Dora

 

Por Ana Fuente Montes de Oca

Dicen que el secreto para quitar el cochambre de los platos es dejarlos remojar en agua con sal. O con vinagre. O con vinagre y sal. Dicen también que el agua puede estar caliente y que puede ser con jabón. O con limón. O con jabón y limón. Yo prefiero tallarlos; tallo hasta sentir que no tienen rastro de grasa, que han quedado como nuevos. Veo ahora mis manos envejecidas, un poco por el agua y otro tanto por los años que parecen ser como los de los perros: pasa uno en el calendario y a mí me atropellan siete.
  Escucho el rechinido de la puerta que se abre y el crujir del piso. Son sus pasos embriagados y torpes los que ya se acercan. Algo deja en el sillón. Algo más lo hace tropezar. Como si fuera posible no enterarse, anuncia que ya llegó. Noto que la tarja está a punto de vaciarse de platos y coloco también las ollas y el sartén que están sobre la estufa, los vasos de la mesa, la tabla de picar, todos los cubiertos que hay a mi alcance. La sigo notando peligrosamente vacía, me acerco al fondo más rápido de lo que me gustaría. Contemplo los platos amontonados en el escurridor: algunos de ellos se ven lamparosos y quiero volver a lavarlos. Me río en voz bajita porque a mi recuerdo vienen Dora y su plancha eterna. Dora. Qué habrá sido de ti.
   Augusto se para detrás de mí. Ya, Augusto, ya cenamos porque ya era tarde y supusimos que tú tardarías en llegar de la oficina. Javierito va mañana a la escuela y tenía que acostarlo temprano. Sobró algo, si quieres te lo caliento. Bueno, si no tienes hambre, vete a acostar mientras yo acabo con esto. No, espérate, déjame terminar con los platos. No, no me estoy haciendo la difícil, pero si no los lavo hoy se les pega la grasa y luego tengo que estar friegue y friegue para que queden limpios. No, cómo crees que aquí mero, qué tal que se levanta Javierito. De veras, gordo, en cuanto acabe con esto me voy al cuarto a atenderte a ti. Sus manos resecas insisten un poco pero se aburren pronto. Que se va a servir un tequilita para relajarse porque el día en la oficina estuvo muy pesado. Sonrío con una mueca. Ahorita te alcanzo, gordo. Ponte algo en la tele.
  Dora. Dora la planchadora era la mamá de mi primer novio, Manuel. Era profesora universitaria e hija de refugiados catalanes, no españoles, como tuvo a bien aclararme cuando conocí a sus hermanos, los tíos de Manuel y todos se negaban a hablar en el idioma cervantino. Tenía dos títulos y dos hijos. Un divorcio. Uñas roídas casi hasta la cutícula que su carácter tímido y silencioso se empeñaba en esconder. ¿Qué habrá opinado de mí? Nunca supe. Manuel nunca me lo quiso decir, yo creo que tampoco lo sabía. Dora no hablaba con él, ni con su hermana, ni con nadie; Dora planchaba. En aquel entonces yo tenía 18 años, ella habrá tenido más de 50 y una dolorosa historia a cuestas que se le leía en las ojeras, las manos y la forma de planchar. Frenética, decía Manuel, porque planchaba hasta las sábanas, las toallas y los trapos de cocina; las camisas, las playeras, las calcetas; la ropa recién lavada, la que iban a donar, la que ya había dejado impecable días antes. Tarde y noche, al regresar de la facultad, Dora planchaba. A veces encendía la televisión, a veces el radio: no importaba porque su electrodoméstico favorito era otro.
    Sí, Augusto, ya voy. Mira nada más esta montaña de trastes, te juro que me estoy apurando. Yo sé que ya tienes mucho sueño, gordo, pero ahoritita te alcanzo. Todavía a estas alturas me sorprende que no entienda que no tengo prisa: Augusto es de los que usan los cubiertos que acabas de lavar y los avientan al fregadero porque saben que estarás ahí para limpiar su desmadre. Él llega, posee a su ritmo, con sus modos, de manera que a él le complazca. Si estoy lista, si no, si estoy cómoda, si no, si Javierito está despierto, si no, si tengo que morder la almohada para ahogar el grito de dolor, si no, a él qué le importa. Augusto se apropia de lo que considera suyo por derecho: de mí, de mi tiempo, de mi sueño, de mi cuerpo. Porque una vez saciado, duerme a pierna suelta ocupando el espacio que a él le convenga, durante el tiempo que él necesite.
    La juzgué durante mucho tiempo, sobre todo después de que Manuel me contó la gran crisis que la pobre tuvo en aquel apagón que duró dos días. ¿Y qué pedo, cómo le hace cuando viaja? Mi mamá no viaja. Pues sí está grave tu jefa porque eso de no salir de la ciudad para quedarse a planchar está un poquito de hospital psiquiátrico. Manuel también se reía, hoy me enoja pensar en eso. Cabrón, él seguro sí sabía qué fantasmas quería desaparecer Dora en las arrugas de los cobertores.
    ¿Dónde estarás ahora? ¿Me reconocerías si nos encontráramos en la calle? ¿Podrías decir que soy yo a pesar de haber conocido a la que era yo hace tantísimo? Aquella que quería hacer cosas, Dora, muchas. Fue lo único que me preguntaste alguna vez: quiero ser veterinaria, te dije, pero ninguna de las dos supuso que me embarazaría en mi último año de la carrera, mucho tiempo después de haber dejado a Manuel, de un tipo que resultaría un carbón imposible de pulir.
    Augusto grita desde el cuarto. Busco a mi alrededor y no parece quedar rastro de grasa. Nada. Todo ha pasado ya por el estropajo y el agua. Augusto vuelve a gritar desde el cuarto. Ya voy, gordo, pero es que esto parece no tener fin: me acabo de dar cuenta de que los sequé con un trapo aceitoso y si los dejo así mañana no va a haber platos ni para el desayuno. Tomo un grupo de platos y los regreso a la tarja. Respiro aliviada y los enjabono con toda la parsimonia que encuentro.
   Muy tarde te vine a entender, Dora. Muy tarde vine a imaginarte aquí, en mi cocina, instalando tu impecable burro de planchar justo detrás de mí y sintiendo el calor que emana de tu plancha. Y si estuvieras, no hablaríamos: para qué, si ambas sabemos qué busca desaparecer la otra. Tú en los accidentes de tus telas, yo en los de mis trastes. Qué acompañadas nos sentiríamos, querida Dora.

 

 

 


Ana Fuente Montes de Oca (1984). Estudió la licenciatura en Lenguas y Literaturas Hispánicas en la UNAM (2003-2008). Participó en los talleres del maestro Guillermo Samperio y en el taller de relato breve Fuentetaja, escritura creativa con sede en Madrid, España. Es colaboradora regular de La Peste y lo fue de la revista en línea Coma Suspensivos. Ha publicado cuentos en las revistas Punto de Partida, Diez Cuatro y Síncope. Fue beneficiaria del apoyo Jóvenes Creadores del FONCA en el periodo 2015-2016. Su primer libro Chicharrón de oso y algunos cuentos del fracaso fue publicado por el Fondo Editorial Tierra Adentro en 2018.

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