Tres décadas con el Gran Preténder

Por Montserrat Rodríguez Ruelas

 

Ha sido muy significativo conocer el camino que ha recorrido El Gran Preténder durante estos treinta años desde que se publicó. Es una obra de mil novecientos noventa y dos, época en la cual yo estaba por nacer, de manera que, tras leerla recientemente, fue una grata sorpresa encontrar que se comunicaba con mi realidad y que seguía dialogando con los tiempos actuales. Esto da muestra de la gran capacidad literaria que tiene la obra porque, por ejemplo, a diferencia de sus personajes, yo no me identifico como chola y, sin embargo, encontré vasos comunicantes. Tengo la teoría de que esto se debe al sensible trabajo de Luis Humberto Crosthwaite de retratar vida a través de la escritura.

    La historia está escrita en fragmentos que, como sucede en una comunidad, se conforman de distintas voces. Con este relato coral es cómo conocemos el Barrio, escrito con mayúsculas, y a uno de sus personajes principales, el Saico, el bato más felón. Desde el primer momento el libro pone las reglas del juego: el uso de lenguaje fronterizo, la música, la evocación por los lugares que se frecuentaron y que ya no son lo que eran o que ya no existen.

    Desde el primer fragmento se decreta: El barrio se respeta, pero también se asevera: El Saico no está, el Mueras no está, el Chemo no está. (…) Por eso los morros se juntan en la misma esquina donde se reunían, para hablar de los rucos, los cholos viejos, los que se fueron, los que se quedaron. Desde estos dos estados temporales y emocionales se determina el tono nostálgico que nos llevará por los vericuetos más íntimos de la psique de los personajes.

    Así pues, tenemos el tema generacional: por un lado está la voz de quienes vinieron después del Saico, esos que dicen que ya no hay cholos como antes, que no se hace el mismo desmoder; y por otro lado está la generación del Saico que rinde homenaje a los Pachucos quienes fueron sus antecesores, por eso escuchan oldies but goodies. Ahora, me gustaría detenerme un momento más en el Saico, él además de estar muy ocupado en la trama —trabajar en el taller mecánico, madrearse a gente por encargo, ser esposo de la China— también lleva una búsqueda interior que tiene que ver con las figuras masculinas. A su hermano mayor, la persona quien le enseñó una educación sentimental con la música de los Platters, no lo vuelve a ver después de que lo corren de su casa. A su padre, solo lo recuerda como una cancioncita triste de Javier Solís. En este momento de la lectura yo me pregunté, ¿cuál de todas las canciones de Javier Solís era el padre del Saico?, y dije, claro tiene que ser “Payaso»: Payaso con careta de alegría, pero tengo, por dentro, el alma rota. Y luego recordé que el Saico se autodenomina como El Gran Preténder, esa canción de los Platters que dice: I’m the great pretender Yes, just laughing and gay like a clown Yes, I seem to be, yes what I’m not.

    Este tipo de diálogo se establece con el lector durante toda la historia, lo cual tiene que ver con la escritura de Luis Humberto y en dónde pone el ojo tanto en contenido como en forma. Es en la elección de los fragmentos, en la brevedad cuando se llega al silencio, que se abren estos canales de comunicación. Además, cabe mencionar la manera tan detallada en que construye a sus personajes, pues no los convierte en caricaturas, en este caso del cholismo, sino personajes que batallan con la complejidad humana, con las dimensiones de su mundo exterior e interior. Por eso es que también me gustaría hablar de las mujeres dentro de la historia. El Gran Preténder es una ficción que retrata una época específica de la región y por tal motivo también están representadas prácticas machistas. Estas no son exclusivas de la comunidad de cholos, sino que forman parte de una sociedad patriarcal. Por eso mismo vemos a las cholas construir su porvenir dentro de las reglas de ese sistema, poniendo las relaciones de pareja como uno de sus grandes motivos, en los que por momentos hay gozo y por momentos violencia doméstica. Pero algo muy interesante en la novela es que este sistema patriarcal también afecta a ciertos cholos que están en el dilema de cómo quedar frente a sus homeboys y cómo relacionarse con sus parejas: Y ahora tuve que comprarle estas flores, y las metí en una bolsa pa que la raza no se diera cuenta. Ya me imagino la carrilla: “Hey, qué onda con esas florecitas, mandilón, te train pendejiando, qué pues, métale unos chingazos y ya stuvo”. La clica no entiende. Mi ruca… ¿cómo te diré? Ojalá que ya no esté enojada conmigo cuando llegue a la casa.

  Luis Humberto consigue develar la complejidad humana con El Gran Preténder. Éste es un libro transgresor y un referente importante para la región. El alcance que ha logrado, intuyo, se debe a la lealtad y cariño que tiene el autor con los temas que le apasionan. Esto nos enseña a crear desde lo que conocemos, desde lo que nos gusta. Porque, aunque a veces sintamos que estamos siendo muy específicos, Luis Humberto nos demuestra con su trabajo que, desde esa particularidad, es cómo se logra hablar de los grandes temas.

Montserrat Rodríguez Ruelas (Tijuana, Baja California, 1993). En 2018 recibió la beca Inés Arredondo para participar en el II Encuentro Internacional 13 Habitaciones Propias. En 2019 fue acreedora de la residencia de escritura La Güera Trigos por parte del programa Under the Volcano. Por su novela inédita Esta ciudad lleva su rostro obtuvo mención honorífica en el Premio Binacional de Novela Joven Frontera de Palabras 2019 convocado por el Programa Cultural Tierra Adentro. Fue becaria del programa Jóvenes Creadores 2020-2021 del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Obtuvo el Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo 2021 por su novela titulada Aunque es de noche. Sus cuentos y reseñas literarias han aparecido en diversas revistas digitales como Gramanimia Revista Cultural, El Septentrión, Revista Punto de Partida y Revista Este País.

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