Me enseñó a subir montañas

 

 

 

por Daniela San Vil

 

 

Desde muy pequeña mi papá me llevaba a acampar a Laguna Hanson, La Rumorosa, San Pedro Mártir, a California, a todos lados. Me enseñó a pescar desde chiquita, a prender una fogata, a hacer del baño entre los arbustos, a dormir profundamente en un sleeping bag en donde sea que lo pusiera, a armar casitas de campaña, a saber diferenciar  la coralillo de la falsa coralillo, o saber la edad de una víbora por los anillos de su cascabel. Mi papá me enseñó cosas sobre la montaña que ahora agradezco, quizá no se lo digo muy seguido pero definitivamente si no me hubiera aventado a la tierra y el lodo y no me hubiera dejado brincar entre las piedras y subir a los árboles y hacer mis locuras no apreciaría hoy tanto una noche bajo las estrellas con los sonidos de la naturaleza y el olor a leño quemado.

Por eso cuando recibí una llamada de mi papá un jueves por la tarde diciendome: “Daniela, voy a subir el Picacho el fin de semana; va a ser mi última vez; tu mamá ya se asusta cuando voy. Tengo 65 años… me gustaría que subieras conmigo”. Me quedé en silencio sin saber qué responder. Era muy espontáneo, pero la nostalgia que me causó pensar que mi papá había decidido retirarse de lo que más lo apasionaba me convenció. Tomé un vuelo al día siguiente y llegué a la tierra caliente que me dio la bienvenida.  

  Mi papá llevaba meses preparándose para el ascenso al Picacho. Corría, subía el Centinela, la Sierra Cucapá, hacía bicicleta y yoga… estaba listo. Me preguntó si yo había estado entrenando. “Un poco”, le respondí. Pero nadie te dice que la subida al Picacho requiere más que de piernas fuertes y buenos pulmones: es sobre todo necesaria una mente decidida y concentrada y muy buen sentido del humor para reírte de las cuarenta veces que te resbalas en un minuto.

   Cargué mi cámara, cogí dos rollos, armamos las mochilas con todo lo necesario para tres días en la montaña y tomamos camino junto a los demás locos hacia el desierto. Viajando en el carro, me decía a mi misma: “Qué fregados estás haciendo, la última vez que subiste volviste destrozada, se te cayeron tres uñas del pie y no caminaste por dos semanas…”. “Mierda”, dije en voz alta. Pero estaba ahí por mi papá. Por nadie más. Por volver a estar en la cumbre de la montaña más alta de Baja California con él, a sus 65 años. Sólo por él.

 El Picacho del Diablo tiene dos rutas para subir hasta la cumbre. Los picacheros reales toman la ruta por el Cañón del Diablo, el cañón del sol, las piedras gigantes, las uñas de gato, las ramas asesinas, los resbalones y los obstáculos mortales. Esta ruta se camina, dependiendo del ritmo, en un tiempo de doce a quince horas. Se descansa y después se hace cumbre en siete horas para luego volver casi arrastrando el alma hasta el primer punto. Todo en tres días, un total aproximado de treinta horas de caminata.

 Nuestro grupo inició el ascenso a las 12 a.m. de un viernes. Tomamos las lámparas, cargamos nuestras mochilas y nos encaminamos por el desierto hacia la entrada del Cañón.  Éramos diez personas, todas listas, o no, pero ahí estábamos. Después de las seis horas de caminata, las mochilas se vuelven más pesadas y las piernas se comienzan a cansar. El sendero que se recorre no es en sí un sendero como tal sino más bien un camino que abres entre rocas y ramas que te golpean la cara, te rompen los pantalones y te arañan cada centímetro de piel.

  De pronto te cae todo encima, el cansancio, el sol intenso y una rama seca que te golpea el cuello, una vez y otra y otra, luego viene una más que logras esquivar y te sientes increíble y de nuevo, ¡pum!, rama en la cara. Después pisas mal una roca y terminas en el suelo. Logras levantarte con 20 libras en la mochila y te ríes porque no hay de otra. Te dices a ti misma, “camina, sigue caminando” y no te detienes. Lo increíble es que tanto de día como de noche cada que te levantes te encontrarás con algo hermoso, o el cielo más estrellado que has visto en tu vida, tan estrellado que pareciera ser más luminoso que oscuro, o una pileta cristalina con cascadas y el agua más fresca y rica que podrías probar.

 Mi papá iba al frente de la fila, justo detrás del líder, para marcar el ritmo del paso del grupo, cosa que le permitía recuperarse.

 La primera vez que subí, hace tres años, recuerdo haber estado muy cansada; la etapa del cañón en ese ascenso la completamos en dieciséis horas. Tanto tiempo sin poder descansar me desesperó. Fue un robo de energía. Esa vez, mi papá iba muy pendiente de mí, preguntándome cómo estaba, haciéndome tomar agua, dándome suero y cargando parte de mi peso.

 En esta ocasión intercambiamos papeles: le preguntaba constantemente cómo estaba, me asustaba cuando se resbalaba y caía (todos nos caímos infinitas veces). Le pedía que tomara agua y me ofrecía a cargar parte de su peso. Nunca dudé de que lo lograría pero supongo que preocuparte por tu familia en momentos así es normal. La motivación de mi papá y sus ganas de cumplir esta última meta estaban ahí, se sentían y todo el grupo íbamos para acompañarlo. Mi actitud, a comparación de la vez anterior que hice cumbre, era otra, completamente otra. Estaba feliz de estar ahí. Paso que dábamos, broma que brincaba al aire.  Con el aliento cortado y el equilibrio en juego, y no faltaban las risas en el Cañón.

 Llegamos a Campo Noche a descansar a la 1 de la tarde del viernes, corrimos a la pileta de agua helada y nos metimos sin pensarlo, para descansar el cuerpo.  Se escucharon gritos casi de sufrimiento y carcajadas. Nadie aguantó más de un minuto ahí dentro. Prendimos la fogata para secar nuestros calcetines sobre el fuego y preparar una comida caliente. Para las 5 p.m., estábamos la mayoría envueltos en nuestras bolsas de dormir y roncando a coro.

 Durante la cena le llovían bromas a mi papá. Sus amigos se reían diciéndole “Qué buena fiesta, José, que divertido” y “Cuando sea viejito quiero ser como tú”. Mi papá devolvía las burlas y se reía.

 Por miedo a golpear o a mojar la cámara, sólo fotografié los momentos de descanso. La guardé. Tenía sólo dos rollos (72 fotos) para tirar. Quien fotografía con film sabe que de ésas se terminarán logrando cincuenta, y esto sólo quizá, pues muchas se van a velar, muchas se van a sobre o subexponer, y muchas, simplemente, no van a tener el momento que deseabas retratar.

Traté de elegir muy bien los instantes. Uno en particular me causó mucha expectativa: mi papá frente a la fogata recién encendida, recibiendo la carrilla de sus amigos, con una sonrisa y el fuego reflejado en sus lentes.

  Para mí no hay retrato que represente más la felicidad que a mi papá le da la montaña que ése.

  Luego de descansar despertamos a las 4 de la mañana del sábado para iniciar el “ataque a cumbre”, como le llaman los experimentados en montañismo. Para esta parte dejamos en el campamento nuestras mochilas y llevamos sólo camel bags cargadas con agua y comida.

  La subida a la cumbre tiene una inclinación de entre 50º y 70º, lo cual vuelve el ataque complicado no sólo por el desgaste físico sino por algunas zonas de riesgo en las que tienes que escalar piedra.   

   Todo el viaje lo haces para llegar a ese momento, llegar a la cumbre y sentarte en el punto más elevado de la península de Baja California. En el trayecto aceleré el paso junto con otros compañeros y dejé a mi papá atrás. Quería estar preparada para tomar la foto de su llegada, sabía que su cara iba a ser una combinación entre cansancio extremo y felicidad.

  Llegué a la cumbre a las 4:20 horas y unos treinta minutos después apareció mi papá sonriendo y chocando puños con el grupo, que le gritaba desde arriba para animarlo y felicitarlo. Nos sentamos a la orilla de la piedra de cumbre y escribimos nuestros nombres en la libreta de registro. Junto a su nombre, él circuló el número 65, su edad.

    Desde la cumbre se observa, de un lado, el mar del Pacífico y, del otro, toda la extensión del Mar de Cortés, hasta la costa sonorense. Es impresionante.

    Al bajar de la cumbre de vuelta a Campo Noche el ánimo de llegar al punto más alto comienza a bajar y entra en ti un deseo enorme por una cerveza fría. El camino de vuelta es un poco más pesado porque el cansancio ya no lo soportas, si bien te motiva la comida con la que te van a recibir en la entrada al Cañón.

   Los amigos de mi papá se organizaron para la recepción: prepararon carne asada, hamburguesas, pescado; hieleras llenas de todolo que se te antoja estando allá arriba. Todos teníamos eso en mente. Caminamos de bajada hasta el campamento y decidimos empacar y seguir hacia el Cañón. Dormimos esa noche al lado del río, preparamos chocolate caliente y descansamos con la Luna de frente iluminándolo todo.

 Por la mañana, volvimos a tomar camino —quedaban unas nueve horas por andar. Salimos a las 5 a.m. y el sol de las 7 de la mañana ya golpeaba fuerte. Entradas varias horas de camino, el calor era tan intenso que decidimos pararnos a nadar en una de las pozas. Un descanso en el paraíso. Como cachoras mojadas al sol todos tomamos una siesta sobre las rocas y recuperamos fuerzas para seguir siempre pensando en las hieleras llenas de bebidas que nos esperaban al volver.

 Continuamos por el sendero hasta llegar a la salida hacia el desierto; eran los últimos treinta minutos antes de llegar a Campo Picachero, donde estaban esperándonos con la comida. Recuerdo que bromeábamos sobre el único dilema que llevábamos en la mente “¿Que tomaré primero?, ¿cerveza, agua o Coca-Cola?”. Mi papá platicaba una historia de cuando hizo cumbre con un amigo y venían por ese mismo camino: “Seguramente estamos muertos y éste es el pinche infierno. El cabrón que va enfrente guiando nos tiene nomás dando vueltas”, se reía. El último tramo iba muy cansado pero feliz, arreglándose la camisa y la cara disque para verse muy fresco.

  Tratando de captar el primer abrazo y las primeras felicitaciones me mantuve con el ojo en el visor de la cámara. Por fin llegaron al último punto, uno tras otro los compañeros se acercaban a mi papá emocionados, gritando y aplaudiendo a todos. El campamento olía a hamburguesas y cerveza, y claro que lo primero que hizo mi papá fue sentarse en una silla plegable, quitarse las botas (que ya han cobrado la vida de unas cuantas uñas) y tomarse un trago de cheve bien fría con una cara de éxtasis.

  Entre risas, todos los picacheros que hicieron cumbre y los que organizaron la recepción platicaron un poco de sus vivencias en la montaña. Un buen amigo de mi papá, con quien ha compartido cumbres, comentó lo feliz que se sentía de estar recibiéndolo después de otro ascenso exitoso y la admiración y cariño que le tenía. Mi papá, con mucha emoción, se levantó a abrazarlo y otros amigos se unieron al group hug entre carcajadas, chistes y amistosas nalgadas (jaja).  Después se acercó a mí y me agradeció que hubiera subido con él;  me abrazó y me dijo: “Subir una montaña es la perfecta analogía para la vida: te vas a caer muchas veces durante el camino y cuarenta mil ramas te golpearán en la cara, pero uno debe levantarse, reírse y seguir caminando para llegar a la cumbre”.

  Al final, es verdad, por más golpes y heridas que te deje la montaña, por más veces que te caigas al agua, que se te mojen las botas, que se te revienten ampollas o que te raspes las piernas, no hay más que levantarse y seguir caminando pensando un poco más tus próximos pasos. Nadie como este loco que, así, en la experiencia, me ha enseñado tanto.

 Pero las barbaridades que dijo mi papá sobre dejar de subir montañas eran sólo eso, barbaridades; porque casi como propósito para el 2018 él y yo decidimos hacer tres cumbres más juntos en las tres montañas más altas de México: el Nevado de Toluca, el Iztaccihuatl y el Pico de Orizaba.

 Yo sabía que mi papá no se podía cansar de esto.

 Hoy cumple 66 años y está listo para lo que venga.

 (Lo siento, mamá, pero vamos a subir.)

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