Muchachos que no besan en la boca

 

Muchachos que no besan en la boca

en la oscuridad de los cines
alquilan su cuerpo como alquilar habitaciones
y ven sin pudor a los que se besan
en las filas apartadas

mientras
               recuestan el peso de su sexo
en una dentadura fugaz que
               por ahora
define el tubular deseo de sus bajos
y el tacto adivina los altos contornos
de su cuerpo

en el resollar interrumpido
por el salivar profuso
el amador dice algo sólo para ocultar
el desacierto que tiembla entre sus labios

el otro contrae sus pupilas
para que no se le salga
el alma por los ojos

en ellos no hay peces
ni cumple función alguna
el agua y su misterio evolutivo
              [su nado mejor es la paciencia-

no guardan asombros en los ojos
aunque los habitan dioses y mitologías
derrumban portentos de piedra volcánica
y son expertos en carencias
             -propias y ajenas

sus sábanas no son algas azules
ni espejean sus pieles en la piazza
[aquí sólo hay parques -a veces-
y siempre una heladería-

saben que la ternura es un pretexto
para la seducción de perros apaleados

se cree                sí
que estas criaturas
no besan en la boca

 

será que los oficios viejos
van volviéndose 
costumbre
o la repetición del acto es la única 
certeza
frente al habitante irrepetible de la 
cama

lo cierto es que las manos
dicen las mismas
caricias
las historias van sazonadas de
sí mismas
               [tener a mano siempre un guión es
importante-

ellos se han acostumbrado al encaje 
blanco que la fugacidad del mar confecciona
a las mareas

al placer que dejan sobre su sed de arena
olas en fuga que alebrestan su hacer
tras el desove

                                acostumbrados al extraño
                                duermen con una paz que asusta

      el extraño duerme siempre
                 con la mitad abierta de los ojos

 

edifican miradores de salitre
sobre el océano
necesitan que el nuevo visitante
los sorprendan vigentes
en las ínsulas del cuerpo

sus caricias sin miedo
navegan la espera

como quien aborda una plaza
castran el miedo con tacto de ángel
dicen hola a algún desconocido
: qué bueno que llegaste

 

sus plazas las tienen definidas
saben dónde no ir por no arriesgarse
dónde buscar los mejores aspirantes

al lado del hotel inglaterra es un buen punto
la cafetería de veintitrés y 
la pasarela del habana libre y hasta
la potajera             o la triste impotencia
sexual de don quijote
—los baños del fiat son paraísos
apagados
y en el ferrocarril central
hay una gendarmería intolerante

el malecón a cualquier altura
es siempre una ventana 
—los neoturistas no conocen
más que el imaginario popular
de esta ciudad abierta,
ni dónde dormir piedras
al arrullo de su espalda

saben que siempre en el morro
se aburren los soldados
que el gendarme abstracto
de perversión concreta ya no se acuerda
de prats ni de padilla

que ha olvidado que promiscuidad y placeres
son las pocas cosas que adquirir
en sus adormilados shoppings

—Luis Aguilar

 

Luis Aguilar (Valle Hermoso, Tamaulipas; 1969). Poeta, traductor y profesor de letras. Autor, entre otros, de Tartaria, (Mantis Editores, 2003); Decoración de interiores (Bonobos, 2010); Os olhos já desfeitos (Sebastião Grifo, Brasil, 2010); Gatos de ninguna parte, (El Quirófano, Ecuador, 2013); Eyes already ruined (Libros Medio Siglo, USA, 2015); Muchachos que no besan en la boca (UAEM, 2015); No quimio (H. Ayuntamiento de Toluca, 2015); y Diario de Yony Paz (Écrits des forges, 2016). Ha sido becario de diversas instituciones y obtenido el Premio Nuevo León de Literatura (2010); el Premio Internacional de Poesía Nicolás Guillén (2010); el Premio Internacional de Poesía Gilberto Owen, (2015); el Premio Nacional de Poesía Toluca (2015); y el Premio de Poesía Tamaulipas / Juan B. Tijerina (2016). Su obra literaria ha sido traducida al inglés, francés, portugués, alemán, catalán, árabe y rumano.

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