La lluvia es más bella si tenemos casa

 

por Arcelia Pazos

    Fotografías del autor

 

Sé de las bondades de la lluvia, que de ello no quepa duda. Crecer en el desierto revitaliza el conocimiento de ese valor, pero no suelo aplaudir las precipitaciones, porque, simplemente, me desconciertan.

Cuando niña, durante un huracán que alcanzó a tocar tierra en mi pueblo, vi cómo el techo de mi casa se levantaba a casi un metro de la pared, dejando caer un ladrillo justo en la sopa que terminaba de cocinar mi madre, rozando a unos dos centímetros de su nariz. Mientras mamá gritaba, ¡no, mi sopa!, yo comencé a llorar por el miedo a la amenaza de los cipreses que se doblaban sobre nuestra casa. Temía que todo terminara en fracturas cayendo sobre nosotros, o bien que la casa se fuera volando hasta Guerrero Negro con todo y gente. Me juré nunca vivir en tierra de huracanes, y he seguido firme con esa idea .

Ensenada brilla en los anaqueles de los climas más deseables del país, según lo que he escuchado desde la infancia. La sensación templada es común, los calores pueden ser intensos pero pasajeros, los vientos llegan en forma de Santana juguetona, y las lluvias, aunque suelen ser sólo invernales, son potenciales causantes de inundaciones efímeras.

La primera madrugada del 2017 fue el augurio de lluvia para varios días de enero y febrero. En varias ocasiones tuve que evitar salir a la calle para no arruinar mis zapatos, posponer eventos de mi agenda o soportar el olor a humedad en toda la casa. Detalles ínfimos cuando los comparo con los problemas a los que se enfrentan quienes sólo pueden quedarse en la calle y el olor a humedad lo llevan pero en sus ropas y calzado.

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Me decidí a visitar el barrio que se encuentra en la rivera del arroyo El Gallo, a la altura del puente de las calles Esmeralda y Reforma, justo al lado del extinto palenque Póker. Ninguna razón sentimental para ello, pero sí porque ese lugar representa una gota de agua continua sobre mi curiosidad, ya que a diario veo esas casitas destartaladas que han hecho que imagine historias vagas de quienes ahí viven.

Un martes después de una reunión, mi amiga Vicky me acompañó al lugar. Hacía algunos días que había llovido locamente en la ciudad. La tierra aún estaba muy húmeda.

La pendiente para bajar al arroyo es por demás irregular, llena de escombros. Bajamos con precaución, pero para nuestra sorpresa, las piedras y pedazos de concreto están sólidamente unidos a la tierra y han formado escalones firmes. La primera impresión que tuve fue la vista que regala el inframundo del puente, lleno de murales, “placas” de quién sabe quién en las paredes, lodo y basura, mucha basura. Al girar a la izquierda, el panorama es un atardecer que cubre a personas eligiendo ropa mojada, como sorteando entre la que sirve y la que no; una mujer desesperada caminando de un lado a otro buscando algo a lo lejos; y un hombre que está construyendo una casita de maderas recicladas.

Comencé a tomar fotos y Vicky me ayudó a observar. Por supuesto que los vecinos se nos quedaban viendo, tenían la expresión en sus caras de “¿y esas quiénes son?” —yo la tendría también. Nos acercamos y saludamos a algunas personas, me presenté y les dije que andaba ahí para conocer el lugar y escribir mi impresión en un artículo. Me dijo uno de ellos, “hace unos días vino una compañera suya a hacer un reportaje”, “¿ah sí?, supongo que de un periódico”, respondí. Mi primera pregunta —prácticamente la única– era cómo les había ido con las lluvias. Cualquiera puede decir que es una pregunta muy boba y de obvia respuesta, pero, en ese momento, la consideré apropiada para iniciar una charla. Una de las respuestas más concretas fue: “pues mire hasta dónde llegó el agua y se va a dar una idea”, y vaya que me di una idea, el agua había llegado hasta las casitas.

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Según lo que cuentan, depende de qué tan fuerte sea la tormenta, de si hay viento o no es que las casas tienen que reconstruirse o volver a ponerles paredes o parte del techo, o, de plano, sólo orear lo que está mojado y rescatar objetos entre lo que se echó a perder.

Seguimos caminando y las botas se me hundían en el lodo. Llegué al centro de la callecita y estaba un joven arreglando una bicicleta, Juan. Me dijo que él no vivía ahí, pero que acude a visitar a sus amigos y a ayudar en lo que haga falta. Algunos de los habitantes no querían ser fotografiados, pero sí comentaron sobre la situación de manera muy concisa, incluso hosca. Uno de ellos dijo que hacía un tiempo había ido un hombre de la barra de abogados, así, a secas, ignorando mi pregunta “¿y a qué vino?”, pero agregó que vivir ahí era complicado, sobre todo cuando las autoridades llegaban a sacar a las familias por ser paracaidistas; supuse que quería darnos el panorama de sus circunstancias; “estamos aquí porque no hay de otra”, agregó el que no era Juan.

No quería importunar a nadie, todo el mundo hacía algo, en apariencia importante, aprovechando los últimos rayos de luz del día. Avancé más, como si me dirigiera a la avenida Pedro Loyola, y al mismo tiempo en que se asomaba entre la arena mojada un viejo retrete, me decía Vicky que era impresionante cómo lo que para alguien representa desecho para otros puede ser material valioso. Al ver cómo un puñado de clavos oxidados y de diferentes medidas estaban ensamblando un nuevo hogar, constaté que siempre se puede hacer más con los objetos.

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Volteaba para todos lados y al ver las actividades de varias personas, en la parte de arriba (que es en donde están las viviendas), me desconcertó que en mi cabeza la pregunta más grande fuera por qué carajos hay tantos sillones en el cauce del arroyo. Me hizo preguntarme qué haré cuando mi sofá sea viejo y ya no lo quiera, pero inmediatamente tuve que cuestionarme también por qué había varios retretes ahí. Obviamente nuestra conciencia sobre los desechos es minúscula. Mi amiga veía todo el panorama, -qué diferente sería si no hubiera tanta basura, no pasaría esto-, y señalaba los plásticos atascados en el lodo.

Subí a echarle un vistazo al patiecito de una casa, al fondo había una fogata encendida, el frío ya estaba calando como en cualquier atardecer de febrero. Un perro movía la cola de un lado al otro, hasta parecía que el can sonreía, después de darle cariños a su cabecita. Había mucha ropa tirada, toda mojada, y también una joven separándola cerca de una pared de lámina marcada por el South Side.

La oscuridad inminente nos hizo regresar hasta la casa que estaba en construcción. Ahí me presenté con un señor y repetí el proceso de mi presentación. Apenas estaba levantando las paredes de la nueva casita, según dijo, un trabajo de tres días.

—¿Y entonces en dónde viven ahora?

—Pues en el puente. Durante el día trabajo en lo que se puede, ando por ahí. Pero el agua llega muy alto. Voy a estar aquí mientras puedo encontrar un trabajo más estable, para luego rentar un lugar. Al menos aquí estoy más tranquilo de dejar a mi esposa. Yo sé de electricidad y plomería. Venimos desde La Paz.

Nos despedimos y les deseé suerte. Les dije que pronto volvería. Tomé una foto y con el ojo puesto en el lente, ignoré a las ratas que Vicky vio correr por todos lados. Subimos a la avenida Reforma y nos fuimos.

Segunda visita

Regresé exactamente una semana después, acompañada de nuevo por Vicky. Un día antes, el lunes, había caído una tormenta con tremenda cantidad de agua. El caudal del arroyo era imparable.   

A la casa del señor que estaba con su esposa, sólo le faltaba el techo. Me dio gusto. Llegamos a saludarlos. Por supuesto que el tema de conversación con él era la lluvia del día anterior.

—Estuvo fuerte. Tuvo que llegar la policía al puente para desalojarnos porque el agua estaba subiendo, después ya no se podría salir nadie. Yo vengo de La Paz, ¿han ido?, allá pegan muy fuerte los huracanes.

Charlamos un minuto, le externé mi alegría por el avance de su casita y prendí mi cámara. “Vamos a dar una vueltita”, dije.

Comencé a recorrer el lugar de nuevo, y al primero que saludé fue a un hombre muy serio que había estado con Juan la semana pasada, me dijo expresamente que no lo fotografiara; lo entendí, la foto puede llegar a ser muy invasiva.

—Hubieran venido ayer, ayer sí estaba bueno.

—No pude venir, era la idea, pero no pude —respondí; ciertamente, no pude ir.

Noté que mi visita estaba basada en la comodidad de salir cuando ya estaba soleado y además sin ninguna intención de apoyar en la desgracia, pero mi meta hasta entonces era ir a registrar la situación. La tensión se rompió por completo cuando llegó Manchas, un perro negro con manchas blancas que se dejó acariciar por mí, regalándome el tambaleo de su cola.

Había varias personas, pero estaban muy ocupadas, muy amables contestaban los saludos, aunque no parecían interesadas en dar opinión. Respeté ese espacio y contemplé cómo el agua corría. Ya no podíamos pisar en donde una semana antes lo hicimos. Un joven me preguntó que si para qué quería escribir, le expliqué y quedó conforme, creo. Me vieron tomar unas fotos, pero seguían en lo suyo.

Regresé con el hombre y su esposa, al parecer en un par de días ya se mudarían a su casa, le di la mano y nos fuimos.

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Tercera visita

Quería ver cómo era el lugar con menos humedad, así que regresé días después, exactamente un lunes, solamente que sin compañía, y me recibió un chico tatuado y flaco pidiendo lumbre, como bienvenida al bajar hacia al puente.

Aquella casa que estaba en pie de construcción se había convertido en un hogar con paredes, techo, puerta y hasta una especie de porche. La fachada me decía a gritos que se trataba de un domicilio habitado, lo cual confirmé un instante después con los dueños.

—¿Se acuerdan de mí? —les pregunté.

—Claro que sí señorita— me dijo el señor.

—Ya terminaste tu casa, qué bien.

—Sí, ya tenemos tres días viviendo aquí.

Procedí a tomar una foto del cauce ahora seco. Las semillitas que quizás vinieron desde la sierra, en pocos días se convirtieron en árboles de algo que llaman higuerilla, esa planta de hojas verde oscuro con unas bolas color rojizo con muchos picos, y de la que mi mamá siempre advirtió el peligro, la misma que según Walter White, de Breaking Bad, genera un veneno letal. La arena se veía muy suelta y clara, aunque con vidrios, y alrededor había diferentes tipos de zacates verdes y frondosos.

Saludé a otros muchachos que antes no había visto, se veían muy activos. A las tres de la tarde todavía había mucho qué hacer y por eso la gente andaba de un lado a otro. Uno de los nuevos era Roberto, con él tuve una charla interesante, muy espiritual, pero muy rara. Él estaba regando el patio y construyendo su nueva casa con carrizos y otros materiales para delimitar “el cerco”. Él sí accedió a que lo fotografiara. Mencionó un par de veces que era de Michoacán, después, entre líneas, deduje que fue deportado de Estados Unidos y que en la travesía hasta acá, padeció de algunas cosas indecibles. No mucha gente se vería enternecida, pero yo sí. Roberto aún no conocía a las personas del barrio, pero los vecinos parecían tranquilos ante su construcción y su discurso repetitivo (del que prefiero no emitir conjeturas sobre lo que lo causa).

Roberto seguía regando. Llegué a un punto de silencio y vi a mi alrededor. Me llenaba de imágenes a través de los ojos, de mi nariz, de mi oído. Así luce la pobreza, así huele, ¿esto es pobreza?

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El famoso CONEVAL (Consejo Nacional de Evaluación de la Política y Desarrollo Social) tiene seis indicadores para medir las carencias y determinar quién es pobre, quien lo es más o menos y quien de plano está en el extremo. Toma en cuenta el acceso a la educación, salud, seguridad social, la calidad de la vivienda, el acceso de los servicios básicos en la vivienda y por supuesto,  la alimentación. Según este consejo, tener una de estas carencias y un ingreso insuficiente para satisfacer lo básico nos convierte en pobres. O sea, la mayoría de la gente que conozco es pobre. Sin embargo, tener tres o más de esas carencias, califica a la situación de una persona como en un estado de pobreza extrema.

Entonces, yo no estaba de pie frente a la pobreza; veía, olía y escuchaba la pobreza extrema: casas con el piso de tierra, sin luz eléctrica, sin drenaje ni agua entubada cerca, personas sin trabajo formal, porque para el gobierno no viven en ningún lado oficialmente, algunos quizás ni existen. Eso era lo que estaba viendo, lo extremo: trabajar en lo que sea y recolectar de donde sea, sólo para comer y beber y que cualquier otra cosa sea un lujo.

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Es probable que a la mayoría nos interese saber de las personas que viven en este u otros arroyos: a dónde van al baño, cómo y cada cuánto se duchan, en dónde lavan su ropa, ¿lavan su ropa? Pero después de ver que una casa se destruye en cada tormenta, que se vive sin servicios públicos, que tan sólo al salir de este lugar nos hizo acreedores de miradas discriminatorias, que es difícil tener un trabajo o algún tipo de identificación (si es que se posee una) cuando no se tiene un verdadero domicilio, ¿realmente hay que acceder a la intimidad de estos hogares para reflexionar, o para que un artículo de revista sea medianamente decente? Pienso que no.

No acusaré de nada al próximo que manifieste ensoñaciones de lluvia, sólo podré añadir, con un poco más de conciencia, que la lluvia definitivamente es más bella cuando se cuenta con un buen techo.

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