Un día lluvioso en Nueva York

 

 

por Alberto Villaescusa

 

(A Rainy Day in New York; Woody Allen, 2019)

Le creo a Dylan Farrow. Le creo cuando dice que, en 1992, cuando ella tenía siete años, Woody Allen, su padre adoptivo, la tomó de la mano, la llevó a un ático de su casa y abusó sexualmente de ella. Allen siempre lo negó, refiriéndose a las acusaciones como una acrimoniosa invención de su ex-pareja Mia Farrow, la madre de Dylan, de quien se estaba separando en ese momento. La controversia lo sigue hasta la fecha, pero por mucho tiempo pareció no tener efecto en su carrera. Allen continuó realizando películas al ritmo de una por año; algunas fueron bien acogidas por la crítica y recibieron nominaciones a los premios Oscar; otras fueron rotundos fracasos taquilleros, pero al director nunca le faltó quien quisiera financiar y distribuir sus películas. Esto hasta que Amazon, que en 2016 había firmado un trato con él por cuatro películas, decidió no estrenar su Un día lluvioso en Nueva York, cuando las acusaciones volvieron a salir a la luz en medio del movimiento #MeToo.

  Para muchos, un aura de duda todavía circula alrededor de Allen. No hay veredicto legal que respalde su culpabilidad, pero tampoco su inocencia. De acuerdo con Ronan Farrow, hermano de Dylan, su madre Mia y su abogado decidieron no presentar cargos, citando la “fragilidad de la niña víctima”. Ronan se convertiría en periodista de investigación; él fue de los primeros en reportar las instancias de acoso y agresión sexual cometidas por el productor Harvey Weinstein. La cobertura de éstas fue precisamente uno de los catalizadores del presente movimiento #MeToo. 

  No es la intención de este texto ser una denuncia de Allen. Eso está fuera de las capacidades de una reseña de su película más reciente. Pero menciono el caso porque las palabras de Dylan continúan influyendo la forma en que veo a Allen y sus películas. La objetividad es una persecución fútil para el crítico de cine. Uno se puede referir a criterios preestablecidos para juzgar los méritos de una película, pero al final uno reacciona tanto a la película como a lo que uno mismo lleva consigo a ella. 

  ¿Es posible o correcto separar al artista de su obra? Con Allen, más que con otros artistas acusados de actos horribles, es difícil por la naturaleza autobiográfica de su obra. Uno no puede evitar ver a Allen la persona en sus películas. Uno ve a ese personaje recurrente, ese hombre neurótico e intelectual, frecuentemente interpretado por él mismo o por algún actor cómico mucho más joven, con la idea de que se trata de una faceta del hombre real. Es aun más complicado cuando el tema de sus chistes o sus tramas se cruza con aquello de lo que Dylan la acusa. En Manhattan, ampliamente considerada una de sus obras maestras, Allen interpreta a un hombre de 42 años que tiene una relación romántica y sexual con una adolescente de 17 años. ¿Cómo no leer como perverso lo que se plantea como romántico?

Entonces, ¿seré “justo” con su nueva película? No lo sé. Podría tratar, pero entonces no sería del todo honesto. No puedo negar el bagaje con el que me acerco a ella. Lo que sí puedo hacer es describir la experiencia de verla. Y no es fácil separar a Allen de una película como Un día lluvioso en Nueva York; él se impone desde que aparecen la música y los créditos en tipografía Windsor. Tampoco es fácil separarlo de su ridículamente nombrado protagonista, Gatsby Welles (Timothée Chalamet), hijo de una rica familia de Nueva York y estudiante de Yardley, una pequeña universidad privada cercana. Como el típico personaje de Allen, Gatsby es inteligente al punto del narcisismo y se expresa en exagerados, neuróticos manierismos. Gatsby no se lleva particularmente bien con sus padres, a quienes considera pretensiosos y artificiales. Cuando él y su novia Ashley Enright (Elle Fanning), una hija de republicanos de Tucson, Arizona, y su compañera de la universidad, viajan a la Gran Manzana, Gatsby arma su itinerario alrededor de lugares poco frecuentados por ellos o por conocidos que pudieran correr la voz de su visita.  

  Uno no se acostumbra a ver a Allen, de más de ochenta años ya, hacer una película sobre individuos que apenas rebasan los veinte. A pesar de ser décadas más jóvenes que él, sus personajes comparten sus mismas obsesiones culturales. Cerca de la mitad, la película se detiene para que Gatsby se siente frente a un piano e interprete “Everything Happens to Me”, una canción compuesta en los cuarenta y popularizada por Frank Sinatra. 

   Quizá Un día lluvioso en Nueva York es una película de época, uno puede pensar, pero entonces uno de sus personajes saca un smartphone y la ilusión se disipa. Bueno, más o menos. Los anacronismos son, hasta cierto punto, simpáticos. Como si la historia ocurriera en un fantástico universo paralelo en el que la tecnología avanzó pero la cultura no.

    Un día lluvioso en Nueva York tiene mucho más de fantasía que de realidad. No parece la obra de alguien que lleva décadas como un ícono de Nueva York, sino la de alguien que sueña con su primera visita a una ciudad inmortalizada por la literatura, el cine y la música. Como Allen, el director de fotografía Vittorio Storaro habita este mundo con comodidad y no trata de superarse a sí mismo (sus créditos, después de todo, incluyen películas como Apocalipsis ahora de, Francis Ford Coppola, y, El último emperador de Bernardo Bertolucci), pero completa la ilusión con una luz cálida y traslúcida que simula un eterno atardecer.

   La trama de la película, apropiadamente, procede de manera accidentada, apenas lógica; cada esquina aguarda una afortunada coincidencia con el potencial de cambiar las vidas de sus dos amantes. Algunos escenarios improbables: mientras camina por la ciudad, Gatsby se encuentra con un viejo amigo que está filmando un largometraje estudiantil. “Sólo estoy aquí tratando de crear un clásico moderno del cine negro,” le dice con absoluta casualidad, antes de invitarlo a participar en una escena romántica con su estrella femenina, quien resulta ser Shannon Tyrell (Selena Gomez), la hermana menor de una exnovia de Gatsby. Más tarde los dos se vuelven a encontrar en un taxi y él la acompaña a su apartamento y después al Museo Metropolitano de Arte. Ashleigh, quien fue invitada a entrevistar brevemente al cineasta Roland Pollard (Liev Schreiber) para el periódico escolar, termina en una arremolinada odisea que lo involucra a él, su guionista Ted Davidoff (Jude Law) y la estrella de cine Francisco Vega (Diego Luna), quienes apelan románticamente a ella de distinta manera.

   Este punto, más que cualquier otra cosa en la película, ha de incomodar por cómo recuerda a el presunto comportamiento de Allen. Aun cuando las acusaciones no se refieren a algo que ocurrió en un contexto profesional (como fue el caso de Weinstein, por ejemplo), el que Allen construya una película alrededor de hombres adultos, bien posicionados dentro de la industria del cine, usando su influencia para seducir a una joven ilusionada, se siente como poco más que una provocación vacía; obra del mismo sentimiento que lo llevó a decir en una entrevista “yo debería ser la cara de los afiches del #MeToo”. La subtrama no encuentra humor o crítica, en parte porque el personaje de Ashleigh es tan banal, una extensión del mismo chiste frustrado.

   En otro tiempo, Un día lluvioso en Nueva York sería uno más de los olvidables fracasos de Allen; una película que uno ve, disfruta con reservas, y casi de inmediato deja atrás con la esperanza de que su siguiente trabajo finalmente capture aquella clásica magia. Pero si el Allen del siglo XXI no ha cambiado, el mundo a su alrededor sí. Amazon abandonó su contrato con él, y Chalamet, Gomez, Rebecca Hall y Griffin Newman donaron sus salarios de la película a organizaciones dedicadas a combatir la violencia contra las mujeres, como gestos de rechazo hacia el director. Cada vez hay menos actores dispuestos a aparecer en sus películas, y menos estudios que se atreven a financiarlo.

   Es fácil olvidar que el declive de Allen como figura pública ha coincidido con su declive como cineasta. Hubo algún tiempo en el que hacer una película al año parecía estimularlo creativamente. En esta última década, cada película suya que se elevaba arriba de lo mediocre, ya sea Jazmín azul o Café Society, era recibida como un regreso en forma. Es tentador regresar al mundo que Allen creaba en sus dramas y sus comedias, complicado pero finalmente romántico. Como alguien que, de adolescente, encontró tanto consuelo y humor en ellas, lo entiendo. Y dado que el arte comunica en un nivel tan íntimo, es tentador también creer que aquellos que hacen las películas que nos conmueven también son buenas personas. Tal vez las palabras de Dylan Farrow colorean mi opinión de Allen, quizá solamente estoy respondiendo a lo que me parecen carencias en su trabajo como director y guionista. Pero eso es lo que pienso. 

★ ★1/2

 

 

 

Para leer más reseñas del autor, aquí su blog: https://pegadoalabutaca.wordpress.com

Alberto Villaescusa Rico (Ensenada) Estudiante de comunicación que de alguna forma se tropezó dentro de una carrera semi-formal como crítico de cine. Propietario del blog Pegado a la butaca. Colaborador en Esquina del Cine y Radio Fórmula Tijuana

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