por María Victoria Vaca Narvaja
Amanece en la ciudad. Época estival, los primeros rayos de sol se reflejan en los ventanales de los edificios, espejitos de autos y otros objetos citadinos: latas, botellas, cadenitas rotas y algún que otro aro de alpaca perdido en la oscuridad. El ruido del camión recolector de basura retumba llegadas las seis de la mañana; para quienes tienen el sueño ligero es inevitable escucharlo, forma parte del orden del día.
Lunes de abril, esquina de Caseros y Vélez Sársfield; con el motor encendido, escuchan:
—¡Ey, cárguenme! —grita un joven con voz disonante. Probablemente pasó la noche durmiendo en la calle y por su aspecto, también unas cuantas noches más.
El chofer detiene el camión unos segundos más de lo normal y junto al recolector remiran buscando localizar de dónde proviene la voz. Acostumbrados a este tipo de situaciones callejeras miran al chico con displicencia.
—¿Qué? —se preguntan el uno al otro con las manos en forma de pico de pájaro. El conductor sonríe socarronamente al dirigirle la mirada al compañero que continúa revoleando las bolsas de residuos a los saltos. Limpiar y ordenar. La voz insiste:
—¡Que me carguen, manga de…! —tose y no alcanza a terminar la frase.
Le dan un último vistazo y al momento de arrancar el chofer grita desde la ventanilla:
—Dale, loco, cuando quieras, ¿venís adentro de la cabina o atrás? Nos está tomando el pelo, piensa.
Para su sorpresa, le responde:
—Atrás —esta vez su voz es firme, traslúcida, y su mirada también.
—Chau, loco, tas chapa —el conductor es quien toma la palabra ahora.
—Cuidate, pibe, andá a dormir a lo de tu vieja —agrega el recolector ya sobre el camión. Pierden su figura a pocos metros del recorrido.
Martes. Comienzan a iluminarse las calles del centro de la ciudad. El recorrido es el de siempre. Se van apagando las luces de los faroles a medida que avanzan. Recoger y compactar. La basura acumulada durante el día parece multiplicarse por sí misma, como los peces y los panes, pero esta vez para pudrirse en un baldío.
Cuando llegan nuevamente a la esquina él está allí, acuclillado sobre la vereda, esperándolos. Su expresión es más triste que la de la mañana anterior.
—Por fin llegan, locos, ¿y…? ¿me llevan o no? —los mira con ansiedad.
Detienen el camión sin apagar el motor. El chofer se asoma por la ventanilla, tiene el pelo revuelto, se despertó a las cuatro de la mañana para llegar a tiempo a la estación.
—Ehhh, pibe, ¿recién te despertás o pasaste de largo?; rajá de acá y buscá a donde ir, movete —le aconseja—. Le tira una bolsa con los dos últimos criollitos que les quedan desde que iniciaron la jornada; ya estaban más que hinchados de mate y harina. El joven saca uno y se lo lleva a la boca. Vuelve a insistir:
—Llévenme, quiero que me lleven, ¿qué carajo no entienden? —se levanta con la intención de dirigirse hacia ellos pero le dan la espalda y arrancan. Sin otra opción, se reclina contra la pared y se deja caer sobre sus rodillas.
Ambos operarios siguen de largo; uno de ellos levanta los hombros y comenta: “Ya fue, está para atrás el chango, al pedo nos quedamos sin los criollos”.
Miércoles de madrugada, amaneciendo: el recorrido habitual, mismas calles, mismas luces que se encienden, mismas esquinas. El pibe también es el mismo, aunque no tanto: descamisado y con una sola zapatilla, espera junto a una de las bolsas de basura más grandes. Cuando los ve llegar se levanta con dificultad, les hace señas. Desde el camión lo miran con cierto hartazgo y gesticulan para que se aparte. Inevitablemente tienen que detenerse para levantar las bolsas. Lo hacen un par de metros más adelante para no tener que lidiar con su figura ya desagradable e incómoda. Al acercarse a recogerlas, el chico se aferra a una e impide que se la lleven. Les dice algo que no llegan a escuchar; continúan con su tarea. A través de los espejos retrovisores alcanzan a observar que hurga en los desechos. Se miran entre sí con un gesto de resignación y siguen de largo.
Es jueves, raya el sol. Resuena el motor del camión recolector cruzando la esquina de Vélez Sársfield y Caseros. Entre los bostezos y el frío matinal, cargan las bolsas en la parte trasera del vehículo para su compresión. Algunas pesan más que otras. No hay tiempo, aún faltan varias cuadras por recorrer. La ciudad tiene que estar limpia para cuando abra el comercio. ♠

«Basura» forma parte de Odio a Paul y otros cuentos (Barnacle, 2026)
María Victoria Vaca Narvaja (Buenos Aires,1976) Licenciada en Filosofía. “Odio a Paul y otros cuentos” es su primer libro publicado. Coguionista de “AMERITA: Otra imagen del mundo” (Animación Infantojuvenil), 2010. Escucha a Dinah Washington todas las mañanas.
