Cinco poemas de Jorge Ortega

 

 

En julio de 2020 apareció en Roma, Italia, la antología Luce sotto le pietre. Poesie 2011-2020 del poeta mexicano Jorge Ortega, publicación bilingüe italiano-español curada y traducida por el también poeta Alessio Brandolini. La obra forma parte del sello Edizioni Fili d´Aquilone, que incluye en su nómina de autores latinoamericanos a poetas como Claribel Alegría, Luis Armenta Malpica, Jorge Boccanera, Eduardo Chirinos, Rafael Courtoisie, Elsa Cross, Jorge Eduardo Eielson, Eleonora Finkelstein, Alfredo Fressia, Jorge Galán, Felipe García Quintero, Marisa Martínez Pérsico, Adalber Salas Hernández, Daniel Samoilovich, Carmen Villoro, entre otras voces destacadas. Tres de los poemas (el primero, segundo y cuarto) que El Septentrión reproduce a continuación, poco difundidos en medios impresos o digitales, pertenecen a la antología, igual que el tercero y el quinto, recogidos en una sección de inéditos.


 

 

 

El momento

Hemos sustituido la cortina
con papel albanene. Y sin quererlo
obtuvimos así la luz exacta,
la intensidad de luz que perseguimos
durante lustro y medio.

Intensidad de luz que entra descalza
en las paredes blancas de la sala,
en el diáfano aljibe
donde amortigua el sol,
donde hasta el sol se anula y cristaliza
en lombrices translúcidas.

Y no es la intensidad sino su modo,
el gesto de filtrarse al comedor,
aderezar la mesa,
encandilar las páginas de un libro
leído al mediodía.

El ángulo, la forma
en que redimensiona los objetos
ya dentro de la casa,
el viso con que alivia el azulejo
como un mantel de agua
de quietos resplandores.

Lástima que nos vamos, lástima que el espacio
no esté para nosotros a la vuelta
de recorrer el mundo.

El momento esperado
llega cuando partimos.

 

 

 

 

Domus Aurea

Parto de ti, fulgor, tierra a la vista
y puerto de salida

para alcanzar otra de tus orillas.

Eres el centro y la circunferencia,
el eje
y sus confines.

Te hallo en ti y en lo que te rodea,
donde no cabes tú, o bien,
no eres visible.

Desde dentro del túnel o la cima desierta,
desde la soledad de la renuncia
o la sublevación de los sentidos
remonto ociosamente la oquedad,
pues ya tú misma estabas en el sitio
del que vengo.

Las reverberaciones, los destellos,
las hebras luminosas, los hilos de oro fino
que surgen allá fuera, en la curva del mundo,
comportan los reflejos de tu risa,
los mínimos incendios
de tu pelo en agosto
o la muralla china de tu talle

a contraluz.

Los moldes de la ausencia,
las formas de no ser

y de no estar

te permiten nacer en las antípodas
y aunar la imperfección con el milagro.

Ensalmo.

Sortilegio

de un resplandor que surge tras la duna
sin mostrarse del todo.

 

 

 

 

Sobremesa

No retire de nuestra vista, señor camarero, los despojos del combate, objetos cuya distribución pone a raya la estructura del cosmos. Los platos salpicados de migajas, la tetera vacía, el cuenco de mostaza. Ellos le dan sentido a la palabra más allá del apéndice de la despedida, cuando el poniente claudica en los dinteles y el ocaso eclipsa una cita a la que nadie acudirá. Hemos llegado al mundo para ver arder la cornamenta del día. Su nimbo persiste en las pupilas a fin de iluminar el íntimo holocausto de la oblea en el tablero de las debilidades. El rastro del consumo encamina al banquete de las cenizas, esa provincia sin banderas en la que los senderos se intersectan antes de arañar el cielo. Oh frescura perenne, cima de la jornada donde la concordia de los convidados encarna un rapto de plenitud, un viso de perpetuidad. Cualquier pacto es posible. El apetito fue allanado y resta sólo desasirse y que la próxima y la próxima botella dispensen su rezagada gota de convencimiento. Nadie partirá pensoso o cabizbajo. Tampoco a la caza de la luna o afinando el tímpano para consultar entre las antenas y los edificios el desvaído vaticinio de las nubes. Las viandas han borrado la cauda del deseo y dejan sobre la plazuela del mantel los mojones de una inmemorial travesía: polvo de azúcar y pimienta, sobras, partículas, boronas; cáscaras miliares que invocan un origen y nos guían al pórtico de otro comienzo.

 

 

 

 

Carrer de la Pietat

Vamos y venimos
y el piso no se gasta.

Nunca.

Su ancho dorso atrae
las hondas resonancias de nuestra ciudadela,
el tremor de la angustia, la radiación del júbilo,
las innominadas pulsaciones
de aquello que ocultamos y hace aguas,
los pálpitos de cierto pensamiento
que da vueltas y vueltas
a lo mismo.

Y no dejamos huella
sino en la melladura del zapato,
el rastro de nosotros
en nosotros.

Pero volvemos una y otra vez
al yunque del camino
a templar

los pasos

y afilar los cuchillos de la búsqueda
en tanto envejecemos.

Pues la loseta es firme y casi eterna
y vivirá
—entera o triturada—
más que la tierna pulpa
de nuestras presunciones.

 

 

 

 

Humedad del fuego

Recursos de qué arte para formular de otra manera lo mismo. Cierto, no he ensayado a tope el cúmulo de mantras que podrían enfilarme vigilia tras vigilia a un futuro alumbramiento, pero tampoco es imperioso intentarlo por la ilusa encomienda de eludir la redundancia, si desde esta inerme rodaja de papel me siento cómodo al hablar. No pediré luz verde para levantar una tienda en la cuneta donde la ocasión sorprenda a la palabra, eslabón perdido entre la química y el desencuentro, el pronóstico y la proeza. Si no permanezco, si elijo el solipsismo, colapsarán repentinamente las ondas de radio que nos unifican, esa volátil zona de intercambio en la que la ardicia es por una vez al menos el impetuoso arpegio capaz de estremecer las piedras blindadas por el sol. Permíteme errar el tiro al decantarme por el lugar común, el piso apisonado, siguiendo como un sabueso el rumbo sugerido por la profecía del buen olfato o el pulso de la obcecación. No está por ahora en mí esgrimir los sables, manipular las armas con astucia, pregonar con acentos inauditos la tácita prosodia del delirio que sube a la cubierta del texto y arrastra consigo algas marinas, pulpas abisales, resabios de una brecha incorregible. El obstinado potro de los genes impone su dictado. Recursos de qué arte para desviar el río. Dispongo sólo de un lápiz para no vacilar y borronear tu nombre sin evocar la muerte, para clarificar la noche sin encender el bosque.

 

 

 

 

Jorge Ortega es poeta y ensayista bajacaliforniano. Doctor en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Barcelona. Ingresó en 2007 al Sistema Nacional de Creadores de Arte de México. Su trabajo poético ha sido incluido en numerosas muestrarios de poesía mexicana reciente y ha sido traducido al inglés, chino, francés, alemán, portugués e italiano. Autor de más de una docena de libros de poesía y prosa crítica publicados en México, Argentina, España, Estados Unidos, Canadá e Italia, entre los que destacan Ajedrez de polvo (tsé-tsé, Buenos Aires, 2003), Estado del tiempo (Hiperión, Madrid 2005), Guía de forasteros (Bonobos, México, 2014), Devoción por la piedra (Coneculta Chiapas, 2011; Mantis, Guadalajara, 2016), Dévotion pour la pierre (Les Éditions de La Grenouillère, Québec, 2018) y Luce sotto le pietre (Fili d´Aquilone, Roma, 2020). Entre otros reconocimientos, obtuvo en 2000 y 2004 el Premio Estatal de Literatura de Baja California en los géneros de poesía y ensayo, respectivamente; en 2001 el Premio Nacional de Poesía Tijuana; y en 2010 el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines.

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