótesis, un tubo traslúcido unido a una diminuta caja plástica, la cual emitía una voz robótica. Probablemente debía de usarla como consecuencia de haber padecido alguna enfermedad y quedar inhabilitado para hablar con su propia voz. Él la saludó y ella se imaginó dentro de un trasbordador espacial.
   ¿Lou Reed era su vecino?, se preguntó en silencio. La verdad era que en los últimos años se había mantenido muy al margen de la farándula, no tenía noticias frescas de los artistas y, en particular, ninguna del músico en cuestión. Muchísimas gracias, le dijo. Hubo un momento de silencio y él se retiró para entrar al apartamento, que era justo el adyacente. Ni siquiera tres pasos separaban sus puertas. ¿Cómo era posible que no se hubieran encontrado antes? Quizá se debía a que el vecino estaba en alguna clínica recuperándose del accidente o padecimiento.
  Se quedó meditabunda. ¿Y qué si lo invitaba a cenar? Ella quería un plan para esa tarde y aún no le confirmaba nada a Julián. Esto se antojaba más interesante, al muchacho ya lo vería la próxima semana. Se preguntó cómo le propondría al vecino un plan. No tenían que salir forzosamente a algún sitio, entendía que él no quisiera encontrarse con otras personas o se sintiera cansado. Incluso podían hacer algo en su propio departamento. Vivía en una zona bien ubicada y no esperaba que los vecinos fueran delincuentes, menos éste que era un señor de la edad de su padre. En todo caso, ya había dado muestras de honradez.
   Regresó a la habitación y se cambió de ropa. Recogió su pelo en un chongo y sintió nervios. En realidad ella no seguía la música de éste compositor y por otra parte, las posibilidades de que verdaderamente fuera él no eran tantas. ¿Qué sabía de su vida?, ¿por qué estaría viviendo allí, en el mismo edificio, en esa ciudad?
  Se encaminó hacia la puerta y al abrir descubrió una jaula al pie de la entrada del apartamento de su vecino. Un pajarillo azul se balanceaba sobre un columpio. Se dijo que este era el pretexto necesario para llamarlo y no pasar por entrometida.
   El timbre sonó. Ella trató de actuar de forma natural. ¿Es de usted este animalito?, preguntó. Antes de recibir alguna respuesta agradeció de nuevo el gesto de haberle entregado las llaves. La verdad es que tenía sólo algunas semanas en la ciudad y conocía a muy poca gente, explicó en forma atropellada. ¿Tiene planes para más tarde?, ¿le gustaría acompañarme a cenar? Lou le respondió mediante la voz mecánica. Comentó que probablemente no había escuchado el timbre ya que estaba practicando con la guitarra. Sí, el ave era suya, un amigo había salido un par de días de la ciudad y deseaba que la cuidara. Tomó con desgano la jaula y entró al departamento, Permítame, dijo. Luego volvió para seguir la conversación. Claro, salgamos a cenar, ¿qué le parece El Perch? Ella no sabía del lugar pero dijo que sí.
  Quedaron de verse a las 6 p.m. en el recibidor del complejo de apartamentos. Cuando ella salió del ascensor y se enfiló hacia el pequeño vestíbulo conformado por sillones y lámparas de pedestal con revisteros vacíos al lado, vio que ya la esperaba Lou.
   Él insistió en conducir. Subieron al auto y se dirigieron al sitio. Mientras avanzaban entre el tráfico, comentó que un amigo llegaría a reunirse con ellos, ¿Te molesta si nos acompaña? Ella dijo que al contrario, estaba feliz de conocer gente nueva. Lou puso algo de música, le preguntó qué opinaba, ¿Alguna recomendación? Ella negó con la cabeza. Se sentía por primera vez avergonzada, ¿de qué podía hablar con él? Lou pertenecía a otro universo, uno muy superior al suyo. Hacía tanto que no experimentaba aquello de no estar un escalón más arriba. Sólo había ocurrido con algunos catedráticos de sus cursos más especializados, o acaso un par de hombres cuyas circunstancias definitivamente eran adversas para entablar una relación estable, ya porque estaban en otro país, eran casados, o su humor cambiante, mejor dicho en palabras de ella, su “bipolaridad”, los rebasaba volviéndolos imposibles.
   El Perch era un restaurante ubicado en el centro de la ciudad. Para acceder a él era necesario entrar a un viejo edificio y tomar un elevador, estaba en lo alto de la azotea. Al estar de pie sobre la acera, ella movió la cabeza en ambas direcciones para buscar el lugar. La fachada de la construcción no mostraba ningún indicio de establecimientos en operación. Entonces Lou bromeó: Creo que ya no existe o sólo lo soñé. Ella enmudeció. He salido con un viejo loco, pensó. No, no te creas, él interrumpió sus cavilaciones. Está en la parte de arriba, debemos entrar por aquí y tomar un ascensor, le señaló. Quizá intuyó que su voz ahora tan artificial, tan libre de inflexiones, le había dado a su comentario un toque de seriedad que él no buscaba.
   Cuando llegaron al piso indicado y la puerta se abrió, fueron alcanzados por música de jazz en vivo. Un hombrecillo enfundado en un traje verde chillante les dio la bienvenida. Desde la salida del elevador hasta el vestíbulo se prolongaba una alfombra roja con ribetes dorados.
   Los acomodaron en una mesa al fondo del lugar. Era un gran salón de techo elevado con ventanas que se extendían como descolgadas del cielo. Las paredes estaban adornadas con pinturas que no seguían escuela alguna, pero ayudaban a construir una atmósfera bohemia. Él ordenó un whisky y ella vodka tónic. Vieron los menús. No había paredes que dividieran el espacio, lo único que sobresalía entre las mesas era una larga barra con cantineros atendiendo. En otro de los extremos tocaba la banda de música.
   Conversaron sobre diversos temas. Entre la música y el ruido producido por la gente del restaurante, la voz automatizada de Lou se escuchaba más normal. Ella le comentó que era investigadora, tenía a cargo un proyecto en Costa Rica donde había pasado casi todo el verano anterior. Antes de que el año acabara, publicaría su estudio en una revista arbitrada. Él se interesó en su trabajo, le hizo preguntas, un poco fuera de contexto, pero que guardaban cierta lógica digna de explorarse. Eso la sorprendió. ¿Sería verdad que el mundo estaba mayormente integrado por gente imbécil, y por eso, ella no se topaba frecuentemente con gente lista?
   Mira, te presento a una chica que me he robado hoy. Sin levantarse de su asiento, la señaló con el brazo. Ella se congeló. En un esfuerzo imposible buscó tranquilizarse. Hola, mucho gusto, dijo. Temblaba. Ese era el hombre guapo del video. El aroma de su loción la inundó acariciante. Él se acomodó a un lado de ella en un pequeño sofá.
   Por un momento penetró el silencio y luego la conversación retomó su curso. Ella jugó con varias ideas en su cabeza antes de intervenir, no quería verse ajena al mundo de ellos, sin algo relevante que aportar. La plática en un principio giró en torno de un tal Dick que era guitarrista, luego comenzaron a hablar sobre cómo armar un espectáculo. William compondría los arreglos y también tocaría el piano. La mayoría de las canciones estaban planeadas con Lou, aunque ahora con lo de su voz, quizá requerirían de un cantante. Presentarían una ópera. Lou notó que ella permanecía muy silenciosa mientras discutían sobre los detalles de la presentación; durante toda la noche, sus intervenciones se habían reducido a comentar sobre alguna ciudad o país si el lugar salía a colación. Entonces le dijo: ¿Cuál será la bebida predilecta de las aves?, ella recibió en frío la pregunta. ¡Pues algo con lo que vuelen!, William intervino sin permitir que ella respondiera. Tengo un ave azul en casa y temo que no quiera beber conmigo, dijo Lou con su voz mecánica. Entonces ella quiso fluir con ellos y respondió: Creo que sí querrá, me lo dijo esta mañana.
   El hombre parecido a Billy Joel era simpático, un poco menos agudo que su vecino pero atractivo al fin. Ella procuraba enfocarse en el hombre mayor y no manifestar el interés que le provocaba el otro. Dos palmos separaban su pierna de la de él. Varias veces sus rodillas chocaron. Cuando ordenó el tercer vodka hizo una pausa y reflexionó sobre un detalle que debió llamar su atención al principio, pero dado que estaba emocionada al encontrarse con Billy Joel, no lo procesó. Era imposible que el pianista luciera tan joven como en el video, pues desde aquella grabación habían transcurrido ya un par de décadas. ¿Quién era entonces este hombre que también se llamaba Billy y tocaba el piano?, o acaso ¿se había presentado con otro nombre y ella lo confundió? Luego pensó más a fondo, la identidad de su vecino continuaba en el misterio.
   Ya no quiso angustiarse más, apuró el vodka y se dijo que no importaba, la noche estaba de lo mejor. Ordenó otra bebida. Se rió de forma suelta, casi irritante. William le preguntó sobre su trabajo, ¿En qué consiste lo que haces? Él también había estado en Costa Rica, conocía los casinos y un resort fabuloso con spa. Claro, no tenía punto de comparación una cuestión con la otra: él aceptaba que la Genética de Población que ella estudiaba era un asunto más serio. Sus brazos se agitaron con una ligereza que la sorprendió. Le dijo que no todo en la vida era análisis de redes y distribución de variaciones. Cuando terminó de hablar un silencio se formó; ella pensó que había sido una pedante al incluir tantos tecnicismos en su respuesta. William rompió el mutismo y dijo: Entonces, ¿dónde encuentro más gente como tú?, ¡sólo me topo con imbéciles! Ella sonrió complacida.
   Al día siguiente despertó de excelente humor. Quiso llamarle a alguien para contarle de la velada con estos dos personajes. Y aunque hasta el momento continuaba la incertidumbre sobre la identidad de los mismos, estaba claro que eran más auténticos que sus colegas en la Universidad.
   Se encaminó a la sala. Recargó su rostro sobre la puerta y observó a través de la mirilla. Sabía que era un ejercicio ocioso el intentar ver a alguien, si en dos meses jamás había tropezado con el vecino, ¿por qué en ese instante iba a estar allí, de pie, afuera de su departamento como esperando a encontrarla?
   Programó una canción en el estéreo y conectó a él un par de audífonos. Escuchó la melodía con toda la concentración posible. El mundo de esos hombres se antojaba insondable, lleno de notas formando enlaces que se extendían profusamente a través del cuerpo, así como las mismas cadenas de ADN. No fue suficiente una sola reproducción, repasó aquella composición varias veces. Era un hambre súbita por desintegrar los pentagramas, quería escucharlo todo, morderlo todo, ahogarse en cada silencio y emerger a la superficie enganchándose a un nuevo compás. En el restaurante se despidió de William quedando de salir de vez en cuando a conversar. Supo que él tenía pareja, era una documentalista musical. Subió el volumen. Algo se encontraba adentro pero no sabía qué. Se preguntó si el chico de la bicicleta sería capaz de apreciar todo esto. Si él o quien fuera alcanzaría a comprender este mundo trepidante y caótico.
   Se dirigió a la cocina y cogió una de las cervezas que había comprado el día anterior. Volvió a la sala y siguió penetrando en la música. Estaba desecha. No sabía cómo iba a afrontar los días venideros, cómo dialogaría en lo sucesivo con el universo de imbéciles que la rodeaba. Subió el volumen hasta fundir sus tímpanos. Un compás se repetía y repetía paralelamente a la música. Quizá era el timbre de su apartamento que sin respuesta se difuminaba mientras ella era absorbida por las notas. Quizá era el ave azul o esa tribulación que surge del verdor fulguroso que celosamente observamos en el patio de enfrente.

—Nylsa Martínez


Nysa Martínez es una narradora cachanilla. Ha publicado en varias antologías y revistas literarias de México y Estados Unidos; las más recientes: Lados B 2017, Narrativa de alto riesgo (2018) de Nitro Press, Nada podría salir mal(2017) de Editorial Artificios y Territorio ficción, antología de cuento joven (2017) por Secretaría de Educación en México. Algunos de sus títulos individuales son: Roads (2007) de Editorial Paraíso Perdido, Afecciones desordenadas, de Editorial Artificios (2016) y Green Incanto (2017) de Bagatela Press. Actualmente estudia el doctorado en Lengua y literatura hispánicas en la Universidad de California, Los Ángeles. 

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